Domingo, 18 de agosto de 2019

Religión en Libertad

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XV domingo del Tiempo Ordinario

Reflexiones Homiléticas

  1. Introducción

Las parábolas (comparaciones) son un recurso que el Señor utiliza para enriquecer su predicación, pero, sobre todo, para enseñar y transmitir un mensaje que debe ser “descodificado” (interpretado) por los más sencillos de corazón que escuchan y acogen su palabra. Las parábolas ilustran temas diversos del reino de Dios y pueden ser catalogadas según la materia tratada, sin embargo, deben ser interpretadas según el contexto inmediato y especialmente en el conjunto de las características y destinatarios del evangelio que las presenta.

Lucas es el evangelio del Espíritu Santo, de la infancia de Jesús, por tanto, de la Virgen María, de la evangelización, de la oración, pero especialmente de la misericordia. ¿Qué es la misericordia? Por parte del hombre es un cambio de mentalidad (metanoia en griego), pero ¿por qué ocurre esto? Porque Dios ofrece sus entrañas maternas para transformar a través del perdón al pecador arrepentido (teshuva en hebreo). Es decir, la misericordia es la capacidad que Dios tiene de salvar al hombre por medio del perdón de los pecados, en el útero de su Iglesia donde es curado y renovado por la Palabra y los Sacramentos.

  1. Evangelio

El fragmento del evangelio nos presenta una parábola exclusiva de Lucas, que es una respuesta y una explicación a una pregunta de un letrado, sobre que se debe hacer para “heredar” la vida eterna. El personaje del relato es un hombre preparado, conoce las escrituras y responde con el credo del pueblo judío: el Shema a lo que está escrito en la ley, pero Jesús lo sorprende, porque aparentando ser justo y queriendo saber detalles, el Señor lo deja desconcertado con la parábola que ilustra exactamente quién es el prójimo. Esta misma cuestión fue hecha por un joven rico al Señor: “qué debo hacer…”, solo qué en esa ocasión la respuesta aparentemente completa, reveló por parte del joven la idolatría al dinero, ya que poseía muchos bienes y por eso se marchó entristecido (Mc 10,17).

Una primera cosa que hay que destacar es que en la pregunta del letrado aparece el verbo “heredar” y no “tener” en la pregunta de qué se debe hacer para adquirir la vida eterna. En este sentido, el hombre es consciente que no es una conquista personal, no es algo que se adquiere por las propias fuerzas, ya que es un don, una gracia, de hecho, aparece como una herencia, algo regalado y, por tanto, no es mérito propio.

Detengamos a partir de ahora, en algunos elementos de la parábola propuesta por el Señor, para iluminar al letrado que presume saber todo –teóricamente y no en la vida del día a día– sobre la ley y la pregunta central de quién es el prójimo:

Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos bandidos, que lo desnudaron, lo molieron a palos y se marcharon, dejándolo medio muerto. Jerusalén es la ciudad santa, queda en lo alto de las montañas de Judá y allí van los peregrinos para participar de la pascua anual y rezar en el templo. Ya Jericó está a camino de Jerusalén, es una población antiquísima y sirve de parada a las caravanas que van a la ciudad de David. Esta ciudad es protagonista de una gesta realizada por los judíos en el proceso de la conquista de la tierra prometida. En el transcurso realizado de una a otra ciudad se esconden bandoleros que asaltan y maltratan a los peregrinos. Jesús debía oír crónicas de la época sobre sucesos de esta índole, que por su vez son la materia prima de sus geniales y creativas historias.

Por casualidad, un sacerdote bajaba por aquel camino y, al verlo, dio un rodeo y pasó de largo. Y lo mismo hizo un levita que llegó a aquel sitio: al verlo dio un rodeo y pasó de largo. El sacerdote es un hombre consagrado, dedicado al culto en el templo, forma parte de una casta particular, tienen acceso a la educación, ellos conocen la Palabra de Dios y son considerados y respetados por el pueblo, ya que representan una gran e importante autoridad religiosa. En la época de Jesús, el levita pertenece –como descendiente de la tribu de la cual deriva su nombre– al grupo de colaboradores del culto en el templo, o sea, auxilian a los sacerdotes en el lugar sagrado por excelencia del pueblo de Israel. Estas dos figuras pasan ante el hombre herido y no se detienen para ayudarlo, tal vez son indiferentes por cuestiones higiénicas y religiosas, ya que no quieren contaminarse con un supuesto cadáver, a pesar de haber estado en los oficios sacros, en ellos se realiza la amonestación que el Señor hizo en otro momento, porque no captaron: “… aprended lo que significa: misericordia quiero, y no sacrificio” (Mt 9,13) o peor aun “…este pueblo me honra con los labios, pero su corazón esta lejos de mí” (Mc 7,6).

“Pero un samaritano que iba de viaje llegó a donde estaba él y, al verlo, le dio lástima”. Los samaritanos son un grupo de judíos disidentes y, por tanto, considerados herejes, por eso podemos suponer que al ser mencionado como protagonista de la parábola un hombre de la región de Samaría, debe haber causado una convulsión en los sentimientos racistas y religiosas del letrado. Jesús siempre sorprende ya que el relato hace un giro sustancial, porque de quién menos se espera aparece un gesto de misericordia que, preserva y salva la vida del hombre herido de la parábola. Por otro lado, es necesario anotar que esta traducción es pésima y muy pobre, porque en el texto original griego en vez de decir: “le dio lástima”, el samaritano “sintió compasión” (hacerse solidario y padecer con…), que es la manera que tiene el evangelio de describir de forma exclusiva los sentimientos divinos, ya que la compasión es la otra cara de la misericordia, o mejor, otra forma de nombrar el amor de Dios (ágape).

“…se le acercó, le vendó las heridas, echándoles aceite y vino y, montándolo en su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y lo cuidó. Al día siguiente sacó dos denarios y, dándoselos al posadero, le dijo: Cuida de él y lo que gastes de más ya te lo pagaré a la vuelta”. La descripción en detalles de los cuidados, del tiempo dedicado al moribundo y los gastos asumidos para que se pueda curar dejan muy claro que es la misericordia y como esta actitud contrasta los gestos del sacerdote y del levita.

“¿Cuál de estos tres te parece que se portó como prójimo del que cayó en manos de los bandidos?”. Para el letrado dada la obviedad del desenlace de la parábola, la respuesta a su pregunta –de hecho, llamada tradicionalmente “buen samaritano”–, no puede ser otra que el extranjero y hereje que actuó con compasión y, por eso reconocer esto debe haberlo desconcertado mucho. En definitiva, el prójimo es cualquier hombre que se comporta como Dios se ha revelado en Jesús de Nazaret, independiente del sexo, tipo biológico o religión.

  1. Actualización Catequética

En la Tradición de los Padres de la Iglesia antigua (Orígenes, San Agustín, San Ambrosio y otros), esta parábola fue interpretada a la luz del misterio de la fe como una síntesis perfecta de la obra de la redención operada por Cristo.

Todos los detalles corresponden a un aspecto de la historia de la salvación: el hombre que bajaba de Jerusalén para Jericó representa la humanidad; Jerusalén es el cielo o la vida íntima del hombre con Dios; Jericó representa el mundo con todas su grandezas y contradicciones; los ladrones son los demonios y las pasiones que incitan al mal que despojaron (spoliatus) al hombre de la gracia divina y lo maltrataron hiriéndolo de muerte (vulneratus), a través de la inclinación para el pecado; el sacerdote y el levita son la ley (Torá) y los preceptos humanos que no consiguen salvar o curar al hombre herido; el buen samaritano es Jesús Cristo, el Hijo de Dios que se humanizó, y como extranjero recorrió el camino de los hombres expuesto al pecado y la muerte, de esta forma los Padres se preguntan: ¿qué habría ocurrido al pobre judío, si el samaritano se hubiera quedado en su casa? ¿qué habría ocurrido a nuestras almas si el Hijo de Dios no hubiera emprendido su viaje hasta el mundo, (hasta nosotros)?; por eso, movido por compasión y misericordia se acercó al hombre lleno de llagas, o sea, haciéndolas suyas; vendó sus heridas, en lo encontramos una imagen de la gracia que regenera; lo trató con aceite y vino, que son símbolos de los sacramentos de la Unción que cura y perdona y de la Eucaristía que alimenta y renueva; cargó consigo al hombre moribundo (alusión al misterio de la cruz); lo condujo a la posada, que es imagen de la Iglesia, para ser regenerado en la fe, porque lo encomendó al posadero, que es el apóstol; y finalmente, el buen samaritano pagó con dos monedas todos los cuidados que eran necesarios para su recuperación (el valor de la redención).

Si hemos escuchado el anuncio de la buena noticia, que Dios nos ama como somos y hemos hecho una experiencia de fe en la Iglesia, no podemos dejar de ver como esta palabra se cumple en nuestras vidas.

Todos hemos pecado, o sea, nos hemos tornado señores de nuestros actos y hemos querido ser el dios de nuestras propias vidas (el pecado original que nos despoja de la gracia, la Jerusalén celeste); pecamos por ignorancia, por debilidad y, sobre todo, engañados por el maligno (que es el antiguo y verdadero ladrón).

Hemos quedado mortalmente heridos por el pecado, tal vez no teníamos consciencia de nuestra dramática situación y aun reconociéndolo, nos hemos dado cuenta que las buenas intenciones y propósitos no nos han podido liberar de la esclavitud, de los vicios, a no ser por la gracia de Dios en Jesucristo. Todo esto ha ocurrido porque hemos escuchado una predicación, porque Dios nos ha enviado ángeles y hemos creído en su amor gratuito, infinito e incondicional.

El Señor se ha despojado de su gloria, ha cargado con nuestras miserias, “quien no conoció pecado, se ha hecho pecado” como dice san Pablo (2Cor 5,21), ha pagado con su propia sangre y nos ha hecho renacer preparándonos para la plenitud. Cristo ha manifestado su gloria como Señor arrancándonos del poder del mal y dándonos una vida nueva en su Iglesia donde los sacramentos nos curan, transforman y salvan.

La Iglesia es pues como afirma el papa Francisco, una tienda de campaña en un campo de batalla o un hospital –¿podemos imaginarla de esta forma?– donde hemos sido introducidos moribundos por el pecado. No es la casa de los justos, ni el santuario de los perfectos e inmaculados, porque por la gracia de Dios estamos en un proceso continuo de sanación. En ella la Palabra nos llama continuamente a conversión, recibimos la fe, somos divinizados por medio de los misterios sacramentales, enfrentamos los combates de la vida cristiana y aguardamos la venida gloriosa en la esperanza de la fe de nuestro Señor Jesucristo.

Por tanto, ¿quién es el prójimo? Es fundamentalmente el otro, porque el Hijo de Dios se ha hecho “prójimo” y “próximo” asumiendo nuestra pobre naturaleza humana en el seno de María y salvándola en el altar de la cruz. Jesús ha muerto y resucitado por amor a nosotros, su prójimo y nos ha hecho a todos hermanos, hijos del mismo padre creador y dador de vida en el Espíritu Santo.

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