Martes, 24 de noviembre de 2020

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Formar personas. La impronta de Ana María Gómez Campos

Formar personas. La impronta de Ana María Gómez Campos

por Duc in altum!

El título del ensayo tiene varias palabras que nos sirven de punto de partida. Empecemos por definirlas a la luz del Diccionario de la Lengua Española. “Formar” es un verbo que significa “dar forma a algo” o “preparar intelectual, moral o profesionalmente a una persona o a un grupo de personas”. Ahora bien, “impronta”, quiere decir “marca o huella”. Dos palabras que definen la tarea emprendida por la Sierva de Dios Ana María Gómez Campos (1894-1985) prácticamente hasta el final de su vida y en diversos contextos. ¿Cuáles eran esos espacios y medios? El salón de clases, el noviciado de Tlalpan (México), sus cartas y el recibidor. Efectivamente, ella recibió, acompañó y formó a muchas personas que la visitaban en la casa de Patriotismo #54 en la Ciudad de México. Hablamos de parejas de recién casados, sacerdotes, obispos, religiosas e incluso del cardenal Miranda. Es decir, no limitaba su misión a un solo lugar, sino que sabía formar o, como decía ella, “sembrar, siempre sembrar”.

Actualmente, los niños, adolescentes y jóvenes necesitan referencias. Es decir, personas que sepan formar y generar procesos de crecimiento integral. Existe una falta de relevo generacional en diferentes campos de la sociedad y de la Iglesia. De ahí que, una vez más, el ejemplo de la M. Ana María Gómez Campos y, sobre todo, su impronta nos sirva como inspiración. Por otro lado, tenemos que aclarar algunas cosas. Para formar, primero tenemos que hacer todo un proceso personal que pasa por la dimensión espiritual, humana y profesional. Es decir, no basta tener buenas intenciones o “ganas de ayudar”, sino que es del todo necesario prepararse. Detrás de la M. Ana María estaba el resultado de horas de oración, trabajo y estudio. En otras palabras, no improvisó, sino que hizo su proceso y eso le permitió formar a centenares de generaciones en todo el país. Incluso, hoy, se le sigue recordando por su impronta. A lo largo del año, el que esto escribe, tiene el gusto de leer a través del perfil de la causa de canonización mensajes de los que fueron sus alumnos y alumnas. Comentarios como “me consta que es una santa”, “sus clases eran interesantes”, “si nos portábamos bien nos prestaba su muñeca”, “tenía buen sentido del humor”, “no le hacia falta gritar, pues su coherencia nos ganaba”, “era muy preparada”, “sabía acercarse con sencillez a todos”, “si nos enfermábamos era la primera en cuidarnos”, “conocía el nombre de mis papás y hermanos”, “le gustaban las cosas bien hechas”, “era humilde”, “ella era capaz de ver en un terreno baldío a las afueras de la ciudad, un nuevo colegio para dar a conocer a Jesús”, etcétera, son una constante.

Podríamos decir que su impronta o huella como formadora tiene, al menos, tres características que nos hacen falta en el siglo XXI:

  1. Espiritualidad. 
  2. Libertad responsable.
  3. Visión.

Espiritualidad, porque la M. Ana María tenía una relación especial con Jesús, pero no desde un enfoque meramente sentimental, sino un encuentro con una persona a la que sentía viva. Libertad responsable, porque era exigente, pero una exigencia que no anulaba a la persona. Ella no era de prohibir o de tener una visión puritana de la realidad, sino de transmitir un criterio que iluminara la conciencia y, por lo tanto, generara un buen juicio en la toma de decisiones. No decidía por nadie, sino que enseñaba a decidir y hacerlo considerando la voluntad de Dios. Y visión, porque pensaba en grande, no en el sentido de caer en la abstracción o de perder los pies del suelo, sino que sabía ver más allá de lo aparente. Identificaba muy bien el mañana. Sabía intuirlo, descubrirlo y preparase para lo que vendría. En cuanto a su faceta de formadora de hombres y mujeres con liderazgo tenía una mecánica interesante. Les brindaba los elementos teóricos y, poco a poco, les daba mayor responsabilidad. Cuando veía que era suficiente, les asignaba tareas directivas. Era toda una pedagoga de la gradualidad, pero creía en que había que lanzar a la persona al campo de trabajo porque la experiencia es cosa que va más allá de los libros. “Te mandaba al ruedo para que pasaras de la teoría a la práctica”, como consta en algunas anécdotas.

Al igual que Jesús lo hizo con los primeros discípulos y con las mujeres que lo siguieron, la M. Ana María supo formar, acompañando a personas en sus dificultades. ¿El resultado? Muchos, gracias a su mediación (un elemento propio de la dimensión sacerdotal de todos los bautizados), encontraron el sentido de sus vidas y eso generó futuro.

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