Lunes, 19 de agosto de 2019

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Artículo de Don Francisco del Campo Real

Invocación y ofrenda al Apóstol Santiago (Beato Narciso de Estenaga) - 1

por Victor in vínculis

INVOCACIÓN Y OFRENDA AL APOSTOL SANTIAGO

El beato Narciso de Estenaga y Echevarría nació en Logroño el 29 de octubre de 1882 siendo ordenado sacerdote en el año 1907. Fue deán de la Catedral de Toledo y reconocido experto en Historia de la Iglesia. En el año 1922 fue nombrado con el título de Dora y Prior de las Cuatro Órdenes Militares en la diócesis de Ciudad Real. Era caballero de la Orden de Santiago. Actuó como pastor de la diócesis con suma dedicación, piedad y austeridad de vida. El 22 de agosto de1936 fue fusilado por odio a la fe, en Peralvillo (Ciudad Real). El beato Narciso, obispo, murió mártir junto a su fiel secretario, el beato Julio Melgar, sacerdote. Ambos fueron beatificados en Roma el 28 de octubre de 2007. Su fiesta se celebra el 6 de noviembre.

Una de las facetas más destacadas de don Narciso fue la de su capacidad intelectual y su laboriosidad investigadora. En la presente comunicación se pretende destacar la Invocación que hizo don Narciso el 25 de julio de 1934 en la ofrenda al Apóstol Santiago. Publicada el 1 de agosto de 1934 en el Boletín de la Acción Católica (Año I. Núm. 11)

INVOCACIÓN

¡Apóstol Santiago, Padre nuestro en la fe, Hijo del trueno, allegado y preferido de Jesucristo! Aquí, al pie del arca que esconde el tesoro de vuestras reliquias, os trae hoy la ofrenda de la Patria esta Orden gloriosa, renovando más encendidos los votos, más férvidas las plegarias, que si nunca interrumpidas fueron, en este día gimiendo y suspirando vuelan todos los confines de España, queriendo hallaros y buscando de cerca bendeciros.

En la virtud de las gloriosas reliquias está la salud de España

En esta Basílica compostelana se escucha más acentuado el rumor de vuestros pasos en alas de algo impalpable y secular, que se cierne bajo las bóvedas. Sus piedras tienen vida y cuentan al espíritu abierto a todo lo noble las infinitas hazañas, de que fueron testigos, y nos repiten las santas oraciones, con que la piedad de los pueblos de Europa tejió en siglos pasados su ofrenda sobre estos benditos muros. Basílica compostelana que tienes por puerta la puerta de la Gloria, donde los santos reflejan en su semblante el reposo y dulzura, que gozan en el alto Empíreo. Basílica compostelana, corazón del mundo hispano, roca del cielo, invicto alcázar de la Patria, ciudad de Dios coronado de santos, Jerusalén del Occidente. Tú eres el laurel eterno, que disipas el rayo de la temerosa nube, cuando amenaza a la Patria. Bajo tu nombre y en la virtud de las gloriosas reliquias de nuestro Padre Santiago está la salud de España. Eres la ciudad de refugio, hacia donde tantas veces se ha vuelto en sus deshechas esperanzas el corazón entristecido de nuestro pueblo. Tú tienes y atesoras as lágrimas piadosas, que ha derramado durante siglos.

El dulcísimo Santo Tomás de Villanueva llama a vuestra fiesta, ¡Oh valeroso Santiago!, la Pascua de la Patria, nuestra mayor Pascua. Ella nos recuerda los días amargos de las plagas de Egipto, el paso por el hosco desierto, la entrada feliz, la tierra de promisión, que fue la cumbre de la gloria donde vivió España envuelta en claridades, cuando al Señor le plugo coronarla con los rayos del sol hecho esclavo de sus dominios, cuando España sintió ardorosa en el pecho la roja cruz- espada de la Catolicidad y luchó por la civilización cristiana en el mundo antiguo y en e] nuevo siempre a mayor gloria del Excelso.

Sobre el arca marmórea de vuestras cenizas gravita la historia patria como un diorama inmenso, que en señal de acatamiento y vasallaje por vuestros favores, aquí como en ningún lado nos muestra sus dos facetas, las amarguras de la honda pena y el aleluya del clamoroso triunfo.

Una mirada retrospectiva a España

Hubo un día muy lejano, en que España fue coronada de punzadoras espinas de vuelta del valle de Josafat, a donde el todopoderoso, cuando le place, va llamando uno tras uno a los pueblos para discernir sus crímenes de sus virtudes. Una monarquía gloriosa, la visigoda, la de los Concilios toledanos y los grandes Padres de la Iglesia española se deshizo en un punto como si fuera de humo. Se oscureció el color del oro, la plata se volvió escoria, la tierra quedó yerma y las ciudades desiertas, devoraron nuestras mieses los extraños, la patria gimió en la desolación, de los arados se forjaron las espadas y de las hoces se tejieron los hierros de las lanzas. La mirada altiva del varón fuerte quedose clavada en tierra por la pesadumbre y la melancolía. Despavorido el corazón, roto el arnés, deshecha la larga y herido el pecho de nada servía la espuela, para que el caballo corredor volase más que el viento. Se nubló el sol y nublaron los hermosos ojos de España de mil trofeos coronada,, derritiéndose en lágrimas los nobles corazones de sus hijos. Despojaron sus hombros de la rozagante púrpura y burlescamente de vil bayeta la vistieron. Hecha esclava rodó por el polvo su diadema, y toda su grandeza convirtióse en no más los recuerdos y esperanzas, que habrían de costar en luengos siglos torrentes de sangre, que con purpúreo color tornasolase la amarillez de su tristeza. ¿Habéis escuchado en la soledad el crepitar de ingente peñasco cuando se desgaja de la montaña, con qué estruendo se precipita y con qué ímpetu cada vez más acelerado rueda por la pendiente deshaciendo y desmenuzando cuanto halla en su pavoroso rodar? Pues así corrieron nuestros enemigos al silbido de Dios vengador hollando feroces el amado suelo.

Pero también España acertó a aplacar humilde el furor de Dios que retiró benigno de sus labios el cáliz del dolor y le dio a beber del de la santa paz. En la hora de la angustia parecía habernos abandonado, pero en la de las grandes misericordias la mano creadora del Altísimo reunió en su diestra las cenizas dispersas de la Patria, las amasó con las lágrimas de sus ojos, sopló sobre ellas y al instante en su seno brincó la vida, la vida de toda una época gloriosa, la Reconquista. Plugo al Todopoderoso en la XIV centuria ensalzar a dos príncipes, que llevaban en las manos la balanza de la justicia y el abundoso ramo de oliva. Con acelerado paso caminan ambos hasta la cumbre acompañados de su pueblo, enfrenada la malicia de los turbulentos, premiando a los buenos y recogiendo del aura popular el sueño de siglos; la aniquilación del poder musulmán con el destronamiento de la dinastía de los Nazaritas, que en Granada habían acogido los restos dispersos y maltrechos de pueblos, que vinieron a constituirse en el Occidente como remanso de levantiscas razas, como señuelo de fabulosas riquezas, como paraíso anticipado de aquel que vanas y fingidas promesas aseguran a los defensores del Islam.

Se proclama la guerra santa, que había de durar doce años. La Orden de Santiago también saltó al palenque y luchó con bravura, multiplicando el Cielo los favores y milagros según confiesan los mismos Reyes Católicos, ahora como siempre por los méritos del bienaventurado Apóstol Santiago, luz y espejo de las Españas, nuestro Patrón e guiador en la conquista de este Reyno de Granada

Cuando se entregaba en aquella guerra un castillo, ciudad o villa de alguna monta, subían los cristianos a la torre más alta tres banderas y las iban mostrando de modo que primero aparecía la de la Santa Cruz, y el ejército hincado entonces de hinojos rezaba, cada uno según su devoción, mientras los clérigos cantaban el Te Deum. Puestos ya todos en pie, un caballero de nuestra Orden tremolaba en la misma torre el estandarte del Santo Apóstol y aquella muchedumbre, al verle, comenzaba en confuso griterío a apellidar: Santiago, Santiago, hasta que aparecía el tercer estandarte, que era el de los Soberanos, y las voces se cambiaban diciendo: Castilla. Castilla por el Rey Don Fernando y la Reina Doña Isabel

Lo mismo se hizo en la fausta fecha del 2 de enero de 1492 al entregarse la ciudad de Granada. Subieron los cristianos a la torre de la Vela en la Alhambra, no ya con el estandarte de la Santa Cruz, sino con el lignum Crucis, que tras su cruz-guion llevaba delante de sí en aquella guerra el gran cardenal Mendoza, grande por todos los estilos en una época tan principal y gloriosa. El estandarte de Santiago lo enarbolaba Don Gutierre de Cárdenas, Comendador Mayor de León, y allá abajo, en los llanos de Armilla, el ejército y los Soberanos aguardaban con ansia la vista de la cruz dorada del Cardenal, la de la Cruz bermeja de la Orden. Ya suenan en señal de alegría los instrumentos de guerra, que ahora son de la victoria... Te Deum... Santiago... Castilla... España. Acaban de fundirse del todo entre gozosas lágrimas los grandes sentimientos de la fe y de la Patria amasados en sangre de ocho centurias a prueba de todas las torturas, de todos los dolores, de todos los vaivenes, de todos los desmayos, de todas las torpezas y de todos los olvidos. Quien quisiera separar al uno del otro, si pudiese lograrlo, que jamás se logrará, convertiría el caro sentimiento de la Patria en algo tan deleznable como cantarilla de alfarero. Pero vive Dios, vive el Apóstol Santiago y por vida de España eso no es ni podrá ser jamás sino quimera de ilusos, que sueñan de espaldas a algo, que está incorporado a nuestra vida nacional de suerte que es para su alma la sangre de su sangre y el hueso de sus huesos.

CONTINUARÁ

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