Viernes, 06 de diciembre de 2019

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Misterios de la cruz

por La mirada impertinente

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La cruz es uno de los símbolos más densos que ha creado la cultura humana. Una imagen que adquiere una significación especialmente intensa para los 2.180 millones de personas que se reconocen como cristianos hoy en el mundo. Pero que no por ello deja de interrogar al resto. Porque la cruz, sin dejar de ser el emblema de una concreta religión, también es, o es, sobre todo, la metáfora de la existencia humana entendida como cruce de caminos y como misteriosa convivencia de los opuestos.

La cruz apunta hacia el punto de ignición de lo humano, el lugar en el que nuestra existencia quema más intensamente. Ese lugar es la muerte y la conciencia de lo que significa. Ante ella, el hombre arde de angustia, desconcierto y desesperación. No es fácil aceptar la desaparición física de los que amamos, como tampoco lo es aceptar la nuestra. La conciencia de la finitud es el privilegio del hombre, lo que le diferencia sin ningún género de dudas del resto de los animales. Es su privilegio y su tormento. El agujero de su misterio. Un pozo oscuro en el que nos miramos, al menos, desde hace 100.000 años, cuando comenzaron los primeros enterramientos. Una sima a la que nuestra cultura hoy prefiere no mirar a la cara. La muerte es hoy para nosotros, en gran medida, un accidente, una tragedia o un espectáculo, pero casi nunca una pregunta, o una incógnita. Párense a pensar cuántos funerales recuerdan haber visto en el cine y la televisión recientes. Crece la alergia a cualquier mirada trascendente -incluida la trascendencia del arte- y no vemos que, al cerrar esa ventana esencial, nuestra vida se queda sin ventilación.

Y, sin embargo, el poder de la cruz sigue ahí, vivo, interpelando a cualquiera que se deje. E incluso a los que se resisten. Con un brazo horizontal, que alude a la existencia visible, y otro vertical que apunta a la dimensión del misterio, del más allá, del símbolo y del rito. Una cruz clavada en la tierra que apunta al cielo. Que hace brotar del pozo de nuestra angustia la luz de la esperanza.

Y colgado en ella un hombre que es al tiempo hombre y Dios. Al tiempo héroe y víctima. Que es grande en el dolor y que alcanza su triunfo en su aparente derrota. Un hombre que protagoniza un gesto en el que confluyen lo masculino y lo femenino (el ‘en tus manos encomiendo mi espíritu’ de Cristo equivale al ‘hágase en mí según tu palabra’ de la Virgen en la Anunciación).  Un hombre que nos recuerda que las verdades más esenciales están más allá del poder y de la gloria.

¿Lograremos hacer entender algo de todo esto a tantos pobres de espíritu que, llegadas estas fechas, se indignan, enfadados, ante la intolerable caspa de las procesiones que adornan nuestras calles? ¿Habrá forma de sanar el alma de tantas víctimas del síndrome de Diógenes que acumulan sus basuras espirituales en las redes sociales? Habrá que intentarlo. En un día como hoy, Domingo de Resurrección, desde luego, sería pecado renunciar a la esperanza.

Publicado en El Norte de Castilla

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