Lunes, 22 de julio de 2019

Religión en Libertad

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El maravilloso mundo que se descubre después de un viaje de 60 años

"Hay otros mundos pero están en éste", dicen que dijo Pascal.

Y solemos tomar metafóricamente la frase del sabio francés. Yo sé que es verdad, literalmente. Como sé que el mundo de Tolkien es verdad y existe y es donde él vive ahora feliz. Sí, Tolkien vive feliz entre elfos, hobbits y enanos, en la corte del Rey. Vive en Lòrien junto a la Señora. Créanme. El mundo era silencio y la Palabra habló y creó. La palabra crea como la Palabra porque estamos hechos a Su imagen y Semejanza. Tolkien habló en el silencio de su habitación, su Santuario, y creó de verdad un mundo; quiero decir que lo creó realmente, como La Palabra creó el nuestro -Cielos y tierra- con tantas moradas bellas donde podrán recibirnos en el nuevo nacimiento. Tolkien creó su morada. Y por eso, porque es verdad, tantos hemos vivido allí y tantos otros vivirán allí por los siglos de los siglos.

El éxito de Tolkien es que es verdad y la Comarca existe -y Mordor, también-. Yo espero visitar al maestro en Lòrien y pasar algunas vacaciones vagando por sus bosques.

Sin embargo, mientras eso llega, aquí abajo -o aquí delante, vayan ustedes a saber, aquí, en la superficie, si es que puede expresarse así- aquí, digo, después de 61 años, he llegado a un mundo nuevo que está por descubrir. ¡Oh, sí, hacen falta esos 61 años! No puede uno aproximarse a este mundo antes. Sencillamente: es imposible. 

Los jóvenes y menos jóvenes creen en la velocidad para alcanzar el placer y éste se aleja tan deprisa como ellos se afanan. La felicidad huye con la misma rapidez con la que se la persigue. Solo el silencio permite viajar más velozmente que el sonido -incluso que la luz-.

El silencio no es ausencia de palabras. Es dejar que la palabra hable y cree. Que la Palabra hable. Escuchar.

Escuchar no es solo oír sonidos. La piel de la amada se escucha. El aroma del romero se escucha. El paso sobre la arena se escucha. Porque todos hablan. Todo habla. El huevo frito recién hecho habla y la novela que nunca entendimos, y creímos entender, habla también con mayor claridad -nunca con toda claridad, nada es claro del todo-. Las impaciencias, en cambio, no hablan; las prisas, tampoco; las vanidades, aún menos; y nuestras pobres obras, susurran agonías porque no han salido del silencio de nuestro Santuario. Tolkien lo sabía y por eso escribió lo que escribió.

Hay placeres adultos que nada tienen que ver con la lujuria, que es la máscara fría de la carne. La pasión crece también en el silencio, en la calma y la espera. Es el éxtasis que deja los apresuramientos sexuales en fuegos de artificio y el orgasmo en un banal descorche.

-¡Otra botella, por favor!

No es siquiera triste. Es, tan solo, joven. Triste es aquel que no quiere abandonar La Comarca de su juventud ni a los 80 años: pastillas azules y operaciones pectorales, labiales y oculares. La Comarca no es eso a los 60 años: no es el trabajo, por Dios; ni el cargo; ni el cuerpo, porque empieza a colgar; ni la malicia joven, porque ya es maldad retorcida.

No. No es eso, no es eso.

Quizá me comprendan si les digo que es ir al Prado a ver un cuadro, pequeño, una tabla del primer Renacimiento, una Señora. Y descubrir que es tan inabarcable como el ciprés del bulevar. O la nube gris, de bordes blancos, interior rosado y forma de Zeppelin, que ha surgido con el sol naciente. Inabarcable es eterno. Eternidad es presente. Presente es éxtasis. Y éxtasis es que se es: ser sin tiempo. 

Si no se viaja durante 61 años no se llega a vislumbrar ese otro lado del Jordán que ha brotado en nosotros y contemplamos -contemplar, eso es, eso también es-, contemplamos con la paz del fondo de todos los océanos. Dice Von Doderer que los barrios tienen alma, como las personas, son personas. O la tenían allá por 1927. Pero hoy también la tienen, sí. De no haber viajado durante 61 años no habría descubierto el alma de los barrios. Y tampoco la de las personas. Vivir en un mundo nuevo de almas es un don que se ofrece a la vista de los que empezamos a ser viejos. Y de los jóvenes que han sido santos; que son santos. 

Puedo asegurarles que el mundo nuevo de las almas de los hombres, de los barrios, de los cipreses, de las nubes, de los perros y de las sombras es tan brillante y sólido como las lápidas del cementerio por donde paseo, a veces, hablando con seres angélicos. No hay miedo, ese sentimiento también joven, hay paz. Una paz trémula, tenue, frágil.

Una brisa de paz. 

El mundo nuevo que se descubre después de 60 años caminando tiene una frase grabada sobre el arco gótico del portón custodiado que le sirve de entrada infinita: el amor no es ciego.

 

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