Viernes, 22 de noviembre de 2019

Religión en Libertad

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Domingo XXVIII T.O. y pincelada martirial (C)

por Victor in vínculis

En el Museo Nacional de Nüremberg se conserva el salterio de Echternach, que narra el milagro que acabamos de escuchar en dos escenas. En la primera, los diez leprosos invocan desde lejos a Jesús, ya que su enfermedad, considerada como castigo a sus pecados, debía mantenerles alejados de cualquier lugar habitado y tenían que gritar a su paso que eran inmundos (Lev 13, 44-46). Para poner a prueba su fe, Jesús les envía a los sacerdotes, como si ya desde entonces estuviesen curados (Lev 14, 2-3). Obedecen, confiados en esta promesa velada; por eso Jesús no les reprocha su falta de fe, sino su ingratitud.

En la segunda escena aparece Jesús realizando un gesto de bendición al recibir al extranjero, que pertenece al pueblo de los samaritanos, despreciados por los judíos, y que como Naamán el sirio, curado por Eliseo, como nos relataba la primera lectura, no piensa más que en volver para glorificar a Dios por la gracia recibida. 

Aquí lo que se nos narra es un milagro. Afirmaba Gilbert Keith Chesterton que lo más increíble de los milagros es que suceden. Con esta perícopa comienza la tercera sección del viaje de Jesús a Jerusalén al encuentro con la voluntad del Padre. La indicación geográfica -entre Samaria y Galilea- prepara y justifica la presencia de un samaritano entre los leprosos que salen a su encuentro. El centro de interés del relato no está en la curación de estos leprosos, sino en las enseñanzas que de tal hecho se desprenden. La más evidente es la enseñanza sobre la actitud de agradecimiento con que el hombre debe acoger el don de Dios. 

Ávila, uno de noviembre de 19821. Acompañado por todos los obispos de España y ante un millón de personas, san Juan Pablo II celebraba la Santa Misa teniendo como marco las inconfundibles murallas de la ciudad. Allí, el Pontífice afirmaba:

«Para Santa Teresa de Jesús, [a la que celebramos este martes] acercarse al misterio de Dios, a Jesús, traer a Jesucristo presente (Vida 4,8), constituye toda su oración. Para ella, la oración consiste en un encuentro personal con aquel que es el único camino para conducirnos al Padre (Castillo interior VI,7,6). Teresa reaccionó contra los libros que proponían la contemplación como un vago engolfarse en la divinidad (Vida 22,1) o como un no pensar nada (Castillo interior IV,3,6), viendo en ello un peligro de replegarse sobre uno mismo, de apartarse de Jesús, del cual nos vienen todos los bienes (Vida 22,4). De aquí su grito: Apartarse de Cristo... no lo puedo sufrir (Vida 22,1). Este grito vale también en nuestros días contra algunas técnicas de oración que no se inspiran en el Evangelio y que prácticamente tienden a prescindir de Cristo, en favor de un vacío mental que dentro del cristianismo no tiene sentido. Toda técnica de oración es válida en cuanto se inspira en Cristo y conduce a Cristo, el Camino, la Verdad y la Vida (Jn 14,6)».

A este propósito, el propio san Juan Pablo II cuenta la siguiente anécdota que le sucedió a él mismo cuando era seminarista en el año 1945, al final de la segunda Guerra Mundial. A la puerta del Seminario medio derruido de Cracovia llamó un soldado ruso. Manifestó que quería entrar en él. El joven Wojtyla mantuvo con él una larga conversación. Aquel soldado durante su vida no había entrado casi nunca en una iglesia. En la escuela y en el trabajo había oído afirmar constantemente: ¡Dios no existe! Y he aquí la afirmación realmente asombrosa del soldado: Pero yo siempre supe que Dios existe... y ahora querría aprender algo de Él

Este ha de ser nuestro principal trabajo: conocer a Jesús, aprender algo, aprender mucho, aprenderlo todo de Él. Este tiene que ser nuestro deseo. Regresar a su presencia, como el leproso agradecido; regresar para darle gracias infinitas por todo lo que hace por nosotros; por todas las veces que hace que caiga la lepra de nuestra dureza, la lepra de nuestras impurezas, la lepra de la dejadez, de la insidia, del desánimo, de nuestras injusticias... ¡Es tan necesario que nos presentemos ante Jesús para que nos limpie de nuestras lepras...!

Alabar a Dios es lo mismo que hacer votos y cumplirlos2. Por eso se nos dio a todos como modelo aquel samaritano que, al verse curado de la lepra juntamente con los otros nueve leprosos que obedecieron la palabra del Señor, volvió de nuevo al encuentro de Cristo y fue el único que glorificó a Dios, dándole gracias... Con esto el Señor Jesús en su enseñanza divina te mostró, por una parte, la bondad de Dios Padre y, por otra, te insinuó la conveniencia de orar con intensidad y frecuencia. 

Cuenta la beata Ana de San Bartolomé, testigo excepcional de la muerte de Santa Teresa, que cuando la Santa vio que le traían el Viático, decía con gran alegría: Señor mío, ya es tiempo de caminar3. Teresa, que llegó a Alba de Tormes tan quebrantada de los caminos que no le quedaba hueso sano, moría contenta pensando en un nuevo caminar. No lo dudemos. Para nosotros hay un único camino que nos lleva a Jesucristo. Tenemos que dejarnos guiar por la generosidad del leproso y vivir en Jesús. Este caminar, por el Evangelio y por los sacramentos, nos llevará a vivir la misericordia y el amor de Dios. 

Así nos lo dice San Pablo cuando escribe a Timoteo: La Palabra de Dios no está encadenada. Por eso es necesario que nos dejemos guiar por sus criterios. Y así no habrá confusión. ¡Y de qué forma tan hermosa se expresa! Es doctrina segura: Si morimos con Él, viviremos con Él; si perseveramos, reinaremos con Él. A pesar de que le neguemos. Él no nos negará. Pero si somos infieles, Él permanece fiel porque no puede negarse a sí mismo.

No reneguemos, pues, de Jesús. Salgamos a su encuentro. Busquemos encontrarnos con Él; busquemos perseverar para reinar con Él. No le neguemos. Busquemos vivir siempre en su Verdad. 

Antes de terminar, y como preparación para el Domingo Mundial de las Misiones, el popular DOMUND que celebraremos el próximo domingo, y en este Mes extraordinario de las Misiones he querido recordar el testimonio de san Daniel Comboni, cuya memoria celebrábamos el jueves pasado. La Iglesia no puede sustraerse a la actividad misionera hacia los pueblos, y es una tarea prioritaria de la misión ad gentes anunciar a Cristo.

Sólo vivo por el bien de la Iglesia. Y por la conversión de mis queridos africanos daría cien veces la vida, si pudiera. 

Esto escribía Comboni al final de su vida, segada por las fatigas y las cruces la noche del 10 de octubre de 1881 en Jartum, Sudán, tras una vida dedicada a las misiones en tierra africana. Fue de los primeros en adentrarse en el corazón inexplorado del África negra, en ocho extenuantes viajes, para anunciar a aquellos pueblos a Jesucristo; el primero en fundar, en aquellas tierras lejanas y difíciles, puntos estables de misión. Repetirá en diversas ocasiones: Hay que padecer grandes cosas por amor de Jesucristo... Pero toda nuestra confianza está en Aquél que murió y resucitó por nosotros y eligió los medios más débiles para hacer sus obras. 

Si morimos con Él, viviremos con Él. Si perseveramos, reinaremos con Él... 

Sintiendo que se le acababan las fuerzas, llamó a los suyos, les dio las gracias y les pidió perdón a todos. Tenía cincuenta años. Fue la suya una existencia santa y rica en acontecimientos. Hoy los miembros de la familia comboniana son alrededor de 4.000 misioneros distribuidos por todo el mundo para anunciar el Reino de Dios. Escribiría antes de morir: 

No detendremos nuestra marcha sino cuando termine nuestra vida. Y cuando luego estemos en el Paraíso, con nuestras incesantes oraciones pondremos en cruz a Jesús y María, y les rezaremos hasta que, por amor o a la fuerza, no tengan más remedio que hacer milagros. 

Que así se lo pidamos al Señor. Él hoy nos purifica de nuestras lepras; Él hoy nos limpia, como en tantas ocasiones. Y está esperando que, como el leproso samaritano, nos acerquemos a Él para darle las gracias, para glorificar a Dios por medio de sus obras, para escuchar cómo nos repite a cada uno: Levántate, tu fe te ha salvado.

PINCELADAS MARTIRIALES

Hace ocho años tuvo lugar la beatificación más numerosa de la historia de la Iglesia católica. Escribía el cardenal Antonio Cañizares:

«Se pueden pensar, decir y hacer los comentarios que sea acerca de la beatificación, en Tarragona, de 522 mártires de la persecución religiosa de los años 30 en España, pero lo cierto y objetivo es que aquel domingo vivimos, en Tarragona, un acontecimiento que no podemos ni debemos olvidar. Fue un día muy grande para la Iglesia en España, para España, para todos, una verdadera bendición del cielo que a todos alcanza: ni la Iglesia, ni la sociedad española pueden olvidar a los mártires ni olvidar su lección en vida y en muerte, su testimonio de Dios que es Amor y sólo Señor, su confesión de fe en Dios que salva, su testimonio y entrega de perdón.

Nuestros mártires son aliento, estímulo e intercesión, ayuda y auxilio para nosotros, para que demos testimonio público de fe en Dios vivo en un mundo que vive a sus espaldas y como si no existiera, y por ello, contra el hombre y su futuro, para una verdadera convivencia en paz y justicia, en la verdad y en el amor, en libertad verdadera fruto del amor en que se expresa la verdad: sin Dios no es posible la paz, ni el reconocimiento efectivo de la dignidad y grandeza de todo ser humano. El mundo de hoy necesita de cristianos que, en la vida pública y privada, en sus obras y en sus palabras, vayan dejando, a su paso por la vida, el testimonio vivo y real de fe en Jesucristo.

Necesitamos hoy cristianos que estén dispuestos y prestos a confesar a Cristo públicamente, y en todo lugar y circunstancia, delante de los hombres o en la soledad, y a seguirlo, como únicamente se le puede seguir, por el camino de la Cruz y del Calvario. Los cristianos no queremos ni podemos saber de otro como nuestros mártires, ni creer en otro, que en Jesucristo y éste crucificado, manifestación suprema de Dios, de su amor y entrega, de su perdón y donación del don de la reconciliación y de la paz».

 

1 San JUAN PABLO II, Homilía durante la Misa celebrada en Ávila el 1 de noviembre de 1982.

2 SAN AMBROSIO, Del tratado sobre Caín y Abel. Liturgia de las Horas IV, lunes de la XXVII, pág. 267.

3 P. CRISÓGONO, Vida de Santa Teresa (Madrid 1980).

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