Jueves, 28 de enero de 2021

Religión en Libertad

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Controlar la esperanza

Por Ángel Manuel García Carmona (CC-BY)
Ermita de La Toja (La Coruña, Galicia)

No es demasiado infrecuente o excéntrico que, de cara a la recepción de un nuevo año natural (en nuestro caso, conforme al calendario gregoriano), uno se plantee propósitos de muy diversa índole (mayor acercamiento a Dios, preparación de unas oposiciones, ponerse en forma o hacer una visita a un lugar determinado, inter alia).

También se dice, con independencia de otras conveniencias, que ante adversidades cualesquiera, a la hora de sortearlas, conviene que uno trate de poner de su parte para esa especie de fructificación. Por ello, se habla mucho, tanto para lo bueno como para lo malo, del control de las emociones. Pero aquí hablaremos de la esperanza.

Una virtud no extrínseca a los hijos de Dios

No es cuestión de llevar nuestra autoestima a niveles estratosféricos ni de negarse a reconocer que pueda haber renglones torcidos (pueden interpretarse estos como problemas ante los cuales, por muy consciente que convenga ser, hay que mantenerse psicológicamente firme, con disposición a afrontarlos).

Más bien, nos estamos refiriendo a una virtud que permite al sujeto mantener una expectativa de confianza en el devenir futuro (desde que estamos presentes en la vida terrenal), con la mirada puesta en el propósito de salvación de cada uno de nosotros (por medio de nuestras obras).

Ocurrirá lo que Dios quiera, pero que podamos asumir cierto auxilio espiritual y trascendental no implica negar que el Creador nos hizo libres, haciendo conciliables tanto la existencia de un orden espontáneo no dispar con respecto al "libre albedrío" tomista como como la definición de unos fines últimos (la Verdad, el Bien y la Belleza).

De hecho, el versículo Romanos 5,2 hace una especie de puntualización expositiva que nos "iluminará" a la hora de intentar comprender mejor este concepto virtuoso que no ha de escapar a quienes tienen una cosmovisión de criterio espiritual cristiano:

Por él hemos alcanzado, mediante la fe, la gracia en la que estamos afianzados, y por él nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios.

Puesta en virtuosa práctica de la esperanza 

Una cosa es el desarrollo teórico, bíblico o no, y otra, bien distinta, es la puesta en práctica. Bueno, en este caso, no quiero centrarme sino en las correspondientes y convenientes consideraciones de cara al desarrollo cotidiano, de nuestro día a día (atendiendo a cómo hemos de obrar, dicho de otro modo igualmente).

En otras palabras, me interesa saber cómo puede actuar el hombre en conformidad con lo que es recomendado para vivir bajo actitudes propias de la esperanza (insisto, desde una perspectiva cristiana, aunque no raramente se puede llegar a las mismas visiones, con muy buenas intenciones, pese a cierto distanciamiento espiritual).

Eso sí, tendré en cuenta no solo lo más exclusivo para consigo mismo (en verdad, lo más importante, con independencia de los medios, en ciertos casos, es que haya una buena relación con propósitos entre el individuo y Dios), sino que el hombre forma parte de una comunidad de la que no escapan los asuntos políticos.

Confianza sensata en el Creador 

Para comenzar, es tanto legítimo y respetable como conveniente que uno pueda sentirse agradecido al Creador, al Espíritu Santo, del que todos somos hijos, creados a imagen y semejanza suya, pero también en libertad así como iguales en dignidad. Por ello, puede, como mínimo, proceder a la oración diaria y a la asistencia dominical a misa.

Pero al mismo tiempo que deposita su confianza de manera agradecida, también puede tenerle en cuenta tanto para el auxilio en el camino a la salvación como para el bien del prójimo (recordemos que uno de los mandamientos esenciales de la Ley de Dios se basa en amar al resto como lo hacemos para sí mismos).

Eso sí, nuestra acción cristiana no ha de limitarse a la oración, ya sea en un ámbito más doméstico o eclesial (lo segundo puede basarse en ese ejercicio de la libertad de culto que supone la asistencia a los lugares correspondientes para escuchar la Palabra de Dios y comulgar, recibiendo así el cuerpo de Cristo).

La persona también está llamada a incurrir en obras de caridad que le permitan servir al Bien. Aunque no es solo cuestión de ello, lo cual tampoco quiere decir que todos, es decir, cada uno de nosotros debamos de hacer exacta y estrictamente lo mismo. Lo que aquí importa es hacer algo.

Cada cual, en base a sus capacidades, sus dotes y su tiempo libre, será quien mejor sepa qué medios emplear para la consecución de fines que perfectamente define la Suma Teológica de Santo Tomás de Aquino (en cualquier caso, esto no quita que pueda ser orientada o asesorada por un tercero).

Al mismo tiempo, se ha de evitar que la persona ahonde en afecciones "socio-psicológicas" basadas en el cortoplacismo (negarse a pensar de cara al futuro, haya o no visión consciente de la trascendencia), el hedonismo (maximalismo del carpe diem) y la responsabilidad (que lo hagan otros, allá ellos mejor...). 

Ni siquiera conviene dejarse vencer por el miedo (lo cual no solo es cuestión de sacrificio martirial). Conviene ser prudente, responsable y cauteloso, pero no por ello hay que condenar nuestra vida a la temeraria desconfianza así como tampoco tener una brusca aversión al riesgo.

Por ello, concretamente, hay que tratar de estar en alerta pues por activa o por pasiva, ingenua o no tan ingenuamente, podemos acabar desplazando a la Divina Providencia. Y es que relegarla a la irrelevancia permite que la no creencia se vea suplida por algo peor (algo notable cuando estamos amenazados por la Revolución).

Es obvio que la autoridad y la regla no han de ser una problemática "per se". Igualmente, hay que ser consciente de los componentes de una idea de sociedad orgánica, natural y espontáneamente ordenada, así como de la existencia de un considerable código moral que permita distinguir adecuadamente entre el Bien y el Mal.

Ahora bien, no hay que reducirnos a ser individuos atomizados y anulados, incapaces de ser responsables, tener esperanza y participar de la misma libertad que se nos concedió en el momento de la Creación. No es conveniente así como tampoco eficaz que la acción humana se reduzca a un patrón planificado que nos estrangula más que otra cosa.

Desplazar los contravalores

Una vez abordado todo lo anterior, para concluir, quizá haya que decir que lo que se aborda es cuestión de no dejarnos vencer por el miedo, la desesperación y los contravalores que destruyen nuestra sociedad. Distinguiendo entre el bien y el mal, practicando religiosa pero prudentemente, conviene vivir con esperanza, para bien individual y social.

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