Domingo, 29 de marzo de 2020

Religión en Libertad

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La oculta alegría de los cementerios

Suelo pasear por el cementerio que tengo más cerca. No me importa ya que sean feos o bonitos.
 
Son cementerios. 
 
Antes me gustaban los mausoleos y las tumbas en tierra. Ahora me da igual. 
Prefiero, sí, los nichos. Son como pisos pequeños, feos, grises, sucios a veces y oscuros casi siempre.
 
Si el cementerio es bonito, como el de Pozuelo de Alarcón, me alegro. Pero si no lo es, también me alegro.
 
Si la presencia de los cipreses supera a la del cemento y los ladrillos, me siento bien. Si no... Si no... 
 
Les voy a explicar.
 
Sabemos que vivir es un regalo del buen Dios. Todo es Gracia, todo es don, todo es gratis (lo importante, de verdad, siempre es gratis).
Pasear por un cementerio es un gran regalo: te recuerda la finitud de tu vida; te habla de los que no están y te esperan al otro lado del espejo; te entristece por la partida, aunque no sepamos el día ni la hora; te brinda un relativismo sano porque ves, sí, lo ves, que todo pasa y todo acaba. 
Y, además, te sirve en bandeja un par de preciosos dones, inimaginables fuera del cementerio:
 
-El sentido profundo de la humildad y de la medida. ("Humildad es medida", creo que dijo algún beato falto, claro es, de ambas).
 
-La alegría de la expiación. Porque fuimos salvados y llevados a la Vida desde un cementerio llamado Gólgota.
 
La humildad, la medida. 
 
Vivir en el campo, disfrutar de la naturaleza, aislarse un poco de este mundo que mancha, oh, sí, es bueno y legítimo.
Pero es tan bueno que no podemos siquiera pedirlo, y menos aún merecerlo. Es la tumba en tierra, preciosa, con su zona ajardinada y todo.
El mausoleo con su Cruz grande, severa y lujosa, de mármol quizás, es otro regalo. Si te lo dan...
 
Pero prefiero el humilde nicho. Esa miniatura de los edificios de barriada barata, de obreros -como se decía antes-, donde apenas ven el cielo ni pisan la tierra. El nicho, con su incómoda escalera, si es alto; o el dolor de riñones, si es bajo. 
 
El nicho humilde, el piso humilde en el desierto del asfalto y del cemento es el nuevo eremitorio. Es la celda del monje oculto, disfrazado de trabajador de Correos o de taxista, de tendero o de cajera del mercado.
 
Vivimos en nichos la mayoría de los mortales. Y no nos damos cuenta de que esta vida gris, este paisaje oscuro y zafio tantas veces, nos purifica y nos hace otros Cristos. ¿Creen que olía bien en el Calvario? ¿Creen que había vistas bonitas? ¿Qué salieron a ver en el Calvario, un ciprés en su esplendor vespertino? Por favor, ¿qué ven Allí?
 
Vivimos gracias a Dios y a su Bondad Infinita en una caja y al morir nos meterán en otra más pequeña. El piso es la celda del alma, el nicho es la celda del cuerpo. ¿Qué más quieren?
 
Vamos muriendo en el piso. Vamos descomponiéndonos en el nicho. 
¡Qué mejor subida al Monte Carmelo! ¡Qué oxímoron divino esa luz invisible de tanta noche oscura, a la sombra de la farola, del perro que orina y del gusano que corroe!
 
No se quejen. No nos quejemos. Tenemos la suerte de vivir en perpetua expiación.
 
No huyamos. Es más, disfrutemos de la Paz del fondo silencioso del mundo. 
 
No sé si me explico, jóvenes.
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