Miércoles, 19 de junio de 2019

Religión en Libertad

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Historia escrita por el jesuita Padre José Caballero

Cerro de los Ángeles: Corazón de España - 4

por Victor in vínculis

CAPÍTULO III. EL ACTO DE LA CONSAGRACIÓN DE ESPAÑA

A primeros de abril de 1919 se dieron los últimos pasos para que la Consagración de España ante el monumento tuviera el carácter de oficial y, por tanto, que fuera realizado con participación del mismo Rey. El ambiente de aquel tiempo no sintonizaba con esta idea, como mostraron muchos de los miembros del Gobierno; parecía un reto al laicismo liberal dominante. Hubo crisis, y el 15 de aquel mes juraba el nuevo Gobierno, presidido por Antonio Maura. A pesar de varias amenazas anónimas, asistió en pleno al acto de la Consagración el 30 de mayo.

1.- EVOCACIÓN DE AQUEL DÍA INOLVIDABLE

El Boletín del Obispado de Madrid publicaba el 20 de mayo (tan solo diez días antes) una circular de monseñor Melo y Alcalde que deja entrever las dificultades de última hora.

No es ocasión esta de enumerar las dificultades de todo género que surgieron en el camino de esta gloriosa empresa. Todas las venció la piedad española. El monumento, oración esculpida en piedra, profesión de fe y amor de un pueblo cristiano, se levanta gallardo sobre el Cerro de los Ángeles, y Dios mediante, el día 30 de los corrientes, festividad del Santo Rey Fernando III, hemos de celebrar su inauguración (Indicaba a continuación las normas oportunas para que toda la nación se uniese aquel día a los actos inaugurales).

El ardoroso P. Crawley había tenido a fines de mayo un triduo preparatorio en la iglesia de San Jerónimo que, de haber podido servirse de los medios actuales de difusión, habría hecho vibrar al unísono los corazones de todos los españoles. Con todo derecho aparecía luego, en el acto del día 30, en un lugar preferente, junto con los principales participantes en la campaña.

Puede verse casi a la letra tres magnificas conferencias, reeditadas en su obra Jesús, Rey de Amor (Secretariado de la Obra de Entronización), y con sus típicas plegarias finales en forma litánica, reflejo del entusiasmo comunicado al auditorio. A modo de introducción, ofrece el autor un resumen de la participación de sus secretariados en la consagración de España con datos de sumo interés:

Designado el Sr. Marinas como escultor, quiso el señor Obispo preguntar al Rey su preferencia en la elección de la maqueta. Fue al taller del artista y quedó complacido.

Más aún, al proponerle la conveniencia de una actuación solemne, aceptó el Rey no solo presidir la inauguración, sino hacer él mismo la consagración.

Añade también esta anécdota, reflejo de su emoción al presenciar desde muy cerca aquel acto. Le fue concedida una audiencia pocos días después, y le dijo:

Permítame que cuente con toda sencillez que estuve a punto de cometer un “atentado”. Cuando descendía Su Majestad después del acto, estuve a punto de abalanzarme y darle de rodillas un abrazo en nombre de todos los apóstoles del Sagrado Corazón. ¡Me costó contenerme!

¡Qué hermoso!, dijo el Rey. ¿Por qué no lo hizo?

Porque temí que algún policía me hubiera detenido antes de caer a sus pies.

Yo le hubiera salvado en mis brazos (y le besaba emocionado las manos).

Desde media mañana iban llegando por todos los caminos multitud de coches y grupos de personas a pie que cubrían la colina en actitud expectante. Aquellos miles de personas se sentían como en representación de los miles y miles que solo asistían con el deseo. Desde la ermita al monumento se había dispuesto el terreno del mejor modo para la concentración. Tapices y macizos de plantas y flores adornaban el conjunto. A la izquierda se alzaba una tribuna para la familia real, y a su derecha se habían colocado los sitiales para el Gobierno, las autoridades e invitados.

A las 11,30 se alzó el pendón morado de Castilla junto a la real tribuna, y en la parte misma del altar una gran bandera nacional, símbolo de la patria española. El cornetín de órdenes anunció la llegada de los Reyes, que fueron recibidos por el Nuncio de Su Santidad y demás prelados asistentes.

Vestía el Rey uniforme de capitán general, con todas las insignias de la gran gala. La Reina también elegantemente vestida y ricamente ataviada.

Eran las doce menos cuarto cuando el Prelado bendijo el monumento [bajo estas líneas], y, revestido de ricos ornamentos, comenzó la Santa Misa.

A la elevación, todas las bandas dejaron oír los acordes de la marcha real, mientras todos adoraban reverentes al Señor, Rey de Reyes. Antes de la bendición final se dio lectura al telegrama de Su Santidad, firmado por el cardenal Gasparri, concediendo la bendición papal a todos los presentes.

En el centro de altar se expuso en rica custodia al Señor en forma consagrada en la misma misa, y el duque del Infantado y el señor Obispo de Sión se dirigen a la tribuna real para acompañar a Su Majestad hacia el altar.

Acompaña al Rey toda la real familia, y queda de rodillas junto al altar. El Rey subió las gradas hasta el lado de la epístola y recibió de mano del duque del Infantado el pergamino con la fórmula de la Consagración. Apoyado en su sable, escuchó de rodillas las preces de la exposición, y en seguida, mientras todos seguían de rodillas, se colocó de pie, medio vuelto hacia la custodia y al pueblo, y con voz serena, acompasada, leyó sentidamente la fórmula, cuyas frases eran acogidas por todos en un silencio impresionante. La bandera del otro lado del altar, azotada por el viento, era el único rumor que acompañaba la voz del Monarca. ¡Gesto inmortal, de verdadera y soberana caballerosidad, “digna en todo de la historia e hidalguía del pueblo caballeresco por excelencia”, como había de decir, cuatro años más tarde, Pío XI al recibir la visita del mismo Alfonso XIII!

Se organizó enseguida la procesión para trasladar el Santísimo hasta la ermita de la Virgen, escoltado por la familia real y aclamado por todo el público, y desde la explanada de arriba trazo la bendición con la Custodia el Cardenal Primado sobre aquella multitud y toda España consagrada por labios de su Rey al Corazón de Jesucristo.

Nada tiene de extraño, en contraste con el entusiasmo del pueblo sinceramente católico que se siente unido al acto de su Rey, el clamoreo furioso de las sectas, que lanzaba su rabia contra aquel acto que calificaba de “delirio y loco desafío”.

En cambio, un hombre docto y conocedor de nuestra historia, el jesuita P. Zacarías García Villada (asesinado en julio de 1936, después de haber visto perecer el fruto de largos años de investigación en los incendios de mayo del 31), escribía en Razón y Fe de entonces que había  sido una de las manifestaciones más trascendentes de la historia religiosa contemporánea de nuestra patria.

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