Miércoles, 11 de diciembre de 2019

Religión en Libertad

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Cuentos de Berto, progre, y Jessika, novicia.

III. Cambio de sexo.

por Tomás de Zárate

Me pareció que estaba en una habitación fuertemente iluminada. Pero la dulce melopea que acariciaba mis oídos se fue tornando en una música más tosca pero más reconocible: “Clavelitos, clavelitos...” Sí, la tuna estaba bajo mi ventana. Pero sus guitarras asemejaban el ruido de un tractor.

Abrí los ojos. Dormía sobre el suelo. Mis tres vecinos roncaban alegremente. Un tractor me había despertado. Estaba de acampada.

Con ojos pestañeantes salí de la tienda: a unas decenas de metros, el tractor rellenaba los surcos con algún material. Menudo lugar para acampar, ¡con razón no había nadie en aquella zona del camping!

Un hedor a estiércol besó mis fosas nasales y supe qué es lo que hacía el tractor. Todo muy poético.

¡Ah, la maravilla de la acampada!

 

Dos horas después estábamos los cuatro en el tren charlando. Si alguien nos hubiera oído, habría creído que lo nuestro era la acampada, los grillos nocturnos, la greda que el sol había fracturado, las nubes de mosquitos, la falta de agua, la suciedad en los calzoncillos, los mapas que no hay quien entienda, los caminos olvidados, el olor de los cerdos y los gallos de aspecto fiero en los corrales. Y lo que más deseábamos era una buena ducha en casa y una buena cama donde dormitar.

No esperaba encontrar a nadie esperándome en la estación de trenes. Y, sin embargo, allí estaba Jaime.

- Berto, tengo que hablar contigo -me dijo cogiéndome del brazo.

No me gusta que me cojan del brazo. Me da no sé qué. Me recuerda a don Ricardo, nuestro profe de lengua en 4 de EGB, cogiéndome del brazo en el recreo para reprenderme. Me da repelús.

 

Antes de que Jaime hablara ya le había visto, y por eso estaba mirando interesado qué trenes había de vuelta al lugar de la acampada cuando él me interpeló. No me entiendan mal: Jaime es un buen amigo. O algo así; digamos que somos vecinos desde que ambos éramos niños. Motivado por no sé qué historias infantiles, el niño-Jaime se había llenado la cabeza de traumas y el joven-Jaime no veía mejor ocupación que descargar sobre Berto todas sus historias.

Berto -o sea, yo- lo que hacía básicamente era escuchar a Jaime en toda su verbo-diarrea. Algunas vez traté de aconsejarle, pero Jaime era muy femenino en sus necesidades: él lo que quería es que alguien le escuchara y le tomara más o menos en serio. Ese era mi papel. Lo de dar consejos ya era de nota. Y sobraba, salvo contadas ocasiones como la que contaré a continuación.

Jaime había cambiado de carrera tres veces. Y prometía seguir haciéndolo hasta los 28 años. Y también había salido del armario y vuelto a entrar en él. Luego había salido otra vez. Y vuelto a entrar. La verdad es que había perdido la pista en esa dinámica de salir-entrar del armario. Luego un día supo de la bisexualidad y ya se quedó quieto, sabiendo en qué campo jugaba.

 

- ¿Estás bien? -le pregunté ante un café. Naturalmente, era yo quien pagaría los cafés. Para la cosa de pagar, Jaime nunca había tenido ni traumas ni problemas: yo siempre invitaba.

Mi pregunta era retórica retoriquísima, pues que Jaime me fuera a buscar a la estación de trenes indicaba que su estado anímico no podía ser bueno. Pero uno pregunta esas cosas por educación, que ya se sabe, “noblesse obligue” y todo eso.

Se rió como si fuera Robert de Niro en taxi driver y alguien le preguntara “¿estás hablando conmigo?”. Siniestro.

- No lo estoy. Berto, estoy a punto de tomar una decisión que puede afectar mi vida para siempre. Y necesito consejo.

- ¿Vas a cambiar de carrera otra vez? -pregunté.

Él movió la mano como si espantara a una mosca que le estuviera molestando.

- Voy a cambiar de sexo -me dijo con mucha seriedad.

La cosa se las traía. Supongo que en cualquier otra persona una frase así equivale a algo profundo. Pero viniendo de quien venía, apenas pude contener la risa. Tosí para simular mi embarazo.

- Perdona, creo que me he resfriado durante la acampada -me excusé.

- Lo he estado pensando detenidamente y…

Luego me soltó un rollo increíble sobre él mismo y sobre la dinámica a la que he hecho antes referencia. Yo intenté escucharle con ojos abiertos y mente dispuesta, como debe hacer cualquier tipo progresista ante este tipo de enunciados. Pero me chocó su final.

- Y por eso necesito tu consejo -concluyó.

Yo no me sentía halagado. Sabía que él quería mi consejo solo para poder despreciarlo como “de poca monta” y salvaguardar su conciencia sabiendo que había meditado tamaña decisión.

- Lo tendrás. Pero dame un día para dormirlo con la almohada. -le dije.

Él estuvo de acuerdo y fue así como conseguí prórroga de un día. En cuanto llegué a casa me encerré en mi cuarto, cogí el móvil e hice lo que había estado pensando desde el momento en el que me despedí de Jaime.

Llamé a Jessika. Necesitaba su ayuda ¡Ojalá no se hubiera dejado el teléfono en casa!

 

Jessika tenía el teléfono y podía hablar conmigo. No tardé mucho en ponerla al corriente del problema. Yo no sé si todas las novicias son así de avispadas, pero Jessika lo era.

- Pues menudo problema tienes entre manos -me dijo.

- Sí. Supongo que por eso te llamaba.

- Todo un problemón.

- Esa es la palabra -dije, y esperé unos segundos en silencio.

- Tú le has pedido un día a tu amigo para pensarlo. Y yo te pido diez minutos, ¿es posible?

- Te llamo en diez minutos -le contesté. Yo también puedo ser rápido de pensamiento.

Gasté los diez minutos recortándome las uñas de los pies (muy llamativas tras la acampada) y volví a llamar a Jessika.

- Ya tengo una solución. Pero tal vez no te guste -dijo ella.

- Dispara

- Hay un club donde se reúnen los transexuales. Imagino que no sería mala idea que pasarais por ahí para ver cómo es el asunto.

- Suena muy razonable, no sé por qué no me iba a gustar -contesté.

- Es que hay dos cosas para franquear la entrada, sobre todo cuando no eres un habitual y no te conocen. Eso es lo que no te puede gustar. Además tenéis que aparecer a las 6:40 de la tarde en punto.

 

Las dos cosas que me dijo eran realmente extravagantes y hasta de mal gusto, pero no eran imposibles para alguien de mente abierta como yo: habíamos de ir con pantalones cortos y una flor específica en la mano. En mi caso, una amapola y para Jaime un clavel blanco.

 

Al día siguiente salimos por un salida de metro en un barrio y en una calle que no sabía que existían en la ciudad. Era un barrio pobre y gris. Había bloques de edificios descoloridos por todas partes. En los bajos había comercios de todo tipo como peluquerías, gimnasios y tiendas de comestibles. Todo muy triste.

Nuestras pintas extravagantes hacían que los ojos de los viandantes se volvieran hacia nosotros ¡Vaya par de pimpollos! Aquel era un barrio obrero por excelencia y nuestras pintas eran casi un insulto a la clase trabajadora. Pero nos encaminamos al gimnasio. Según nos había dicho Jessika, allí debíamos preguntar por el bar.

No sé si alguno de ustedes tiene la experiencia, pero aparecer en la puerta de un gimnasio vestido con pantalones cortos en pleno octubre (que ya refrescaba bastante ahí debajo) y una flor pues como que no. Jaime no hablaba y me pregunté si se había atragantado con su clavel blanco; pero no, seguía allí.

- Venimos al bar -le dije al conserje.

- ¿Qué bar?

Aquello parecía difícil y me di cuenta de lo apetitosa que me resultaba la amapola ¿Y si me la tragaba? Pero alguien tenía que hablar, dado que Jaime parecía mudo.

- Pues el bar… ya sabe, el bar.

- No sé de qué bar me habla, amigo.

Yo no sentí ni que él fuera mi amigo ni que algo así se le pasara por la cabeza. Pero proseguí mientras Jaime intentaba ocultarse tras el clavel. Algo muy difícil.

- El bar transexual.

El tipo entonces comenzó a reírse. Se reía tanto que se puso rojo como una grosella a punto de estallar.

En ese momento salió una mujerona del gimnasio y nos miró con curiosidad. Sobre todo a Jaime y a su clavel.

- ¿Qué sucede, Jorge? -preguntó.

El conserje apenas pudo explicarle. Lloraba mientras intentaba que la otra le entendiera.

Era un mujer alta, fuerte y que daba miedo.

- Venid conmigo afuera -dijo mientras se ponía unos pendientes. Jaime la miraba con curiosidad y ella dijo con naturalidad “son de adularia”.

Fuimos afuera. La seguimos obedientemente. No hacerlo hubiera sido una locura ¡Qué mujer!

En la calle, enfrente, se había reunido un grupo de gente para vernos. Entre ellos había un grupo de jóvenes con chaquetas de cuero.

- ¿Pero de dónde habéis salido vosotros, beachboys? -dijo uno de ellos

Los otros le rieron la gracia pero aquella mujer se paró ante el grupo de chicos y los miró. Al poco, la gente allí reunida se fue. Oí murmurar algo tipo “ahora que nos divertíamos...”

- Es mejor que volváis por donde habéis venido. Pero antes es mejor que yo me quede con las rosas. Llamáis un poco la atención con ellas -nos dijo

Yo se la di encantado. Aquella amapola me estaba pesando más que una tonelada de hierros oxidados. Cuando Jaime se la dio, vi que ella le miraba con curiosidad.

- ¿Queréis tomar algo antes de iros? -nos preguntó.

Yo lo que quería era llegar a casa cuanto antes y quitarme aquella ropa. Pero Jaime siempre es susceptible de que lo inviten a algo. Al tipo le encanta que le inviten. Es así. Y por eso él se quedó mientras yo tomé el metro.

Al llegar a casa, llamé a Jessika. No contestó.

 

No logré hablar con ella hasta que unos días después ella me llamó a mí. Para entonces mi enfado había bajado bastante, pero mi “cólera de los justos” seguía donde tenía que estar.

- ¿Qué tal os fue en el gimnasio? -preguntó con inocencia.

No sabía que las monjas podían ser tan malvadas y así se lo dije. Ella me dejó hablar.

- Veo que conocisteis a Marta -me dijo.

- ¿Tiene un nombre que no es Goliath?

Ella se rió con perfecta inocencia. Mujeres.

- ¿Sabes que a Marta le encantan los claveles blancos? Por cierto, deberías de llamar a tu amigo -me dijo al terminar.

Aunque a regañadientes por seguir su consejo, llamé a Jaime para ver si se había recuperado del golpe o un trauma más venía a añadirse a su larga lista de problemas psicológicos.

- Te debo la vida -me dijo

Lo cual me extrañó.

- ¿Quieras quedar? -le pregunté, pues me sentía un poco culpable.

- Hoy me es imposible. Tal vez otro día. Tengo una cita.

- ¿Una cita? ¿Con el doctor? ¿Te duele algo?

- Me dolía el corazón. Tengo un cita con Marta, que vamos al cine juntos.

 

Y fue así como se me pasó el enfado con Jessika. Con campanas de boda.



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