Lunes, 23 de septiembre de 2019

Religión en Libertad

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XXII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Reflexiones Homiléticas

  1. Introducción

La historia de la salvación es la revelación humilde de un Dios que por amor se comunica por amor al hombre. Dios recorre el camino de la humildad a través de la encarnación de su hijo. El todopoderoso se hace vulnerable, el señor se convierte en siervo, Dios creador se hace criatura en el hombre Jesús de Nazaret.

Los hombres humildes se asemejan a Dios, por eso la primera lectura nos exhorta a reconocer las obras del humilde y a estar atentos con el cínico que es lleno de sí mismo (soberbia) y vive como si Dios no existiese.

La carta a los hebreos nos recuerda que la dimensión divina se ha hecho accesible por medio de Jesús de Nazaret. Por eso, en la liturgia de la Iglesia entramos en el misterio de Dios, fuera del tiempo y del espacio degustamos el cielo, ya que somos acogidos y amados por Dios.

 

  1. Evangelio

El pasaje del evangelio nos presenta a Jesús en la casa de un fariseo, donde ha sido invitado para comer en el día más sagrado de la tradición judía. Ese sábado el Señor pasa a ser espiado por el grupo religioso tal vez más importante de la época, pero Él también observa el comportamiento de los comensales y aprovecha para enseñar con una parábola muy sugestiva.

Es necesario dar atención a algunos elementos de este breve fragmento (forma) para poder entender mejor el contenido (fondo).

El sábado. La principal fiesta litúrgica de los judíos es la pascua, pero semanalmente el pueblo de Israel se pone ante el misterio de Dios que crea y reposa en el día séptimo que inaugura al atardecer del viernes la jornada del descanso y la alabanza. El Shabat también recuerda la identidad del pueblo judío que fue liberado de la esclavitud de Egipto y, por otro lado, es la celebración de las nupcias de Dios con su pueblo. La sacralidad de este día determina la prohibición de cualquier tipo de actividad, ya que lo importante es el descanso celebrado en familia y con una abundante y deliciosa comida festiva prevista para la ocasión.

Para Jesús el sábado es también el día del Señor, podemos imaginarlo durante toda su vida oculta en la familia de Nazareth, participando cada semana en la celebración litúrgica de la Palabra en la Sinagoga y especialmente en la celebración doméstica, que debía ocurrir en la sencillez de la casa donde creció, recibió la fe de su pueblo y trabajó en el silencio y el más absoluto anonimato con José y María en una insignificante aldea de Galilea. En su ministerio público, Jesús se dirige a las sinagogas de los territorios que recorre y en ellas predica el reino de Dios (Lc 4,16-31), pero también se opone y critica la rigidez de la ley acerca del sábado: “el hombre no se hizo para el sábado, sino el sábado para el hombre” (Cfr. Mc 2,23-28).

Los fariseos. En la compleja y polémica situación del pueblo de Israel bajo el dominio romano, los fariseos se destacan por ser el grupo religioso más particular, ya que se denominan los guardianes de la Torá (ley escrita) y de la tradición oral. Se diferencian por su forma de vestir y actuar.

A pesar de todas las adversidades y obstáculos colocados por los fariseos en la vida pública del Señor, Jesús acepta y va a la casa de un miembro de este grupo religioso. Así como convive con los pecadores y publicanos y participa a la mesa de los que eran considerados los impuros de la sociedad de su época, Jesús también acepta invitaciones de sus más acérrimos enemigos. Un fariseo lo invita, pero será espiado, todo lo que diga o haga lo usaran en su contra, porque no se fían del maestro galileo que presenta un mensaje novedoso, pero que también parece ser un líder subversivo. De hecho, Jesús ataca la religiosidad farisea, porque ella se apoya en un cumplimiento exterior de las normas, ya que los fariseos han hecho del don de la ley un peso, o sea, un entramado de prescripciones que pocos conocen y consiguen cumplir, dada la cantidad enorme de leyes (Mt).

El ejemplo. En la predicación del maestro de Nazaret existen diversos recursos de oratoria –hoy podríamos decir de índole pedagógico y catequético– que enriquecen su palabra. En los llamados evangelios sinópticos –porque tienen una misma estructura, o sea, Mateo, Marcos y Lucas– Jesús utiliza sobre todo las parábolas para ilustrar los misterios de su nuevo mensaje, ya en el evangelio de Juan abundan los grandes discursos con imágenes, símbolos y alegorías.

En el caso propuesto por el evangelio que nos interesa, Lucas afirma que el Señor puso un “ejemplo” a los comensales en la casa del fariseo, o sea, usó algo similar a una parábola (comparación). Los ejemplos ilustran de una forma muy clara una idea y una enseñanza. Jesús es un buen pedagogo y catequista, porque conduce (educa) con arte y hace resonar la fe a través de un ejemplo sencillo y claro. Su predicación se alimenta de las cosas que observa del mundo cotidiano y de la forma de actuar de las personas. A Él lo espían los fariseos para poder tener argumentos y poder condenarlo, pero Él observa a su alrededor con serenidad y discernimiento, para denunciar las máscaras, los engaños y el pecado que anida en el corazón del hombre y en su forma de ser.

La boda. En el lenguaje profético la llegada del Mesías es anunciada por la manifestación de la salvación a través de diversas imágenes. Las bodas representan una celebración entre Dios y su pueblo. En el evangelio de Juan el inicio del ministerio público de Jesús –entre otras cosas– se caracteriza por su revelación mesiánica en unas bodas en la ciudad de Caná en Galilea. Jesús recurre a la imagen del banquete nupcial en algunas parábolas para presentar, sobre todo, la novedad de reino de Dios y el rechazo por parte de los judíos de esta realidad, por eso la invitación se abre a todos los pueblos, tornando la salvación de carácter universal.

Jesús es el esposo de la nueva alianza que Dios realiza con la humanidad. En el primer pacto el pueblo resultó infiel a su Señor, por eso su comportamiento fue descrito como el de una adultera o el de una prostituta, porque la idolatría destruyó la relación con Dios. Jesús viene de parte de Dios para revelar su amor, desposando al hombre pecador, rescatándolo de la esclavitud del mal, purificándolo del pecado y transformándolo en su amor para que sea una nueva criatura. Esta nueva alianza implica la conversión del corazón que abre las puertas a la gracia de Dios que regenera la vida y lleva al hombre a reconocer su pequeñez (humildad=humus) y servir a Dios.

Porque todo el que se enaltece será humillado; y el que se humilla será enaltecido. La observación del Señor se da porque los invitados a la comida –donde el aparece como la figura principal– buscan los primeros lugares, para aparecer y llamar la atención. Los fariseos no son humildes, porque se han revestido de soberbia en su función religiosa, considerándose más puros y buenos que los otros que no cumplen la ley y desconocen todos los detalles de la tradición oral. Los fariseos se han colocado en pedestales de la “moral” y el “poder”, actitudes que les cierran a la gracia de Dios que se hace pobre y pequeño.

De hecho, solo Dios se hace humilde en Jesús de Nazaret, solo Dios se ha humillado, porque se hecho pobre renunciando a su gloria, solo Dios se ha hecho tierra (humus) asumiendo la vil condición humana (Fl). Jesús es el único “manso y humilde de corazón” (Mt 11,28). El hombre ya es tierra, pero no lo quiere reconocer, le escandaliza aceptar esta realidad y por eso se encumbra de forma engañosa a través del orgullo, se miente así mismo –esto ha venido a denunciar el Señor–, pero la propia precariedad lo derriba de su posición. El hombre se exalta, quiere ser como Dios y termina siendo humillado, sin embargo, Dios se ha humillado y quiere exaltar al hombre por medio de la divinización, o sea, hacerlo su hijo, transformándolo por la gracia.

  1. Actualización Catequética

El comportamiento fariseo puede estar en nuestro corazón y nos lleva a vivir en el engaño. El fariseo representa una forma de ser llena de lo que hoy denominamos moralismos y mojigaterías, de hecho, Jesús los llama de “hipócritas” –que en el antiguo teatro griego es el nombre que reciben los actores (hipocrites)–, porque usan el universo religioso para aparecer como justos delante de Dios y de los hombres por el simple hecho de aparentemente cumplir la ley.

El fariseo busca los primeros lugares y crea pedestales para ser reconocido y admirado por los otros. Este comportamiento a veces se manifiesta también entre nosotros, basta ver la competitividad afectiva y profesional en la vida de muchas personas, actitudes que solo dejan heridas en las relaciones y en el trabajo, porque para escalar tales pedestales –que ya pueden estar ocupados– es necesario entrar en la frenética búsqueda de los primeros lugares, derribando a unos y avergonzando a otros.  

¿Qué es la humildad? La humildad es Jesús de Nazaret, solo Dios se hace humilde. Por tanto, el hombre jamás podrá ser humilde, ¿a qué más puede bajar de su condición?, sino que iluminado por Dios reconocerá su nada, su pequeñez, pobreza y pecado. Por eso Teresa de Ávila decía que “la humildad es la verdad” y ¿qué es más cierto que esto?, ya que el hombre es una simple criatura. Esta es la verdad, somos hombres, pero queremos ser como Dios… ¡Qué absurdo pretender esto! Porque si somos criaturas estamos expuestos al dolor, al sufrimiento moral, a la tentación y a la adversidad.

Por eso hacerse humilde es en verdad “reconocer” la condición terrena y pecadora que nos acompaña. Para poder ayudarnos a reconocer nuestra pobre realidad el Señor se sirve de la historia y sus acontecimientos que nos derriban del pedestal del orgullo –como ocurrió con Saulo de Tarso en su proceso de conversión– y sacan de la isla del egoísmo.

Es importante superar muchos equívocos sobre esta expresión, ya que en algunas lenguas la palabra humildad se ha convertido en sinónimo de pobreza material, o sea, una persona pobre es humilde o es humilde porque es pobre, y no es así, ya que un pobre puede ser muy orgulloso y resentido.

Observando a Jesús, humilde y manso de corazón podemos apreciar que: el humilde no se defiende y nosotros pobres pecadores deberíamos acusarnos; el humilde se apoya en Dios y nosotros hombres confiamos en nuestras capacidades y, sobre todo, en los ídolos del mundo; el humilde se deja corregir y nosotros por el orgullo pensamos que siempre tenemos la razón y no queremos doblegar la cerviz; el humilde tiene un corazón agradecido y nosotros exigimos, reclamamos y murmuramos por todo; el humilde enfrenta las pruebas con fe y paciencia y nosotros sucumbimos porque abandonamos la Iglesia, la oración y dudamos del amor de Dios; y finalmente, el humilde perdona, porque ha sido perdonado, pero nosotros nos llenamos de rencor y queremos hacer justicia con las propias manos.

¡Que la celebración de esta Eucaristía dominical nos ayude a reconocer la humildad de nuestra humanidad y celebrar el amor incondicional, infinito y gratuito de Dios!

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