Jueves, 17 de octubre de 2019

Religión en Libertad

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Domingo XVII del T.O (C) y pincelada martirial

por Victor in vínculis

Escribe san Juan Pablo II en Novo Millennio Ineunte que es necesario un cristianismo que se distinga ante todo en el arte de la oración… Sabemos bien que rezar tampoco es algo que pueda darse por supuesto. Es preciso aprender a orar, aprendiendo de nuevo este arte de los labios mismos del divino Maestro, como acabamos de escuchar en el Evangelio: Señor, enséñanos a orar (Lc 11,1).

Sí, nuestras comunidades cristianas tienen que llegar a ser auténticas escuelas de oración, donde el encuentro con Cristo no se exprese solamente en petición de ayuda, sino también en acción de gracias, alabanza, adoración, contemplación, escucha y viveza de afecto hasta el arrebato del corazón. Una oración intensa, pues, que sin embargo no aparta del compromiso en la historia: abriendo el corazón al amor de Dios, lo abre también al amor de los hermanos, y nos hace capaces de construir la historia según el designio de Dios [Novo Millennio Ineunte, números 32-33].

Se equivoca quien piense que el común de los cristianos se puede conformar con una oración superficial, incapaz de llenar su vida. Especialmente ante tantos modos en que el mundo de hoy pone a prueba la fe, no solo serían cristianos mediocres, sino cristianos con riesgo [Ibidem, nº 34]. En efecto, correrían el riesgo insidioso de que su fe se debilitaría progresivamente, y quizá acabarían por ceder a la seducción de sucedáneos, acogiendo propuestas religiosas alternativas y transigiendo incluso con formas extravagantes de superstición.

Con absoluta sencillez renovamos la petición de los apóstoles para decirle nuevamente a Jesús: Señor, enséñanos a orar. Además del Padrenuestro, Jesús enseña a sus discípulos que es necesario ser incansables en la oración y que esta ha de realizarse con plena confianza en Dios, que no dejará de atender nuestra petición dándonos lo que verdaderamente necesitamos: el don del Espíritu.

Así lo leemos en la vida de San Ignacio de Loyola, cuya fiesta celebraremos el próximo jueves. Es uno de los santos, afirma el Padre Casanovas, que se prestan más a trazar una vida principalmente externa; es tan extraordinaria la trascendencia social, humana y religiosa de su obra, que es precisamente de su vida de oración, de amor con Jesús, de donde brota una savia interior puramente sobrenatural que le capacitará para dirigir desde Dios su Compañía.

Ite, incendite, inflammate omnia (Id, encendedlo, inflamadlo todo). Con estas palabras se dice que Ignacio despedía a sus hijos para las empresas gloriosas, que ya en vida del santo realizó la Compañía de Jesús. Además de la misión encomendada a San Francisco Javier llevada a cabo tan solo en once años, Ignacio abrió también, y vio regadas con sudor y con sangre, las misiones del Brasil y del Japón, cada una de las cuales bastaría para hacer gloriosa una Orden apostólica [Ignacio CASANOVAS, San Ignacio de Loyola, página 361 (Barcelona, 1944)]. Una expedición de jesuitas fue al Congo, y otra al África, a rescatar cautivos y predicar el Evangelio; allí, viejo y enfermo, deseaba pasar el mismo Ignacio. Finalmente, en su tiempo se fundó también la misión de Etiopía.

La obra prodigiosa de San Francisco Javier, además de moverse plenamente en órbitas ignacianas, no pasa de ser sino una parte de los planes e instituciones misionales del fundador y organizador de la Compañía. Junto con la India y el Oriente, abarca la vista de San Ignacio el problema africano del Congo y Abisinia, el problema musulmán del Mediterráneo y Tierra Santa, y el americano del Brasil. Confiaba en Dios, el único tesoro de su vida.

El Padre, se decía de él, nunca se atreve a hacer ninguna cosa de momento, aunque tenga todas las razones, sin hacer recurso a Dios. Frase muy común suya, era decir: Dormiremos sobre ello, queriendo decir que tendría oración sobre ese negocio o preocupación. Hagamos primero de nuestra parte cuanto podamos, como si Dios nada hubiese de hacer; después pongamos en Dios toda nuestra confianza, como si nosotros no hubiéramos hecho nada [Ibidem., página 343].

Este es el ejemplo de los santos, el ejemplo de aquellos que nos ponen ante Jesús para repetir incansablemente: Señor, enséñanos a orar, porque no sabemos, porque las distracciones de la vida -¡tantas cosas!- embargan nuestro corazón y lo alejan de lo principal. Y como escuchábamos la semana pasada, una sola cosa es importante. Y a María nadie se la quitará. ¡Qué hermoso si ese elogio lo pudiese hacer de cada uno de nosotros! Una sola cosa es importante: la vida en Cristo, la vida de oración. Y todo eso será lo que conforme después el hacer grandes obras y las pequeñas de cada día; las tareas de la evangelización y las tareas de ser cristiano católico todos los días.

 

PINCELADA MARTIRIAL

Por orden cronológico el primer obispo asesinado por los frentepopulistas fue el siervo de Dios Eustaquio Nieto Martín, obispo de Sigüenza. Natural de Zamora, había nacido el 12 de marzo de 1866 y sufrió el martirio hace hoy 83 años.

De familia muy humilde -su padre era albañil-, ingresó de niño en el seminario diocesano de Zamora, obteniendo la licenciatura en Cánones y el doctorado en Sagrada Teología en el seminario central pontificio de Toledo. Ordenado sacerdote en 1891, su primera responsabilidad fue el desempeño de la coadjutoría de la parroquia madrileña de Santa Isabel, de la que se trasladó como cura ecónomo a la alcalaína de Santa María la Mayor. Finalmente, fue destinado como párroco titular de la madrileña de la Concepción, que regentó con gran notabilidad durante cerca de veinte años. Uno de los muy escasos ejemplos ofrecidos por la historia de la jerarquía eclesiástica española contemporánea de la elección de un párroco para las tareas episcopales, Nieto Martín fue designado obispo de Sigüenza en agosto de 1916 y consagrado en marzo del siguiente año. Dado su excelente carácter, su extenso pontificado encontró en la cercanía con su grey y en la preocupación por la formación del clero su signo distintivo. Pese a lo bien contrastado de su bondad y a la simpatía de que gozara entre sus diocesanos, fue el primer prelado víctima del terror anticlerical que se apoderó del sector gubernamental en los primeros meses de la Guerra Civil de 1936.

Pese a la insistencia de personas de su entorno, el 18 de julio, una vez producido el pronunciamiento militar, se negó a abandonar la diócesis. Cuando la capital de la provincia, Guadalajara, se pronunció a favor de los sublevados el 21 de julio, Nieto intercedió ante los líderes sublevados para que no se cometieran fusilamientos y logró reducir considerablemente la represión en la provincia. La columna dirigida por el coronel Puigdengolas, que tomó Guadalajara el día 22, envió unas secciones al mando del líder de milicias, Cipriano Mera, para tomar Sigüenza, que fue conquistada por los frentepopulistas el día 24. Lo primero que hicieron fue detener al obispo y someterlo a un juicio público, pero los testimonios de los dirigentes izquierdistas locales contando su actuación para salvar vidas en los primeros días del levantamiento llevaron a su absolución y liberación. Sin embargo, el 26 fue secuestrado por orden de Mera para ser asesinado. Cuando lo trasladaban en coche fue arrojado en marcha del vehículo; como sobrevivió, le dispararon y quemaron su cuerpo.

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