Jueves, 25 de abril de 2019

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Iniciando la Cuaresma 2018

Vivamos la Cuaresma con Fe

por La divina proporción

El Evangelio de este miércoles nos habla del pueblo judío que pide un prodigio para creer. Al igual que hizo Tomás, el prodigio no se le ofrece cuando se lo reclama, sino cuándo y cómo Dios lo muestra. Además no será un prodigio. Será tan sólo un signo ¿Un signo? Los católicos del siglo XXI no estamos muy familiarizados con los signos y los símbolos. Todo lo que no sea palpable y de nuestro agrado, lo consideramos falso.

Un signo es una cosa sensible que contiene en sí la declaración de alguna cosa oculta; así el signo o el prodigio de Jonás, representa el descenso de Jesucristo a los infiernos, su ascensión y su resurrección de entre los muertos. Por esto dice: "Porque así como Jonás fue un prodigio para los de Nínive, así el Hijo del hombre lo será para los de esta generación". (San Basilio, in Cat. graec. Patr)

La Cuaresma hay vivirla con Fe. La Fe es un don que se adquiere a partir de que nuestro corazón queda libre de todos los prejuicios y sin ánimo de disputa. El signo de Jonás sólo puede ser visto desde la Fe. La Fe necesita de un corazón limpio y fiel, para ver. En las bienaventuranzas se dijo: Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios. (Mt 5,8). Cristo dijo a Tomás: Porque me has visto, Tomás, creíste: bienaventurados los que no vieron y creyeron. (Jn 20, 29). San Pablo refuerza esta indicación diciendo: Vivimos por fe, no por la vista. (2Co 5, 7). Vivir la Cuaresma sin Fe, es como quien hace un viaje de gran belleza e importancia, con los ojos cerrados. Cerrados los ojos, no vemos el signo, no lo reconocemos. Quien no reconoce a Cristo, no reconoce el signo vivo de Dios entre nosotros.

Afirmamos que la fe no es inoperante y sin fruto, sino que ha de progresar por medio de la investigación. No afirmo, pues, que no haya que investigar en absoluto. Está dicho: «Busca y encontrarás» (cf. Mt 7, 7; Lc 12, 9)... Hay que aguzar la vista del alma en la investigación, y hay que purificarse de los obstáculos de la emulación y la envidia, y hay que arrojar totalmente el espíritu de disputa, que es la peor de las corrupciones del hombre.

Es evidente que el investigar acerca de Dios, si no se hace con espíritu de disputa, sino con ánimo de encontrar, es cosa conducente a la salvación. Porque está escrito por David: «Los pobres se saciarán, y quedarán llenos, y alabarán al Señor los que le buscan: su corazón vivirá por los siglos de los siglos» (Sal 21, 27). Los que buscan, alabando al Señor con la búsqueda de la Verdad, quedarán llenos con el don de Dios que es el conocimiento, y su alma vivirá.
(Clemente de Alejandría. Stromata. V, 11, 1ss)

Tal como indica Clemente de Alejandría, la Fe se encuentra fácilmente con la disputa. La disputa nace de un corazón cerrado y con ánimo de vencer. Por eso es necesario “purificarse de los obstáculos de la emulación y la envidia”. No se trata de ser más que otro o de imponerle determinado entendimiento. Quien ha visto con los ojos del espíritu no necesita disputar lo que es evidente a su corazón. Pensemos de nuevo en Tomás y sus dudas, o en el prodigio reclamado por el pueblo de israelita.

El signo es suficiente para arrodillarse y decir “Señor mío y Dios mío”. Una vez Tomás comprendió que Cristo había resucitado y que él era testigo de la Verdad, no era necesario entrar en disputas sobre lo que era evidente. ¿Para qué discutir? ¿Para qué porfiar? Quien desea vivir en una continua y eterna disputa? Quien desae la disputa siempre encontrará quien le dispute y quien le contradiga. Pero lo que nunca encontrará es la Paz que permite ver más allá de lo nuestros egoísmos y prejuicios.

Por todo ello, en Cuaresma es especialmente importante alejarse de disputas, contradicciones y porfías. Discutir aleja de Dios, aleja del hermano, aleja de la Paz. Detiene nuestra peregrinación hacia la Pascua y nos impide ver más allá de nosotros mismos. Con el corazón limpio de envidias, orgullos, disputas y enfrentamientos, la huella de Dios se evidencia en todos y todo lo que nos rodea. Unas veces de forma más directa y otras, distorsionada por el pecado. Recordemos que Cristo nos dejó claro que “Donde dos o tres se reúnen en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos. (Mt 18, 20)”. Donde dos o tres disputan y se rechazan mutuamente, el maligno es quien está en medio de ellos.

Roguemos a Dios que esta Cuaresma no nos detengamos en discusiones. No podemos perder tiempo. El signo habla por sí mismo. Como decía Cristo con frecuencia: quien tenga oídos que oiga.
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