Lunes, 19 de agosto de 2019

Religión en Libertad

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Cuentos de Berto, progre, y Jessika, novicia

Reprografía. II

por Tomás de Zárate

Bueno, la cosa es que yo no esperaba encontrarme en dificultades en la universidad. O no más allá de “esa nota me sorprende” o “no trago a ese profesor”. Pero lo cierto es que las dificultades sucedían con una facilidad sorprendente. De repente me veía inmerso en ellas. Yo, un pobre diablo que no quería meterse con nadie. Un ecologista casi vegetariano… Digo casi porque a veces me gustaba hincar el diente a un buen chuletón. Pero lo hacía con remordimiento, con lágrimas en el corazón, representándome los mugidos melancólicos de la vaca.

Hablaba de las dificultades. Tomemos por ejemplo el problema con la reprografía. No hubiera sucedido nada si yo no me hubiera metido a hacer fotocopias y el conserje de la facultad, conserje que también se ocupaba de las fotocopias y de todos los asuntos reprográficos de la facultad… digo que no hubiera pasado nada si él no me hubiera cogido cariño.

Antecedentes: el conserje se llamaba Fernando, y todos le llamábamos don Fernando. Era un tipo bajito, bigotudo y con cara de rata. Todo indicado para que ese “don” pareciera de más. Pero no lo era. Cosas de la autoridad.

 

Don Fernando era muy hablador conmigo. Decía que yo le recordaba a él mismo cuando era joven. Y yo me lo imaginaba con cara de rata, un bigote casi de broma y un aspecto repugnante. Claro que eso no se lo decía.

A veces tenía que ausentarse y me dejaba a mí a cargo de las fotocopias.

Y sin fardar demasiado diré que cumplía mi encargo bastante bien: el resto de estudiantes ya me conocía, yo era bastante rápido con las fotocopias y escrupulosamente exacto con los dineros.

Don Fernando estaba contento conmigo. Pero había algo en lo que no podía confiar en mí. Siempre llevaba un maletín de llave donde guardaba los exámenes que los profesores le confiaban. Era una llave pequeña que se metía en el bolsillo de la chaqueta. En los días de mucho calor, dejaba la chaqueta colgada en un perchero de la reprografía.

Ya pueden ver por dónde voy. Pues sí, había una pandilla en mi clase que era conocida en toda la facultad; era una especie de tuna pero sin música. Había uno que silbaba pero tampoco muy bien. Todos tenían camisetas reivindicativas: del Che Guevara, de Stalin, de Tito, frases tipo “Puedes matar un revolucionario pero nunca puedes matar la revolución”, y esas cosas. Fumaban porros y tenían zapatos y zapatillas de deporte de marca. En las manifestaciones de “no a la guerra”, “sí al aborto”, “viva el amor libre y gay”, siempre estaban por ahí, armando bulla. Eran ideales y todos queríamos ser como ellos, unos auténticos campeones.

Enrique era uno de ellos; digamos que el lugarteniente del grupo. Hablo en términos militares para entendernos, aunque ellos eran los primeros en despotricar de los militares.

Ideales, ya digo.

Pues el tal Enrique vino a mí un día al salir de una clase.

- Oye, Berto, te he visto muchas veces por la reprografía.

En ese momento pasaron cerca unas chicas, de esas tan guapas que cortan el aliento. Sobre todo una de ellas, Eva. Berto alzó la mano y ellas le saludaron. Luego oí cómo se reían entre sí. Las chicas, cuando se juntan, se ríen mucho.

- ¿Las conoces? -dije asombrado.

- Algunas de esas son unas pelandruscas que no veas… -y entonces vio mi cara como enfadado y prosiguió- pero otras son chicas de las buenas y de verdad.

- ¿Conoces a Eva?

Mi tono asombrado no le dejó lugar a dudas: Cupido se había ensañado conmigo y, más que una flechita, me había clavado una lanza entera, un pilum romano que me atravesaba de parte a parte.

- Claro que la conozco. A ver si un día quedamos con ella y un par de sus amigas. Pero antes, me gustaría que hicieras algo por mí.

Yo hubiera bajado a los infiernos y le hubiera pedido a Belcebú un vasito de agua por ese “algo”. Pero cuando lo planteó el plan me rechinó muchísimo ¿Era aquel el precio para ser uno de ellos y quedar con Eva?

 

La cosa era preocupante. Las cornejas volaban en el cielo, pero yo no tenía ojos para ellas. El asunto aquel hedía. Me sentía un Hamlet lóbrego.

En el camino al autobús un voz me llamó desde atrás:

- ¡Berto!

Me di la vuelta y allí estaba Jessika, corriendo hacia mía ¡Qué alegría verla!

- Creí que estabas de novicia.

- Y lo estoy. Pero me han pedido que siga estudiando y termine la carrera.

- ¿Y las novicias salen a la calle?

Ella se rió. Daba la impresión de que nada le preocupaba a esta chica. Era un auténtico espíritu libre.

- Tú te equivocas con las monjas de clausura. Mi orden no es de esas, aunque me parece estupendo.

- ¿Te parece estupendo meterse tras unas rejas y rezar todo el día?

- Me parece estupendo dedicar todas las horas del día al ser amado, sobre todo cuando una es correspondida.

Me hubiera gustado preguntarle si ella se sentía así, pero la conversación estaba tornando a una metafísica que amenazaba con hacer que me doliera la cabeza. Estas novicias…

- Pareces preocupado -me dijo ella

- Y lo estoy.

No sé cómo sucedió, pero acabé contándole toda la historia: que los más guays de clase querían que robara para ellos la llave del maletín. Que harían una copia y así accederían a los exámenes. Vamos, un auténtico desastre de plan en el que me vería metido sin saber cómo. Y todo por estar en el sitio menos indicado: la reprografía.

No le dije nada sobre la fantástica Eva, pero ella lo adivinó.

- ¿Y no hay una chica metida en todo esto?

- Sí que la hay. Ahora que lo dices, sí que la hay -confesé.

- Ya lo dice mi padre, “Tiran más dos…”

- Me sé el refrán, gracias -la interrumpí.

¿Es que ni siquiera una novicia saber cortarse un poco con según qué cosas? Ella me miró con ojos traviesos.

- ¿Y qué harás? -me preguntó

- Bueno, el asunto no está muy claro.

- No, no lo está. ¿Y si les acusas? Podría ser anónimamente -añadió, viendo mi cara como si ella me hubiera propuesto prenderle fuego a la facultad a la vista de todos.

- Sabrían que he sido yo.

- ¿Sabes? Tengo una amiga en el periódico que…

Pero en ese momento llegó el autobús y no pude escucharla más.

Estuve taciturno en casa. Me encerré en mi cuarto y me supo a muladar, a basurero.

 

Unos días después pasaba por el pasillo central de la facultad cuando vi a don Fernando. Y él clavó los ojos en mí. Yo hasta entonces había optado por la técnica del avestruz, la de enterrar la cabeza en la arena. Claro que yo no podía ir a un jardín, hacer un agujero y meter la cabeza en ella. Aparte de las complicaciones para la respiración y cosas así, enseguida algún burgués bienpensante me habría sacado de mi refugio subterráneo, llamando a la policía, a los bomberos o al Ejército de Salvación.

Pero lo que sí estaba en mi mano era evitar tanto a don Fernando como a Enrique. Y es lo que hacía.

Con todo, me sentí culpable ante la mirada del conserje. Me hizo una seña para acercarme y fui hasta él.

- Hace mucho que no vienes por aquí -me dijo con rostro serio.

- He estado liado con exámenes y tal -musité..

- Exámenes… eso me trae de cabeza. Aunque supongo que debería de estar agradecido.

- ¿Va todo bien, don Fernando?

- Mira eso.

Señaló la portada de un periódico que había sobre el mostrador. Era una portada donde uno de los jardines de la universidad estaba sembrado de jóvenes de picnic y tomando el sol. El titular decía “ya se acerca el verano”.

La verdad, no sabía en qué afectaba el titular a don Fernando ¿Le habrían cogido espiando desde uno de los setos a las chicas que tomaban el sol y aligeraban su ropa todo lo posible? Me puse a escanear con cuidado la foto, pero él no me dejó seguir.

- No digo el titular, sino esa noticia.

Su dedo señaló un titular que rezaba “robos de exámenes en la universidad de Wisconsin”. Fui hasta la página indicada. Allí se hablaba del caso de un conserje que guardaba los exámenes en un cajón antes de fotocopiarlos. Gracias al concurso de otro alumno, unos frescos habían accedido a los exámenes y habían conseguido notas espectaculares.

- Los profesores han leído eso y no me confían más los exámenes. Ahora prefieren ocuparse ellos de las fotocopias -me dijo don Fernando.

Yo le miré sin comprender bien de qué hablaba.

- No seas bobalicón mirándome así. ¿No sabías que yo guardaba los exámenes de muchos profesores antes de fotocopiarlos?

Volví a mirar el periódico mientras le oía decir.

- Aprenden en cabeza ajena. Aunque no sé dónde estará esa universidad de Wisconsin. ¿Te imaginas que hubiera sucedido algo así aquí?

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