Sábado, 23 de marzo de 2019

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Hambre de Dios. La peor de las pobrezas

Hambre de Dios. La peor de las pobrezas

por Un alma para el mundo

HAY UNA POBREZA DE LA QUE POCOS SE ACUERDAN
                Lamentablemente el mundo de los pobres ocupa una extensa porción de nuestro planeta tierra. Incomprensiblemente siguen muriendo millones de personas de hambre y todo tipo de miserias, cuando junto a ellos hay un mundo que se divierte y no les falta de nada. Los contenedores de basura están llenos de lo que despreciamos los inquilinos del mundo de la opulencia. Y nos lamentamos e indignamos, a veces farisaicamente. No sé cómo, pero el mundo del hambre precisa una solución urgente.
                Pero hay otro tipo de hambre que solemos olvidar no dándole importancia, Y este tipo de hambre está en la base de todas las “hambres” del mundo. Me refiero al hambre de Dios. Un tanto por cierto elevadísimo der seres humanos padecen esta carencia de un modo grave. Hay hambre de Dios y no se ponen los medios necesarios para paliarla. Puede sonar a espiritualismo, pero es una realidad.

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           El Cardenal Sarah, en su libro “La fuerza del silencio” lo expresa así: - La ausencia o el rechazo de Dios constituyen la miseria humana más extrema. No hay nadie en este mundo capaz de col­mar el deseo del hombre. Solo Dios sacia, y lo hace infinitamente. En sus Confesiones escribe san Agustín: «Nos hiciste, Señor, para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti (...). ¿Có­mo podría yo descansar en ti? ¿Cómo podría conseguir que vengas a mi corazón y lo embriagues para que me olvide de todos mis males y me abrace a ti, mi único Bien? ¿Qué eres tú para mí? No te enojes y déjame hablar: ¿qué soy yo para ti, para que me mandes que te ame, y, si no lo hago, te disgustes conmigo y me amenaces con grandes desgracias? ¿Es que no es suficiente desgracia el no amarte? ¡Ay de mí! Por lo que más quieras, dime: ¿qué eres tú para mí? Díselo a mi alma: "Yo soy tu salvación". Pero ¡díselo de modo que yo lo oiga! Señor, ahí tienes, delante de ti, los oídos de mi co­razón. Ábrelos y dile a mi alma: "Yo soy tu salvación". Entonces yo saldré disparado tras esa voz y te daré alcance. ¡No me escon­das tu rostro! ¡Muera yo para que no muera mi alma y pueda así verte! 

           Y afirma de un modo casi indignado: Me sorprende de qué modo entiende la pobreza el mun­do actual, incluidos muchos miembros de la Iglesia católica. En la Biblia la pobreza es siempre una condición que acerca al hombre a Dios. Los pobres de Yahvé pueblan la Biblia. El monaquismo es un impulso que conduce exclusivamente a Dios: el monje vive en po­breza, castidad y obediencia absolutas, y vive de su Palabra en el silencio. El mundo moderno, sin embargo, se ha fijado el insólito objetivo de erradicar la pobreza. Por otra parte, existe una confu­sión inquietante entre miseria y pobreza. Esta manera de enfocar la realidad no encaja con el lenguaje de la Revelación. La pobreza se corresponde con la idea que Dios tiene del hombre. Dios es pobre y ama a los hombres pobres. Dios es pobre porque Dios es Amor, y el Amor es pobre. El que ama solo puede ser feliz si depende total­mente de la persona amada. Dios es la pobreza absoluta: en Él no hay ni rastro de posesión.

           La cita es larga, pero merece la pena leerla despacio y reflexionar sobre ella. La peor de las miserias es no tener a Dios. En la novela “Los miserables” Víctor Hugo refleja magistralmente ese mundo de los miserables esclavizados, desesperados, y el mundo fácil de los pudientes. El protagonista tiene la oportunidad de encontrarse con un sacerdote, al que había robado, que le perdona y defiende. Este miserable pudo experimentar a un Dios cercano en aquella persona que se compadeció de su miseria.

           Habría que hacer una verdadera campaña, como "Manos Unidas", para dar a conocer a Dios a un mundo que tiene hambre espiritual, y no lo sabe, pero muere por falta del alimento de la Gracia. Es un reto para la Iglesia.
Juan García Inza
 
 
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