Domingo, 21 de abril de 2019

Religión en Libertad

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Reflexionando sobre el Evangelio

Un reino donde hay luchas internas no puede subsistir.

por La divina proporción


Hoy en día pensamos que es bueno dividirnos hasta el infinito. Cuando utilizamos el símil de la Iglesia como una orquesta compuesta por muchos instrumentos diferentes, se nos olvida que para que la orquesta pueda ganarse la vida, es necesario que interprete la misma obra de forma coordinada y consistente. Para que la orquesta pueda interpretar correctamente una obra, además, es necesario disponer de un director que sea aceptado por todos los instrumentistas, muchas sesiones previas para ir ajustando la interpretación y sobre todo, capacidad de trabajar unidos en un único proyecto común. El Espíritu Santo nos ofrece carismas diferenciados para que trabajemos aportando lo que ha sido entregado a cada uno de nosotros.

Los carismas y dones del Espíritu no se ofrecen para que nos separen, enfrenten y nos hagamos daños unos a otros.

Este planteamiento sinfónico de la Iglesia podría ayudarnos mucho. De hecho ha sido planteado en diversas ocasiones, de las cuales traigo una audiencia de Benedicto XVI:

Para san Ignacio [de Antioquía] la unidad es, ante todo, una prerrogativa de Dios, que existiendo en tres Personas es Uno en absoluta unidad. A menudo repite que Dios es unidad, y que sólo en Dios esa unidad se encuentra en estado puro y originario. La unidad que los cristianos debemos realizar en esta tierra no es más que una imitación, lo más cercana posible, del arquetipo divino.

De este modo san Ignacio llega a elaborar una visión de la Iglesia que contiene algunas expresiones muy semejantes a las de la Carta a los Corintios de san Clemente Romano. "Conviene —escribe por ejemplo a los cristianos de Éfeso— que tengáis un mismo sentir con vuestro obispo, que es justamente cosa que ya hacéis. En efecto, vuestro colegio de presbíteros, digno del nombre que lleva, digno de Dios, está tan armoniosamente concertado con su obispo como las cuerdas con la lira. (...) Por eso, con vuestra concordia y con vuestro amor sinfónico, cantáis a Jesucristo. Así, vosotros, cantáis a una en coro, para que en la sinfonía de la concordia, después de haber cogido el tono de Dios en la unidad, cantéis con una sola voz" (IV, 1-2).
(Benedicto XVI. Audiencia miércoles 14 de marzo de 2007)

Unidad que tenga en cuenta todos los carismas y que cuente con ellos. Nada de despreciar los que no nos gustan. Nada de etiquetar a quienes no piensan como nosotros, porque esto evidencia que no estamos realmente comprometidos con la unidad. Nada de generar dolor entre los propios hermanos, introduciendo insidias y habladurías que creen mal ambiente. Si en una orquesta hubiera división entre los intérpretes de viento y los de cuerda, se generaría un caos imposible de soportar. Un caos que llevaría al desánimo y el cansancio de quienes hubieran querido aportar en positivo a la interpretación de la obra.

Pensemos en la Iglesia y en su cotidianidad. ¿No parecemos un reino dividido y enemistado?

Preguntemos a quienes se alejan y seguramente muchos nos comenten que han sentido dolor, indiferencia y rechazo. ¿Cuánto dolor e indiferencia se genera en un entorno en el que tendríamos que vivir la caridad más pura y profunda? ¿Para qué nos reunimos dentro de la Iglesia?

En los últimos decenios, nuestra pastoral ha sido testigo de diversos intentos y experimentos que también han suscitado numerosas reacciones. A veces parece que fenómenos de la cultura mayoritaria hayan sido acogidos por los cristianos de manera inmediata, incluso a la manera del mundo, y se haya querido llevarlos al ámbito eclesial. Ahora bien, está claro que la gestión de las realidades eclesiales no puede ser conforme al mundo, sino que debe caracterizarse por un estilo conforme al hombre nuevo. Por tanto, el estilo también ha de hablar de redención y tener un modo espiritual.

A menudo se puede ver cómo se propone un valor, típico incluso de la cultura evangélica, pero adoptado directamente por el mundo a la manera del mundo, por lo que en la Iglesia se convierten una ideología que lleva inmediatamente a la separación, a las divisiones y partidismos. Ahora bien, es bastante comprensible que algunas grandes realidades no pueden hacer otra cosa que conmocionar y por tanto abrir el debate, incluso enfrentamientos, pero hay una característica que nunca puede faltar […] si se goza de un acompañamiento espiritual y una conciencia viva de la Iglesia y su memoria, la Tradición, entonces aunque nos hagamos promotores de una realidad e incluso luchemos por ella, tendremos en cuenta al otro que está concentrado en otro aspecto, porque el punto de partida de ambos es el mismo: Cristo y su obra de salvación.

Esta ideologización también puede ser menos agresiva, más refinada, pero quizá por eso más dañina. Sin sentir el flujo vivo de la Tradición, podemos estar tan absorbidos por lo que nos rodea y por los retos que creemos leer, que razonemos sólo en términos de reacción a ellos, sin considerar en absoluto la santidad de la Iglesia, que quizá en otro momento y en otro lugar integró y dio una respuesta al mismo reto que hoy está ante nosotros. Se llega, por tanto, a una especie de soledad que nos hace sentir cada vez más cansados y deprimidos, porque, a pesar de habernos reorganizado ya tantas veces, parece que no ha ocurrido nada en el campo de la relación hombre-Dios.
(M. I. Rupnik, Tomáš Špidlík, Michelina Tenace. Teología de la Evangelización desde el Belleza, III, 4-Tradición memoria y laboratorio para la resurrección)

Un reino dividido no puede sobrevivir demasiado tiempo. Los reinos vecinos sacarán rápido beneficio de las tensiones que hacen imposible la colaboración interna. Sinceramente me pregunto si somos conscientes de esta evidencia. Mi experiencia me dice que parece que preferimos cerrar los sentidos a lo evidente y nos encerramos en los pocos espacios de comodidad que todavía nos permite la postmodernidad. Sobre todo me sorprende que antes y después de la misa dominical se plantean miles de cosas intrascendentes, proponer actividades, shows y todo tipo de plannings, pero el tema de la unidad no se llega a plantear.

¿Nos damos cuenta que la ausencia de verdadera unidad es la base de todo lo dañino que vemos dentro de la Iglesia?

Más bien, preferimos construir más y más torres de babel donde escondernos y protegernos. ¿De quién? De nuestros propios hermanos.
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