Domingo, 17 de noviembre de 2019

Religión en Libertad

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XX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Reflexiones Homiléticas

  1. Introducción

El profeta Jeremías (primera lectura) y la comunidad cristiana (segunda lectura) no pasan desapercibidos, llaman la atención y por esto son motivo de persecución. El primero es injustamente tratado, porque su palabra incomoda a la gente y es lanzado en un pozo con lodo –figura de Cristo que baja hasta lo profundo de la condición humana marcada por el pecado–, y la segunda, debe cumplir su misión como los atletas en un campo de competición –que debe aligerarse y dejar todo lo superfluo– bajo la mirado de todos, para poder hacer presente el misterio pascual de Cristo.

Tanto el profeta como la comunidad cristiana ven a Dios actuar en medio de ese panorama desolador. Jeremías es rescatado por orden del rey que le hace justicia salvándolo de la muerte y los hermanos en la fe (hebreos), participan de la gloria de su Señor que ha vencido el pecado y la muerte, ya que está sentado a la derecha del Padre.

  1. Evangelio

Para poder entender estas fuertes palabras pronunciadas por el Señor, es necesario entender el contexto que las determinó. En la medida en que recorre la geografía de la tierra sagrada, sobre todo en el último periodo, Jesús nota que ya se está articulando una confabulación en torno de su persona, o sea, las autoridades religiosas están organizando la forma de deshacerse de Él, porque se presenta como enviado de Dios (Hijo del Padre), reúne multitudes que lo reconocen como Mesías y ha venido a alterar la ley, en definitiva es un transgresor de las tradiciones del pueblo elegido.

¿Qué hace el Señor? Profetiza o se refiere al misterio de la inminencia de la muerte con dos imágenes que aparecen en las siguientes frases: He venido a prender fuego en el mundo: ¡y ojalá estuviera ya ardiendo!” y “tengo que pasar por un bautismo, ¡y qué angustia hasta que se cumpla!”

El fuego aparece em la Sagrada Escritura en diversos libros del Antiguo Testamento, entre otras cosas, esta imagen indica la presencia del Señor que purifica y transforma en el monte Sinaí con Moisés y en Elías es la manifestación del poder del verdadero Dios contra la idolatría. Otra idea que prevalece acerca del fuego es la cólera represiva del Señor, por ejemplo, en el Deuteronomio el Señor declara que el fuego de su cólera está encendido (Dt 32,22). En el libro de Job, está escrito: “Suelta Dios contra el (contra el impío) el fuego de su cólera” (Job 20,23). El fuego también aparece como tema de la venganza divina, esta idea se encuentra varias veces en Jeremías: “... no sea que brote como fuego mi saña” (Jr 4,4); o “porque un fuego ha saltado en mi ira que sobre vosotros estará encendido” (Jr 15, 14; 17, 4); y “so pena de que brote como fuego mi cólera” (Jr 21,12). El profeta Ezequiel también emplea la misma imagen: “Soplaré contra ti el fuego de mi furor” (Ez 21, 36); o “en el fuego de mi furor los he exterminado” (Ez 22, 31). Ya en el Nuevo Testamento es un símbolo del misterio de Dios (Mt 3,11; Hch 2,3) y también aparece relacionado en general a la idea de la purificación en relación a Cristo juez y señor de la historia (Ap 1,14-15) y a la situación de los hombres ante el misterio del juicio de Dios (1Co 3,10-15).

¿Por qué la imagen del fuego? Jesús recibió a través del bautismo en su humanidad la fuerza del Espíritu Santo, que lo capacita para a anunciar la Buena Noticia a los pecadores, pobres y enfermos para que empiecen una vida nueva. En los labios de Jesús esta imagen del fuego anuncia el deseo profundo que tiene de destruir el mal, purificar del pecado al hombre y transformarlo por su palabra que salva.

El bautismo aparece en el Nuevo Testamento de una forma multidimensional: en la actividad de Juan (Mc 1,8; Mt 3,2; Jn 1,33.), en la predicación de Jesús de Nazaret (Mt 28,19; Mc 16,15-16) y en la misión evangelizadora de los apóstoles (Hech 2,38; 8,12.). A pesar de todos los sentidos y significados, fundamentalmente se refiere al baño de regeneración que se realiza como fruto del encuentro personal con Dios en Jesucristo. Este signo se realiza gracias a la conversión del corazón que, ocasiona el renacimiento para una vida nueva por el perdón de los pecados. Toda la teología de la Iglesia primitiva acerca del bautismo, aparece de forma sistemática en la preciosa carta da san Pablo a los romanos (Cfr. Cap 5).

¿Por qué la imagen del bautismo? Bautizar significa en griego “sumergir”, por tanto, Cristo esta profetizando su muerte, ya que sus enemigos le han preparado aguas inmundas e inicuas que pretenden apagar el fuego de su palabra que inflama y transforma los corazones de todos los que le escuchan y siguen. En estas aguas el Señor será sumergido por la pasión y muerte, siendo víctima del pecado. Jesús debe sumergirse en la realidad más profunda de la miseria humana por medio de la muerte, para luego resurgir victorioso a través de la resurrección. El Señor destruye la muerte por su “bautismo” en la muerte, ya que la mayor enemiga de la condición humana no tiene la última palabra, porque el bautismo es la muerte de la muerte y vida en plenitud.

El fuego y el bautismo prefiguran, por tanto, el misterio pascual, o sea, la iniciativa gratuita de Dios Padre de enviar por medio del Espíritu Santo su hijo al mundo, para revelarnos su amor a través de la muerte en la cruz y la resurrección gloriosa de su hijo Jesucristo. Este misterio pascual se presenta a la humanidad por la predicación de los apóstoles que, constituyen los inicios de la Iglesia. Este anuncio genera la fe en los que escuchan y acogen la Palabra en el corazón y en la vida, formando así la comunidad cristiana por el rito del bautismo que, por su vez, celebra y alimenta a sus miembros en la fracción del pan (Eucaristía).

En este evangelio también se encuentra aparentemente una gran contradicción con el conjunto del mensaje de Jesús. Inicialmente, los profetas anuncian que el Mesías será el príncipe de la paz, sin embargo, ¿Cristo ejercerá su mesianismo a través de la violencia? El Señor al inicio del llamado sermón de la montaña presentó el reino de Dios así: “Bienaventurados los que promueven la paz”, pero ¿entonces por qué habla de guerra? Y tal vez en el punto más alto de su discurso exclamó lo que puede ser la novedad más “absurda” del cristianismo: “Amad a vuestros enemigos”, o sea, si el evangelio habla del amor de Dios, del perdón y de la misericordia, ¿por qué Jesús afirma: “Pensáis que he venido a traer al mundo paz? No, sino división”.

Según la interpretación bíblica, los evangelios son los escritos del Nuevo Testamento que se escribieron más tarde, ya que los primeros escritos son algunas cartas de san Pablo. En esas complejas y polémicas palabras, Jesús está profetizando el drama de la persecución que se desencadenará, inicialmente por parte de los judíos y después por el imperio romano contra los cristianos. Optar por Cristo y su mensaje significa renunciar en muchos casos a la forma que tiene de vivir la propia familia, o los valores que emergen del evangelio se oponen al paganismo y a la idolatría del mundo. Por eso se entiende: “En adelante una familia de cinco estará dividida: tres contra dos y dos contra tres; estarán divididos: el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra”.

  1. Actualización Catequética

No podemos dejar de hacer estas reflexiones en torno de las dos imágenes que se destacan en el evangelio (fuego y bautismo), y sobre los conflictos causados por el hecho de que nuchos abrazaron la fe y en sus consecuencias por medio de las persecuciones a lo largo de la historia de la Iglesia.

- El fuego es considerado a partir de los filósofos presocráticos como uno de los cuatro elementos clásicos, junto con el agua, la tierra y el aire. Estos elementos representaban los estados de la materia y los diversos comportamientos de la naturaleza. Imaginemos por un instante lo que significó el descubrimiento del fuego para el hombre primitivo. Además de todo lo que proporcionó a la humanidad (iluminar la oscuridad, dar calor en el invierno, cocinar los alimentos, transformar la naturaleza y servir como arma de guerra), el fuego como fuente de energía pasó a ser un elemento sagrado de muchas culturas y civilizaciones antiguas.

El fuego es una imagen del Espíritu Santo que calienta e inflama los corazones de los hombres, que alumbra la oscuridad del mundo, que purifica del pecado y que destruye lo que es difícil de dominar, o sea, el mal. Cristo resucitado es el portador de este Espíritu que actúa en su Iglesia y fuera de ella en nombre de Dios. ¿Queremos este fuego transformador?, ¿aceptamos las implicaciones morales del fuego del Señor en nuestras vidas? y ¿estamos dispuestos a dejarnos inflamar por este misterio de Dios?

El bautismo como sacramento hunde sus raíces en el rito de la purificación realizado por los judíos en la mikvá, se renueva en la praxis de Juan, el Bautista en las aguas del rio Jordán, se institucionaliza por mandato de Cristo y se celebra formalmente por la Iglesia de los apóstoles en la comunidad cristiana. El bautismo es el sacramento del renacimiento a una vida nueva por la gracia de Dios, que perdona los pecados y configura al misterio de Cristo. Para entender toda esta riqueza bastaría recurrir –aquí solo lo mencionamos– a la historia de la Iglesia y conocer como se desarrolló este signo sacramental y, sobre todo, como se articuló en la evangelización a través del catecumenado de la comunidad eclesial de los primeros siglos del cristianismo.

El bautismo nos coloca ante la realidad profunda de nuestra vida cristiana. Por eso es inevitable hacernos las siguientes preguntas: ¿distinguimos el cristianismo de la simple religiosidad natural?, ¿sabemos que significa ser cristiano?, ¿conocemos los efectos del bautismo?, ¿realmente estamos tomando consciencia de nuestro bautismo en la Iglesia? y ¿estamos redescubriendo el bautismo en comunidad como en los primeros siglos del cristianismo?

- Jesús predijo las persecuciones en su vida pública para los apóstoles que fueron enviados a anunciar el reino de Dios ya que irían “como ovejas entre lobos”. Él mismo fue víctima de una persecución por parte de los fariseos y de una confabulación por parte de las autoridades religiosas de los judíos. En el libro de los Hechos de los Apóstoles, esta realidad ocurre luego después de la pascua del Señor, los discípulos sufren, pero no se desaniman, parece que cuanto más surgen obstáculos y más los persiguen se vuelven más intrépidos en el anuncio del evangelio (parresia).

La Iglesia después de los apóstoles que vive la fe en pequeñas comunidades también sufre la persecución, sobre todo, a partir del emperador Nerón. Los cristianos fueron culpados del incendio de Roma y a partir de entonces a través de otros emperadores llevados a las arenas porque confesaban que Jesús era el Señor y no el César. Los cristianos pasaron pues, a reunirse clandestinamente y a vivir la fe bajo el fuego de la persecución: decapitados, entregados a las fieras –para divertir a los paganos–, quemados o crucificados.

La profesión de fe de muchos cristianos contrastaba la idolatría del paganismo, por eso eran llamados a testificar con la propia vida, derramando su sangre (mártires) su amor a Dios y al señorío de Cristo. Para los hermanos en la fe los restos mortales de estos mártires eran custodiados en las galerías subterráneas llamadas catacumbas, que fueron construidas para ser el cementerio (dormitorio) de los que habían muerto por Cristo y donde también pasaron a reunirse en secreto para celebrar la fe.

La actualidad de esta palabra ha recorrido la historia y hoy no es diferente. Por ejemplo, la mujer que abraza la fe y desea vivir de otra forma su matrimonio es perseguida por el marido, o los jóvenes que se convierten al cristianismo deben sufrir por las persecuciones contra la Iglesia, sobre todo, cuando se evidencian las miserias de sus miembros o los escándalos del clero. Estas persecuciones en el núcleo familiar se manifiestan de muchas formas: desde ridiculizaciones, bromas o chistes hasta una confrontación abierta y llena de hostilidad.

En la actual situación de la sociedad donde se exige el respeto y la tolerancia, sobre todo, de las minorías –aquí abría que discutir algunas cosas–, la Iglesia está sufriendo la cristianofobía, en virtud del relativismo moral, por medio de ideologías filosóficas y políticas y a través de la facción fanática del islam en algunas regiones del planeta. En muchos lugares de nuestro mundo los cristianos ya son una minoría, sin embargo, no podemos engañarnos, porque la Iglesia del tercer milenio será también una minoría que, padecerá por la persecución contra la fe. Pero como ha ocurrido en el pasado (por ejemplo, el fin del imperio romano, el crecimiento del islam, el comunismo soviético, etc.), Dios ha permitido algo para que las cosas cambien –porque es el Señor de la historia–, ya que siempre ha permanecido una llama encendida la que ha devuelto la esperanza para que resurja la Iglesia de Cristo. Fueron restos de pequeñas comunidades y de reductos cristianos –minorías en la fe– las que han salvado a la Iglesia, porque la persecución acrisola, purifica de las idolatrías, hace crecer la fe y lleva al cristiano a configurarse con Jesús, el siervo sufridor, para poder ofrecer la salvación al mundo.

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