Viernes, 24 de mayo de 2019

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Es domingo: Contemplar y Vivir el Evangelio

por Dentro, muy dentro de ti

Es domingo: Contemplar y Vivir el Evangelio
 
5º Domingo de Pascua
 
[Seguimos en Pascua. ¡Feliz Pascua de Resurrección! ¡Aleluya! “Queremos seguir asumiendo y viviendo la experiencia del resucitado, domingo a domingo, tanto a nivel personal como comunitario. Hoy, el evangelio nos ofrece una imagen y comparación agrícola que invita a descubrir la importancia de la comunión íntima (el conocimiento del buen Pastor del domingo pasado) con el Resucitado para vivir de Él y dar frutos de vida con Él”.]
 
Si te ayuda, puedes empezar así: -Estás, Señor… -Estoy, Señor… Acojo tu Presencia y deseo y quiero tener contigo una relación personal íntima, de auténtico amigo y discípulo tuyo… Aquí estoy, Señor… Muéstrame tu rostro, Señor…
                          
Del Evangelio de san Juan 15,1-8 (Es mejor tener el texto a mano y leerlo ahora).
 
  • Yo soy la verdadera vid, y mi Padre es el labrador. A todo sarmiento que no da fruto en mí lo arranca, y a todo el que da fruto lo poda, para que dé más fruto. Vosotros ya estáis limpios por las palabras que os he hablado; permaneced en mí, y yo en vosotros.
 
-Contempla despacio: en un momento de gran intimidad, Jesús está abriendo su corazón a los discípulos; a su vez, los discípulos, sin pestañear, abren los ojos y el corazón al Maestro, como queriendo absorber sus palabras. Si entender demasiado caen en la cuenta de lo que Jesús está comunicando, sobre todo porque lo hace a través de comparaciones agrícolas que les son conocidas. Ponte tú en ese mismo lugar y con esas actitudes.
-La vid verdadera es Cristo, Dios y hombre verdadero; el labrador es el Padre Dios, que ha plantado aquí en esta tierra el tronco de la vid, Cristo: ella tiene el vigor y la frescura de transmitir la savia del amor de Dios a cuantos creen en Él y le siguen. ¿Soy de ellos? Si esa savia tan rica está en mí, ¿qué frutos estoy dando? ¿Cuánto amor de Dios sale de mí?
-Un aspecto importante de la comparación es el de la poda que hace el Padre. El labrador, el Padre,  poda y limpia los sarmientos para que todavía den más. Cosa natural, ¿no? Quiere decir que estar unidos al tronco, Jesús, para tener savia y dar buenos frutos, implica también un examinar y analizar los propios pensamientos, sentimientos y emociones, afectos y apegos. E irlos contrastando con el Evangelio, con la misma vida de Jesús y su enseñanza: si se parecen en algo o no. La poda no es para crear heridas o sufrimientos, no daña ni mutila el árbol o la vid, sino que le fortalece para producir frutos de mejor calidad. ¡Que es lo importante! ¿Y a veces de más cantidad! ¿Percibo yo esas podas o ni me percato de ellas? ¡No sería buena señal en tu vida cristiana muy al contrario! No te quejes de las podas. Son para mejorar y fortalecer tu santidad de vida. Nunca para dañarte. Y menos físicamente. ¡Consiéntelas! 
-Ten en cuenta que solamente ese tronco, esa vid, Cristo, posee la capacidad de generar vida, y vida en abundancia, de transformarla, es decir, de reverdecer lo seco y de hacer florecer lo marchito. Es la savia del propio Espíritu de Dios, el Amor, el que todo lo rehace, sana y perfecciona. He aquí un buen criterio para ti, para tu vida de fe, de esperanza y de amor, para tu compromiso cristiano, comunitario, familiar, social, etc. ¿Hay vida en mí? ¿Abundante? ¿Generosa? ¿Entregada? ¿Que da fruto?  Es porque poseo la savia propia del la vid. Por eso produzco frutos de amor a Dios y al prójimo. Si no, no. En tal caso mi vida está marchita. La estoy perdiendo. ¡Únete a Jesús! ¡Vive en comunión personal con Él! ¿Cómo hacerlo? Te lo dice Jesús: permaneced en mí, y yo en vosotros. ¿Y cómo permanecer en Jesús? Él lo explica también:
 
  • Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada. Al que no permanece en mí lo tiran fuera, como el sarmiento, y se seca; luego los recogen y los echan al fuego, y arden.    
 
-Contempla, relee el texto una y otra vez, es muy claro… Escucha y contempla… El sarmiento eres tú y yo.  Éste tiene que permanecer, para dar fruto. Ambos están relacionados. Permanecer en Jesús (ahondar en la vida espiritual y en el compromiso cristiano, crecer en santidad), y dar fruto (implicarse en la realidad fraterna), es fundamental para nosotros. Permanecer en Jesús, vivir de sus palabras, de su savia vital, de su Espíritu de amor, es la única manera de dar fruto, de glorificar al Padre. Ahora toma conciencia: solo arraigados en una comunión que se cultiva desde dentro podrá el discípulo ser misionero, es decir, llevar a cabo el proyecto de amor de Dios sobre el mundo. Y en eso consiste la glorificación del Padre. ¡Nada menos! ¿Intento permanecer en Jesús? ¿Cómo lo hago? ¿Cómo y en qué lo noto? ¡No te engañes!
-Dicho de otro modo: la voluntad y la gloria del labrador (el Padre), es que los sarmientos (tú y yo) den buenos frutos y, por consiguiente, que no se separen del tronco (Cristo). Eso es ser discípulo de Jesús. Y eso significa acoger cordialmente sus palabras, vivir de ellas, reconocer su presencia invisible, no fiarse de las propias fuerzas, callar y orar, permitir que Él tenga la última palabra, que llegue la savia de su paz regeneradora. Todo esto, ¿me dice algo a mí? ¿O me resulta un tanto desconocido o poco viable? ¿He de cuestionarme el modo de ser y vivir como discípulo misionero de Jesús!
 
Para un buen examen y discernimiento personal. Vivir unidos al Resucitado implica que su palabra quede prendida en el corazón y en la mente. Y no menos, la adhesión a Él por la fe y la concreción a base de obras en el día a día, en el momento presente, en favor de los demás, viviendo o intentando vivir lo que Él vivió y enseñó.
 
  • Si permanecéis en mí y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que deseáis, y se realizará.
 
-¡Qué final iluminador! Es todo un secreto comunicado por Jesús a los suyos, a ti ahora.  Quien permanece en Él, quien se deja podar por el labrador, quien ha acogido el Evangelio, puede pedir lo que desee y lo tendrá: lo que deseáis se realizará. ¡Claro y contundente! Es cierto que hablar de oración desde este prisma puede ayudar a concebir la relación con Dios de una manera más teologal. Es decir, desde una vida de fe y no de intereses personales y falsas necesidades, sino en la voluntad del Padre. Por eso hay que decir: quien se esfuerza por vivir desde la convicción de que Dios solo busca su bien, quien se fía y confía en Jesucristo como la voz y el rostro del Padre, está muy cerca de que sus peticiones, su oración, sean conformes a  los planes de Dios y no a los propios, o como la oración del mismo Jesús que siempre acababa en una acogida confiada de la voluntad del Padre. ¿Cómo y por qué hago yo mis peticiones a Dios, mis suplicas? ¿Son siempre porque veo claro que esa es la voluntad de Dios? ¿Seguro? ¡No me extrañe de que a veces no sea escuchado! Eso decimos con frecuencia.  
 
Para re-cordar durante la semana: Sin mí no podéis hacer nada, dice el Señor.
 
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