Martes, 26 de marzo de 2019

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¿Puedo confiarte algo?

¿Puedo confiarte algo?

por Una fe con chispa

Amistad y dinero: el aceite y el agua.
-Mario Puzo-
 
          El escritor florentino Giovanni Papini (18811956) escribió con cierta amargura algo que no compartimos: Los amigos no son más que enemigos con los cuales hemos pactado un armisticio no siempre estrictamente observado.
          Quizá lo afirmó algún día en que andaba algo «depre», como suele decirse. De todos modos, no es raro encontrar bromas y chistes que dan una versión un tanto pesimista de la amistad; así sucede con tantas historietas donde el amigo sólo aparece para pedir dinero prestado y, por tanto, hay que estar atento para dar el esquinazo al inoportuno.
 
Pepe, ¿puedo confiarte algo? ¿Serás capaz de guardar un secreto?
─Hombre. ¡No faltaba más! Confía en mí.
─Estoy arruinado y necesito 6.000€.
─No te preocupes, ¡como si no me hubieses dicho nada!  
 
          Es muy común que cuando una persona vive en la prosperidad le sobren amigos. Pero ¿qué sucede cuando se acaba el dinero? La gran mayoría de los pseudo amigos desaparecen de la faz de la tierra. En una verdadera amistad no hay interés material, el único interés que prevalece es el que se tiene por la persona misma.
 
          Decía J.L. Martín Descalzo que solo es verdadera amistad la que enriquece a los dos amigos, aquella en la que el uno y el otro dan lo que tienen, lo que hacen y, sobre todo, lo que son. Por eso, dice literalmente el padre Martín Descalzo: ser un buen amigo o encontrar a un buen amigo son las dos cosas más difíciles del mundo, porque suponen la renuncia de dos egoísmos y la suma de dos generosidades. Suponen, además y, sobre todo, un doble respeto a la libertad del otro y esto sí que es casi pedir un milagro.
 
          Líricamente lo dice Juan Ramón Jiménez en su Platero y yo.
          -Nos entendemos bien. Yo lo dejo ir a su antojo, y él me lleva siempre a donde quiero.
          Yo trato a Platero cual si fuese un niño. Si el camino se torna fragoso y le pesa un poco, me bajo para aliviarlo. Lo beso, lo engaño, le hago rabiar... Él comprende bien que lo quiero, y no me guarda rencor. Es tan igual a mí, tan diferente a los demás, que he llegado a creer que sueña mis propios sueños
    
          Hay amistades que nos empobrecen y/o envilecen; a esos «amigos» hay que aplicarles tajantemente la ironía de la anécdota:
 
─No te preocupes, amigo: ¡como si no me hubieses dicho nada!  
 
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