Lunes, 17 de junio de 2019

Religión en Libertad

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Es domingo: Contemplar y Vivir el Evangelio

por Dentro, muy dentro de ti

Es domingo: Contemplar y Vivir el Evangelio
 
6º domingo del Tiempo Ordinario
 
[Seguimos avanzando en la lectura, meditación y contemplación del capítulo primero del evangelio de Marcos. El relato presenta a Jesús actuando de nuevo en la historia de las personas; pero da un paso más: devuelve también la dignidad de la persona. El contacto con Jesús regenera radicalmente la vida del ser humano.]
 
Si te ayuda, puedes empezar así: -Estás, Señor… -Estoy, Señor… Que tu Espíritu aliente mi disponibilidad… Juntos andemos…, Oremos… Hagamos… Cúrame y curemos…
 
Del Evangelio de san Marcos 1,40-45. (Es mejor tener el texto a mano y leerlo ahora)
 
  • Se le acercó a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas:”Si quieres, puedes limpiarme”. Compadecido extendió la mano y le tocó diciendo: “Quiero, queda limpio”. La lepra se le quitó inmediatamente y quedó límpido.
 
-Contempla despacio al leproso y marginado por la Ley, doblemente enfermo (es un  hombre herido y maltratado en su cuerpo y en su espíritu). En sus gestos y palabras, están claras sus actitudes y sus comportamientos; aprende de ellos: se acerca a Jesús, suplica de rodillas, (expresión elocuente de adoración), y dice sin ninguna exigencia y con mucha humildad y respeto: Si quieres… Contempla, mira, escucha, aprende algo de este modelo de acercamiento necesitado a Jesús. ¿Lo haces? ¿Sueles hacerlo? Para obtener algo importante de Jesús hay que acercarse mucho a El (en la oración y en los otros, cuyos rostros le reflejan); hay que hacerle una petición que sale de dentro, dentro, de un hondo deseo y de un corazón ardiente e insistente, que eso es la súplica, y hay que apelar condicionalmente a su poder: Si quieres puedes…, que manifiesta únicamente su absoluta confianza en el poder de Jesús, sin exigencia alguna. Entonces Jesús responde. ¿Lo has probado? ¿No tienes todavía esa experiencia? ¡No tardes más en buscarla y repetirla!
-Ahora fija tu mirada en la de Jesús, en sus gestos, y abre el oído a sus palabras. Ante todo, e inmediatamente Jesús se compadeció, es decir, no queda insensible pensando que es un enfermo más, ¡hay tantos! Éste es único. Para Jesús, cada uno es único con su necesidad propia. Se mete en su piel, y aquel dolor Jesús lo hace suyo; le duele a Él la lepra, la marginación. No la quiere para nadie. Ha venido para liberar al hombre de ellas. ¿Hago yo algo parecido con quien sufre a mi lado? Es más. Jesús extendió la mano, se acerca más y se implica personalmente con el leproso y le tocó… ¡Hasta ahí va su compasión, cercanía y compromiso! Toca lo intocable y prohibido por la Ley. Ya ves, Jesús supera los prejuicios y la exclusión, el respeto humano y el qué dirán. El hombre, el necesitado, vale más que todo, es lo más importante. Jesús hace lo que hace para la gloria de Dios. Jesús expresa con elocuencia que Dios no excluye de su favor y gracia a éste y ningún otro que esté necesitado de liberación y de  vida.. Los intereses de Dios y del hombre son los más valiosos para Jesús y para nosotros también. ¿Lo crees? ¿Es así para ti? ¿Estoy de veras comprometido yo en ello?
-Quiero, dijo Jesús, e inmediatamente quedó limpio. A la compasión, a la cercanía, al contacto, Jesús añade la palabra decisiva: Quiero… El querer de Dios es Amor efectivo poderoso. Nada resiste a esa Palabra, a ese Amor. El simple quiero de Dios hace maravillas; también el simple y decidido quiero mío hace maravillas en mi relación con Dios y con los demás. ¿No lo has experimentado todavía? Inténtalo ahora en la oración. Escucha el quiero de Dios en tu corazón… E intenta dar tu quiero a Dios y a lo que te pide… ¡Verás cosas mayores! El quiero de Jesús hace que a los impuros se les pueda tocar; a quienes están lejos de nuestros corazones se les considere hermanos; a una sociedad basada en las diferencias, que lo principal sea la persona.
    Señor, sin esperar más, enséñame a hacer como tú, a acercarme como tú, a ser compasivo como tú, a tocar y querer a los demás como tú… Como aquel leproso confío en ti. Amén
 
  • “No se lo digas a nadie…, pero vete a presentarte el sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés, para que les sirva de testimonio”. Pero cuando se fue, empezó a pregonar bien alto y a divulgar el hecho…
 
-Le mandó dos cosas: No contar lo que había pasado y cumplir con lo previsto por la Ley para estos casos. Esto último era lo más fácil. Y por eso se fue el leproso. Pero guardar en secreto lo ocurrido era impensable: primero porque lo había visto mucha gente y segundo silenciar algo así, para quien lo ha vivido, es demasiado. ¡Y Jesús lo sabía! Pero le impide hablar porque Jesús quería mantener oculto su mesianismo hasta no llegar a conocerle bien a Él y asumir todo cuanto conlleva su seguimiento. Ahora bien, la experiencia inaudita del amor de Dios que había vivido este hombre y la libertad interior y exterior que había adquirido, eran más grandes que su corazón y que él mismo todo entero, y, claro, causan en él una alegría incontenible que no puede no proclamar. Nuestra experiencia creyente de encuentro con Jesús tendría que ser así de expansiva e incontenible. De hecho así lo es en tantos y tantos. ¿Ha sido la tuya? Con todo lo que Jesús ha hecho y sigue haciendo en ti y contigo, ¿no hace estallar tu corazón de gozo y de comunicación espontánea y verdadera? ¿Seguro que no has experimentado todavía esa alegría? ¡Piensa… Calla…, y contempla!
    Señor, dime una palabra e intentaré gozarla, cumplirla, vivirla. Una palabra que rehaga y vivifique toda mi vida. Dila, Señor. Quiero oírla dentro de mí. Y que la fuerza de tu Espíritu sea mi fortaleza. Amén.
 
  • … de modo que Jesús ya no podía entrar abiertamente en ningún pueblo; se quedaba fuera, en lugares solitarios; y aun así acudían a él de todas partes.
 
-Ahora el que se queda fuera es Jesús. Jesús parece ahora el “marginado” y “apestado”. ¡Qué contraste! Para la religión y la sociedad, estos son los contrastes y paradojas del Evangelio. Que vienen a ser los de la vida; sobre todo los de la vida de fe. ¿Qué queremos que vaya todo y siempre sobre ruedas? ¿Qué nuestro ser discípulos misioneros sea siempre bien recibido y fecundo? No. Nos purificamos y nuestro testimonio se hace fecundo, cuando somos instrumentos y canales limpios de las impurezas del propio amor, querer e intereses, buscando siempre los del Padre al modo de Jesucristo. ¿Voy haciendo ya así en mis tareas y en mi vida? Jesús se queda fuera de los pueblos, pero en lugares solitarios, allí donde entra de verdad en comunión con el Padre y con sus discípulos. ¿Busco yo también esos lugares o me asustan? ¡No sería buena señal! A pesar de todo, fíjate, acudían a él de todas partes. La gente con su buen olfato de fe es capaz de buscar el Evangelio y no asustarse de sus exigencias, su riqueza, de descubrir el tesoro, que no es otro que Jesús.
    Señor, concédeme la gracia de acudir a ti en todo momento, especialmente cuando te sienta ausente, como fuera de mí y desinteresado por todo lo mío. Amén
 
 
 
 
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