Lunes, 17 de enero de 2022

Religión en Libertad

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Mensaje del Amor Misericordioso

A los católicos españoles. Orar por España (3)

por Victor in vínculis

La ofrenda. —Los frutos de la prueba

Redoblad la devoción a la ofrenda: que se eleve incesantemente de millares de pechos en todas las partes de vuestro suelo. Tales son vuestras armas y vuestro poderoso escudo. ¡Dichoso el que me comprenda y secunde mis designios misericordiosos! La prueba actual es para vosotros una gracia inmensa. Las almas volverán a mí con más ahínco, comprenderán mejor la necesidad que tienen de no apoyarse sino en mí. Los buenos se harán mejores y despertaré a los que yacían dormidos contentándose con disfrutar de vuestros trabajos. ¿De dónde puede veniros la salvación sino de vuestro salvador? Uníos para clamar al Amor misericordioso; imploradlo por mediación de María y por mi Teresita para que triunféis, ante todo de vosotros mismos, de la corrupción que lleváis dentro, el orgullo, el espíritu de independencia y el deseo de goces perecederos. Las pruebas humillan, os obligan a reconocer ante mí vuestra pequeñez, importancia e ignorancia, y no es pequeño tesoro de las almas perder el apoyo en sí mismas y en sus propios medios y ponerlo en Dios. Las pruebas fijan en el cielo los corazones; con ellas se hace más sensible la necesidad de recurrir a mí, de consultar para hacer lo que es mi voluntad, con lo cual el abandono es más sobrenatural, más meritorio y más perfecto. Las pruebas por mí permitidas os mantienen en el espíritu de sacrificio, os enseñan a anteponer a todo mi santa voluntad, el bien común al bien personal; a dejar vuestras cosas por atender a las del prójimo; a consolar a los que temen y lloran; tomando fuerzas de mí, que soy fuente de fortaleza, sintiendo más honda necesidad de los santos sacramentos.

En verdad os digo: estos tiempos de tribulación son ya de por sí un gran bien para vuestras almas; si sabéis serme fieles y me dais lo que quiero y espero, no tendré que exigiros más. Tan solo una cosa debéis temer en estos días de confusión; no la táctica y los planes de los enemigos, sino vuestro egoísmo, que impediría que hicieseis por mí y por vuestra patria lo que de vosotros espero. A vosotros, sacerdotes y religiosos míos, a vosotros mis fieles predilectos, mis escogidos, confío en esta hora la salud de la patria. Mi gloria es hacer bien, mas quiero que se me pida; venid a mí y mostraos como deseo, repetid constantemente la ofrenda, pero la ofrenda práctica sobre todo, que es la que más pesa en mi presencia.

Enseñadla a las almas; que se unan a mí en cuantos actos producen, para que los pueda yo revestir con el valor de los míos y puedan obrar según el modelo que les he dado en mí mismo

¡Qué vidas tan llenas serían estas, aun sin descubrir al exterior nada raro ni extraordinario! A religiosos y religiosas diles que la mejor mortificación que yo les pido es la perfecta observancia de sus reglas: el silencio, la obediencia, la caridad, la pobreza. Que traten de suprimir las dispensas innecesarias cuando la obediencia no se las impone. Si esto hacéis y contribuís a que los demás hagan otro tanto, mucho habéis hecho, y si las almas responden, mis fines se verán realizados.

Confianza en Dios. —Jesús no nos abandona

¡Velad, orad, confiad! confiad en mí, solamente en mí. A cada cual doy la gracia según las necesidades del momento, y en cada caso mi ayuda es proporcionada a las dificultades que se presentan. No os espantéis, pues, si de antemano no os sentís tan fuertes como desearíais para una dificultad futura que os imagináis; dicho os tengo que aun cuando tuviereis que aparecer ante los tribunales, no tenéis que pensar lo que habéis de decir; sino entregaros a mi Espíritu Santo que pondrá palabras en vuestros labios. Así es para todo; si cumplís fielmente mi voluntad en cada momento. Yo permaneceré con vosotros y jamás os abandonaré. “Basta a cada día su malicia”, lo he dicho y lo repito. ¡Nada os turbe! ¡Nada os inquiete! Esto solo esta una victoria, un acto de fe en mis palabras. De esta manera será glorificado en vosotros.

Mi paz os dejo, mi alegría, mi amor y mi confianza. ¡Bebed en mí constantemente! ¡Creed en mí! ¡Jamás os abandonaré!

M. SULAMITIS

OREMOS POR LA IGLESIA Y POR LA PATRIA Padrenuestro. —Avemaría. —Gloria

OFRENDA. —Padre santo, por el corazón inmaculado de María, os ofrezco a Jesús, vuestro muy amado Hijo y me ofrezco yo mismo en Él, con Él y por Él, a todas sus intenciones, y en nombre de todas las criaturas.

          Señor, ten piedad de nosotros.

          Jesucristo, ten piedad de nosotros.

          Señor, ten piedad de nosotros.

Señor, que dijiste: cuanto pidiereis al Padre en mi nombre os lo concederá, en tu nombre pedimos al Padre que nos conceda la santa libertad de la Iglesia para trabajar en la propia santificación y la salvación de las almas. Amén.

Señor, que dijiste: pedid y recibiréis, buscad y hallareis, llamad y os abrirán; pedimos que ilumines con tu divina luz a los que en sus manos tienen los destinos de España; buscamos tu amor acompañado de buenas obras, llamamos a las puertas de tu Amor misericordioso para que se apiade de nuestras almas, de nuestras familias y de nuestra patria. Amén.

Señor, que dijiste: el cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán; concédenos por tu omnipotencia la estabilidad y prosperidad de la religión en España, la libertad de las órdenes religiosas, la paz de nuestro pueblo y la rectitud de sus gobernantes; si ha de ser todo para gloria tuya y bien de nuestras almas. Amén.

Oración a la Santísima Virgen

Acordaos, oh piadosísima Virgen María, que jamás se oyó decir que ninguno de los que han acudido a vuestra protección, implorado vuestra asistencia y reclamado vuestro socorro, haya sido de Vos abandonado. Animado yo con esta confianza, a Vos también acudo, oh Virgen, Madre de las vírgenes, y oprimido con el peso de mis pecados, gimiendo y temblando, me prosterno ante vuestra presencia soberana. Oh Madre del Divino Verbo, no despreciéis mis súplicas; antes bien dignaos acogerlas benignamente. Amén.

Refugio de los pecadores, rogad por nosotros 

Nihil obstat

IGNATIUS G. MENENDEZ-REIGADA, Censor

Salmanticae, 29 Aprilis 1931.

Imprimatur:

FRANCISCUS, Episcopus Salmantinus

                                                              

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