Viernes, 13 de diciembre de 2019

Religión en Libertad

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XVIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Reflexiones Homiléticas

  1. Introducción

En los evangelios encontramos por parte de Jesús, diversas exhortaciones y amonestaciones sobre el dinero.

En llamado discurso de la montaña del evangelio de Mateo, el Señor advierte categóricamente: “Nadie puede estar al servicio de dos amos. Porque despreciará a uno y querrá al otro; o, al contrario, se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero…” (Mt 6,24). En este lugar el Señor deja claro que el dinero es un ídolo, o sea, algo que ha sido considerado por el hombre como “dios”, en otras palabras, es un “señor” (amo) que domina y ejerce un poder entre los hombres. La humanidad, por tanto, se ve en una encrucijada: reconoce a Dios y le sirve o idolatra el dinero del cual se constituye esclavo. Esta amonestación es seguida por una preciosa catequesis sobre la relación del hombre con el dinero, ya que los discípulos en el reino de Dios a la luz de la fe reconocen la gracia de la providencia divina: “no andéis preocupados por lo que vais a comer, beber o vestir…”, porque sus intereses y preocupaciones son otros: “Sobre todo buscad el reino de Dios y su justicia; lo demás se os dará por añadidura. Por tanto, no os agobiéis por el mañana, porque el mañana traerá su propio agobio. A cada día le bastan sus disgustos” (Mt 6,34).

En el evangelio de Lucas aparece una explicación a la propuesta acerca de la novedad del reino de Dios, ya que el Señor deja claro para todos los que quieren seguirlo: Así, pues, cualquiera de vosotros que no renuncia a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo (Lc 14,33). En este caso Jesús se refiere a los bienes que normalmente son fruto del trabajo, por tanto, del dinero que una persona ha adquirido a lo largo de su vida. Estas palabras en su momento causaron mucho escándalo y en cada momento de la historia han dejado a la comunidad eclesial con sus oyentes muy desconcertados: ¿Por qué? ¿Qué pretende el Señor con esa frase tan dura? ¿Qué nos quedemos sin nada y seamos todos pobres? ¿Cuál es el problema del Señor con el dinero y las riquezas? Esta afirmación hace parte –en el conjunto del evangelio– de las condiciones necesarias para poder ser discípulos del Señor y seguir (vivir) el mensaje cristiano: negarse a sí mismo (combatir el egoísmo innato del ser humano), tomar la cruz de cada día (la realidad que nos acompaña con sus luces y sombras y nos afecta y hace sufrir) y seguirlo (caminar por sus huellas luminosas haciendo el bien) (Cfr. Lc 9,23). El cristiano recibe la gracia de la conversión, para que además de estas tres condiciones se relacione de una forma nueva con el dinero.

Finalmente, encontramos una escena acerca de un encuentro de Jesús con un hombre, en la que también aparece una referencia directa al tema del dinero. Este pasaje bíblico ha sido denominado el joven rico. Un joven se acerca al Señor y se pone de rodillas en actitud de adoración y le pregunta que debe hacer para tener la vida eterna. Jesús aprovecha la ocasión y menciona los mandamientos, pero a partir de la sexta norma de la ley: “no matarás” –tal vez esta omisión del primero, “amarás al Señor sobre todas las cosas” sea a propósito– ya que como vemos en el desenlace del encuentro, el joven quedó desenmascarado, porque no amaba a Dios como profesa el Shema de Israel, porque a la propuesta de “vender los bienes y darlo a los pobres” por parte del Señor, se alejó entristecido, porque poseía muchos bienes y no quería deshacerse de ellos. Para este joven rico el dinero era su dios (ídolo) y a pesar de sus buenas intenciones y aparente moralidad impoluta, la idolatría reinaba en su corazón.

  1. Evangelio

En el fragmento que la liturgia de la Iglesia nos propone en este domingo, la enseñanza del Señor se debe a un hecho concreto y a un pedido inusual: “Dijo uno del público a Jesús: Maestro, dile a mi hermano que reparta conmigo la herencia. Podemos imaginarnos sin ningún problema un serio drama familiar: una herencia y un hombre que termina siendo perjudicado por su hermano que, se ha quedado con todo y por eso también podemos suponer en el que hace el pedido, sentimientos de resentimiento y venganza. La respuesta del Señor es lapidaria: “¿quién me ha nombrado juez o árbitro entre vosotros?”. Jesús no ha venido a ser juez entre los hombres, ni a resolver problemas económicos, su misión es mucho más importante: hacer presente la salvación ofrecida por Dios en y a través de su amor.

Sin embargo, esta situación se presta para que Jesús haga una catequesis por medio de una parábola sobre el dinero y los bienes, y consecuentemente a respecto del pecado capital relacionado con este asunto, la codicia: “Y dijo a la gente: Mirad: guardaos de toda clase de codicia. Pues, aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes”. La parábola es breve y narra la insensatez de una persona que, tras el suceso de su cosecha, nota que se está haciendo más rico y decide acumular sus bienes, pero no considera el misterio de la muerte en el horizonte de su existencia, porque piensa que la vida es solo tener y gozar. Este hombre no ha tenido en cuenta la regla número uno de la existencia humana: somos seres precarios y no tenemos ninguna seguridad, a no ser el hecho de que algún día partiremos al encuentro con el Padre a través del parto de la muerte.

Jesús en los evangelios no condenó y atacó al dinero, sino la forma como el hombre se relaciona con él. Todas las exhortaciones del Señor ocurren porque, inicialmente es el ídolo por excelencia de los hombres y después por que está por detrás de todos los males y sufrimientos humanos. El Señor enfatiza: “Mirad: guardaos de toda clase de codicia”.

¿Qué es la codicia? ¿Es lo mismo que la avaricia? La primera expresión es definida como un deseo vehemente de poseer muchas cosas, o sea, bienes y dinero para sí mismo, a la luz de la fe es un deseo desordenado. Aunque parezcan, la avaricia –que es también un sentimiento desordenado– indica sobre todo acumular riquezas para atesorarlas, por eso para la Tradición cristiana ambas constituyen un pecado capital. San Pablo afirma en la primera carta a Timoteo: “Porque el amor al dinero es la raíz de todos los males; el cual codiciando algunos, se desencaminaron de la fe, y fueron traspasados de muchos dolores” (6,10).

  1. Actualización Catequética

De este evangelio proclamado por la Iglesia en todas las asambleas eucarísticas, podemos hacer algunas reflexiones pertinentes para nuestra vida y experiencia de fe:

Interpretación marxista del evangelio. La ideología marxista –entre otras cosas– es una corriente filosófica con serias repercusiones sobre la sociedad no solo en el ámbito económico. Su aplicación pretende crear una sociedad sin desigualdades y diferencias, porque para esta visión fundamentalmente el problema del hombre se debe a las estructuras sociales de la que es víctima. Pero es importante recordar que, para la fe cristiana el drama del sufrimiento humano está en la realidad del pecado que anida en su corazón.

En los años ochenta surge en la Iglesia una dimensión teológica llamada teología de la liberación a la que muchos teólogos, pastores y fieles adhirieron, dadas las escandalosas condiciones socio-económicas en América Latina. No podemos dejar de anotar que la sensibilidad por los pobres y la voz profética de Iglesia sobre este tema es algo que ha estado siempre en la estructura diaconal de la Iglesia, pero el uso de la ideología marxista ha creado enormes problemas en la praxis y en la doctrina de la comunidad eclesial. Decimos esto, porque los pasajes bíblicos que mencionamos sobre el dinero han sido manipulados por esta interpretación en la Iglesia, y esta teología de la liberación ha llegado a afirmar que Jesús de Nazaret tenía una propuesta social parecida o que ha sido confundida con el marxismo, pero lamentablemente tal iniciativa quedó frustrada por su muerte en la cruz.

El dinero como causa de todos los males. No hace falta tener mucha perspicacia para notar que, en la mayor parte de los problemas de la humanidad se esconde la codicia por el dinero, en definitiva, por el amor al dios de este mundo. Los flagelos que afectan a nuestra sociedad: la guerra, la mafia, la corrupción, el narcotráfico, el tráfico humano, la prostitución, etc., y todas sus consecuencias: violencia, injusticia y negligencia de una o de otra forma, está siempre relacionado con “mamona” (el dinero). Esto en el ámbito social, pero en muchos hogares la realidad no es diferente, ya que tantas familias han sido destruidas o heridas seriamente por problemas con el dinero, herencias como en el caso del evangelio, disputas y muchos odios y divisiones. La “catequesis” que, directa o indirectamente reciben los hijos de sus padres es el amor al dinero: “estudiar para ser alguien y ganar mucho dinero”, el problema no es el dinero, sino la perspectiva que se la da al fruto del trabajo del hombre.

La relación del hombre con el dinero. A la luz del evangelio, el seguidor del mensaje de Jesús en virtud de la conversón del corazón, adquiere una nueva forma de relacionarse con el dinero. El dinero siempre será un problema, porque es el verdadero enemigo de Dios –no es el maligno que engaña y seduce, pero que ha sido vencido en la cruz– ya que se coloca como la aparente solución a todos los dramas del hombre. El cristiano, por tanto, debe tener la conciencia que tenía San Pablo “he aprendido a vivir en la abundancia y en la escasez” (Fp 4,12) o como complementaba Santa Teresa de Jesús en sus escritos espirituales: “Cuando perdiz, perdiz, cuando penitencia, penitencia”, en otras palabras, el día que se puede comer bien, bendito sea Dios y el día que no hay para ello, se ofrece eso al Señor y se hace penitencia. O sea, libres para gastar, libres para economizar, libres para disfrutar y divertirse y libres para ayudar a los que más lo necesitan.

La libertad del cristiano con el dinero. La libertad con el dinero es un don que recibe el hombre a partir de su encuentro personal con Cristo. Los hombres viven para tener y hacer dinero, el cristiano, por el contrario, tiene dinero para vivir. Si realmente Dios está en nuestro corazón, el combate con dinero que, se da tal vez todos los días es vencido por la gracia divina utilizándolo para vivir con dignidad y no haciendo de él señor de nuestra existencia. Es bueno recordar que, en este combate nos servimos de la limosna y de la ayuda que le hacemos a los más necesitados para purificar nuestro espíritu de la codicia y avaricia.

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