Domingo, 17 de noviembre de 2019

Religión en Libertad

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SOLEMNIDAD DE LA ASUNCIÓN DE LA VIRGEN MARÍA

REFLEXIONES HOMILÉTICAS

"María, icono glorioso del combate de la fe"

  1. Introducción

La Iglesia celebra en su calendario litúrgico –el 15 de agosto– la Solemnidad de la Asunción de Nuestra Señora en cuerpo y alma a la gloria celeste. Esta verdad de fe arraigada en la Tradición más antigua de la comunidad eclesial, está en conexión con el misterio de la Resurrección de Jesús. El cuerpo de María, a través del cual Dios entró en la historia humana, preparado y santificado desde toda la eternidad, es coronado de gloria y participa de la vitoria de Cristo sobre el pecado y la muerte. La Asunción de María es el cumplimento anticipado de la gloria que nos aguarda a todos los fieles, en otras palabras, esta verdad proclama la resurrección de María, y su inserción en el misterio de la “comunión de los santos”, como expresamos en la última parte do símbolo de la fe, el credo.

Existe un principio teológico que reza así: “lex orandi, lex credendi”, es decir, aquello que la Iglesia celebra es aquello que la Iglesia cree, y podemos agregar: “y viceversa”. Este dogma definido por la Iglesia es la explicitación de un misterio de la fe, que la Tradición siempre celebró desde los orígenes y a lo largo de la historia a través de la fiesta litúrgica de la “Dormición de la Virgen”. En esta fiesta, la fe cristiana proclama la manifestación del destino celeste y eterno de la Mujer, que Dios ha escogido para ser su morada en el medio de los hombres. Como afirmábamos, la fe de la Iglesia se expresa en su vida celebrativa, que precede su doctrina, por eso este misterio presente a través de los siglos ha llegado a ser definido como verdad de fe por el Papa Pio XII en 1950. El dogma de la asunción afirma que al final de su vida terrena María fue glorificada, la definición no entra en detalles sobre su muerte, pero sin duda alguna, podemos pensar que la virgen, siguiendo en todo las huellas de su Hijo experimentó también la muerte, como pasaje inherente a la condición humana, no obstante, ha sido exaltada por Dios Trino, es decir, resucitada para participar de la gloria eterna de los bienaventurados.

A través de María, el Dios transcendente entra en la historia humana y se torna visible, por tanto: ¿Cómo podría experimentar la corrupción de la muerte aquella excelsa y al mismo tiempo, sencilla mujer, que como nuevo tabernáculo trajo la salvación generando el Verbo de Dios en sus entrañas? ¿Cómo podría la madre de Dios sufrir la condena de la muerte y sus consecuencias, si en función de los méritos de Cristo fue totalmente santificada sin experimentar las consecuencias del pecado original?

Siguiendo la primera carta de Pablo a los corintios (15,20-26) propuesta por la Iglesia en esta solemnidad, nosotros podemos ver como María participa de la gloria de la resurrección, porque después de su Hijo “primicias de la victoria sobre la muerte”, el apóstol enumera un orden o secuencia diciendo: “los que son de Cristo”. En consecuencia, podemos preguntarnos: ¿Quién pertenece más a Cristo que su propia madre? ¿Quién está más próxima del Señor, no solo a nivel afectivo o moral, sino físicamente (“hipostáticamente” en el lenguaje técnico de la teología) que la Virgen?

  1. Apocalipsis - Evangelio

La Palabra de Dios que hemos escuchado nos presenta inicialmente un texto muy particular del Nuevo Testamento. El libro de Apocalipsis (que significa en griego revelación) fue escrito por Juan, el evangelista, en el periodo de la persecución a los cristianos iniciada por el imperador romano Nerón (persecución que se dio hasta el periodo de Domiciano al final del tercer siglo). El texto está escrito con un lenguaje codificado y simbólico, con el cual se pretende animar y exhortar a las pequeñas comunidades cristianas que sufren y parecen desfallecer, en resumen, el mensaje del apocalipsis es: “la situación es dramática, pero quien persevere en la fe vencerá en Cristo”.

La cena propuesta por la liturgia hodierna describe una mujer embarazada perseguida por un dragón. En la interpretación bíblica esta imagen multidimensional puede ser aplicada a la comunidad eclesial o a la figura de María, la madre de Jesús de Nazaret. En el primer caso, la “mujer” es la Iglesia que gesta con dolores de parto sus hijos en una continua amenaza de las fuerzas infernales, por lo tanto, destinados al martirio. El dragón rojo es la fuerza del poder del imperio romano que, con una impresionante inteligencia militar en la lucha ha conseguido conquistar todo el territorio alrededor del Mediterráneo, dominar pueblos enemigos y eliminar posibles amenazas. Sin embargo, como la palabra de la Sagrada Escritura trasciende siempre el momento histórico, y así, el dragón no solo indica el poder del anticristo en la figura del imperio romano, sino también las persecuciones anticristianas en todas las épocas. Por ejemplo, estas formas infernales se concretizaron en persecuciones sistemáticas en los últimos siglos, a través de ideologías materialistas como el marxismo-leninismo en Rusia y en Alemania por medio del nazismo. No podríamos dejar de mencionar, la instauración de la llamada revolución cultural en la China comunista de Mao Tse Tung. Hoy el dragón aparece en las religiones fundamentalistas como, por ejemplo, el sesgo fanático-terrorista del islam, o la sutileza de la dictadura del relativismo, propagada por ciertas ideologías: ¿para qué Dios?, ¿qué sentido tiene Dios en la vida? Porque se ha dado por cierto que la religión y la fe solo obstaculizan e inhiben la libertad humana. Son preguntas y afirmaciones de esta sociedad secularizada, en crisis moral y anticristiana.

En la segunda interpretación, algunos Padres de la Iglesia (San Agustín y otros) han visto también la mujer embarazada como figura de la Virgen María: “vestida de sol”, significa que ella esta revestida de la gracia luminosa, porque ella es toda de Dios; “la corona de doce estrellas” representa el pueblo de Israel (las 12 tribus), y posteriormente los doce apóstoles que son los testigos de la vida pública, muerte y resurrección del Señor; y finalmente, “la luna bajo sus pies” que es la imagen de la mortalidad y precariedad humana, vencida por Dios en la glorificación de la madre del Señor.

Por otro lado, el Evangelio nos presenta el encuentro de María (embarazada del Hijo de Dios) con su prima Isabel (embarazada de Juan Bautista), y el cantico de exultación, que la Virgen María proclamó solemnemente –según la versión exclusiva de Lucas– en el pequeño pueblo de Ein Karem, en las laderas occidentales de la ciudad de Jerusalén. Esta escena del encuentro es conocida en el lenguaje teológico como la “Visitación”, y por su vez, el cantico de María es llamado “Magnificat”, ya que la primera palabra de este himno bíblico en la lengua latina así se reza: “Magnificat [anĭma mea Domĭnum...]”.

Entre tantas cosas que podríamos decir sobre este denso y bello fragmento del Evangelio de Lucas, que preside esta solemnidad de la Asunción de Nuestra Señora, vamos a resaltar el valor profético de una de las frases que María ha expresado en este himno de alabanza, que está en consonancia perfecta con el cántico de Ana en el primer libro de Samuel (2,1-10) y las bendiciones (Berakah) de las oraciones litúrgicas de la tradición judía. Por tanto, María exclama: “Por esto, desde ahora, me proclamarán bienaventurada todas las generaciones, porque realizó en mí maravillas aquel que es poderoso y cuyo nombre es Santo”.

María es escogida por Dios para colaborar –dando a luz al Verbo de Dios–, y acompañar a su Hijo en la vida pública y en el largo y arduo camino de la Iglesia a través de la historia, y por eso intuye humildemente, la trascendencia de su “si” a Dios a través del Ángel Gabriel y la importancia de su misión oculta y discreta. Ella es la “Bienaventurada”, porque ha creído y generado la salvación de la humanidad, por eso la Iglesia la venera, los fieles invocan su materna intercesión y el pueblo de Dios “[por] todas las generaciones”, expresa de una forma multidimensional (música, literatura, artes plásticas, devociones, etc.) una entrañada y profunda cultura mariana.

  1. Actualización Catequética

María participa con toda la Iglesia –porque ella es su miembro más excelso– del triunfo de Cristo sobre el mal. El mal no es una idea o un símbolo, sino una realidad personal, que se opone a Dios y que el Señor misteriosamente deja actuar, para que podamos ejercer nuestra libertad. El misterio del mal atemoriza, pero Dios protege y cuida a la Iglesia (la mujer) con alimento oportuno en el desierto (los sacramentos, en especial la Eucaristía); la transporta a un lugar seguro, para que pueda dar luz a su hijo (los cristianos, renacidos a través del bautismo); y como comunidad (la Iglesia), pueda así cumplir su misión ante al mundo, dar testimonio del amor y de la salvación ofrecida por Dios a toda la humanidad.

Cada uno de nosotros, en cuanto está unido a Dios por la Iglesia en esta nuestra peregrinación terrena, genera a Cristo dentro de sí, esto nos permite hacer una analogía sobre la fe. La fe puede ser comparada perfectamente con la gestación, esta metáfora nos proporciona al mismo tiempo –por las diversas fases del crecimiento que implica (e indica)– un proceso dinámico y transformador de nuestra experiencia espiritual y existencial.

Por el bautismo se nos dio la semilla de la eternidad a través de Jesucristo nuestro Señor. Esa semilla necesita desenvolverse para que podamos llegar a la estatura adulta y madura de Cristo, y hacer presente en el mundo, la luz que Dios hizo irradiar para iluminar y salvar a todos los hombres. Pero esta gestación está sujeta a peligros y también es amenazada, por eso, la fe es confrontada por las persecuciones y sufrimientos (como el aborto amenaza la vida gestada en el seno de la mujer). María con la Iglesia nos invita a estar unidos a Cristo y no temer, porque Él nos precede y nos conduce como en alas de águila. La Asunción proclama esta victoria, en María saboreamos este gran misterio de la debilidad de la fe que, paradoxalmente, es fortalecida por la persecución.

¡Cantemos las alabanzas a Dios y contemplemos en la Asunción de María al cielo las primicias de nuestra salvación! ¡Ella es el icono de nuestra plena glorificación! ¡En ella se realiza de forma definitiva la victoria sobre el pecado, la muerte y el mal, que es la buena noticia del cristianismo!

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