Viernes, 06 de diciembre de 2019

Religión en Libertad

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Domingo XVII del T.O (B) y pincelada martirial

Domingo XVII del T.O (B) y pincelada martirial

por Victor in vínculis

Escribe San Cesáreo de Arlés[1] en sus Sermones:

«Existe, pues, una misericordia terrena y humana, otra celestial y divina. ¿Cuál es la misericordia humana? La que consiste en atender a las miserias de los pobres. ¿Cuál es la misericordia divina? Sin duda, la que consiste en el perdón de los pecados. Todo lo que da la misericordia humana en este tiempo de peregrinación se lo devuelve después la misericordia divina en la patria definitiva. Dios, en este mundo, padece frío y hambre en la persona de todos los pobres, como dijo Él mismo: Cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis. El mismo Dios que se digna dar en el cielo quiere recibir en la tierra.

¿Cómo somos nosotros, que, cuando Dios nos da, queremos recibir y, cuando nos pide, no le queremos dar? Porque, cuando un pobre pasa hambre, es Cristo quien pasa necesidad: Tuve hambre, y no me disteis de comer. No apartes, pues, tu mirada de la miseria de los pobres, si quieres esperar confiado el perdón de los pecados. Ahora, hermanos, Cristo pasa hambre, es Él quien se digna padecer hambre y sed en la persona de todos los pobres; y lo que reciba aquí en la tierra lo devolverá luego en el cielo».

Milagro de los panes y los peces, de Giovanni Lanfranco. Óleo sobre tela, 1620-1623.

La multiplicación de los panes y los peces no es un simple milagro para saciar y contentar el estómago de los que siguen a Jesús. El Corazón bueno de Jesús -escuchábamos el domingo anterior- ha enseñado con calma una doctrina que tiene que hacerse vida; y después el Señor sacia su hambre.

Y es que cualquier acción de Cristo es motivo de gloria para la Iglesia universal. La caridad tiene que ser la imitación del mismo Cristo, el ser y el hacer como Cristo. La solidaridad del sentirme bien, del que me dejen mejor las cosas que hago, sin más, termina por hastiarnos. Nosotros nos damos en todo y a todos por Cristo. Fijaos, si no, qué luz tan extraordinaria nos ofrece San Cirilo de Jerusalén en sus catequesis[2]:

«Fue, ciertamente, digno de admiración el hecho de que el ciego de nacimiento recobrara la vista en Siloé; pero ¿en qué benefició esto a todos los ciegos del mundo? Fue algo grande y preternatural la resurrección de Lázaro, cuatro días después de muerto; pero este beneficio le afectó a él únicamente, pues ¿en qué benefició a los que en todo el mundo estaban muertos por el pecado? Fue cosa admirable el que cinco panes, como una fuente inextinguible, bastaran para alimentar a cinco mil hombres, pero ¿en qué benefició a los que en todo el mundo se hallaban atormentados por el hambre de la ignorancia? Fue maravilloso el hecho de que fuera liberada aquella mujer a la que Satanás tenía ligada por la enfermedad desde hacía dieciocho años; pero, ¿de qué nos sirvió a nosotros que estábamos ligados con las cadenas de nuestros pecados?

En cambio, el triunfo de la cruz iluminó a todos los que padecían la ceguera del pecado, nos liberó a todos de las ataduras del pecado, redimió a todos los hombres».

Esta es la verdadera teología que nos salva: la victoria de Cristo sobre la muerte, la liberación de nuestros pecados. Y esto es lo que me lleva a actuar hacia el otro. La multiplicación de los panes y los peces no es una parábola de solidaridad; es el milagro de Cristo que libera, que me lleva a entregarme por el otro, pero no para que yo me sienta bien y tranquilice así mi conciencia. La sociedad tiene su cauce y la Iglesia tiene el suyo: CARITAS CHRISTI URGET NOS. La caridad de Cristo nos urge a llevar su Palabra y a repartir su Pan -así es como el Señor lo hace-, siempre en su Nombre, solo por su Nombre.

Y siempre más y siempre mejor, como decía San Ignacio de Loyola. El martes 31 de julio, celebramos al fundador de la Compañía de Jesús. Ejerció un fecundo apostolado con sus escritos y con la formación de discípulos que trabajaron intensamente por la reforma de la Iglesia. El cisterciense Luis Estrada, en un encendido elogio que hace de San Ignacio de Loyola al año siguiente de su muerte, remarca mucho el contraste entre su grandeza espiritual y su poca apariencia corporal. Y -¡quién lo diría!- el titán de la acción y del dinamismo agotador fue un hombre a quien las lágrimas místicas le estropearon los ojos, como cuentan sus biógrafos; aquellos ojos que hablaban y que transmitían lo que vivía el santo. La experiencia mística no lo desvía de la acción; en él la mística revierte en el servicio. La entrega a Cristo revierte en los hermanos. En todo amar y servir a su Divina Majestad. No solo amar, no solo extasiarse con la contemplación de los misterios. El amor de Dios lleva al servicio auténtico de Dios. Solo el amor de Dios. Todo para la mayor gloria de Dios, dice él insistentemente. Ahí tenemos el acceso al centro del corazón del santo de Loyola. El hombre ha sido creado para, en la Iglesia militante, vencer en el combate contra Satanás, sirviendo con reverencia a la majestad del Dios trino mediante la configuración con el hombre Jesús crucificado, y para entrar, así, en la gloria del Padre. La fuerza básica que mueve este estilo de vida, con firmeza y suavidad a la vez, es el amor al que San Ignacio da expresión con la palabra más significativa de todo su ser: el magis. Es el amor que siempre quiere más, que no conoce límites, abierto hacia arriba continuamente por una disponibilidad para el servicio en Dios, y por una voluntad de configuración con Cristo.

Más, mayor... Mayor fuerza espiritual, más semejanza con Jesucristo, mayor unión con la Iglesia, más conformidad con Cristo sacramentado, más pura esperanza en Dios, más humildad, mayor esperanza y diligencia, mayor edificación, más eficacia en los ministerios y más libertad de espíritu para trabajar, mayor fuerza para persuadir a la pobreza, más pura aceptación de la pobreza evangélica y más perfecta práctica de la misma...

Y así continúa en sus escritos. Más, mayor. Estas palabras las repite él hasta la saciedad. Y su Diario espiritual nos hace entender que Dios no se encuentra infaliblemente al término de nuestro esfuerzo como algo conquistado, sino como Alguien que nos visita gratuita y graciosamente. Así nos lo recuerda él al final de los Ejercicios, en la cuarta semana, en la Contemplación para alcanzar amor.

Después -dice él- reflexionar considerando lo que yo con mucha razón y justicia debo de mi parte ofrecer y dar a su Divina Majestad:

Tomad, Señor, y recibid toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento y toda mi voluntad; todo mi haber y mi poseer. Vos me lo disteis; a Vos, Señor, lo torno. Todo es vuestro. Disponed a toda vuestra Voluntad. Dadme vuestro amor y gracia, que esto me basta.

Que María Santísima nos lo consiga a todos. 

PINCELADA MARTIRIAL

El Beato José Calasanz Marqués era pariente lejano del Santo Fundador de los Escolapios, y había nacido en Azanuy (Huesca) el 23 de noviembre de 1872. Fue uno de los miles de mártires de la Familia Salesiana. Conoció a Don Bosco en la visita que el fundador hizo a Barcelona en 1886, ya que era entonces interno en la incipiente Casa Salesiana de Sarriá. Habiendo profesado a los 18 años, cinco años más tarde, en las Navidades de 1895, cantaba allí mismo su Primera Misa.

Secretario del beato Felipe Rinaldi durante diez años, se le encargó después de la dirección del Colegio de La Esmeralda en las Corts de Sarriá, que en 1905 se trasladaba a Mataró. Dejó esta Casa en 1916 para dirigir la de Camagüey (Cuba), de donde pasó a ser Provincial de la Inspectoría Boliviano-Peruana. Al llegar en 1923, el entonces arzobispo de Lima, monseñor Emilio Lissón lo nombró vicepárroco de la entonces viceparroquia de San Miguel y Magdalena del Mar, y desde 1925 de su Inspectoría de procedencia, la Tarraconense.

Se distinguió por su gran corazón, lleno de amor a los Hermanos, a los Superiores, a la Congregación y a todos los fieles que le estaban encomendados, demostrado con una actividad incansable en su servicio. Fue capturado junto con otros Salesianos mientras llevaba a cabo un retiro en Valencia. Sereno mientras la persecución arreciaba, así habló a un Hermano que le exponía sus temores:

-Hijo mío, debemos tener más confianza en la Divina Providencia. De todos modos, creo que estoy en gracia de Dios.

Habiendo pasado con los demás salesianos una semana en la cárcel de Valencia, fue detenido por unos milicianos de Mislata, que, al ver la sotana en su maletín, le preguntaron si era cura:

-Sí, soy Sacerdote Salesiano, respondió con calma y dignidad.

Fue conducido de pie en un camión hacia Valencia, y al llegar al Puente de San José, el disparo de un fusil que llevaba un mozalbete, desobediente a quien le indicaba el peligro anejo a la forma de llevar el arma, acabó con su vida. Los dos salesianos que le acompañaron fueron testigos de su inmolación, consecuencia del odio al sacerdote. Era el 29 de julio de 1936.

En la persecución religiosa de 1936 muchos miembros de la Familia Salesiana sufrieron el martirio: 39 sacerdotes, 22 clérigos, 24 hermanos, 2 hermanas salesianas, 4 cooperadores salesianos, 3 aspirantes salesianos y un colaborador laico; 95 en total.

 

[1] SAN CESÁREO DE ARLÉS, Sermón 25, Liturgia de las Horas, tomo III, página 468.

[2] SAN CIRILO DE JERUSALÉN, Catequesis, Liturgia de las Horas, tomo III, página 128.

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