Martes, 19 de marzo de 2019

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El Presidente francés a los obispos de Francia

El Presidente francés a los obispos de Francia

por Un alma para el mundo

EL PRESIDENTE FRANCES A LOS OBISPOS DE FRANCIA
Me ha sorprendido el mensaje que envía a los obispos de Francia el presidente de aquel país. No es corriente encontrarte con un manifiesto tan claro y contundente como este. Generalmente los políticos no suelen prodigarse en elogios y defensa de la fe cristiana. Hay mucho respeto humano y fidelidad a lo políticamente correcto. Suelen partir de la idea de que el pueblo está en contra de un concepto cristiano de la vida. Y no es así. Parte del pueblo puede estar vacunado contra la fe cristiana por parte de ideólogos militantes, pero otra parte de pueblo sabe valorar la verdad.
                El mensaje del Presidente francés a los obispos es extenso, aquí reproducimos algunos de sus párrafos más significativos:
«La Iglesia no es todo el mundo, ni debe serlo»  El presidente francés demostró tomarse en serio el lugar de las convicciones religiosas en sociedades plurales de las que el relativismo no ha podido arrancar las preguntas por el sentido último de la vida. Francia –dijo– necesita a los católicos, pero la laicidad no les reconocerá estatuto de ciudadanía si actúan como minoría al servicio de intereses particulares
 
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La cita entre la Iglesia católica de Francia y la Presidencia de la República fue el lunes 9 de abril en el parisino Colegio de los Bernardinos. Fundado para albergar a partir de 1248 a una veintena de monjes estudiantes de Teología, fue vendido como bien nacional durante el período revolucionario. La diócesis de París lo compró en 2001 y lo restauró para invitar a la sociedad francesa a encontrarse con la Iglesia católica. El Colegio de los Bernardinos, era, pues, el lugar indicado para celebrar esta inédita soirée entre la Iglesia católica y la República. El encuentro se desarrolló, al modo aristotélico, en tres actos. La Iglesia católica quiso que el primero lo protagonizaran ciudadanos comunes, hombres y mujeres, cuyas vidas están marcadas, de un modo u otro, por la discapacidad, la precariedad y la soledad. En un mundo en el que la razón científico-técnica promete liberarnos de la vulnerabilidad, aun a costa de la propia vida humana, los católicos franceses tienden la mano y se comprometen con los débiles. El lenguaje de los gestos y el diálogo de corazón a corazón dieron paso al segundo acto. Monseñor Pointer, en un discurso de enorme profundidad y «sin espíritu polémico», al modo que tantas veces pidió Benedicto XVI, hizo suya la cuestión lanzada por los Estados Generales de la Bioética que actualmente se desarrollan en Francia: « ¿Qué mundo queremos para mañana?»  Esta iniciativa de democracia abierta busca el acuerdo en principios universales para una sociedad cada día más plural. La Iglesia participa junto a otras confesiones religiosas en este debate. Y si lo hace, explicó monseñor Pointer, es porque opta por el bien común y no porque busque el modo de satisfacer sus intereses particulares.
 Las citas de Caritas in veritate 74 y Laudato si 194 le sirvieron al presidente de la Conferencia Episcopal para enmarcar el compromiso teórico-práctico de una Iglesia que quiere abordar desde el diálogo fe-razón la tensión entre las cuestiones de sentido y la atención a las circunstancias concretas de cada vida humana, que cree que las decisiones legislativas debieran atender al principio de precaución, que opta por la acogida incondicional de toda vida humana, que trabaja por la inclusión de los migrantes, y que está absolutamente convencida de que la opción preferencial por la fragilidad y la vulnerabilidad humaniza y fortalece a la sociedad francesa. El lugar de la fe en sociedades plurales Habían transcurrido 55 minutos cuando el presidente de la República Francesa tomó la palabra para dar inicio al tercer acto.
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«La Iglesia no es todo el mundo, ni debe serlo»  El presidente francés demostró tomarse en serio el lugar de las convicciones religiosas en sociedades plurales de las que el relativismo no ha podido arrancar las preguntas por el sentido último de la vida. Francia –dijo– necesita a los católicos, pero la laicidad no les reconocerá estatuto de ciudadanía si actúan como minoría al servicio de intereses particulares Una monja saluda a un musulmán, durante la celebración de una Eucaristía en la iglesia de Saint-Etienne-du-Rouvray, Francia, el 30 de julio de 2016 Reuters/ Ludovic Marin jueves, 19 de abril de 2018 Mundo 11 ver si las convicciones religiosas tienen estatuto de ciudadanía, si pueden servir a la República sin dejar de ser lo que son, y si esta sigue desconfiando de las religiones.
Emmanuel Macron no defraudó. Y no porque su confesión pública de cercanía personal e intelectual a la tradición católica repare los dañados vínculos entre la Iglesia y la República. No defraudó porque demostró tomarse en serio el lugar de las convicciones religiosas en sociedades plurales de las que el relativismo no ha podido arrancar las preguntas por la trascendencia, el sentido de la vida y la salvación. La República, reconoció su presidente, se enfrenta a la desmovilización social. Su misión, sin embargo, no es la de alimentar una religión de Estado que sustituya la trascendencia por un credo republicano. Macron reconoce que la República laica no es una sociedad perfecta. Y recuerda: tampoco lo es la Iglesia católica. Ya no tiene sentido volver una y otra vez a las leyes de 1905. Francia necesita a los católicos, pero la laicidad no les reconocerá estatuto de ciudadanía si actúan como minoría al servicio de intereses particulares. La Iglesia católica, destacó Macron, resuelve en forma de acogida las tensiones entre los principios y la realidad.
Esto es lo que la Republica le pide: que la inteligencia, el compromiso y la libertad con las que resuelve sus propias tensiones internas se conviertan en un don público. ¿No es embarrándose en la atención a mujeres que han abortado, a personas divorciadas, a personas y parejas homosexuales, a familias que han tenido que enfrentarse al dilema del final de la vida de alguno de sus seres queridos, cuando la Iglesia toma conciencia de sus limitaciones? La experiencia de lo real, afirmó Macron, no invalida ni desmiente los principios que estructuran la vida moral, intelectual y religiosa de la Iglesia y de los católicos.
Cada día, recordó el jefe del Estado, las Iglesias de Francia acogen a personas en cuyas vidas se ha producido una ruptura entre sus principios, sus ideales, sus creencias y la realidad. ¿Podría la Iglesia compartir públicamente con sus compatriotas todas estas incertidumbres para así abrirlas a las verdades trascendentes de la fe cristiana? La voz del catolicismo no puede ser imperativa, sino humilde. ¿Hay otro modo de que la Iglesia pueda contribuir activamente a la discusión pública sobre las cuestiones que en nuestras sociedades afectan al sentido de la vida? La República garantiza que la voz del catolicismo pueda ser escuchada. Lo que no puede hacer la República es pedir a los ciudadanos que no crean, o crean moderadamente. Es a la Iglesia a la que corresponde decidir: o acepta ser rechazada, o compromete su elección fundamental. M. ª Teresa Compte Grau Directora del Máster en Doctrina Social de la Iglesia. (UPSA- Fundación Pablo VI) «Para encontrarnos aquí, esta tarde hemos tenido que desafiar a los escépticos de cada una de las dos orillas. Y si lo hemos hecho es, sin duda, porque compartimos el sentimiento de que la relación entre la Iglesia y el Estado se ha deteriorado y que nos importa repararla. […] Una Iglesia que pretenda desinteresarse de las cuestiones temporales no haría otra cosa que rehuir su vocación, y un Presidente de la República que pretendiera desinteresarse de la Iglesia y de los católicos faltaría a su deber». «Yo sé que se ha debatido como si del sexo de los ángeles se trata acerca de las raíces cristiana de Europa. [...] Pero, después de todo no son las raíces las que nos importa, porque ellas podrían estar muertas. Lo que importa es la savia. Y yo estoy convencido de que la savia católica debe contribuir a la vida de nuestra nación. Es por esto por lo que estoy intentando aclarar por qué estoy aquí esta tarde. Para deciros que la República espera mucho de vosotros. Espera, si me permitís decirlo, que le entreguéis tres dones: el don de vuestra inteligencia, el de vuestro compromiso, y el de vuestra libertad». «Habéis establecido una relación íntima entre estas cuestiones que la política y la moral ordinaria querría tratar por separado. Consideráis que nuestro deber es proteger la vida, en particular las vidas más indefensas. En la vida de los niños que van a nacer, la del ser humano que está a las puertas de la muerte, o la del refugiado que lo ha perdido todo, veis el trazo común de la desnudez, de la vulnerabilidad absoluta».
 «Entiendo que ciertos principios enunciados por la Iglesia se confrontan con realidades contradictorias y complejas que afectan a los propios católicos. Todos los días, las mismas asociaciones católicas y los sacerdotes acompañan a familias monoparentales, familias divorciadas, familias homosexuales, familias que han recurrido al aborto, a la fecundación in vitro, que se han enfrentado a decisiones sobre qué hacer ante el estado vegetativo de alguno de los suyos, familias en las que no todos son creyentes. En todas esas familias la Iglesia responde a las rupturas que generan las elecciones morales y espirituales. Esta es vuestra realidad cotidiana. La Iglesia acompaña incansablemente situaciones delicadas e intenta conciliar los principios con la realidad. No pretendo decir que la experiencia de lo real desmiente o invalida las posiciones defendidas por la Iglesia. Digo, simplemente, que tenemos que encontrar el límite pues la sociedad está abierta a todas las posibilidades, pero la manipulación y la fabricación de vida humana no puede extenderse hasta el infinito sin poner en cuestión la idea misma del hombre y de la vida. La política y la Iglesia comparten esta misión de meter las manos en el barro de lo real, de confrontarse todos los días con lo temporal, con lo que me atrevo a decir que es lo más temporal». «Para mí, la Iglesia no es esa instancia que demasiado a menudo se caricaturiza como la guardiana de las buenas costumbres. [...] Lo mejor de la Iglesia es esto: una voz amiga que responde a quien interpela, a quien duda, a quien vive en la incertidumbre, en un mundo en el que el sentido siempre se escapa y siempre se reconquista, es una Iglesia de la que no espero lecciones sino esta sabiduría/inteligencia de la humildad que se enfrenta a los temas que habéis planteado». «Desde mi punto de vista, que es el de un jefe del Estado, un punto de vista laico, yo debo preocuparme de quienes trabajan en el corazón de la sociedad francesa, de que quienes se comprometen para curar las heridas y consolar a los enfermos, tengan también una voz en la escena política, y sobre cuestiones de la vida política nacional y europea. Es lo que vengo a pediros esta tarde, que os comprometáis en el debate político nacional y en el debate europeo porque vuestra fe tiene algo que decir a este debate». «Algunos dirán que la Iglesia es reaccionaria, otros pensarán que es muy audaz. Creo, simplemente, que ella debe ser uno de esos puntos fijos de los que nuestra humanidad está necesitada en un mundo oscilante, uno de esos puntos de referencia que no ceden al talante de las épocas. Por esta razón, tendremos que aprender a vivir asumiendo vuestra cuota de intempestividad mientras yo tendré que vivir al ritmo que avanza el país. De este desequilibrio constante crearemos un camino común. […] Es un ejercicio de libertad que demuestra que el tiempo de la Iglesia no es el del mundo como tampoco el de la política, y está bien que sea así». «Hay una tercera libertad que la Iglesia debe donarnos, y es la libertad espiritual. Vivimos en un mundo atravesado por el materialismo. Nuestros contemporáneos necesitan […] saciar su sed que es una sed de absoluto. No se trata de conversión, sino de una voz que, entre otras, hable del ser humano como un ser dotado de espíritu. Quien se atreve a hablar de otras cosas más allá de las temporales, pero sin abdicar de la razón, ni de lo real. Quien osa caminar en la intensidad de una esperanza y quien, a veces, nos hace tocar con el dedo el misterio de la humanidad que se llama santidad y que según dice el Papa en la exhortación aparecida hoy es el rostro más bello de la Iglesia. […] Esta libertad que es la de ser vosotros mismos sin buscar ser complacientes ni seductores. Pero que en el cumplimiento de vuestra obra en toda la plenitud de su sentido, pero en la regla que os es propia y que desde siempre es la de una teología humana, una Iglesia que sabe servir a los más fervientes y a los no bautizados, a los propios y a los excluidos».
(Tomado del semanario Alfa y Omagea)
 
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