Martes, 16 de julio de 2019

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Los divorciados que se vuelven a casar

Los divorciados que se vuelven a casar

por Un alma para el mundo

En un librito titulado “la alegría de ser sacerdote” publicado por el arzobispo de Viena, cardenal Schonborn, como un capítulo de la caridad pastoral que debe ejercer el sacerdote, se plantea el autor la situación en la iglesia de los divorciados y vueltos a casar. En breves páginas al cardenal ofrece unas pautas a seguir en un tema tan delicado, que con mucha frecuencia se nos presenta a los sacerdotes.
            Entresacamos algunas de sus aportaciones que pueden dar luz a muchos de los que andan preocupados sobre esta espinosa cuestión, y su relación con la misericordia de Dios.
 
 
 Pregunta del padre Marión sobre
LOS DIVORCIADOS QUE SE VUELVEN A CASAR
«Soy párroco en los Altos Vosgos, pero he pasado treinta y tres años en París como capellán tic los centros pedagógicos "Madeleine Daniélou ". fundados por la madre del cardenal Daniélou. Durante ese tiempo trabajé también en el programa de Radio Notre-Dame "Escucha en la noche". Una de las ma­yores gracias que he recibido en mi vida, ha sido la de poder animar el encuentro que Juan Pablo II mantuvo en 1980 con 50.000 jóvenes en el estadio Parque de los Príncipes. Mi pregunta está relacio­nada con la misericordia. En las parroquias nos di­cen que vayamos en busca de los más pobres, y la Iglesia conciliar pide que no los desatendamos. Para mí los más pobres no son únicamente quienes carecen de medios de vida y sufren rechazo; también l0 son _y me encuentro con ellos constantemente— aquellos cuyo amor ha fracasado; quienes han en­contrado dificultades en su vida amorosa, en el ho­gar que ellos mismos crearon. Me inspiran una pro­funda lástima, sobre todo los que participan en la vida de la parroquia. En mi grupo de catequistas hay tres divorciados vueltos a casar que imparten catequesis, asisten a misa y quieren comulgar: lo necesitan, y piensan que es un buen ejemplo para los niños. Me gustaría que nos diera algunas indicacio­nes que nos ayuden a vivir la misericordia con quie­nes tantas veces tienen el corazón destrozado y han querido volver a construir una vida más llena de amor que la primera».
 
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Responde el Cardenal Schonborn:

Estoy encantado de poder hablar con vosotros de un tema que también a mí me preocupa. En Austria todo el mundo sabe —y por eso lo digo con absoluta claridad— que yo mismo procedo de un hogar roto. Mis padres se divorciaron cuando tenía trece años. Se conocieron durante la guerra y no se trataron más de tres días: mi padre se hallaba en el frente y sentía el deseo, totalmente comprensible, de que hubiera alguien en casa mientras él estaba en Stalingrado. Terminada la guerra, no tardaron mucho en compro­bar que su hogar no estaba construido sobre cimien­tos sólidos, a pesar de lo cual continuaron juntos hasta 1958. Así que puedo hablar de esta realidad porque la he sufrido en mi propia carne: una reali­dad que, además, me rodea por todas partes, como os ocurrirá a vosotros, al menos en Europa y en Nor­teamérica. En América Latina la situación es bas­tante parecida: ¡cuántos hombres hay que tienen tres o cuatro familias con las que viven en condiciones caóticas! Por todas partes surgen problemas relacio­nados con esta realidad fundamenta] de la vida hu­mana que aparece ya en la primera página de la Bi­blia: la unión del hombre y la mujer para formar una familia y transmitir la vida.
Ante todo, os invito a contemplarla con una mi­rada de misericordia. Todos conocéis biografías complejas y familias patchwork, familias reconstruidas.
Acabo de estar hablando largo y tendido con un hombre que va por su cuarto matrimonio y tiene va­rios hijos de los tres anteriores. Su último matrimo­nio no ha fracasado: llevan 17 años juntos y él ha descubierto la fe en estos últimos años; y, aunque este descubrimiento le ha hecho feliz, tiene a sus es­paldas el fracaso de los tres matrimonios anteriores. ¿Qué podemos hacer con esta persona que por fin se ha encontrado con Jesús, ha conocido la fe y está plenamente integrada en la parroquia? Esto es lo que él pide: «Ahora que soy creyente, ¿no puedo partici­par plenamente de la vida de la Iglesia recibiendo los sacramentos?».
Creo que, en primer lugar, deberíamos tener claro que las familias creyentes, las familias unidas, son en nuestra sociedad la excepción, y no lo habitual: en Viena lo habitual es el divorcio, los segundos ma­trimonios, las familias patchwork o aquellas en las que no se casa nadie. En Francia, gracias al Pacto Ci­vil de Solidaridad, existe el matrimonio lighf. No son solamente las parejas de homosexuales quienes lo contraen; hay también quienes eligen una unión más «suave» por temor al fracaso o a las cargas y obliga­ciones del matrimonio.
En estas familias patchwork —recompuestas— se puede vivir muy bien. Para los sacerdotes la primera condición consiste en no contemplar con mirada de jueces, sino de misericordia, a los cónyuges o a las parejas que llevan ya tres, cuatro o cinco relaciones distintas, que tienen hijos de unos y de otros, que han vivido algún aborto... No lo olvidemos: la generosidad no se vive sólo en nuestras familias buenas que se llevan bien; existe también en las re­compuestas. En estas situaciones de la vida objeti­vamente desordenadas, tenemos que descubrir la caña cascada, la mecha que humea» (cf. Mt 12, ¿U). Si no cambiamos nuestra forma de ver las cosas, ¡acabaremos convirtiéndonos en una secta! Somos minoría; y los matrimonios que duran —al menos en las grandes aglomeraciones urbanas, pero también en el medio rural—, que llevan una vida cristiana y com­prenden el sacramento del matrimonio, representan también una pequeña minoría. En Viena más del 60% de los matrimonios acaban en divorcios o en nuevos matrimonios, y eso sin tener en cuenta a todos los que viven juntos sin estar casados. El número de matri­monios religiosos se ha reducido de forma drástica.
Cómo convivir con esta situación? En nuestra diócesis hemos elaborado un programa dirigido a los sacerdotes y desarrollado en cinco puntos: «Como acompañar espiritual, cristiana y humanamente a las parejas de divorciados que se vuelven a casar». Es algo así como un esquema con las etapas de un ca­mino capaz de conducir a una auténtica conversión, a una verdadera renovación de la vida de fe.
 
Ofrezco en esta primera entrega del tema, el punto numero uno del programa de pastoral matrimonial para  el sacerdote, y  toda la comunidad eclesial sobre esta grave problemática.
 
1) La mirada de Jesús sobre los pobres y los pe­queños. ¿Quiénes son los pobres en las familias
patchworkl No son precisamente quienes se han vuelto a casar: ellos ya han encontrado un nuevo compañero. Humanamente hablando, y al margen de las leyes de la Iglesia, se hallan en proceso de «recu­peración». Las primeras víctimas de nuestros divor­cios son los niños. A quienes claman «¡La Iglesia es muy dura con los divorciados que se vuelven a ca­sar!» siempre les digo: «No. La Iglesia es compasiva con sus hijos». ¿Dónde están los lohbi.es y los gru­pos de presión que defiendan a los hijos de divorcia­dos? ¿Qué voz se alza en la opinión pública para de­cir «las primeras víctimas son los niños»? Tenían un padre y una madre y, de repente, se encuentran con un «tío», con una «tía», o con el amigo de mamá o la amiga de papá. ¿Cuántas veces cargan los divorcia­dos el peso de sus conflictos matrimoniales sobre las espaldas de sus hijos? Creo que nos toca a nosotros recordar la gravedad de este pecado: «no carguéis a los hijos con problemas que son vuestros. Los hijos no deben convertirse en rehenes de vuestras peleas. Si es así, estáis cometiendo un crimen con sus al­mas». Cuando digo estas cosas en alguna reunión parroquial, reina siempre un profundo silencio. ¿Dónde está la misericordia con los niños? Esta es, pues, la primera pregunta que les planteo a los di­vorciados que se han casado de nuevo: «¿cómo es­tán vuestros hijos? ¿Les habéis hecho sufrir con vuestros problemas? ¿Qué daño les habéis infligido? ¿Habéis reparado, habéis pedido perdón a Dios y a vuestros hijos por el dolor que les habéis causado?». La mayoría de los niños sueñan, consciente o in­conscientemente, con que el hogar de sus padres se recomponga —sé muy bien de qué hablo—, incluso cuando en su interior estén convencidos de que eso no va a suceder.
 
(Continuará en el próximo artículo del blog)
 
Juan García Inza
 
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