Domingo, 16 de junio de 2019

Religión en Libertad

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I Domingo Cuaresma

por Al partir el pan

Génesis 9, 8-15; 1 Pedro 3, 18-22; Comienzo del santo evangelio según San Marcos

«En aquel tiempo, el Espíritu empujó a Jesús al desierto. Se quedó en el desierto cuarenta días, dejándose tentar por Satanás»
«Me recuerda que soy sólo ceniza, barro, tierra. Me bendice con su cruz para que no confíe en mis capacidades. Quiere que ponga mi corazón en el suyo. Que me inscriba en la herida de su costado
»
 
Pienso que necesito adherirme a la verdad de mi vida dejando de lado las mentiras que me pesan. Muchas veces vuelve a mi corazón esa afirmación de S. Juan, cuando dice que la verdad me hará libre. La verdad sobre mí. La verdad en mi vida. La verdad que deseo y anhelo. La verdad en la que me reconozco y encuentro mi camino. No hay nada que me haga más daño que la mentira. El engaño envenena mi alma. Enturbia la luz que ilumina mis pasos. Tengo la opción de vivir en la verdad o vivir en la mentira. Engañar y ser engañado. Pero en ocasiones no me siento capaz de aceptar toda la verdad. No tengo fuerzas para enfrentar los hechos como son. Tengo miedo. No soy capaz de hacer frente a toda la verdad sobre mi vida. Mi historia, mi presente. No soy capaz de cargar con todo y aceptar sin dudar todo lo que Dios quiere de mí. El otro día leía: «Quiero vivir al lado de gente humana, muy humana. Que sepa reír de sus errores. Que no se envanezca con sus triunfos. Que no se considere electa antes de la hora. Que no huya de sus responsabilidades. Que defienda la dignidad humana. Y que desee tan sólo andar del lado de la verdad y la honradez». Me gustan las personas así. Humanas, verdaderas, sinceras. Que aceptan su vida y la viven sin miedo. Quiero besar la verdad de mi vida y dejar de lado las mentiras que se me han pegado en la piel con el paso de los años. La verdad me hará libre, lo sé. Si la tomo entre mis manos y se la ofrezco a Dios. La verdad sobre lo que Él quiere que haga con mi vida. La verdad oculta en sus planes. Muchas veces no conoceré toda la verdad. No sabré todo lo que me va a pasar en el camino. No es lo más importante. Lo que vale es aceptar mi vida en toda tal como es, sin tapujos. Sin temer tanto lo que puede suceder mañana, pasado mañana. Cuentan una anécdota del tiempo del P. Kentenich en Dachau: «El sacerdote alsaciano Haumesser que estuvo en el campo de concentración de Dachau con el P. Kentenich se acercó a él y le dijo: - Padre, disculpe, yo quiero hacerle sólo una pregunta que para mí es muy importante. Lo único que le pido es que no me engañe, que me diga la verdad, ¿cree usted que vamos a salir con vida de este infierno de Dachau? El Padre se sonrió y le dijo: - Yo no creo que esa sea la pregunta más importante en este momento. La pregunta más importante en este momento es si aquí, en este infierno de Dachau, hacemos o no la voluntad de Dios»[1]. No necesito conocer toda la verdad. No preciso saber lo que va a suceder al final del camino o mañana. No es relevante. No hace falta que conozca todo sobre todos. Tampoco sobre mí mismo. A lo mejor no puedo soportar tanta verdad. Pero sí necesito saber qué es lo que tengo que hacer. El P. Kentenich fue un enamorado de la verdad. Pero cuando esa verdad era especulativa y estaba separada de la vida, sufrió con amargura. A veces me puede pasar. Veo una verdad objetiva. Y una realidad que no encaja. Me frustro, me desespero, me amargo. Amar la verdad es necesario. Pero amando al hombre, amando la vida concreta que vivo, amando a las personas sin querer que encajen en mi verdad. Aspiro a vivir en la verdad, para que mi vida responda al sueño de Dios conmigo. No conozco la verdad de todo lo que hago. En ocasiones sentiré mentiras que me duelen. Desearé liberarme de lo que me ata. Quiero reconocer el sueño verdadero que tiene que ver conmigo. Quiero conocerme de verdad, a fondo, liberado de cadenas que me engañan. Liberando a otros. Aceptar la verdad es lo que me hace libre. El engaño es lo que me llena de ansiedad y tristeza. Le pido a Dios que me enseñe a descubrirme en mis pequeñas mentiras. Esas que justifico y me hacen pensar que soy bueno. Quiero fiel al sueño de Dios conmigo. La verdad me hará libre y me hará feliz. Cuando descubro que lo importante es lo que el P. Kentenich señala como camino: «El mejor medio para la felicidad personal me parece que es el empeño por brindar alegrías a los demás»[2]. Dar alegrías a los demás. Darles paz. En lugar de vivir obsesionado con ser yo feliz en todo lo que hago. Tal vez puedo aprender a darme cuenta de mis justificaciones. Adorno las cosas para que parezcan lo que no son. Escondo mis verdaderas razones sin reconocer mi auténtica motivación. Tengo que mirar con sinceridad mi vida, con honestidad. Tal vez por eso admiro tanto a las personas honestas. No se creen nada especial. Son lo que son, sin máscaras. Se enfrentan a la vida con humildad. Me gustan las personas sinceras. Y a mí me hace bien ser honesto en todo lo que hago y pienso. Lo demás poco importa. Lo sé muy bien, pero de repente me encuentro justificando todo lo que hago.

A veces tengo claro lo que tengo que hacer y me pongo manos a la obra. Actúo, decido, pienso. Y soy coherente con lo que emprendo. Mis pensamientos y mis acciones parecen ir al unísono por un tiempo. Hay armonía. Pero no dura demasiado. Súbitamente surge algo que me distrae. Me aleja de lo importante. O de lo que yo creo que es lo más importante. Y me encuentro pensando en cosas diferentes a las que de verdad deseo. Me veo navegando por mares que no he soñado. O alcanzando cimas jamás pensadas. Puede ser mi apego a mis riquezas lo que me hace débil. Esas riquezas del mundo que tientan mi alma. Son los síntomas que me muestran que no estoy en paz conmigo mismo o con la vida que Dios me regala. ¿Cuáles son mis riquezas? ¿Qué me entristece y tienta en este mundo que llama a la puerta de mi corazón? Voy con prisas. Surgen los miedos. No soy tan libre como deseo y me pesan las cadenas. Estoy atado a mi vida. Me da miedo no ser fiel a lo emprendido. O dejar de soñar con lo más grande para mi vida. O pensar que ya está bien de malgastar mis días sirviendo sin que nadie lo valore. Y tiemblo. La vida es muy corta. O puede que demasiado larga. Según se mire. Y quiero poseer todo lo que me tienta. El cielo y la tierra. La eternidad y el presente. El amor y el poder. La juventud y todos los sueños. Me veo desordenado por dentro. Lleno de deseos. El otro día leía: «El hombre es un ser relacional. Si se trastoca la primera y fundamental relación del hombre - la relación con Dios - entonces ya no queda nada más que pueda estar verdaderamente en orden. De esta prioridad se trata en el mensaje y el obrar de Jesús. Él quiere en primer lugar llamar la atención del hombre sobre el núcleo de su mal y hacerle comprender: Si no eres curado en esto, no obstante todas las cosas buenas que puedas encontrar, no estarás verdaderamente curado»[3]. Miro mi mal. Mi pecado. Mi tentación más grande. Me detengo en mi orgullo y en mi vanidad. Me veo tan lejos de Dios. Me consume por dentro el deseo de vencer siempre. De salirme siempre con la mía. De conseguir todo lo que quiero. Sin tener en cuenta a quién dejo derrotado en el camino. La obsesión por controlar las horas. La pasión por ser admirado y querido por todos y siempre. El desorden de mi corazón herido que busca afecto. No he aprendido a perdonar del todo las heridas de antaño. Y me alejo lentamente del Dios de mi vida al que juzgo y condeno. El que camina conmigo y me hace ver una y otra vez que si me distraigo y alejo de Él todo empieza a dejar de tener sentido. Vuelvo hoy la mirada a ese Dios impotente ante mi miseria. Me dice el P. Kentenich: ¿Cómo nos ayuda Dios a resistir las tentaciones? No podemos hacerles frente nosotros solos. Es Dios quien nos dará las fuerzas necesarias. Nos convenceremos de ello en la medida en que nos convenzamos del desorden de nuestra naturaleza y de los efectos del pecado original»[4]. Las tentaciones de un mundo en estampida. Que corre por los caminos de la vida sin un sentido claro. Y me tienta. Y yo me adhiero a las propagandas que me invitan a guardar mi vida, a enriquecer mi vida. A soñar con lo que no poseo. En una película le preguntaban al protagonista: «¿Y eres feliz? ¿Qué te falta, qué deseas que aún no posees, para ser feliz?». Me despierto con esta misma pregunta prendida en la piel. ¿Soy feliz? ¿Qué me falta? Miro mi desorden. Miro mi camino. Y sonrío. ¿Qué más deseo? En realidad lo tengo todo para ser pleno. Si me miro bien sólo puedo dar gracias a Dios por lo vivido. El protagonista respondió: «Paz. Sólo quiero paz». Tal vez me falta esa paz para ser feliz. Para vivir sin prisas, sin stress. No me importan tanto las distracciones. Son parte del camino. Y Dios me habla en ellas. Me susurra. Porque al caminar veo lo que me rodea y me distraigo. Y en esas voces del camino me encuentro con Dios hablando. Y me dice tantas cosas. Me recuerda mi misión última. La de dar la vida. Y me dice que mire dentro de mi corazón. Que no me equivoque buscando fuera. Que ahí me habla aunque a veces me tiente lo que no me da paz. Y me cueste entender sus silencios. ¿Por qué me obsesiono con poseer lo que al final tal vez no me haga tan feliz? Ese puesto de trabajo soñado, esa persona con la que compartir la vida para siempre, ese hijo que no llega, esa casa que deseo, ese coche, ese viaje, ese proyecto, esa tranquilidad económica, ese perdón que no logro, esa respuesta a mi pregunta que no escucho, esa persona que no regresa y me perdona. Hay tantas cosas todavía por arreglar. Tantos sueños que no se hacen realidad en mi camino. Me da miedo no ser feliz deseando lo que no me hace feliz. Y no quiero desaprovechar el presente que Dios me regala para encontrar sentido a todo lo que hago. Hoy, al comenzar la cuaresma, miro mi corazón. Me desnudo ante Dios que se acerca a mi vida. Despacio. Y pongo en sus manos mis sueños y mis miedos. Lo que no me hace feliz, lo que me alegra. Voy de su mano. Que Él venga a mí es lo único que me salva allí donde me encuentro.

Comienza el tiempo de cuaresma y miro en lo profundo de mi corazón. Los árboles ya sin hojas, desnudos contra el cielo. El frío seco, o húmedo. El cielo cubierto. Parece un tiempo triste. No lo es. Es tal vez un tiempo para meditar más. Para callar y escuchar el silencio del alma. Para renunciar a todo lo que me saca de mi mundo interior con Dios. Me falta interioridad. Quiero hundirme allí donde descanso y soy yo mismo. Donde soy verdad. Me han sacado con tanta fuerza fuera de mí mismo. Me han arrastrado a la vida diciéndome que lo que me hará feliz no está en mi interior, sino fuera. Me lo han dicho de tantas maneras que me lo he acabado creyendo. ¡Cuántas cosas me ofrecen que son mentiras! Me hacen creer verdades que no tienen que ver con mi felicidad. Me embarcan en caminos que no responden a mi sed más profunda. El papa Francisco escribe en este tiempo de cuaresma sobre los falsos profetas: «Falsos profetas son esos charlatanesque ofrecen soluciones sencillas e inmediatas para los sufrimientos, remedios que resultan ser completamente inútiles: cuántos son los jóvenes a los que se les ofrece el falso remedio de la droga, de unas relaciones de usar y tirar, de ganancias fáciles pero deshonestas. Cuántos se dejan cautivar por una vida virtual, en que las relaciones parecen más sencillas y rápidas pero que después resultan dramáticamente sin sentido. Estos estafadores no sólo ofrecen cosas sin valor sino que quitan lo más valioso, como la dignidad, la libertad y la capacidad de amar». El mundo me ofrece a veces medias verdades. Soluciones fáciles a problemas imposibles. Caminos cortos para llegar a cumbres demasiado lejanas. Me convence de lo pleno que seré si me embarco en sus sueños y dejo de lado el esfuerzo, una vida verdadera y unos principios firmes. Al comenzar la cuaresma miro la verdad escondida detrás de tantas pretensiones. Miro dentro de mi alma, en profundidad. Me gusta pensar que Dios me regala cuarenta días de luz, no oscuros, de vida, no de muerte, de alegría, no de tristeza. Me gusta ver la cuaresma como una oportunidad para dar un salto de fe. Y correr por el camino de santidad al que Dios me invita. Decía el P. Kentenich: «Lo que le hace falta a nuestra época son santos nuevos. Santos que sean grandes, que convenzan, que arrastren. Y si no santos, al menos hombres nuevos, hombres cabales, cristianos nuevos, cristianos verdaderos, espirituales, íntegros»[5]. Santos nuevos, grandes, íntegros. Personas enamoradas de Dios, del hombre, de la vida. No santos perfectos e inmaculados. Sino hombres enamorados, apasionados, llenos de luz. Con pecados, pero libres. La cuaresma es un taller en el corazón de Jesús y de María. Allí encuentro esperanza a mi desesperanza. Y paz en medio de mis guerras. Quiero dejarme tocar por Dios en estos días. Una oportunidad. Un camino de luz. Eso es la cuaresma. Me gusta prepararme para la vida cuidando el tiempo que Dios me da. Se lo entrego. Cuarenta días para Él. No es mucho tiempo el que invierto para recibir a cambio su presencia que me salva y me devuelve la alegría perdida.

La cuaresma me regala tres pilares para vivir el camino de conversión al que se me llama. Es una oportunidad de vida que me da Dios para que se convierta mi corazón de una vez por todas: «Cuando arrestaron a Juan, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios. Decía: - Se ha cumplido el plazo, está cerca el reino de Dios: convertíos y creed en el Evangelio». Necesito convertirme para ser más de Dios, para estar más lleno de su gracia. Para escuchar más su voz y seguir siempre sus pasos. Es el camino que deseo emprender. Cuesta cambiar mi corazón y mi forma de mirar la vida. Deseo ser más libre del mundo para vivir más apegado a su corazón de Padre. El ayuno me pide que renuncie. Y la renuncia duele. Siempre cuesta. Pero renuncio por amor. No me quiero dejar llevar por mis sentidos. Quiero ser más dueño de lo que quiero hacer y de lo que no quiero. Ser fiel a aquello que me propongo. ¿De qué quiero ayunar en este tiempo? ¿A qué estoy dispuesto a renunciar por amor a Dios? El ayuno que no se ve. Que no se nota. Mi renuncia abre la puerta del cielo. Se derraman las gracias. Digo que sí. Renuncio con alegría, sin cara triste. El segundo pilar es la oración. Es una oportunidad que se me da para crecer en mi mundo interior. ¿Por qué no practico una nueva forma de oración? ¿Por qué no busco más el silencio y el descanso en Dios? ¿Por qué no me dejo interpelar por la palabra de Dios meditando el Evangelio? Tiempos para Dios. Tiempos de calidad en los que quiero escuchar sus más leves deseos. Tiempo para ahondar y no dejar que la vida pase sin crecer. Necesito más silencio, más profundidad. El otro día leía: «Cuando estamos enamorados percibimos hasta el más mínimo gesto del ser amado. Lo mismo ocurre con la oración. Si tenemos la costumbre de orar con frecuencia, podremos captar el significado de los silencios de Dios. Hay señales que sólo los novios son capaces de comprender. También el hombre en oración es el único que capta las señales silenciosas del afecto que recibe de Dios»[6]. Cuando tengo costumbre de rezar es más fácil percibir la presencia de Dios. Es lo que busco, vivir enamorado. Necesito más momentos a los pies de Dios. Este tiempo es un tiempo de gracias. Se abre el cielo para mí. Me dejo tiempo para estar a su lado. El tercer pilar es la limosna que me ayuda a ser más generoso con mi vida, con mis bienes. El corazón tiende a retener todo en su egoísmo. Busca la comodidad. El lujo. Las cosas buenas y valiosas. ¿No es verdad que quiero poseer todo lo que deseo? Una tendencia del alma. Por eso la limosna me ayuda y me hace mirar al que no tiene. Despierta la misericordia en mi corazón. Miro con amor al que no posee lo que desea. Y entrego lo que yo sí poseo. Necesito ser más generoso. Quiero ser más pobre. Más necesitado. Más menesteroso. ¡Cuántas cosas tengo que no necesito! ¡Cuántas cosas deseo que no me hacen falta! Miro al que busca y necesita a mi alrededor. Me fijo en el indigente. No paso de largo ante el que me pide, ante el que no tiene. Me detengo a su lado. Quiero ser más generoso. No quiero dar sólo de lo que me sobra. Porque eso no es auténtica generosidad. Quiero dar lo que me hace falta a mí. Quiero entregar lo que yo mismo necesito y uso. Puedo dar mi tiempo, mi cariño, mi vida. Puedo dar cosas materiales. Puedo ayudar al que necesita ayuda, al que busca compañía. ¿Cómo voy a ejercer mi generosidad estos días? Son tres pilares para vivir la cuaresma. Tres ayudas concretas para centrarme en lo que de verdad importa. Porque la vida es breve. Y las cuaresmas pasan. Y los años. Y sigo tan lejos de ser totalmente de Cristo, de parecerme a Él. Dios me da una nueva oportunidad para crecer. Me recuerda que soy sólo ceniza, barro, tierra. Me dice que mis años están contados. Me bendice al comenzar los cuarenta días con su cruz de ceniza para que no confíe sólo en mis fuerzas humanas, en mis capacidades. Quiere que ponga mi corazón en el suyo. Que me inscriba en la herida de su costado. Que descanse en sus manos llagadas y abiertas. Y camine sobre sus pies descalzos confiando. Quiere que me desprenda del peso que hoy me abruma. Una persona decía el otro día: «Salgo del retiro con mucho menos peso en el alma». Me conmovió. Yo también tengo un peso en el alma. Mis deseos, mis planes, mis miedos, mis cadenas, mis esclavitudes, mis dependencias, mis afectos desordenados. Mis pocas horas de oración, mi apego a tantas cosas. Por eso me da miedo la cuaresma que me dice que la renuncia me hace bien, que me hará más libre y ligero. Que si digo que no a lo que deseo puedo crecer y ser más de Dios. Que si soy generoso nunca me va a faltar de nada. Que si entrego la vida no voy a tener que preocuparme tanto de conservarla. Pero me da miedo sufrir. Y cargar la cruz junto a su madero cuando sé bien dónde acaba el viacrucis. Y me da miedo que me quiten mis seguridades, mis tesoros, en los que me refugio como un niño consentido. Y me asusta perder todo lo que creo me hace feliz. Aunque no sea cierto. A lo mejor no es así. Y puedo ser mucho más feliz si soy libre y camino más ligero por los caminos de Dios siguiendo sus huellas. No lo sé. Miro la cuaresma con una mezcla de sentimientos. Miedo. Pereza. Tristeza. Esperanza. Alegría. Nostalgia. Cuarenta días más para cambiar de vida. Para ser más de Dios. Más humano. Más santo. Me pongo manos a la obra. O mejor. Pongo mis manos en sus manos y mi corazón en el suyo. Soy de Dios. En eso consiste la cuaresma. Al menos eso creo.

La cuaresma comienza con una promesa de amor de Dios. Justo el miércoles de ceniza este año ha caído en el día de los enamorados. Es curioso que este día en que se ensalza el amor sea bendecido por la cruz de la ceniza. Una canción francesa me lleva a reflexionar sobre el sentido del amor: «À quoi ça sert l’amour» (¿Para qué sirve el amor?). El auténtico amor es siempre donación. Y al darme en él inevitablemente sé que voy a sufrir. Pero como dice la canción es un sufrimiento que tiene «gusto a miel», que es «triste y maravilloso», que al final se transforma en un «recuerdo de felicidad». Y es para siempre. Un amor eterno. Dios bendice mi corazón, mi vida y me recuerda que estoy hecho para un amor que no tiene final. Me dice que cuando ame lo haga con toda el alma, con toda mi vida, sin escatimar nada, porque los días pasan rápido. Y la ceniza que recibo me habla de una temporalidad que me inquieta. Me hace pensar en esa fugacidad de mis días. No deseo que se me escapen las horas. La ceniza me recuerda que los días son gotas en el océano. Y que tengo que amar con un amor imposible, el amor de Dios en mí. Y me dice que mi fuerza de hoy es sólo un suspiro en los labios de Dios. Y un día de mi vida son mil años en su presencia. Es tan pasajero todo lo que toco. Como las hojas caídas en otoño. Sueño con un amor eterno recogido en mi vientre, sostenido en mis manos, abrazado en mis silencios. Deseo amar y ser amado siempre. Quizás es el deseo más evidente de mi alma. La cuaresma comienza con una invitación a amar de verdad, a amar sin límites. Porque el amor es donación, entrega, sacrificio y renuncia. Son lágrimas y sonrisas. Penas y alegrías. El amor en la vida lo es todo y cuando no amo y no me siento amado, se seca mi alma como en un desierto gris. Por todo ello, al comenzar la cuaresma, me pregunto sobre la hondura de mis amores. Miro los amores de mi vida. Miro su profundidad. Una persona me comentaba que no hablaba con su esposo de cosas profundas. Que no había hondura en sus encuentros. Eso pasa con frecuencia. También en las relaciones entre padres e hijos, entre hermanos, entre amigos. Es más fácil quedarse en la superficie de las cosas. La hondura exige esfuerzo. La cuaresma me invita a profundizar. Y a frecuentar esos lugares en los que soy amado como soy. Allí donde amo siendo yo mismo. Allí donde me entrego. Donde toco a Dios en el amor humano. Son momentos de gracia en los que lo veo escondido detrás de la carne que toco. ¿Cómo no voy a temer que pase todo y se acabe lo que más amo? Es verdad. El miedo a perder lo que amo siempre acaricia con sus garras mi corazón. Tengo miedo a perder cuando amo. Y temo perder la vida sin llegar a amar. Temo la ausencia de amor en mi vida que me deja vacío, mustio y seco. ¿Qué puedo hacer cuando en mi vida no hay amor? ¿Cómo crecer y madurar para aprender a amar bien? ¿Qué puedo hacer cuando no me siento amado por los que me rodean? No es tan fácil vivir sin ser amado. Lo deseo y lo busco. Lo fuerzo y no lo logro. Me entrego queriendo dar plenitud a lo que Dios ha puesto en mí. Quiero aprender a darme sin esperar nada. Amar sin exigir. Dios ha sembrado en mi alma una capacidad muy grande para amar. Hoy vuelvo la mirada hacia Aquel que me ama con un amor incondicional y me recuerda: «El amor es eterno». Y me dice que ha hecho un pacto conmigo y que Él siempre será mi amado: «Esta es la señal del pacto que hago con vosotros y con todo lo que vive con vosotros, para todas las edades: pondré mi arco en el cielo, como señal de mi pacto con la tierra». Su amor es para siempre. Me ama para siempre. Estará conmigo siempre. Incluso cuando no lo merezca. Porque el amor no se merece. Es gracia. Por eso la ceniza me muestra la fragilidad de mis días. Y me viene a decir que sólo merece la pena mi vida si amo a fondo. Si me entrego sin reservas. Si no me guardo egoístamente. Me dice que los días son vacíos si no los lleno de algo más grande. Y que al final del camino lo importante será lo que habré amado. La pasión que habré puesto al enterrar en la tierra las semillas. Y la fidelidad al pacto sellado entre Dios y yo para siempre. Quiero ser fiel a ese amor que he recibido. Hoy escucho: «Tus sendas, Señor, son misericordia y lealtad para los que guardan tu alianza». Miro mi vida y veo tanto amor. Pero a veces me turbo. Y me tientan los amores falsos y vacíos. Los tesoros que me promete el mundo y son cenizas. La plenitud representada en logros que son promesas fútiles. Y quiero más. Siempre mi corazón quiere más y no se conforma. No le bastan las cenizas como última respuesta. Quiere una vida plena. Un bosque verde que no se marchite. Unas aguas profundas que nunca se sequen. Una flor que florezca de nuevo cada primavera. Amo el vergel, no tanto el desierto. Aunque sé que es pasajero todo lo que toco. Y espero de la vida mucho más de lo que obtengo. Pero no importa. No por eso dejo de sembrar esperanza a manos llenas. He decidido seguir amando siempre. Quiero ser fiel a mi alianza. Aunque no reciba lo mismo a cambio. Aunque otros no sean fieles al amor que yo entrego. Quiero sembrar aún sin ver las primeras hojas verdes, ni los frutos de cuanto hago. No me quiero convertir en un mercenario del amor. Dispuesto a dar sólo cuando reciba lo mismo. Y dispuesto a seguir amando siempre que siga recibiendo lo suficiente. Mi vida no es así. No lo quiero. Pretendo amar cada día. No siempre recibiré lo mismo. Pero habrá tenido color mi entrega. No lo verán muchos. Es verdad. Quedará oculto. Mi amor sembrado no está a la vista. Gestos en la noche, silenciosos y callados. Gestos que no esperan recompensa. Gestos que parecen no tener sentido pero cambian el mundo. El amor siempre me lleva a hacer locuras. Gestos que no reciben amor como pago. Pero aun así, habrá merecido la pena seguir amando. Escribe Pedro Casaldáliga: «Al final del camino me preguntarán: - ¿Has vivido? ¿Has amado? Y yo, sin decir nada, abriré el corazón lleno de nombres»[7]. Quiero que mi corazón esté lleno de nombres como lo está el corazón de Jesús. Así fue cómo murió Él en esa cruz un día. Amado por algunos. Olvidado por tantos. Llorado por los más cercanos. Ignorado por aquellos a los que Él amaba. Traicionado por un beso. Negado tantas veces. Murió en el silencio de un madero. Sólo. Sin gritos. Sin violencia. Sin voces. Sin dejar ver grandes gestos que todos pudieran apreciar y valorar. Perdonando en silencio. Murió con mi nombre escrito en su piel. Con mi nombre y con muchos otros nombres escritos en su corazón. Me gusta el valor del pacto oculto. Entre Dios y yo. Él me lo da todo. Y yo le doy mi sí.

Comienza la primera semana de cuaresma con la fuerza del desierto: «En aquel tiempo, el Espíritu empujó a Jesús al desierto. Se quedó en el desiertocuarenta días, dejándose tentar por Satanás. Vivía entre alimañas, y los ángeles le servían». Jesús es conducido al desierto por el Espíritu. Me impresionan estas palabras. Yo también soy llevado por el Espíritu en la cuaresma. Lo tengo claro: «Cuanto más cerca estamos del Espíritu Santo, más silenciosos somos. Y cuanto más lejos, más charlatanes»[8]. Jesús se adentra en el silencio del desierto. Es lo mismo que yo quiero. Porque allí puedo encontrarme con Dios. Pero también hay tentaciones cuando callo: «El silencio conduce a Dios siempre que uno deje de mirarse a sí mismo»[9]. Las tentaciones surgen cuando empiezo a mirarme a mí mismo. Cuando sólo me preocupa cómo me encuentro. Vivo pensando en todo lo que necesito. Ensimismado. Y me quejo por lo que me falta. Jesús es tentado en el desierto. Como yo. Él podría poseer todo lo que quisiera, si no renunciara al poder de ser Dios. Si no se hiciera hijo desvalido, impotente, demasiado humano. Vence la tentación porque mira fuera de su corazón. Comienza a mirar cara a cara a su Padre. Entonces todo cambia. Las tentaciones desaparecen. Comenta el Papa Francisco respecto al gran tentador: «No es una sorpresa: desde siempre el demonio, que esmentiroso y padre de la mentira (Jn 8,44), presenta el mal como bien y lo falso como verdadero, para confundir el corazón del hombre». El demonio me hace confundir lo falso con lo verdadero. No soy capaz de distinguir lo que me hace bien, lo que me hace más hombre, más pleno. Y me confundo. En el desierto, en su soledad y en su silencio, las tentaciones gritan con más fuerza. Me da miedo caer y confundirme, lo confieso. No me creo tan fuerte. Más bien me veo débil. Me seducen las mentiras del demonio. La tentación es una fuerza que supera mis capacidades. Lo he comprobado tantas veces. El otro día leía: «San Ignacio llama elbien aparente, algo que es afectivamente agradable y atrayente, pero que aleja de los valores que se querrían elegir. La lógica de la tentación comienza de modo cautivador para acabar llevando a la persona adonde no quería. La tentación estimula los puntos a los que uno es más sensible y que a menudo son desconocidos por la propia persona»[10]. Los bienes aparentes se muestran con fuerza ante mis ojos. Y me dejo tentar. Es bueno lo que se me ofrece. ¿Por qué dejarlo de lado? Lo busco con ansias. Creo que seré feliz si lo consigo, si lo toco, si lo alcanzo. Pero luego me quedo vacío. La apariencia de verdad me engaña. La apariencia de bien. Me tienta el demonio con todo aquello que me socava por dentro y me hace frágil, endeble. Toca mis puntos más débiles. ¿Cuáles son mis tentaciones más habituales? Sé perfectamente cómo soy tentado. Muchas veces es el atractivo del poder como servicio. Soy un servidor y me tienta el poder. Todo para el bien de los otros, por supuesto. Pero es la vanidad la que me vence. Comenta el Papa Francisco: «Es el engaño de la vanidad, que nos lleva a pavonearnos, haciéndonos caer en el ridículo». La vanidad. El orgullo. El deseo de valer, de aparentar, de poseer. El ansia de ser reconocido y admirado. Me falta mirarme con misericordia. Y por eso espero que los demás me miren como yo no me miro. La tentación de creer que soy muy bueno. Hago el bien. Me tienta el demonio. Me creo mejor que muchos al hacer el bien. Me siento útil, necesario, valioso. Mis intenciones ocultas. El deseo de destacar, de ser reconocido y querido. ¡Qué fragil soy! Me dejo tentar.
 

[1] Christian Feldmann, Rebelde de Dios
[2] J. Kentenich, Los años ocultos, Dorothea M. Schlickmann
[3] Benedicto XVI, La infancia de Jesús
[4] J. Kentenich, Envía tu Espíritu
[5] Kentenich Reader Tomo 1: Encuentro con el Padre Fundador, Peter Locher, Jonathan Niehaus
[6] Cardenal Robert Sarah, La fuerza del silencio, 75
[7] José María Rodríguez Olaizola, Ignacio de Loyola, nunca solo
[8] Cardenal Robert Sarah, La fuerza del silencio, 88
[9] Cardenal Robert Sarah, La fuerza del silencio, 77
[10] Giovanni Cucci SJ, La fuerza que nace de la debilidad
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