Jueves, 25 de abril de 2019

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La otra cara del Cristo de Medinaceli



Libertad Digital

Llevan un mes haciendo cola para poder besarle los pies al Cristo de Medinaceli. Sus devotos aseguran que hace milagros, están allí para pedir tres deseos porque "uno de ellos se cumple seguro, pero hay que ir en su día, el primer viernes de marzo", afirma Isabel, una fiel del Santo de toda la vida.

Es un gran reclamo. Una oferta milagrosa a la que rinden pleitesía hasta los menos creyentes. El barrio de las Letras asiste al evento religioso con la cola más larga de devotos conocida hasta la fecha en nuestro país. Hasta 5 km de recorrido forma la fila de seguidores de Medinaceli. Desde la Calle Jesús hasta Atocha, los fieles se congregan con santa paciencia soportando durante días y noches el frío helador de Madrid o la lluvia de estos días.

Pero no todos están dispuestos a aguantar durante un mes este duro sacrificio. La gran demanda ha llevado a la organización de un auténtico negocio espontáneo dentro de la interminable y sufrida cola de devotos. Como si se tratara de un concierto de los Rolling Stones, en el besapiés del Cristo de Medinaceli también hay reventa de entradas; personas subcontratadas por familias para que les guarden la cola o carritos con puchero caliente, latas de refresco y cerveza. Alrededor de los miles de fieles se genera un negocio que, en vista de lo que se puede llegar a ganar, también supone un auténtico milagro. La fe mueve montañas... Y, en este caso, de dinero.

 

Hasta 10.000 euros por guardar un sitio

Las calles adyacentes a la Basílica de Jesús de Medinaceli están llenas de carteles hechos a mano pegados a la pared y sillas encadenadas. En la cartelería se puede ver el nombre y el número de personas que reservan.

La estrategia mercantil es tan sencilla como elocuente: una persona llega a la cola, cuelga su cartelito y escribe, tanto en la silla como en la pared, el número de fieles que ocupan ese espacio. La cuestión es que esos devotos están en su casa. Una silla puede llegar a alcanzar el número de cien devotos sin necesidad de que estén de forma presencial.

Sin trampa, pero con cartón. Aquí es donde empieza el negocio. Si sólo una persona puede guardar el sitio a 80, los más avispados que quieran sacarse un extra ya saben lo que tienen que hacer. Surgen así los trapicheos de las sillas de Medinaceli y, con ello, todo un original entramado de mercadeo negro en torno al Santo.

"Trapicheos para ahorrarse la cola"

Aunque muchos no lo reconocen, Alfredo Martí de la Torre no tiene ningún reparo en dar la cara y contar que gracias a la cola de Medinaceli consigue ganar "algo para comer". "Puedo vender 11 plazas hasta 100 euros por persona". Es licenciado en derecho y psicología, está en paro y reconoce "que lo hace porque lo necesita". Asegura que "no hace nada malo". Este madrileño lleva un mes y ocupa el puesto 267. Va a entrar a orar y pedir por su hijastra que tiene cáncer, su mujer también lo acompañará. "Ya que estoy aquí he puesto en mi cartel de cartón más plazas reservadas, me llevaré unos 1.000 euros al venderlas". Martí dice que le hace un favor a la gente que que no puede estar allí. "Anoche estuve aquí a menos cinco grados, eso que se ahorran los que me pagan".

Este abogado confirma cómo un chico el año anterior ganó hasta "10.000 euros con un autobús de fieles". Quizás, pensando en esta cantidad hace menos frío en la silla de la calle Jesús. Las penas con pan son menos. De todos modos, existen otros creativos inventos para "saltarse la cola".

Una chica sudamericana aguarda al otro lado de la calle sentada en un descolorido taburete metálico. Rosana es de Bolivia y está ocupando el sitio para una familia de un pueblo de Castilla la Mancha que llega hoy, el día del besapiés de Medinaceli. Esta boliviana nos cuenta que le pagan unos 50 euros al día entre los 30 hermanos, hijos, nietos y primos. Lleva 20 días, hagan cuentas. "Tengo dos hijos y no tengo trabajo, esto es un sueldo para mí. La familia me paga cuando llega. Se bajan del coche y se colocan en mi puesto". Rosana nos comenta que por la noche viene otra joven de su país a hacer el turno. "A ella le pagan algo más porque de madrugada es muy duro, ni los plásticos te resguardan".

La climatología es un factor a tener en cuenta porque encarece los precios de reventa para pedir los deseos al Santo. La lluvia ha disparado los precios por persona. Antonia es una devota de toda la vida de Medinaceli, está cabizbaja con las manos en los bolsillos y la capucha puesta. Avisa a sus compañeros de que está pasando un joven del barrio gritando "¡a 60 euros señoras, a 60 euros, me quedan 30!".

El mercadeo es constante, la mujer dice que ella "no ve pecado en el que vende sino en el que compra". Esta manchega afincada en Madrid confiesa que, aunque "no está bien la industria que se ha montado haciendo negocio con la fe de los demás, lo entiende". Añade que si "tuviera el dinero pagaría y así me ahorro tener que estar aquí con cuatro clavos en mi columna recién operada". Carmen, su amiga, corrobora lo que Antonia describe. "Aquí el que se ponga se puede sacar 3.000 euros seguro por el mes de espera para otros".

Bajo una carpa de plástico donde cuelga un improvisado cartel de "Aforo completo" se encuentran durmiendo las devotas que ocupan los primeros puestos. En una hamaca está Paca, asidua y conocida por todos los fieles en la cola. Tiene 83 años y sabe que desde hace cuatro años la fila ha dejado de ser presencial para pasar a la acción práctica, aunque sea pagando. Ella, sin embargo, está ahí porque "eso es la fe". "A Jesús no le gusta que se monte este trapicheo de carteles y reservas". "¡Deberían ir al infierno los que pagan por colarse!", exclama a su lado Yudith, una joven que lleva 15 días con las manos y los pies helados.

Paca no gana dinero por ser de las primeras. "La reventa la hacen unos cuantos, pero por culpa de esta gente pagamos justos por pecadores". Expresa que "su sentimiento religioso es muy profundo". Sus compañeros de fatiga relatan cómo Paca les trae la comida. "Guarda 10 euros al mes de su minúscula pensión todo el año. Después rompe la hucha y se levanta de madrugada a cocinar. Se gasta todo el dinero en el supermercado para que no nos falte de nada a los fieles que aquí seguimos".

'Peregrinaje' al bar de al lado

Y si por si acaso faltara las provisiones para ello están los bares, tiendas y supermercados de la zona. El aumento de beneficios gracias a la kilométrica cola es más que considerable. Hacen su particular agosto de Medinaceli en febrero y con más frío. Lo sabe muy bien Loli, dueña del restaurante Los Gatos, un lugar entrañable y acogedor al que peregrinan para ir al baño, tomar un café caliente o un bocadillo de jamón serrano.

Los barriles de cerveza se apilan en el bar de Loli. No sabe dónde ponerlos porque ya "no le caben". "Llevo toda la mañana con cajas, cajas y más cajas". El salón comedor es un ir y venir de distribuidores de vino, refrescos y pescado. "Hemos pedido chipirones, calamares y dorada. Estamos en cuaresma y los Medicanelis no comen carne en esta época". La escultura de la Virgen del Sagrado Corazón en la entrada de los servicios se encuentra rodeada de rollos de papel higiénico. Apenas hay sitio, pero, dado que miles de personas se concentran este día, todo aprovisionamiento es poco.

Juan Torres y su esposa Ángeles Bernardo frecuentan Los Gatos. Este matrimonio octogenario es sabedor del negocio indirecto que gira alrededor del Cristo de Medinaceli. La pareja es extremeña, vive en Madrid y esperan a que su familia llegue en autobús desde su pueblo. Van a pedir salud para su biznieta. "Está enferma y venimos a rezar por ella". Una señora adormilada los escucha y asiente: "Les traerá salud. Uno de los tres deseos de Medinaceli se cumple siempre, os lo garantizo". No es de extrañar los cientos de autobuses que de todos los puntos de España parten hacia la Basílica el Santo en el centro de la capital. Las empresas de transporte no dan abasto en muchas localidades del país.

Cristian tiene 25 años y de su pueblo castellano, Villaluenga de la Saga, vienen tres autobuses. El fervor que mueve a este joven ha hecho que pase cinco noches a la intemperie. No obstante, Cristian quiere dejar claro que "a todos los que paguen por los puestos en la cola, Jesús de Medinaceli no les concederá nada porque esto es una cuestión de sacrificio y creencia. Hay que estar aquí en la silla", concluye Cristian mientras Alfredo Martí, el abogado en paro que revende números de entrada, pasa por el lado y comenta: "Me voy a descansar, vengo luego. Por mi hijastra y mi mujer estoy aquí las horas que hagan falta. Necesitamos el dinero, insisto, venderé los puestos en la cola y de paso le voy a pedir a Jesús. No me avergüenzo de nada".

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