Jueves, 17 de octubre de 2019

Religión en Libertad

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Tendría que rezar más con los salmos...

por Canta y camina

A lo largo de la semana tengo contacto con mucha gente: en persona, por WhatsApp, por correo electrónico, por teléfono… Y debo de tener una cara que inspira confianza porque no son pocas las personas que se acercan a mí y me preguntan algo o se ponen a contarme sus cosas o me piden ayuda. Normalmente no me molesta porque me gusta ser útil, ayudar y servir a los demás pero a veces me pregunto ¡qué porras tendré yo que todo el mundo viene a mí, si yo estoy también muy rota!

Pues no tengo ni idea pero resulta agotador escuchar a otros, animarlos y consolarlos cuando tú mismo estás roto por dentro o al menos muy “perjudicado”.

¿No te ha pasado nunca que te has sentido muy perdido, muy solo, totalmente incomprendido, tratado injustamente, mal juzgado, abandonado por todos los que creías que te querían? Seguro que sí, todos nos hemos sentido alguna vez desde flojillos hasta FATAL y todos hemos buscado alguien a quien contarle lo que nos pasa y lo que nos pesa. Generalmente esa persona nos escucha aunque no pueda solucionar nuestros problemas, y eso ya es mucho porque decir las cosas malas en alto, sacarlas fuera es liberador.

Pero ¿qué pasa cuando eres tú el paño de lágrimas de los demás? Llega un momento en que tu depósito de penas ajenas se peta y ya no puedes ni quieres escuchar más ni comprender, ni consolar, ni atender ni nada, y eso en modo usuario, sin que te pase nada a ti, es sencillamente que tienes que vaciar la papelera.

Si encima resulta que tienes un mal día o una mala racha y llevas tiempo arrastrando tus propias penas… ¡puf!, quieres volverte invisible, desaparecer, meterte en la cama, taparte la cabeza con el edredón y no volver a salir nunca. No pasa nada, somos humanos y a veces nos sentimos así de mal.

Pero hay Alguien que ha pasado por lo mismo y conoce y comprende esos sentimientos: Cristo, Jesús de Nazaret.  Y no hablo sólo de la agonía de Getsemaní ni de la crucifixión, que fueron situaciones extremas; hablo también de cuando sus vecinos se reían de él y le llamaban loco porque predicaba la llegada del Reino de Dios, o de cuando decían que estaba endemoniado porque hacía milagros. Jesús pasó por momentos de incomprensión, de ser mal juzgado, de ser el hazmerreír de los demás, de ser rechazado, de quedarse solo.

No sabemos qué hizo en cada una de esas ocasiones pero sí sabemos lo que hizo en el peor momento de su vida, cuando agonizaba en la cruz: rezar.

Cualquiera de los relatos de la muerte de Jesús es desgarrador pero el grito recogido en Marcos 15, 34 me deja sin respiración: “Y a la hora nona, Jesús clamó con voz potente: Eloí, Eloí, lemá sabaqtaní (que significa: “Dios mío, Dios mío, ¿Por qué me has abandonado?”).”

El Papa Benedicto XVI explica en su catequesis del 11 de septiembre de 2011 que esto no fue un grito de desesperación sino el comienzo de un salmo que Jesús, como buen judío, conocía bien: el salmo 22.

Para alguien como yo que no conoce la Biblia a fondo parece  un grito que desgarra los cielos, el grito desesperado de alguien a quien ni siquiera Dios-último recurso de los más desesperados- le escucha, una súplica que se pierde en el vacío y le llena de una soledad insoportable.

Pero no es así. El salmo empieza fatal pero continúa y, en palabras de Benedicto XVI, el salmista “proclama una fe, una seguridad que va más allá de toda duda, de toda oscuridad y de toda desolación. Y el lamento se transforma, deja lugar a la alabanza en la acogida de la salvación. (…)  Así poniendo de nuevo toda nuestra confianza y esperanza en Dios Padre, en el momento de la angustia, le podremos rezar con fe también nosotros y nuestro grito de auxilio se transformará en cantos de alabanza”.

Coge la Biblia y léete el salmo 22, ya verás cómo todo lo que pone ahí te resulta familiar.  Y aunque sientas que ya no se puede sufrir más, que ya no te quedan fuerzas para rezar, tú reza; tan sólo levanta los ojos al cielo o si ni siquiera puedes hacer eso dirige tu pensamiento al Señor, porque en los momentos de dificultad hay que rezar más, no dejar de rezar. Y Dios nunca se peta, siempre nos escucha aunque no lo parezca y siempre siempre siempre nos ama y nos consuela.

 

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