Domingo, 08 de diciembre de 2019

Religión en Libertad

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Domingo XVIII T.O. y pincelada martirial (C)

por Victor in vínculis

Dichosos los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos”. De nuevo hoy vuelve a resonar en nuestros oídos esta bienaventuranza. La Palabra de Dios nos invita hoy a compartir todo lo que somos y tenemos. No hay que apoyarnos en nuestras propias fuerzas o riquezas, sino que toda nuestra confianza y seguridad tiene que estar puesta ante Dios. Ser ricos ante Dios, como señala San Pablo en la segunda lectura. La vida escondida en Cristo; esa tiene que ser nuestra riqueza. Todo lo demás es vanidad, es vaciedad.

El Señor nos invita hoy a buscar los valores del Evangelio, donde está verdaderamente Cristo. Y no buscar la felicidad en honores y bienes -o cualquier otro tipo de poder-, que son pasajeros. Por eso Jesús, cuando nos presenta esta parábola, no condena sin más al rico ni canoniza sin más al pobre. Pide que todos nos pongamos al servicio de los demás, ya que para Jesucristo el verdadero valor es el servicio, y el verdadero pobre es el que sirve a otros.

Por eso la salvación del pobre no va a ser convertirle en rico, subsanar su pobreza material. Y tampoco la del rico va a ser robarle su riqueza. Eso es no comprender el Evangelio. Se trata de que ambos, pobre y rico, se conviertan en servidores, se den a los demás, descubriendo en la fraternidad que cada uno debe vivir a su manera, con sus cosas, pero dándose.

Jesús así critica también la inconsecuencia religiosa. Recuerda que la idolatría del dinero es mala, porque nos va a apartar de Dios y también de los hermanos.

El verdadero rico es el que no ve al pobre; el que vive como si el pobre no existiera, el que no hace nada para remediar la pobreza del otro. Esa es la riqueza que corrompe.

La gran tarea social que nos presenta hoy Jesucristo está en descubrirnos, como dice el teólogo Congar, lo que él ha venido a llamar “el sacramento del prójimo”.

La Iglesia de los pobres no es una Iglesia que opta por una clase contra otra, que busca el confrontamiento; sino que es una Iglesia que lucha por conseguir que todos tengan una única clase de alma: un alma fraternal, centrada en el servicio; un alma que tiene como primer y único principio económico el amor, el AMOR con mayúsculas. Eso tiene que ser la riqueza para el rico y la riqueza para el pobre: un amor que invita a construir y no a destruir; o que, en todo caso, sí que nos va a invitar a destruir algo: nuestro propio egoísmo.

Es lo que señala san Juan Pablo II en la encíclica Sollicitudo Rei Socialis, cuando nos habla de la verdadera solidaridad, que está en ayudar, en ayudar al otro; en ver en el otro a una persona, o a una sociedad, o a un pueblo o a una nación, pero que está compuesta por personas, que no son instrumentos cualesquiera a los que explotamos a poco coste a través de su trabajo material, a través de su resistencia física, y cuando ya no sirven los apartamos; sino que hemos de verlos como a semejantes nuestros, para hacerlos partícipes, como nosotros, del banquete de la Vida, al que estamos todos destinados; en donde de verdad vamos a ser ricos y nos vamos a saciar con el alimento del Cielo.

De aquí la importancia que tiene el despertar la conciencia religiosa en los hombres, en los pueblos, en cada una de nuestras naciones. Este es el hombre del que nos habla hoy Jesucristo. Esta parábola que Él propone termina precisamente con estas palabras: “No seas necio. ¿De qué te sirve -recordábamos el otro día en la fiesta de San Ignacio-, de qué le sirve al hombre ganar el mundo si va a perder su alma?” ¿De qué nos sirve almacenar si luego no vamos a tener con quien compartir, si no es la riqueza espiritual, el amor que hayamos sembrado a lo largo de nuestra vida, en este mundo?

Celebra el pasado viernes, 2 de agosto, la Iglesia la fiesta de Santa María de los Ángeles, aquella iglesita que se fue construyendo poco a poco y que conocemos como la Porciúncula, en donde está enterrado San Francisco de Asís. Por ese amor singular a la Santísima Virgen María, él cuidó aquella capillita  en donde comenzaría la vida franciscana, en donde comenzaron también las clarisas, en donde él mismo terminaría  sus días. Cuando estaba para morir, él sintió la necesidad de exclamar a Dios:

Señor, socórreme para que pueda llevar mi mal con paciencia, mi enfermedad con paciencia”. Y él escuchó una voz: “¿No te alegrarías si alguien, en recompensa de tus dolores, te diese un tesoro tan grande que comparado con él no valiera nada en la tierra?”

Y San Francisco contestó:

Claro que sí”.

Y volvió a escuchar:

“Pues alégrate, Francisco, y canta tu enfermedad, porque tuyo es el Reino de los cielos”.

Esta es la pobreza que enriquece: la enfermedad, a lo mejor no tener bienes materiales, el tener lo justo; pero la alegría en el corazón, la alegría de los santos, que llevará a Francisco a componer el Cántico de las Criaturas, esa oración tan conocida por nosotros.

Alabado seas, mi Señor, por nuestra hermana muerte corporal,

de la cual ningún hombre viviente puede escapar.

Ay de aquellos que mueran en pecado mortal.

Bienaventurados a los que encontrará en tu santísima voluntad

porque la muerte segunda no les hará mal.

Hoy le pedimos al Señor que de verdad entendamos todo esto; que de verdad descubramos que sin Él todo es vanidad, que tenemos que vivir nuestra vida escondida en Cristo. Y que nuestra riqueza es la sabiduría de Dios: la de compartir; la de, desde Cristo, saber darnos a los hermanos.

 

PINCELADA MARTIRIAL

Se llamaba Gonzalo Gonzalo Gonzalo, ya que sus padres eran primos hermanos del mismo apellido -Gonzalo-, y le pusieron además Gonzalo de nombre de pila. Había nacido en Conquezuela, provincia de Soria, el 24 de febrero de 1909. A los 21 años ingresó en la Orden Hospitalaria, y en 1933 fue destinado a la comunidad del asilo-hospital de San Rafael de Madrid, de la que era limosnero a comienzos de 1936.

Llegado el 18 de julio, la comunidad, compuesta por 35 hermanos, suspendió por un tiempo la petición de limosnas, pero tuvo que reanudarla porque era su único medio de vida. El día 4 de agosto fray Gonzalo salió a pedir y fue apedreado en la calle. En una casa de la calle María de Molina fue denunciado a los milicianos que le arrestaron y procedieron a asesinarlo junto a la checa, en la confluencia de la calle Velázquez con María de Molina. Su cadáver estuvo un tiempo abandonado en el suelo. Fue beatificado el 25 de octubre de 1992, con los 71 mártires Hospitalarios.

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