Jueves, 01 de octubre de 2020

Religión en Libertad

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XXIV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO (CICLO A)

 

  1. Introducción

El contexto en el cual se encuentra este fragmento es el llamado discurso eclesiástico (capítulo 18) del evangelio de Mateo. El Señor realiza diversas exhortaciones a respecto de la realidad de la vida comunitaria: sobre hacerse pequeños en el reino de los cielos, ya que los discípulos se preguntan y están preocupados por quién es el mayor entre ellos; sobre el problema de los escándalos, que afectan a la comunidad cristiana; sobre la misericordia de Dios en la parábola de la oveja perdida; sobre la corrección fraterna, dado que en la Iglesia no faltan los pecados y miserias; y, finalmente, sobre la oración en común de los hermanos que profesan la misma fe.

  1. Evangelio

El corazón del mensaje del Señor es el perdón, que brota de la experiencia del amor de Dios. La novedad del llamado sermón de la montaña –el discurso más importante que profirió Jesús en su vida pública– es justamente el amor al enemigo (Mt 5,43-45). Jesús se refiere a este tema fundamental en diversas parábolas de su predicación (Lc 15), hace presente y concede el perdón a ciertas personas que sufren de enfermedades o están necesitadas de una palabra redentora como, por ejemplo, a la mujer sorprendida en flagrante adulterio (Jn 8,1-11) o a Zaqueo que era despreciado por la población dada su actividad como publicano (Lc 19,1-10).

Pedro, el discípulo más importante del grupo de los apóstoles –ya que, gracias a su carácter impulsivo y curiosas intervenciones, encontramos en los evangelios exhortaciones extraordinarias del Señor–, a propósito del perdón pregunta a su maestro: “Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces?”. Pedro considera que el perdón tiene que tener un límite racional, por eso en su pregunta, él mismo responde interrogando: ¿Hasta siete veces? Siete –el número bíblico que indica la perfección– le parece suficiente y por ello cree haber sido muy original y, sobre todo, generoso, lo que aparentemente significa según su parecer, que está aprendiendo bien de su maestro. Sin embargo, el Señor le sorprende diciendo: “No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete”, o sea, “siempre”, ya que setenta veces siete en este contexto no es un número cerrado (no es el numerus clausus del derecho romano), sino una actitud perenne de todo aquel que quiere ser discípulo de Jesús.

El Señor para traducir de forma plástica su enseñanza, recurre nuevamente a una parábola –¿qué mejor forma de explicar que dando un ejemplo práctico?–, porque el tema del perdón es una dimensión profunda del misterio del amor de Dios y tan necesario en la vida de los hombres. Jesús presenta el reino de los cielos a través de un rey que decidió acertar las cuentas con sus empleados, un siervo le debía diez mil talentos (una fortuna que equivaldría al presupuesto de varias provincias del vasto y poderoso imperio romano). El rey había determinado en relación a su siervo, lo que la ley de los acreedores estipulaba en esa época, o sea, venderlo a él, su mujer y sus bienes para pagar la deuda, porque no tenía con que pagarle. Pero el empleado le suplica a su señor de rodillas que tenga compasión, y por eso es agraciado y condonada su deuda –es importante notar que Jesús plantea el tema del perdón en términos de deuda no de ofensa–.

Es impresionante el contraste que Jesús ofrece entre las dos escenas de la parábola: por un lado, el perdón del rey –por medio de la compasión– a la súplica de su siervo y, por otro, la reacción demencial y violenta de este empleado con su compañero, ya que le debía una irrisoria cantidad de dinero (cien denarios que es el valor de una jornada de trabajo). Imaginemos la brutalidad y exageración del “siervo sin entrañas” al encontrar a su amigo, agarrándolo por el cuello, hasta casi estrangularlo y exigiéndole que le pagará todo lo que le debía. Para que nos hagamos una idea, fue hecho un cálculo por un historiador, sobre las cifras mencionadas por Jesús en la parábola y su conclusión fue la siguiente: los cien denarios cabrían en el bolsillo de una túnica, ya los diez mil talentos para ser transportados requerirían un ejército de unos 8.000 cargueros, cada uno llevando un saco de 50 kilos y la fila de los portadores de esta fortuna ocuparía un largo trayecto en el camino. O sea, la diferencia entre las deudas es alucinante. Este siervo no tubo paciencia ni compasión –a pesar de la súplica de su amigo– por eso decidió meterlo en la cárcel, destino final que le aguardaba a él por su deuda inmensa en relación al rey. Este episodio causa consternación en los otros empleados que observaron todo lo ocurrido, por eso inmediatamente corrieron a contarle todo a su señor. Al llamarlo, el rey le dice: “siervo malvado” y con indignación le pregunta: “Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo pediste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?”.

La palabra clave en el corazón y en la actitud del rey –que representa a Dios– es la “compasión” (padecer con, no ser indiferente al sufrimiento del otro…), un sentimiento que no tiene en sus entrañas el empleado que había sido perdonado. De hecho, la compasión es la manifestación visceral del amor, que es lo que siente Dios por los hombres (parábolas del buen samaritano y del hijo pródigo), porque Dios tiene sentimientos maternos y es a través de esta dimensión que regenera al hombre (pecador arrepentido).

La conclusión de esta parábola hace alusión a la denominada “justicia conmutativa”, en otras palabras, lo que le recrimina el rey de la parábola a su siervo malvado es: “si han tenido compasión de ti, se espera que tu hagas lo mismo”. Porque el comportamiento del hombre que había sido perdonado debería traducirse de una forma semejante con su compañero. Por eso el rey determinó que como no actuó con equidad sería entregado a sus verdugos, se le revocaría el indulto y se le obligaría a pagar la enorme fortuna que debía. La conclusión del Señor después de contar la parábola es estremecedora y una profunda advertencia al que no quiere perdonar: “Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo si cada cual no perdona de corazón a su hermano”.

  1. Actualización catequética

Dios nos ha creado por amor, pero el hombre desobedeciendo a la voz de su Señor se ha dejado seducir por el mal, y entrando en la muerte ha ocasionado el caos que ha destruido la comunión y el equilibrio del amor del hombre con su fuente y del hombre con su semejante. Por el pecado original y sus consecuencias nos hemos convertido en enemigos de Dios. Pero como el Padre todopoderoso no desiste de su designio primordial, en su condescendencia (sinkatabasis) revela sus entrañas maternas a través de la misión de su Hijo, que ha venido al mundo para mostrarnos la identidad profunda de su amor y salvarnos de la esclavitud del pecado –de querer ser dios de  nuestras vidas–, del miedo a la muerte –que es lo que nos lleva a pecar– y de la hostilidad y poder del maligno –que nos seduce y engaña continuamente–.

El mensaje que indica la parábola, nos pone delante del abismo que hay entre lo que Dios nos ha perdonado por nuestros graves pecados y el perdón que negamos a los otros por lo que nos hacen –infinitamente menor–, realidad que revela nuestro corazón rencoroso y lleno de resentimiento. Dios nos ha salvado a través de la redención operada por la Palabra hecha carne en el seno de María. La redención es un concepto teológico fundamental, que se refiere a un acto oneroso, es decir, es un rescate que tiene un valor, ya que Dios para salvarnos ha pagado un precio absurdo, es decir, con la sangre preciosa de su Hijo muerto en la cruz, y como dicen los Padres de la Iglesia: “Dios se ha burlado del demonio…”, porque lo ha vencido a través de la misma muerte.

En la predicación del Señor está superada la ley del talión de la ley judía: “Ojo por ojo, diente por diente”. Esto quiere decir, que el criterio ya no es: “Lo que otro te ha hecho a ti, házselo a él”; sino: “Lo que Dios te ha hecho a ti, házselo tú al otro”. Jesús no se ha limitado a mandarnos a perdonar; lo ha hecho él primero, por eso mientras le clavaban en la cruz, mirando al cielo rogó: “Padre, ¡perdónales, porque no saben lo que hacen!” (Lc 23,34). San Pablo que ha entendido y asimilado muy bien este misterio en su propia vida, exhorta a sus hijos en la fe: “Como el Señor os ha perdonado, haced así también vosotros” (Col 3,13). El amor (y el perdón) es lo que distingue la fe cristiana de cualquier otra religión, porque es el núcleo del mensaje de Jesús de Nazaret.

En la parábola, Jesús de forma pedagógica describe el drama que hace el siervo delante del rey: se pone de rodillas y le suplica –como hacemos nosotros por inercia–: ¡Señor perdóname!, pero somos incapaces de perdonar a los que nos ofenden por cualquier situación –si pudiéramos los eliminaríamos en un abrir y cerrar de ojos–, ya que somos implacables con los otros, sin entrañas de misericordia, porque queremos hacer justicia con las propias manos.

En la segunda parte de la oración del Padrenuestro, Jesús nos dice: “perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden…”, o sea, que el perdón de Dios que pedimos –conscientes de nuestras miserias–, está condicionado al perdón que somos llamados a ofrecer a los otros. Si honestamente vemos nuestra historia y los pecados que en ella hemos cometido –adulterios, fornicaciones, impurezas, mentiras, calumnias, juicios, murmuraciones, odios e idolatrías (al dinero, al poder, al placer), etc.–, ante el misterio de la Cruz del Señor, lloraríamos de gratitud por el bien que Dios nos ha dado entregándonos a su Hijo, que ha padecido por nosotros y derramado su sangre. Hemos sido reconciliados con Dios, mereciendo el infierno hemos sido justificados. Por consiguiente, ¿por qué no podemos perdonar a los otros?

El perdón es un don divino, que ya hemos recibido, ¿pero tenemos consciencia de lo que Dios ha hecho por nosotros? ¡Dios nos conceda la gracia de crecer en la fe, para poder perdonar a todos los que nos han ofendido, nos ofenden y nos ofenderán!

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