Sábado, 21 de mayo de 2022

Religión en Libertad

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La Iglesia Católica en Ucrania. Ser católico en Ucrania  

La Iglesia Católica en Ucrania. Ser católico en Ucrania   
Catedral Greco Católica Ucraniana de San Jorge, en Leópolis.

por En cuerpo y alma

 

            La atribulada Ucrania, que hoy pasa por momentos tan difíciles, es un país cristiano, qué duda cabe. Donde además, y contrariamente a lo que ocurre en el resto de esa Europa en la que tanto se empeña en confiar, la fe religiosa no sólo no decrece a pasos agigantados, sino que incluso se acrecienta.

            En una población que se estima en algo más de 44 millones de personas, y según el último Informe sobre Libertad Religiosa en el mundo emitido con periodicidad bienal por Ayuda a la Iglesia Necesitada, un 86,4% de los ucranianos se confiesan cristianos, un 9,9% agnósticos, un 2,1% ateos, y un 1,5% musulmanes.

             De esos 38 millones de ucranianos que se declaran cristianos, un 86.2% pertenece al cristianismo ortodoxo, lo que sobre la población total asciende a casi un 75% de los ucranianos, esto es, tres de cada cuatro.

             Ahora bien, junto a esa mayoría ortodoxa, conviven, sin embargo, dos minorías cristianas de cierta entidad. Por un lado, unos 700.000 ucranianos, es decir un 1,8% de los que son cristianos, son protestantes. Y hasta 4 millones seiscientos mil, es decir, un 12% de los que se declaran cristianos, un 10% de la población total, uno de cada diez en definitiva, son católicos.

             Se trata de la llamada Iglesia Greco-Católica de Ucrania. Es su jefe desde el 27 de marzo de 2011 el Arzobispo Mayor Su Beatitud Sviatoslav Shevchuk. Y se organiza en 33 jurisdicciones dentro de los 600.000 kilómetros cuadrados que tiene la amplia geografía ucraniana, que convierten al país en el segundo más extenso de Europa, después, precisamente, de su vecino, y hoy beligerante enemigo, Rusia.

             Desde el punto de vista jurídico, se rige por un derecho especial recogido en el llamado “Código de los cánones de las Iglesias orientales”, promulgado el 18 de octubre de 1990, mediante el documento Sacri Canones, por el Papa Juan Pablo II. Y es que la particular historia, y la singularidad de su relación con Roma, convierte a la Iglesia Greco Católica Ucraniana en una más de las veinticuatro iglesias llamadas  “sui iuris”, -de derecho propio podríamos decir-, la mayoría de ellas en Oriente Medio, aunque otras, como la que hoy nos ocupa, en el corazón de Europa. 

             Ucrania es cristianizada por misioneros bizantinos, por lo que su iglesia nace estrechamente vinculada a la Iglesia de Constantinopla, la quinta y última de las cinco iglesias patriarcales de los primeros tiempos –declarada tal en 451, en el Concilio de  Calcedonia - y la más reticente de todas a la primacía que sobre las demás iglesias intenta -y consigue- imponer Roma desde un principio.

             Tan tarde como 988, -el cristianismo tarda en consolidarse en tierras eslavas-, el Príncipe Vladimiro I de Kiev proclama, por fin, la religión cristiana como la oficial de su reino, bautizando a la práctica totalidad de su pueblo en el río Dniéper, cosa que hace según el rito bizantino. Son los tiempos del patriarca Nicolás II de Constantinopla. Se considera ese año el de la fundación del Metropolitanato de Kiev.

             Cuando no mucho después, en el año 1054, en tiempos del nuevo patriarca constantinopolitano Focio, se produce la definitiva separación entre Constantinopla y Roma, -lo que hoy llamamos Cisma de Oriente-, Kiev cae, como parece lo lógico tanto por su posición geográfica como por su trayectoria histórica, del lado bizantino, esto es, del de lo que hoy conocemos como Iglesia Ortodoxa.

             A partir de ese momento, y como ocurre con tantas otras iglesias, -que el ecumenismo romano es muy antiguo y siempre ha sido muy intenso-, los intentos de captación por Roma son constantes. En 1098, el metropolitano de Kiev, Juan III, asiste al Concilio de Bari, que convoca el papa Urbano II. Y en 1245, el nuevo metropolitano, Pedro Akeróvich, participa en el de Lyon, convocado por Inocencio IV.

             Por fin, el 6 de julio de 1439, con ocasión del importante Concilio de Florencia, décimo séptimo de los considerados ecuménicos, se produce el anhelado reencuentro entre cristianos orientales y occidentales, romanos y constantinopolitanos. No está de más un repaso al contexto histórico del momento. Apenas faltan catorce años para la definitiva caída de Constantinopla en manos del Turco en 1453, y los cristianos constantinopolitanos necesitan de todo apoyo que les pueda venir de sus correligionarios occidentales, aunque sea a un precio tan caro como el del "ácido" retorno a la casa madre.

             El metropolitano Isidoro de Kiev proclama en Moscú la unión de las Iglesias, pero la ortodoxia rusa no comulga con los acuerdos de Florencia, y de hecho, el metropolitano es expulsado tanto por sus colegas obispos como por el Gran Duque de Moscovia. Ello no afecta, sin embargo, a la Iglesia Ucraniana, la cual sí opta por Roma. Veinte años después, Pío II nombra a Gregorio II el Búlgaro primado uniato (unido) del Metropolitanato Ucraniano, con sede original en Kiev, aunque trasladado a Vilna por hallarse Kiev excesivamente expuesta a las invasiones tártaras.

             Dura poco la dicha en casa del pobre, y en 1471 se restablece el cisma y el Metropolitanato de Kiev vuelve a la ortodoxia griega.

             El 12 de junio de 1595 se produce, sin embargo, una nueva fecha crucial en la historia del catolicismo ucraniano. En el concilio de Brest o Brześć, en la actual Bielorrusia (no confundir con el Brest francés), el metropolitano ucraniano Michael Rahoza formula al papa Clemente VIII y al rey de Polonia, Segismundo III Vasa, treinta y tres artículos innegociables para el retorno a Roma, los cuales, curiosamente, son aceptados.

             Es el más importante de todos el Filioque, es decir, que el Espíritu Santo procede del padre “Y DEL HIJO” (que tal es lo que significa Filioque), como profesamos los católicos, y no “POR EL HIJO” (pro Filio), como profesan los ortodoxos, cuestión que en 1054 había producido el cisma, o por lo menos, se había convertido en su excusa. Junto a la excepcionalidad del Filioque, se consagrarán otras particularidades de todo tipo, como por ejemplo, la utilización del calendario juliano, y no el gregoriano, para la determinación de las fiestas, el uso de la lengua ucraniana, una liturgia especial, la posibilidad de los sacerdotes ucranianos de estar casados (de hecho, hasta un 80% de ellos lo están), siempre que lo hayan hecho antes de tomar las órdenes, etc. etc.. Lo que en la práctica convierte a la Iglesia Greco-Católica de Ucrania en una iglesia ortodoxa de obediencia romana.

             Tal será, con pocas variaciones, la situación hasta que en 1798, en tiempos de Catalina II la Grande, tras la desaparición de Polonia con las sucesivas particiones del país entre Prusia, Rusia y Austria, hasta tres, la mayor parte de las iglesias greco católicas de la zona pasan a Rusia. Sí permanecerán, en cambio, en el catolicismo, las iglesias que en esos repartos caen bajo la jurisdicción de la católica Austria, y junto a ellas, las que en la parte rusa se instalan en la resistencia.

             El levantamiento polaco de 1831 y la dura represión rusa consiguiente implicarán para los católicos ucranianos una nueva vuelta de tuerca. En 1839 el Sínodo de Pólatsk (en la actual Bielorrusia), bajo la dirección del obispo Semashko, integra definitivamente la Iglesia Greco-Católica en el Imperio ruso, y sus propiedades son transferidas a la Iglesia ortodoxa rusa por el zar Nicolás I de Rusia. Unos siete millones de fieles serán obligados a pasar a la Iglesia ortodoxa rusa.

             A partir de ese momento, solamente la parte occidental de Ucrania, con Leópolis, la actual Lviv, como capital, que permanece bajo el Imperio austríaco y después de Polonia, conserva la comunión eclesial con Roma. De los estimados cinco millones de greco-católicos ucranianos al iniciarse el siglo XX, apenas diez mil se hallan fuera de las fronteras austrohúngaras.

             Las cosas dan un nuevo giro cuando en 1903, el Zar decreta la libertad religiosa en Rusia, autorizando de nuevo la Iglesia Greco-Católica, bajo el liderazgo del carismático Andrés Sheptytsky, -archieparca de Leópolis entre 1900 y 1944-, el cual recibe poderes del Papa San Pío X para organizar la Iglesia Greco Católica existente intramuros del Imperio Ruso. Pero poco dura, también esta vez, la alegría: con el nuevo orden creado en Europa al finalizar la Segunda Guerra Mundial, las autoridades de la Unión Soviética intentan por segunda vez la eliminación de la Iglesia Greco-Católica de Ucrania. En 1945 deportan a varios de sus obispos y a miles de clérigos y laicos a Siberia y otros campos de trabajos forzados. Y un año más tarde, un sínodo reunido en Leópolis revoca la llamada “Unión de Brest”, liquida la Iglesia Greco-Católica Ucraniana, y transfiere de nuevo todas sus propiedades al Patriarcado Ortodoxo de Moscú.

             Dentro de la URSS, la Iglesia Greco Católica de Ucrania sobrevive como una “iglesia de las catacumbas”, con ceremonias secretas y clandestinas, llegando incluso a consagrar secretamente obispos (hasta 25 en cuarenta años), aunque fuera de la Unión Soviética sí pervive entre la diáspora ucraniana, formada por varios millones de fieles.

             En 1989, en tiempos ya de Gorbachov y con la caída del telón de Acero en el horizonte, los greco-católicos ucranianos abandonan las catacumbas y salen de nuevo a la luz, consiguiendo incluso la devolución de buena parte de su patrimonio.

             En 1991 los obispos greco-católicos ucranianos sobrevivientes son confirmados por el Papa, y un año más tarde, todos los obispos greco-católicos ucranianos del mundo, tanto dentro como fuera de Ucrania, son convocados a un sínodo que se celebra en Leópolis.

            Junto a la Iglesia Greco-Católica convive también en Ucrania una Iglesia Católica de rito latino, que según Aciprensa, asciende a algo más de un millón de fieles, pero compuesta no propiamente de ucranianos, sino más bien de inmigrantes polacos y húngaros, concentrados en la parte oeste del país, también en torno a Leópolis.

             Y esta es la historia de la castigada Iglesia Greco Católica Ucraniana, una iglesia, según vemos, sufriente como la que más, a cuyos fieles toca ahora padecer, con el resto de sus compatriotas, un episodio más de sangre, sudor y lágrimas. Que Dios les ayude en la hora de la tribulación.

             Y Vds. como siempre, que hagan mucho bien y que no reciban menos.

 

 

          Con mi agradecimiento a F. Gallego

 

            ©L.A.

            Si desea ponerse en contacto con el autor, puede hacerlo en encuerpoyalma@movistar.es. En Twitter  @LuisAntequeraB

 

 

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