Lunes, 25 de marzo de 2019

Religión en Libertad

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De la cristiana costumbre de santiguarse: una reseña histórica

por En cuerpo y alma


 
            Define el Diccionario de la Real Academia “santiguarse” de la siguiente manera:
 
            1. tr. Hacer la señal de la cruz desde la frente al pecho y desde el hombro izquierdo al derecho, invocando a la Santísima Trinidad.
 
            La señal de la cruz a la que se refiere esta definición es una brevísima oración cristiana, situada por lo general al principio y/o al final de una serie de oraciones más larga o como salutación litúrgica, que consta, pues, de dos actos bien diferentes aunque simultáneos: el primero de tipo oral, una profesión de fe en la Santísima Trinidad; el segundo de tipo mecánico, un gesto dirigido a formar sobre el propio cuerpo la imagen de una cruz.
 
            En cuanto a lo primero, el texto de la profesión trinitaria, rastrear su procedencia es fácil, pues proviene con toda seguridad del Evangelio de Mateo, donde en el que es el penúltimo de sus versículos, Jesús da esta indicación a sus discípulos:
 
            Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” (Mt. 28, 19).
 
            Sobre la que lo único que cabe añadir es que, por curioso que parezca, no tiene parangón en ningún otro evangelio, pues en la escena equivalente, Marcos pone en boca de Jesús estas palabras algo diferentes:
 
            “Id por todo el mundo y proclamad la buena nueva toda la creación” (Mc. 16, 15).
 
            Y Lucas, éstas mucho más:
 
            “Así está escrito: que el Cristo debía padecer y resucitar de entre los muertos al tercer día y que se predicaría en su nombre la conversión para perdón de los pecados a todas las naciones, empezando desde Jerusalén” (Lc. 24, 46-47)
 
            La expresión “en el nombre de” sólo vuelve a utilizarse en los evangelios una vez, cosa que hace Juan pero referida al “hijo únigénito de Dios” (Jn. 3,18). Y aunque es profusamente utilizada en los Hechos de los Apóstoles (en hasta siete ocasiones), siempre se refiere o a “el Señor”, “el Señor Jesús”, “Jesús” o “Jesucristo”, es decir, siempre a la Segunda persona de la Trinidad, pero nunca a las tres, como le vemos hacer a Mateo en su Evangelio.
 
            Más complicado se presenta asociar la oración en cuestión, que seguramente pronunciarían los cristianos desde tiempos muy tempranos, al gesto que hoy conocemos como “la señal de la cruz”. En otras palabras, ¿desde cuándo pronuncian los cristianos la oración, “en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo” mientras con la mano derecha componen una cruz sobre su cuerpo?
 
            La realización de la señal de la cruz por los cristianos sobre su propia persona ha de ser costumbre muy antigua, pues ya la refiere un autor tan temprano como Tertuliano  (h.160-h.220) en su obra “De corona militis”:
 
            “En todos nuestros viajes y movimientos, en todas nuestras entradas y salidas, al ponerse los zapatos, en el baño, en la mesa, al encender velas, al acostarse, al sentarse en, en cualquier tarea en que estemos ocupados, marcamos nuestras frentes con la señal de la cruz”.
 
            Si bien, por lo que a nuestro tema se refiere, se han de señalar dos cosas: la primera que la señal de la cruz de la que aquí se habla no se realiza, como se ve, sobre el entero cuerpo, sino sólo sobre la frente; y la segunda, que no debía de venir acompañada de la invocación con la que hoy la acompañamos, como cabe concluir tanto de la información con la que nos provee el propio Tertuliano en el texto ya citado, que habría especificado dicha invocación de haber existido, como de aquélla que nos proporciona Cirilo de Jerusalén (315-386) cuando en su “Catequesis” afirma:
 
            “No nos avergoncemos, pues, de confesar al Crucificado. Sea la cruz nuestro sello, hecha con audacia con los dedos sobre nuestra frente”.
 
            Donde se ve que, de haber alguna oración, esta iría referida a Jesús y no, en modo alguno, a la Santísima Trinidad.
 
            En el s. IV encontramos una interesante referencia en la obra de Atanasio de Alejandría (296-373 d.C.), el incansable luchador contra el arrianismo, el del símbolo atanasiano, doctor de la Iglesia, que nos dice:
 
            “Los santos padres nos han transmitido con sus palabras dirigidas a nosotros e incluso a los herejes descreídos, cómo los dos dedos levantados en la misma mano revelan a Cristo nuestro Dios en su doble naturaleza pero única sustancia. La mano derecha proclama su inconmensurable poder, que se sienta a la derecha del Padre y que bajará a nosotros desde el Cielo. Por el movimiento de la mano hacia la derecha los enemigos de Dios son espantados, igual que Dios triunfa sobre el diablo con su inconquistable poder”.
 
            Testimonio en el que llaman la atención varias cosas. La primera es que el texto, aunque pudiera tener también otras interpretaciones, es perfectamente aplicable al movimiento que hoy realizamos para hacer la señal de la cruz.
 
            La segunda, que el cronista no está enseñando a sus lectores cómo hacer la señal de la cruz, sino explicando el significado de algo que “los santos padres han transmitido”, lo que denota un gesto de todos conocido y, en consecuencia, practicado desde bastante antes del s. IV en el que el autor está escribiendo.
 
            Tercero, que en la señal de la cruz que él explica, la mano va de derecha a izquierda -a lo cual incluso otorga una significado muy preciso- y no al revés, un tema en el que tendremos ocasión de extendernos en una próxima entrada.
 
            Cuarto, que aunque describe un gesto que es perfectamente compatible con lo que hoy denominamos “señal de la cruz”, no sólo nada dice sobre las palabras concretas que deben acompañarlo, sino que ni siquiera afirma que deba ir acompañado de palabra u oración alguna.
 
            Un testimonio poco posterior, sin embargo, permite asociar ya la realización de la señal de la cruz sobre el propio cuerpo con una declaración trinitaria similar a la que recoge el texto mateiano al que nos referimos al inicio. Se lo debemos en este acaso a Teodoreto de Ciro (393-457 d.C.), nacido veinte años después de morir Atanasio, al que toca combatir una nueva herejía, el monofisismo en este caso, autor de una Historia Eclesiástica al modo de Eusebio de Cesarea, el cual, explicando la señal de la cruz, nos dice:
 
            “Sostener tres dedos como iguales, juntos, representa la Trinidad: Dios padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo. No son tres dioses sino un dios trino. Los nombres son diferentes pero la divinidad una […] De ahí, la razón de estos tres dedos. Debes mantener los otros dos dedos ligeramente doblados, no completamente derechos. Ellos representan la doble naturaleza de Cristo, divina y humana. […] Los dedos superiores representan la divinidad, los inferiores la humanidad; de esta forma, la salvación va de arriba abajo [nota del autor: como de arriba abajo va la mano en la señal de la cruz]. Así es como se interpretan los dedos doblados, pues el culto del cielo baja para nuestra salvación. Esta es la forma en la que vosotros mismos debéis santiguaros y dar una bendición, como los santos padres ordenaron”.
 
            Que permite sospechar que ya para entonces, a la señal de la cruz que con tanta claridad describe Atanasio se le habría incorporado alguna proclamación trinitaria que bien podría ser, -es más, con bastante lógica debería ser-, la que recoge San Mateo en su evangelio.
 
            Conclusión de todo lo dicho: tanto la declaración trinitaria de San Mateo utilizada a modo de oración, como la realización sobre el propio cuerpo de una serie de gestos que implicaran una autobendición por medio del signo de la cruz, son sumamente tempranas en la vida del cristianismo, producto de las enseñanzas mismas de los santos padres.
 
            Cosa distinta cabe decir de la fusión de una y otra en un gesto común al modo de lo que hoy entendemos como señal de la cruz, la cual sería, en cambio, algo posterior, producto tal vez de finales del s. IV, posiblemente coincidente con la irrupción en el panorama cristiano de la herejía monofisita, contra la que la oración en cuestión constituiría una suerte de declaración programática o profesión de fe.
 
            Y bien amigos, que hagan Vds. mucho bien y que no reciban menos. Nos vemos por aquí
 
 
            ©L.A.
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