Miércoles, 21 de agosto de 2019

Religión en Libertad

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María, una mujer liberada por el Espíritu Santo

 


   Esta reflexión sobre la acción del Espíritu Santo en María para que pudiera corresponder a los designios de Dios, la ofrecemos al Señor  para que se apiade de  todas las naciones donde las mujeres son maltratadas y no las ampara una justicia realmente “justa”.
    Lo dedicamos a todas las mujeres valientes y tratadas injustamente y les  hacemos llegar el calor del amor materno de María. Que su intercesión poderosa fortaleza a las mujeres en sus sufrimientos, las aliente en su lucha para liberarse de toda opresión, y como Ella potencien todas las virtualidades de las que son poseedoras, hasta su plena realización en bien de la humanidad.
   
    
María, la mujer dócil a la acción del Espíritu Santo  
    
 
     En el ambiente en el que nacerá María, la mujer vive en una clara marginación en todos los ámbitos, tanto a nivel familiar, como social o religioso. Pero Ella es la mujer llena de Gracia, en quien la acción de Dios no encuentra impedimento alguno. Como escribe san Juan Pablo II en su bella carta apostólica Mulieris dignitatem (MD), "María significa, en cierto sentido, superar aquel límite del que habla el Libro del Génesis (3,16) y volver a recorrer el camino hacia aquel «principio» donde se encuentra la «mujer» como fue querida en la creación y consiguientemente, en el eterno designio de Dios, en el seno de la Santísima Trinidad. María es «el nuevo principio» de la dignidad y vocación de la mujer, de todas y cada una de las mujeres" (MD 11).
     María será saludada por el ángel, como "Llena de Gracia, el Señor está contigo" (Lc 1,28). María es una mujer llena del Espíritu Santo donde han fructificado sus dones. Por los rasgos que los Evangelios nos dan de María, y lo que sabemos por historia de la situación de la mujer de su tiempo, podremos descubrir la acción del Espíritu Santo en María como mujer, haciéndola libre para poder corresponder con toda conciencia y libertad a los designios que Dios tiene sobre ella y, por extensión, sobre toda mujer, porque "María asume y abraza en sí misma el misterio de la «mujer»" (MD 11).
Confrontando la situación de la mujer de su tiempo y la actitud de María en los distintos acontecimientos de su vida, sobre todo a partir de los relatos de la Encarnación y la Visitación, podemos contemplar con claridad la acción del Espíritu Santo en la elegida para ser Madre del Hijo de Dios.

          Dios por medio de su  Ángel se hace presente donde está María
   
      En el pueblo de Israel, la mujer era considerada en todo de menor valía que el hombre, ésta en el Templo de Jerusalén no podía llegar más allá del atrio de las mujeres. Solo la clase sacerdotal, podía entrar en el Santo de los santos, allí se apareció el Ángel del Señor a Zacarías y le anunció que su petición había sido escuchada, su mujer daría a luz un hijo (Lc 1,13). A la mujer le era absolutamente negado el acceso al Santo de los Santos, lugar por antonomasia de la presencia de Dios. Pero Dios, que quiere ser adorado en espíritu y en verdad (Jn 4,24), se revela a quien quiere y como quiere, por ello se hace presente por medio de su Ángel, en el lugar donde se encuentra María (Lc 1,28).
 

María, señora de su tiempo, encarna el “Shemá Israel”
 
  
 
 
    A las mujeres no era obligatorio rezar el 'Shemá', la oración donde está formulada la fe del pueblo de Israel "Escucha, Israel: el Señor, nuestro Dios, es solamente uno. Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas" (Dt 6,4-5). María no sólo ha recitado esta oración, sino que la ha hecho suya. Su vida no es más que la expresión más radical de la fe de todo el pueblo judío, la fe absoluta en el Dios vivo y único, al cual ama con toda su alma, su corazón y todas sus fuerzas. A su servicio se consagrará para siempre "He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra” (Lc 1, 37).
     La no obligación de las mujeres de rezar el 'Shemá', según el exegeta J. Jeremías, se debe a que en sus obligaciones religiosas, la mujer está equiparada al esclavo. Por ello no tiene la obligación de recitar diariamente la 'Shema', porque -como el esclavo- no es señora de su tiempo[2]. En María vemos a una mujer señora de su tiempo, ella no rechaza la visita del Ángel, aunque tenga que hacer los múltiples trabajos de la mujer de su tiempo, como hilar, coser, cocinar, ir a buscar agua a la fuente ... María, dejando aparte lo que está haciendo o tiene que hacer, da primacía a lo único importante. Años más tarde, su Hijo alabará esta actitud en María en contraposición a la de su hermana Marta, que se afanaba en las tareas domésticas y no prestaba atención a sus palabras. La Virgen María presta oído al anuncio del Ángel: "Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo" (Lc 1,28). Y dedica tiempo a reflexionar sobre el significado de este saludo "Ella se turbó al oír estas palabras, preguntándose qué significaría aquel saludo" (Lc 1,29), para poder dar su consentimiento desde la responsabilidad y libertad.
 

María medita las promesas de Dios a Israel    
 
 
     La mujer no estaba sometida a la obligación de estudiar la Torá, las escuelas donde se enseñaba eran exclusivamente para los muchachos. Y no solo este estudio era reservado a ellos, sino que, además existían unos dichos rabínicos que recomendaban no les fuera enseñada la Torá en el ámbito familiar: "Quien enseña a su hija la Torá, le enseña el libertinaje" (pues hará mal uso de lo aprendido); "Antes sean quemadas las palabras de la Torá que confiadas a una mujer" o "Vale más quemar la Torá que trasmitirla a las mujeres".
     María no se resignará a ser apartada del conocimiento de la Palabra de Dios. Ella forma parte del pequeño grupo de los pobres de Yahvé, que esperan en la humildad, la fe, la piedad y, con gran anhelo, la venida del Mesías. El Concilio nos dice: "Ella sobresale entre los humildes y pobres del Señor, que confiadamente esperan y reciben de El la salvación" (LG 55). Si María no hubiera conocido en profundidad las promesas relativas al advenimiento del Mesías, hubiera sido para ella ininteligible el anuncio del Ángel, y por ello no hubieran podido dar fruto. Su actitud de meditar constantemente las promesas que Dios había hecho a su Pueblo, hace posible que el anuncio del Ángel caiga en tierra buena. Al oír la Palabra, la comprende y da fruto (cf. Mt 13,23).
     Dios confía en la capacidad intelectual de María, que debía tener entonces unos doce años, edad en que solían celebrarse los desposorios. El mensaje que el Ángel le comunica, trastorna todo el esquema mental de un judío, creyente en el Dios único a ultranza. Como escribe san Juan Pablo II "La autorrevelación de Dios, que es la inescrutable unidad de la Trinidad, está contenida, en sus líneas fundamentales en la anunciación de Nazaret" (MD 3). Allí está presente la voluntad del Padre, la encarnación del Hijo, por medio del Espíritu Santo.
     La actitud reflexiva en María es citada en tres ocasiones por san Lucas en su Evangelio. Ella hace uso de sus facultades intelectuales para poder comprender y a la vez dejarse iluminar por el Espíritu Santo, para poder acoger así la revelación que Dios le quiere conceder. Como sigue profundizando san Juan Pablo II "Aquí no se trata solamente de palabras reveladas por Dios a través de los Profetas, sino que con la respuesta de María realmente «el Verbo se hace carne» (cf. Jn 1,14). De esta manera, María alcanza tal unión con Dios que supera todas las expectativas del espíritu humano. Supera incluso las expectativas de todo Israel y, en particular, de las hijas del pueblo elegido, las cuales, basándose en la promesa, podían esperar que una de ellas llegaría a ser un día madre del Mesías. Sin embargo, ¿quién podía suponer que el Mesías prometido sería el «Hijo del Altísimo»? Esto era algo difícilmente imaginable según la fe monoteísta veterotestamentaria. Solamente en virtud del Espíritu Santo, que «extendió su sombra» sobre ella, María pudo aceptar lo que era «imposible para los hombres, pero posible para Dios»" (MD 3).
 

 María es una mujer autónoma ante Dios y le da su consentimiento 

  
     La mujer de su tiempo, no tenía autonomía propia, no podía decidir, ni elegir hechos que marcaban toda su vida. Los votos con que un hombre se comprometía con Dios, era obligatorio que los cumpliera. No sucedía así con las mujeres: los votos que esta hiciera a Dios estaban condicionados a la aceptación por parte de su padre o de su esposo, hasta tal punto de que podían ser considerados nulos, si se habían hecho contra la voluntad del padre o del esposo (Nm 30,3-17).
     Por el relato de la Anunciación, podemos ver, pues como María es una mujer autónoma, que como pobre de Yahvé, tiene un gran sentido de la soberanía de Dios, vive de esta verdad, "Yahvé es el Señor; no hay Todopoderoso sino El". Al acoger, María la soberanía absoluta de Dios en su vida, quedan relativizadas todas las demás autoridades, la paterna y la de su esposo José. María no pedirá a su padre o tutor legal el consentimiento para aceptar los designios que Dios tiene sobre ella. Tampoco pide el consentimiento de José, con quien está desposada. Éste ya se encontrará con el hecho consumado de su embarazo. María, desde su libertad y responsabilidad acoge el designio de Dios sobre ella. También muestra su libertad ante Dios: antes de dar su consentimiento, pregunta al Ángel aquello que no entiende "¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón" (Le 1,34}. Luego da "Su consentimiento activo y responsable... a la encarnación del Verbo"[3].
   La actitud de Dios hacia María, de pedirle su consentimiento antes de obrar en ella la Encarnación del Verbo, significa la igualdad ante Dios del hombre y la mujer hechos a semejanza suya, seres libres y responsables, capaces de conocer, de obedecer, de amar y conversar con El. Es absolutamente opuesto a la dignidad de la mujer como persona humana, que ella no pudiera acoger los designios de Dios y ponerlos en práctica al margen del consentimiento del padre o esposo. Dios cree que la mujer como el hombre hechos a su imagen y semejanza, pueden desde su libertad dar su palabra y ser responsables del cumplimiento. Ante la respuesta de María: "He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra" (Lc 1,28). Dios no necesitará de más palabras, sabe que se puede fiar de María, por ello "el Ángel dejándola se fue" (Lc 1,28) y la encarnación del Verbo se hará realidad en su seno.
 

María es una  mujer valiente que dice Sí a los designios de Dios

 
     En el pueblo de Israel eran muy severas las leyes, acerca de la fidelidad de la mujer a su esposo estuviera desposada o casada, si una joven era encontrada encinta y el hecho no era reconocido por el esposo, el marido, atacado por los celos, podía presentar la mujer al sacerdote y esta era sometida a una brutal prueba u ordalía, que consistía en obligarla a beber unas aguas amargas y funestas para descubrir su culpabilidad o inocencia (cf. Nm 5,11-31). Podía incluso ser condenada a muerte por lapidación (Dt 22,20s), o ser repudiada por el esposo. En la Anunciación no vemos en María miedo que la paralice o le impida ser libre para aceptar los designios de Dios sobre ella. Sabe, y se lo reafirma el Ángel que "nada es imposible para Dios" (Lc 1, 37) y puede realizarse aquello que acaba de anunciarle: "El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios" (Lc 1,35).
     Las mujeres en Israel vivían recluidas en su hogar, su contacto con el mundo exterior era muy limitado, no podían salir de su casa sino lo estrictamente necesario. Es cierto que este apartamiento social de la mujer era más acentuado en Jerusalén que en los ambientes rurales. En el Evangelio vemos como María, y otras mujeres, superan estos prejuicios culturales, ella no tiene miedo de iniciar un largo camino para poder atender a su parienta Isabel, que en su vejez ha concebido un hijo. Para María no hay fronteras en el ejercicio de la caridad, como escribirá Pablo VI "La Virgen María ha sido propuesta siempre por la Iglesia;... porque su acción estuvo animada por la caridad y por el espíritu de servicio"[4].
     Las mujeres tampoco estaban obligadas a subir en peregrinación a Jerusalén en las fiestas de Pascua, Pentecostés y las Tiendas. Ni María ni su esposo José asumen el segundo plano en el que las costumbres del pueblo judío querían marginar a la mujer de las fiestas más importantes del culto judío.  Por el Evangelio de Lucas sabemos que María junto a José subían: "todos los años a Jerusalén a la fiesta de Pascua" (Lc 2,41).
  
 
María exulta de alegría por las maravillas que Dios hace en ella
 
 
    Era una verdadera desgracia el nacer mujer en la sociedad israelita, el nacimiento de una niña era acogido con resignación o con tristeza, incluso en el siglo II un rabino recomendaba dar gracias a Dios por el hecho de no haber nacido mujer. Para María no vemos que ser mujer fuera una desgracia, ni lo viviera con resignación, ni se considerara un ser inferior, sino todo lo contrario, por el hecho de ser mujer puede colaborar de forma eminente en los designios salvadores de Dios, será la madre del Mesías esperado, el Hijo de Dios.
     Posiblemente el único diálogo entre mujeres que existe en la Biblia, es el diálogo entre María y su parienta Isabel. En este encuentro ambas expresan una alegría inmensa por el favor que han recibido del Señor. María e Isabel son dos mujeres que estallan de gozo ante los favores de que son objeto de parte de Dios; se sienten bienaventuradas.
   Isabel llena del Espíritu Santo "exclamando con gran voz, dijo (a María), -Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno...¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor" (Lc 1,42.45). A lo cual María responde "Engrandece mi alma al Señor y mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador, porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava, por eso todas las  generaciones me llamarán bienaventurada, porque ha hecho en mi favor maravillas el Poderoso" (Lc 1,46-49).
    El Ángel invita a María alegrarse, las palabras del profeta Sofonías que vislumbraban la alegría de los tiempos mesiánicos, se hacen realidad en ella. "Alégrate, Hija de Sión, Yahvé está en medio de ti. No temas, Sión; Yahvé tu Dios está en tu seno como poderoso Salvador. Yahvé el rey de Israel" (Sof 3,14-18). María es la verdadera Hija de Sión: "El Señor estaba con ella. Llevó en su seno al Salvador. Tuvo conciencia de ello y se llenó de inmensa alegría, con la que contagia a todo el nuevo pueblo de Israel, la Iglesia"[5].
     María estalla en gozo y alabanzas a su Señor y Salvador, da toda la gloria a Dios, por las grandes cosas que ha hecho en ella. Queda impresionada por el favor que Dios ha tenido con ella. "Porque María no tiene nada para poder prevalecer, es casi una niña, es virgen, es pobre, habita en un pueblo ignorante, no tiene ni orgullo, ni poder, ni riqueza; es por causa de todo ello que Dios la ama, y la ha escogido para hacer en ella grandes cosas"[6] .
     La mujer israelita era considerada en todo en menor valor que el varón, incluso en lo que se refiere a la colaboración en bien del pueblo de Israel. Las mujeres no podían ser incorporadas al pueblo de Israel ya que se realizaba por medio de la circuncisión, rito imposible para las mujeres.
    En el Magníficat, lleno de resonancias bíblicas, María se alegra porque el favor que Dios ha tenido con ella, lo será también para todo el pueblo de Israel. "Acogió a Israel, su siervo, acordándose de su misericordia- como había anunciado a nuestros padres en favor de Abraham y de su linaje por los siglos" (Lc 1,54-55). En María se culmina la esperanza mesiánica de Israel, ella vive en plena vinculación con la historia de su pueblo. "Abraham que simboliza a todo el pueblo de Israel; después en la historia santa, el pueblo entero como Servidor de Yahvé; y en su cumplimiento, María, la Sierva del Señor, que simboliza todo el pueblo, particularmente a los Pobres de Yahvé, en su espera mesiánica y en el gozo de su acogida favorable"[7].
     Y como a las mujeres no les era permitido el estudio de la Torá, incluso la inquietud intelectual de las mujeres, era ahogada con respuestas despectivas como la de un rabino que afirmó: "En la mujer no debe haber otra sabiduría que el trabajo de hilar". El canto del Magníficat como expresión de los sentimientos interiores de María, podemos entrever la profundidad de su conocimiento de las Sagradas Escrituras. En él nos habla del Dios verdadero anunciado por los profetas. "Su brazo interviene con fuerza, desbarata los planes de los arrogantes, derriba del trono a los poderosos y exalta a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos" (Lc 1,51-53). María, como los pobres de Yahvé, "esperan la venida del Reino de Dios, no como una era de gloria política y militar, sino más bien en la línea de los profetas, como una manifestación de justicia, de paz y de bondad en favor de los humildes y desprovistos. Esperan que el derecho del desgraciado sea reconocido y respetado, que la paz y la justicia reinen por fin para todos. No lo esperan como obra humana, sino como una gracia de Dios"[8].
     Como escribe Max Thurian: "En la segunda parte de su cántico, la Virgen aparece como la mujer fuerte que defiende los derechos de Dios y canta el amor de aquel que se llama Santo y poderoso. María recuerda aquí algunas mujeres heroínas de la Antigua Alianza, que defendían la justicia y la gloria de Dios, el honor de su pueblo, como Débora, profetisa y juez (Js 4-5), o Judit, gloria de Jerusalén, que caminaba rectamente ante Dios (Jdt 13,20;15,9). Ana, la estéril humillada, cantaba en acción de gracias por su maternidad. María cantará también la gran misericordia de Dios, expresada por la victoria de los pobres, escuchados en su esperanza, por la venida del Rey-Mesías en la pobreza...María, la primera cristiana, es también la primera revolucionaria... no puede proclamar la buena nueva de la salvación sin concretar, al mismo tiempo, el amor de Dios en la defensa de la justicia de los pobres y hambrientos”[9].
 

  Todas las generaciones llaman a María bienaventurada 
 
 

 
    En el Antiguo Testamento y en la Mishná se desconoce la forma femenina de los adjetivos hebreos: piadoso, justo y santo. María es el prototipo de la persona humana que con más plenitud ha vivido la santidad de Dios, piadosa con Dios y, más que justa, es misericordiosa en relación con los demás miembros de la raza humana. Una generación tras otra ha experimentado su amor materno y misericordioso, por ello desde el fondo de su alma, han repetido las palabras del Magníficat, bienaventurada sois Virgen María por haber sido digna de traernos al Salvador, y bienaventurados nos sentimos nosotros por teneros por Madre.
   Si María hubiera asimilado de tal forma el prototipo de mujer de su tiempo, no hubiera podido ser medio oportuno para que Dios llevara a cabo sus designios salvadores para el Pueblo de Israel y para toda la humanidad. Para llevar a cabo sus planes, Dios necesitaba no una mujer sumisa y alienada a la forma cultural en que habían relegado a la mujer de su tiempo. Sino una mujer con coraje, sin temor a perder su vida con tal de acoger al Mesías prometido. Y Ella será la que le ame sobre todas las cosas y personas, que tenga en El su autoridad absoluta, que profundice en su Palabra revelada por los profetas, para pueda fructificar en tierra buena. Que sea capaz de escuchar y acoger sus designios y se entregue a ellos con una donación sin límites.
     El estado de Gracia Inmaculada de María, y la acción constante del Espíritu Santo pudo hacer de ella la Mujer Nueva por excelencia, la mujer prefigurada en el relato de la Creación, igual al varón, creados a imagen y semejanza de Dios. Iguales en dignidad y en la responsabilidad de cooperar a los designios salvíficos de Dios. Así María ha podido ser "el signo único de la misericordia de Dios, en el momento de la encarnación, donde se concentra el amor del Señor por Israel, su Siervo, y de donde surgirá la plenitud de amor para todo el universo, en Jesucristo, el Dios Amor, que da su vida por todos los hombres. En los orígenes Abraham había sido signo de la misericordia de Dios que se había de expandir por todo Israel; en la plenitud, María es el signo de esta misma misericordia que se extenderá a todo el universo en Cristo y en su cuerpo la Iglesia"[10].
     Ciertamente Dios ha obrado maravillas en María, como escribe san Juan Pablo II: "Las palabras que el evangelista pone en labios de María "Ha hecho en mi favor maravillas el Poderoso" (Lc 1,49), se refieren ciertamente a la concepción del Hijo, que es «Hijo del Altísimo» (Lc 1,32), el «santo» de Dios; pero a la vez pueden significar el descubrimiento de la propia humanidad femenina. «Ha hecho en mi favor maravillas»: éste es el descubrimiento de toda la riqueza, del don personal de la feminidad, de toda la eterna originalidad de la «mujer» en la manera en que Dios la quiso, como persona en sí misma y que al tiempo puede realizarse en plenitud «por medio de la entrega sincera de sí»" (MD 11).
     "Este descubrimiento se relaciona con una clara conciencia del don, de la dávida por parte de Dios. El pecado, ya desde el «principio», había ofuscado esta conciencia; en cierto sentido la había sofocado... Con la llegada de «la plenitud de los tiempos» (cf. Gál 4,4)...esta conciencia irrumpe con toda su fuerza en las palabras de la «mujer» bíblica de Nazaret. En María, Eva vuelve a descubrir cuál es la verdadera dignidad de la mujer, de su humanidad femenina. Y este descubrimiento debe llegar constantemente al corazón de cada mujer, para dar forma a su propia vocación y a su vida" (MD 11)
      A ella como a nadie, podían ir dirigidas las palabras de Jesús a sus discípulos, por ser la que mejor supo cumplir la voluntad del Padre celestial (cf. Mt 12,50). Por su correspondencia a la gracia de Dios, de la cual estaba llena, pudieron encarnarse en María todos los valores humanos y espirituales como en criatura alguna se habían encarnado. Siendo así la criatura en la cual podemos contemplar mejor al ser humano como imagen y semejanza de Dios.
 
Notas

[1] 
[2] Cf. J. Jeremías "Teología del Nuevo Testamento" I, Sígueme, Salamanca 1977, 264.
[3] Pablo VI, Marialis Cultus, n. 37.
[4] Pablo VI, Marialis Cultus, n. 35.
[5]  Idelfonso de la Inmaculada, La sencilla vida de la Virgen María, Espiritualidad, Madrid 1987, 36.
[6] Max Thurian, María, Mare del Senyor, figura de l'Església, Ed. 62, Barcelona 1965, 95.
[7] R. Laurentin, citado por Max Thurian, María, Mare del Senyor, figura de l'Església, 92.
[8] Eloi Leclerc, Le Royaume Caché, DDB, 17-22.
[9] Max Thurian, María, Mare del Senyor, figura de l'Església, 99.
[10] Max Thurian,  María, Mare del Senyor, figura de l'Església, 99.
 
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