Jueves, 20 de junio de 2019

Religión en Libertad

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My God, what a morning!

por Victor in vínculis

Domingo de Pascua de Resurrección y pincelada martirial (Ciclo B)
 

Kazán es la capital de la República de los Tártaros. Se encuentra en el centro de la Rusia Europea. El Sagrado Icono de Nuestra Señora de Kazán es venerado por el pueblo ruso desde 1579, cuando una niña encontró entre las ruinas de Kazán la preciosa imagen. Considerado por los fieles ortodoxos como una obra de capacidades milagrosas, se perdió en 1918, cuando los bolcheviques llegaron al poder. Durante años pasó por manos privadas, hasta que fue descubierto y entregado a San Juan Pablo II en 1993. Desde entonces lo custodió él mismo, en su apartamento privado. En 2004 Juan Pablo II devolvió el Sagrado Icono, la imagen conocida también como protectora de Rusia, al pueblo ruso y al Patriarcado ortodoxo de Moscú.

Recuerdo una anécdota que se cuenta de cuando, en plena campaña atea, un orador bolchevique de La Liga de los sin Dios pronunciaba un discurso blasfemo a más no poder, en la Plaza Roja del Kremlin, en Moscú... Era precisamente la mañana de Pascua de Resurrección.

-¿Hay alguno de vosotros -vociferaba- que sea capaz de probarme la existencia de Dios?
En esto se levanta, decidido, un humilde campesino y, alzando la mano, dice:
-Sí, yo te la puedo demostrar...
-A ver, a ver... Sube aquí a la tribuna y habla, a ver qué patochadas nos vas a decir...
Y en medio de un suspense general, el cristiano y valiente campesino, con voz vibrante, pronunció la vieja y sabida salutación pascual de los rusos: Crestos wokres! ¡Cristo ha resucitado! ¡Cristo ha resucitado!
El efecto de este saludo dejó como electrizada de gozo y emoción a la mayor parte de la multitud.
-Sí -coreaban entusiasmados-, Crestos wokres! ¡Cristo ha resucitado! ¡Cristo ha resucitado!
Y muchos, sin respetos humanos, incluso se abrazaban como en los mejores tiempos, felicitándose en la mañana de Resurrección.
 

La percepción de Rembrandt del momento en el que María Magdalena vuelve la cabeza y ve a Jesús recién resucitado.

Hay un espiritual negro[1], en el que las voces estallan en un grito repetido hasta la obsesión, entre el sonido de los instrumentos de viento y percusión: My God, what a morning! (¡Dios mío, qué mañana!). Es la alegría del amanecer de la Pascua.

Una alegría comparable a la de los pueblos eslavos que, en esa misma mañana, se lanzan a la calle abrazando a los transeúntes: ¡Cristo ha resucitado! Y todos responden a coro: ¡Sí, realmente ha resucitado!

Más contenida y austera en sus ritmos gregorianos -pero no menos profunda- es la alegría de la grandiosa y antigua liturgia latina. Algunos se empeñarán en seguir predicando a un Jesús presentado como una especie de Sócrates judío, como un maestro de ética, como un agitador social o incluso como un enunciador de buenos consejos para el ciudadano políticamente correcto...

Bien, pues opongámonos a esa sal insípida. Afirma Blaise Pascal:

¿Con qué razón vienen a decirnos que no se puede resucitar? ¿Qué es más difícil: nacer o resucitar? ¿Es más difícil que exista lo que nunca ha existido o que vuelva a existir lo que ya existió? ¿Es más difícil existir o volver a existir? La costumbre nos hace parecer fácil el existir; la falta de costumbre nos hace parecer imposible el volver a existir. ¡Qué manera tan ingenua y popular de juzgar! ¿Qué tienen que decir en contra de la resurrección? ¿Qué es más difícil: crear a un hombre o volverlo a crear?

La observación de Pascal sigue las enseñanzas de San Agustín. Sabemos por su hermana que en un determinado momento, Pascal -por amor al desprendimiento del mundo y a la pobreza- vendió la totalidad de su biblioteca, distribuyendo lo obtenido entre los necesitados y conservando para sí mismo únicamente una Biblia y un San Agustín. El Obispo de Hipona señala: Resucita un muerto y todos se asombran, pero nadie se extraña de que cada día nazca lo que antes no existía.

La apariencia de locura y escándalo de la predicación cristiana, enteramente fundada sobre la Resurrección de Alguien que determina la resurrección de todos, no debe hacernos olvidar que en este tema se está más allá de la razón, pero no en contra de ella. En cualquier caso, esto es mucho más razonable que la actitud de quien considera racional dar por supuesto que la vida fue creada por sí misma, y considera un absurdo inaceptable que alguien afirme que se pueda devolver la vida después de que esta se haya extinguido.

Que en este día, que en la Eucaristía que celebramos, descubramos más que nunca el recuerdo y la actualización de la Pascua del Señor, el paso del Señor por nuestra vida, para que proclamemos por todas partes que el Señor ha resucitado; los ángeles testigos, sudarios y mortajas por el suelo. ¡El Señor ha resucitado!

Con las mujeres, con María Santísima, la primera Mujer, proclamamos con gozo esta gloria para toda la Iglesia y para cada uno de nosotros: el Señor ha vencido de la muerte, el Señor nos da la vida eterna, la vida que no pasa.

Feliz Pascua de Resurrección a todos. Será extraordinario recibir en la fe el testimonio de la Resurrección. Y descubrir, o redescubrir, su efecto en nosotros tal como nos lo describe Pablo: Habéis resucitado con Cristo. Habéis muerto y vuestra vida está con Cristo escondida en Dios. ¡Aleluya!
 


PINCELADA MARTIRIAL
Recogemos parte de este Sermón de Resurrección que en 1927 pronunció el Beato Juan Mª de la Cruz, mártir del que hablábamos la semana pasada.
 
“Este es el día que hizo el Señor, canta hoy, llena de gozo santo, la Iglesia nuestra Madre, alegrémonos y regocijémonos en él”.

Que si todos los días los hizo Dios para su gloria, el de hoy especialísimamente ha sido el día que Dios ha hecho. (…)

La Iglesia Católica, han dicho algunos con evidente ligereza e injusticia, es la religión del dolor, la religión de las tinieblas, la religión de la muerte, la religión del Viernes Santo. Sería inútil replicar a esa calumnia ante el esplendor de esta luminosa Solemnidad Pascual y ante el mentís que contra ella lanzan esas campanas, esos aleluyas, esas luces, esos hermosos himnos de triunfo, ese sol de la Resurrección y de la vida que brota del sepulcro con Jesucristo resucitado. La Iglesia Católica que ha penetrado mejor que nadie en los secretos de la vida humana, en sus diversas fases y alternativas, sabe muy bien abarcar para admirarlos, todos sus aspectos, incluso los sombríos que son, por desgracia los más frecuentes, pero es para transformarlos, en su gozo en una nueva síntesis superior.

La última palabra de su Creador no es la muerte, sino la resurrección de la carne y la vida eterna. (…) Su día grande y eterno no será precisamente el Viernes Santo, sino este Domingo de la feliz Resurrección. “¡Este es el día!…” Y el Apóstol nos dice y nos reclama: “Alegraos siempre en el Señor; otra vez os digo: que os alegréis”.
 

[1] Vittorio MESSORI, Dicen que ha resucitado, página 296 (Madrid, 2001).
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