Viernes, 30 de julio de 2021

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Nadie, cuando enciende una lámpara, la pone en un sótano (Lc 13, 11)

Como Pedro, no queremos ser lavados por Cristo

Como Pedro, no queremos ser lavados por Cristo
Jueves Santo

por La divina proporción

¿Quién es capaz de aceptar que necesita ser lavado por Cristo? Hoy en día es muy difícil que seamos conscientes de que nuestra naturaleza está herida por el pecado original y que además, es una naturaliza falible, limitada y voluble. ¿Quién se atreve a proclamar que es falible y pecador? Si Cristo se acerca a nosotros, posiblemente le paremos diciendo que no es necesario que nos limpie con sus propias manos. Nos sentimos superiores y ser lavados evidencia que nada somos sin la Gracia de Dios.

Como el médico que teniendo que atender a muchos enfermos [Cristo] inicia sus especiales cuidados por aquellos que están más graves, así también Cristo, al lavar los pies manchados de sus discípulos, empieza por aquellos que más contaminados estaban, y así llegó en último término a Pedro, que necesitaba menos que los otros del lavatorio de pies. Por esto dice: "Vino a Simón Pedro", que se resistía a ser lavado, por la conciencia que tenía de que sus pies no estaban manchados. 

[...] insinúa el Señor que en esto había misterio. Lavando y secando sus pies, los tornaba purificados, a ellos, que debían predicar la santidad ( Rom 10; Is 52), para que puedan enseñar el camino santo y marchar por aquel que dijo: "Yo soy el camino" ( Mt 14,6). Convenía que Jesús, deponiendo sus vestidos, lavase los pies de sus discípulos, para limpiar más a los que ya estaban limpios. O a fin de tomar sobre sí en su propio cuerpo la inmundicia de los pies de sus discípulos, mediante el paño que tenía rodeado, porque El echó sobre sí todas nuestras debilidades. ( Orígenes de Alejandría. In Ioannem tom. 32)

Orígenes de Alejandría señala que en el lavatorio de los pies, hay un misterio. Es decir, hay algo que excede nuestro entendimiento y a lo que sólo podemos acercarnos con los dones que el Espíritu Santo nos entrega. Recordemos que Cristo dijo que “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame” (Mt 16, 24). Ir tras de Cristo necesita de nuestra voluntad y de la Gracia de Dios. Nuestra voluntad, porque no es un camino sencillo y placentero. Todo lo contrario. Necesitamos querer que prevalezca el compromiso bautismal de seguir a Cristo. Necesitamos la fuerza de la Gracia de Dios. San Agustín lo resume claramente al decir que “Dios, que te creó sin ti, no te salvará sin ti” (Sermón 169, 11, 13).

Para seguir los pasos de Cristo, necesitamos lavar los pies que van a ir pisando las pisadas del Señor. Si los pies no están limpios, nuestra voluntad nos conducirá a cualquier camino más sencillo y satisfactorio. Necesitamos que sea la Gracia de Dios quien quite de nuestro ser todo lo que nos hace dudar y buscar refugio en el mundo. Por eso el Señor se puso tan dura con Pedro, cuando quiso negarse a ser limpiado: “Si no te lavo, no tienes nada que ver conmigo” (Jn 13, 8). Quizás con esta pista que nos da Orígenes de Alejandría, podamos entrever la Luz del misterio de lo que aconteció. Muchas personas se ha preguntado y se preguntar la razón de una actitud tan dura por parte del Señor, pero no crean que muchas personas hay leído y entendido que la limpieza que nos ofrece Cristo, va más allá de lo inmanente y mundano.

Pedro, como es lógico, se dio cuenta que el asunto iba en serio. No era una locura o una ocurrencia sin sentido. Por eso dijo: “Señor, entonces no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza” (Jn 13, 9). Fíense que Pedro dice que no sólo le lave los pies, símbolos de la fe que sigue a cristo. Le dice que le lave la cabeza, signo del entendimiento y también, las manos, signo de la caridad. Fe, esperanza y caridad, que Pedro suplica que le llenen. Cristo sabía que incluso así, le negaría tres veces. Los seres humanos somos así, incapaces de perseverar cuando las cosas se ponen complicadas.

Como indica Orígenes, Cristo lava la suciedad y la carga sobre sí mismo. Esa es la esencia de la redención: tomar nuestra naturaleza caída, limitada y voluble, y lavarla para que transcienda los límites y pecados que llevamos con nosotros. Si creemos que la salvación es una realidad de este mundo, es que andamos muy despistados. Quizás tanto o más que Pedro cuando intentó negarse al lavado de su suciedad.

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