Viernes, 04 de diciembre de 2020

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Un nuevo perfil del maestro católico

Un nuevo perfil del maestro católico

por Duc in altum!

Las estadísticas de la Iglesia (2020)[1] en cuanto al número de estudiantes que forman parte de sus diferentes instituciones educativas supera los sesenta siete millones. Una cifra impresionante que pone sobre la mesa la necesidad de dar un nuevo impulso a los colegios y universidades. Más de sesenta millones de personas pueden, sin duda, cambiar positivamente la realidad del mundo, pero eso dependerá de la calidad de nuestras comunidades educativas, así como del enfoque pastoral que se tenga.  Un punto medular es el desarrollo humano, espiritual y profesional de los maestros. Sean religiosos o laicos Lo anterior, debido a que “nadie da lo que no tiene”. La crisis educativa no viene de los niños, adolescentes y jóvenes sino del mundo adulto; es decir, nos enfrentamos al reto de formar mejor a los que forman, acompañándolos desde lo concreto de cada día. Por ejemplo, cuando un directivo dedica tiempo a platicar con los docentes siendo cercano a sus necesidades.

Necesitamos un nuevo perfil del maestro católico. Y no solamente nos referimos a los docentes de pastoral sino a los que imparten las distintas materias, porque la fe tiene que encarnarse en los diferentes enfoques. De otro modo, sale del mundo, de la realidad y se vuelve un discurso rebuscadamente piadoso sin implicación. Ese nuevo perfil puede resumirse básicamente en tres palabras:

1. Espiritualidad. 

2. Profesionalismo. 

3. Creatividad. 

Espiritualidad, porque es necesario abrirse a la experiencia de Dios para luego compartirla con los estudiantes. Profesionalismo, debido a que se trata de formar para la vida y esto supone que el maestro se mantenga actualizado. Creatividad, porque el mundo cambia constantemente y el paradigma educativo también.

Hay que evitar los vicios que anulan el perfil de todo maestro católico:

1. Solicitar el empleo sin tener vocación.

2. Desinterés por la propia salud.

3. Una espiritualidad nula o estancada.

Todo maestro tiene derecho a un salario y a las prestaciones de ley; sin embargo, para dar clases en un colegio, también es necesario tener esa vocación en particular. Es decir, además de la justa parte económica, debe existir una opción sincera en favor de los niños, adolescentes y jóvenes. También, debe cuidar su salud física y mental. Muchas veces, nos topamos con maestros que, al no atender sus heridas del pasado, se vuelven realmente tóxicos en su trato con los alumnos, padres de familia y compañeros de trabajo. Esto es un punto medular que, muchas veces, termina por disminuir el efecto positivo de las instituciones educativas en la evangelización. Además, no debe ser alguien con una espiritualidad aparente, actuada con el solo objetivo de agradar a las autoridades educativas en turno y hacer carrera o “carrerismo” como lo ha llamado atinadamente el Papa Francisco.  Al contrario, le toca comprometerse con su crecimiento espiritual. Buscar acompañamiento, tener un libro de espiritualidad de cabecera, acercarse a los sacramentos, además de alimentar su fe con momentos de oración como la lectio divina y la devoción a María, porque dar clases exige mucha paciencia, claridad, coherencia y entrega. Solo Dios puede dar esos elementos.  

No faltará el que objete que, dada las circunstancias, no abundan los perfiles de hombres y mujeres que tengan tanto la parte de la fe como del profesionalismo; sin embargo, la respuesta a esa objeción es clara: “Si no existen esos perfiles, ¡formémoslos!” De ahí que la Iglesia cuente con Escuelas Normales. Necesitamos maestros que sepan enseñar el teorema de Pitágoras y, al mismo tiempo, que hayan leído a Teresa de Ávila; maestros que no se enojen o asusten ante preguntas complejas en campos como la bioética o la antropología y que sepan plantear el pensamiento de la Iglesia al respecto.

Hay que fortalecer el perfil del maestro que enseña para la vida. Aquel que no tiene miedo a ser exigente porque, como lo hace por el bien de sus alumnos, lejos de ser un autoritario que les caiga mal, termina por ser querido y valorado, pues los jóvenes saben detectar y distinguir entre los que exigen siendo incoherentes y aquellos que lo hacen dando el ejemplo. No caigamos en la tentación de contratar a personas que carecen del perfil que se requiere pensando que lo conseguirán en el camino. Es verdad que se crece sobre la marcha, pero siempre tiene que existir un mínimo indispensable que sirva de punto de partida. La educación es cosa seria y más que animadores, necesitamos formadores, porque el que forma, también anima, pero lo hace desde un punto de vista mucho más integral. En síntesis, es tiempo de formar maestros que se identifiquen con Jesús de Nazaret y sepan llevarlo creativamente a sus grupos.

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[1]Referencia: http://www.fides.org/es/news/68840VATICANO_Las_estadisticas_de_la_Iglesia_catolica_2020

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