Domingo, 26 de mayo de 2019

Religión en Libertad

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Es domingo: Contemplar y Vivir el Evangelio

por Dentro, muy dentro de ti

Es domingo: Contemplar y Vivir el Evangelio
 
Domingo de Ramos en la Pasión del Señor
 
[El domingo de Ramos, suele decirse, es el “pórtico de la Semana Santa”. Y ést también, “Semana Mayor del Año cristiano”. San Juan Crisóstomo  decía que “con la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén, la ciudad que mata a los profetas, abrimos la Semana Mayor, Semana grande para el cristiano, no porque sus días sean más grandes que los demás, los hay más largos; ni porque haya más días, son iguales; sino porque en ellos han sido llevadas a cabo por el Señor cosas admirables”.]
 
Si te ayuda, puedes empezar así: -Estás, Señor… -Estoy, Señor… En tu Presencia me pongo y me expongo… Que la presencia de tu Espíritu me guíe y me ilumine, y con él  vaya aprendiendo tu modo de ser y de servir…
 
Del Evangelio de san Marcos 11,110 (Es mejor tener el texto a mano y leerlo ahora. Tomamos aquí el Evangelio propio de la Procesión de los Ramos. El de la Misa, la Pasión del Señor según san Marcos, conviene leerlo también en algún momento del día).
 
-Contempla a Jesús y a su discípulos acercándose a Jerusalén entre mucha otra gente.  Jesús se acerca a Jerusalén para celebrar la Pascua judía. Era una fiesta anual que recordaba la liberación de Egipto. Esta celebración encendía las esperanzas mesiánicas del pueblo. En ese clima entusiasta y a veces tumultuoso hasta la revuelta, Jesús realiza una serie de gestos y acciones simbólicas al estilo de los antiguos profetas. Los preparativos de la entrada ocupan mucho espacio en el evangelio de Marcos que hoy contemplamos: manda a dos discípulos a que vayan a buscar un pollino y se lo traigan. Les da órdenes precisas de dónde ir y cómo hacer. Y así fue. Jesús quería entrar en Jerusalén en un pollino, ¡que ocurrencias! Jesús, Mesías e Hijo de David, entra en la Ciudad montado en un borriquillo y no en un caballo o carro de combate como hubiera sido de esperar en un rey guerrero. Precisamente por eso, porque no es un rey guerrero, entra en esa cabalgadura tan humilde, un pollino. Muestra así que Él es un rey de paz, de sencillez, de humildad, de mansedumbre, de pobreza. Éste es el verdadero poder y servicio que trae Jesús. Esto es lo que todavía no entienden todos aquellos que le acompañan y vitorean, ni siquiera sus discípulos. Pero éste es el verdadero poder real de Jesús, y el que está predicando con sus gestos y palabras. ¿Todavía no lo hemos aprendido nosotros?  
Hoy, mientras contemplo, me pregunto: ¿Entiendo yo esta realeza de Jesús? ¿O todavía pienso que esa entrada tiene que ser más victoriosa, más aguerrida, más contestataria y triunfante? Pido a Jesús entender su realeza de verdad, mansa, humilde, alegre. Si eres mi Señor y mi Rey, tengo yo que desear y vivir esas características. Si no…
 
-Sus discípulos no lo entienden ni captan su misión todavía. Por eso colocan sus mantos sobre el asno para que este vaya bien enjaezado y Jesús suba sobre él a modo de rey. Lo mismo la gente entusiasmada que le jalea con sus ramos y vítores, y alfombran el piso con sus capas. Están todos entusiasmados. Pero esos fuegos de artificio no bastan. E incluso pueden ser peligrosos. ¿Qué es lo que siento y hago yo metido ahí entre la gente? ¿Más o menos lo mismo?
Hoy, mientras contemplo, me pregunto: ¿Estoy percatándome de que Jesús quiere hoy entrar en mi casa y en mi ciudad a través de mí? Así, como lo oyes. ¿Caigo en la cuenta de que ahora quiere entrar en mi propia vida? ¿Cómo quiero recibirlo? ¿Con qué actitudes le voy a acoger en esta Semana Santa, actitudes que, como mis mejores vestidos quiero colocar a su paso? ¿Tengo actitudes que dificultan la acogida? ¿Por qué no las tiro al suelo y que Él pase sobre ellas y pueda entrar en mí y a través de mí? Es hora de pensarlo seriamente.
 
-“Hosanna”… “Bendito”… Es el grito de cuantos, con menos fe que entusiasmo, delante y detrás de Jesús, le aclamaban en esa entrada a la Ciudad. Y lo repiten: ayúdanos, o sálvanos, tú el bendito, el ungido y bendecido por Dios; vienes en nombre de Dios a instaurar el reino de nuestro Padre David. Es el grito jubiloso de cuantos participan en la Eucaristía y se preparan para acoger al Señor que viene triunfante y victorioso, porque glorioso, al altar, entrar en el pan y en el vino para entrar después en cada uno de nosotros, cuantos le recibiremos.
Hoy, mientras contemplo, me pregunto: ¿Cómo recito o canto yo ese Santo, Santo, Santo es el Señor…, Bendito el que viene…, con la comunidad en la que participo en la Eucaristía? ¿Pensando en lo que empieza a suceder y sucederá, o un momento para cantar o participar de otro modo? Es un momento de júbilo esperanzado que abre el corazón para que pueda orar y favorecer la venida y entrada de mi Señor. Nunca ha de ser un grito o un susurro (¡!) sin más. Recítalo ahora despacio mientras te dispones a terminar la oración…
*  *  *  *
 
Triduo Santo: Seguimos a Jesús en su pasión, su muerte, su sepultura y su resurrección. Seguimos a Jesús en su Pascua.
He aquí unas claves para leer y contemplar en Evangelio de esos días:
 
- Jueves Santo: Jesús celebra la Última Cena con sus discípulos y les deja como testamento la Eucaristía y el mandamiento del amor. Es el solemne pórtico al Triduo Pascual.
- Viernes Santo: Jesús es detenido, torturado y condenado, y muere en el suplicio de la cruz para abrirnos a todos el camino de la Vida. Primer día del Triduo.
- Sábado Santo: Espera anhelante de la Nueva Vida junto al sepulcro y en unión con María y la Iglesia que oran y lloran en soledad y silencio esperanzado. Segundo día del Triduo, austero, orante y vigilante.
- Noche de Pascua y Domingo de Pascua o de Resurrección: Jesús resucita de entre los muertos y Dios nos muestra, así, que el camino de Jesús es realmente el Camino de la Vida para todos. Empieza el tercer día del Triduo, que abarca todo el Domingo de resurrección. Y empezamos el tiempo de Pascua los cincuenta días de fiesta en honor a Jesús resucitado, que nos llevarán hasta Pentecostés, cuando celebraremos que nosotros hemos recibido el mismo Espíritu de Jesús, el Espíritu Santo.        
 
 
 
 
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