Lunes, 17 de junio de 2019

Religión en Libertad

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III Domingo tiempo ordinario

por Al partir el pan

Jonás 3,1-5.10; 1 Corintios 7, 29-31; Marcos 1, 14-20

«Jesús les dijo: - Venid conmigo y os haré pescadores de hombres. Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron»
«Quiero tener un corazón capaz del encuentro. Quiero ser capaz de tender puentes. Estar abierto a conocer, sin prisas, a quien sale a mi encuentro. Dispuesto a perder el tiempo con cualquiera
»
 
Me gustaría ser capaz de mirar a las personas quitándome los prejuicios. Mirar con asombro. Abierto a la sorpresa. Mirar lo que se ve en la apariencia y mirar muy dentro del corazón, lo que nadie ve, lo que tantas veces no veo. Mirar con curiosidad, sin miedo, con alegría. Mirar con admiración, sin temer involucrarme al mirar, al crear lazos. Porque el amor me involucra. Mirar sin juzgar, sin condenar, sin rechazar. Pero lo reconozco, a veces me encuentro juzgando intenciones en mi corazón. Me asusta lo que veo y juzgo. O me producen rechazo las actitudes que observo, y me alejo. O surgen los juicios lentamente en el alma, a veces con motivos, casi siempre sin ellos. Creo que al prejuzgar a las personas me pierdo algo importante. Dejo de abrirme a la verdad de cada uno. Me pierdo algo de la luz que brilla en muchos corazones. Juzgo por mis miedos, por mis prejuicios. Y a la vez que juzgo, eso creo, soy juzgado. Miro y aparto la mirada. Soy mirado y apartan la mirada de mí. Me gustaría mirar la vida, mirar a los hombres, con intensidad. No quiero quedarme en la superficie. Es verdad que los juicios me asustan. Los míos y los de los hombres. Como si quisiera impresionar al mundo con mis cualidades y talentos. Sé también que mis juicios asustan a muchos. Porque son prematuros, o quizás injustos. Me falta libertad interior frente a mis prejuicios. Y no tengo libertad interior ante el juicio de los hombres. Todo me influye. Pretendo ser aprobado siempre y en todo lo que hago. Comenta el P. Kentenich: «Los conocimientos y vivencias cosechados en los años de prisión fueron útiles para aumentar la independencia ante el favor y el juicio humanos, y acrecentar la dependencia de Dios y de la valoración que hace Dios»[1]. El P. Kentenich era un hombre libre. Siempre me ha impresionado su libertad interior para no temer el juicio ajeno. Esa es mi meta cuando miro su vida. Es mi sueño. Quiero ser un hombre plenamente libre. Libre para acercarme sin miedo a los hombres. Libre para darme sin temer el juicio. No quiero tener miedo de ser yo mismo sin pretender ser otro, sin ocultar mi verdad. No sé si lo conseguiré algún día. A menudo construyo mi autoestima sobre las afirmaciones que recibo. Y me lleno de tristezas ante los juicios que escucho, cuando son críticas y condenas. Incluso difamaciones o calumnias. Poco importa. Quiero ser libre frente a ello. Un hombre libre, capaz de ser yo mismo en cada circunstancia. Libre para tratar con la misma libertad con un pastor de ovejas que con reyes y grandes empresarios. Con gente sencilla igual que con personas adineradas. Con mendigos e indigentes lo mismo que con personas influyentes. Con enfermos y con niños. Con aquellos que me importan y con esos otros a los que apenas conozco. Siempre ser yo mismo. Sin tapar mi verdad, oculta a veces tras mis disfraces. Sin miedo a que descubran mis heridas. Sin máscaras que me protejan de las agresiones. Yo mismo desnudo ante los hombres. Como Jesús que se detuvo siempre ante cualquiera lleno de misericordia. Y se mostró en su verdad a todos los que querían conocerlo. Creo que el tiempo que vivo es un tiempo de desencuentros. Decía el Papa Francisco en el 2014 a la familia de Schoenstatt: «Hoy día estamos sufriendo desencuentros cada vez más grandes. Desencuentros familiares, desencuentros testimoniales, desencuentros en el anuncio de la Palabra, y del mensaje, desencuentros de guerras, desencuentros de familias. La división, es el arma que el demonio tiene. El demonio existe. Por si alguno tiene dudas. Y el camino es el desencuentro que lleva a la pelea, la enemistad. Babel. Así como la Iglesia es ese templo de piedras vivas, que edifica el Espíritu Santo. El demonio edifica ese otro templo de la soberbia, del orgullo, que desencuentra, porque cada cual no se entiende, porque habla cosas distintas, que es Babel. De ahí que tenemos que trabajar por una cultura del encuentro». Vivo tantos desencuentros. Palabras que separan. Gestos que hieren. Son mis prejuicios los que me alejan y dividen. Juzgo por miedo a ser juzgado. Y me alejo condenando a otros. Me da miedo vivir en Babel donde no dejo que mi hermano me toque, me hable, me ame. Donde no comprendo ni soy comprendido. Donde no amo tampoco porque me he puesto una coraza para no sufrir en exceso. Me abruma el desencuentro en el que tantas familias viven. Tantas personas que se condenan a vivir en guerra, sin paz, sin llegar nunca a conocerse. Y no se encuentran. Quiero tener un corazón capaz del encuentro. Capaz de encontrarme con mi hermano. Quiero ser capaz de tender puentes. Estar abierto a conocer, sin prisas, a quien sale a mi encuentro. Dispuesto a perder el tiempo con cualquiera. El otro día leía que la palabra árabe Alcántara significa el puente. Un puente es un vínculo que une dos lados. Dos orillas, dos mundos. Un puente une a las personas que están lejos. Une a las poblaciones enfrentadas. Une a las familias que se han distanciado. Quiero ser un puente entre el cielo y la tierra. Unir a Dios con los hombres. Ser un puente entre corazón y corazón. Sé que la forma de aislar a los unos de los otros es destruyendo sus puentes, sus vínculos. El corazón se aísla. Deja de estar vinculado con nadie. Alguien sin puentes, sin vínculos, es alguien vulnerable al que es más fácil arrastrar y llevar donde yo quiero. Una persona vinculada, con raíces, tiene más opinión, más criterio, más fortaleza, más independencia. Me gusta pensar en ser yo puente que una dos extremos lejanos. Puente que una la tierra y el cielo. Puente entre los que están más alejados y aislados. Puente que lleve a casa a los que están lejos. Puente por el que muchos puedan pasar para llegar a la otra orilla.

Me da miedo la muerte. ¡Qué difícil es morirse y dejar todo lo que me ata, todo lo que amo, todo lo que me queda aún por hacer! ¡Qué complicado soltar al que está muriendo y dejarle marchar libremente! Hablo tantas veces con ligereza del encuentro con los míos en el cielo. Allí todo será pleno, lo sé. Pero luego, cuando se acerca el momento de partir, tiemblo. Hoy escucho: «Queda como solución que los que tienen mujer vivan como si no la tuvieran; los que lloran, como si no lloraran; los que están alegres, como si no lo estuvieran; los que compran, como si no poseyeran; los que negocian en el mundo, como si no disfrutaran de él: porque la representación de este mundo se termina». ¡Cuánto me cuesta mirar la eternidad que me espera sin miedo y pensar en la plenitud de la que predico sin temblor! Hoy ha muerto Juan Bautista. Injustamente. Y Jesús sufre la pérdida. Se siente solo. Cuesta tanto perder al que muere. Cuesta tanto la muerte. Pienso siempre que el cielo puede esperar. Lo confieso, me da miedo la muerte. Mi propia muerte. Creo en ese Dios que me espera feliz al final de mi camino. Sonríe, me abraza y yo confío. Es verdad que me lo creo con la cabeza. Pero no sé si he llegado a tocar el corazón. Creo en la eternidad y en la presencia espiritual de los que se han ido en medio de mis días. Puedo hablar con ellos. A veces no los siento. Sé que amo la carne y el presente tangible en el que vivo y quiero. Amo lo que soy y lo que tengo. Lo que hago y sueño en este instante que vivo. Temo la muerte fría que me aleja para siempre de todo lo que me ata. Temo la muerte que no controlo y aparece cuando menos la espero en medio de mi vida, de la vida de los que amo. Me da miedo la muerte y volverme viejo. Y dejar de soñar. Y dejar de tener fuerzas. Decía Bernard Shaw: «No dejamos de jugar porque envejecemos. Envejecemos porque dejamos de jugar». Me da miedo envejecer sin un sentido. Dejar de estar presente teniendo vida en mi piel. Temo acabar mis horas sin que hayan acabado. Decidir que ya he vivido lo suficiente y no hay nada más que inventar. Me da miedo dejar de ilusionarme con los sueños, dejar de amar y trabajar por Dios. Leía el otro día una poesía: «Tiene algo extraño el tiempo cuando parte presto. Deja huellas pesadas en mi alma que ha amado. Pues lo sé. Cuanto más quiero, más temo perder. Más me asusta el final del camino. Y más miedo me da la muerte que se acerca. Cuanto más amo, más sufro. Y he pensado a veces no amar, para no sufrir. Pero luego, cuanto más lo pienso, más miedo me da no amar. Y no por el sentimiento. Que sé que viene y que va. Es más por la hondura dentro de la vida que ahora vivo. Es más porque mis raíces llegan donde ya no veo. Son profundas. Y me duelen. Y temo más que mi muerte la muerte de quien más amo. Temo al final la partida. Y me duele lo que he amado». Me da miedo amar muy hondo. Porque sé que cuando amo más miedo me da la muerte. Entiendo que, a quien lo ha perdido todo, le importe poco morir. Es verdad. Es tan humano. A mí me da miedo morir. Y dejar que se vayan aquellos a quienes amo. Y parece que todo importa menos cuando no están los que quiero. Y a la vez me da miedo el tiempo fugaz. Y romper con todo lo que ha sido mío. Dejar atrás mis sueños y mis deseos. Dejar de respirar los ambientes de siempre. Olvidar las caricias de la piel que se seca. El calor del sol. El frío del invierno. La humedad de la lluvia. Callar tantas palabras que me hablan de vida. Dejar de hablar guardando silencio para siempre. Dejar de caminar por caminos nuevos, yo que tanto he andado. Un punto final a la vida que he amado. No está hecho el corazón para la muerte. No la quiero. No la deseo. Quiero amar aquí en la tierra y para el cielo. Amar en la carne sembrando semillas eternas. Amar y dejar que el amor ate a muchos a Dios. Un amor para siempre. No quiero que el temor de la muerte me quite las ganas de vivir. Aun habiendo visto partir a quien más amo. No quiero que la soledad de haber amado me llene de amargura y de tristeza. En el dolor de la pérdida levanto la mirada. Quiero reinventarme en medio de mis temores cada mañana. Empezar otra vez sujetando mis pérdidas. Amar de nuevo echando raíces. Temiendo siempre mi muerte y la de los míos. Pero sabiendo que en esta vida lo que cuenta no es el tiempo que tengo. Sino la forma cómo uso los minutos que ruedan por mis manos. No quiero pensar que todo se acaba un día en una oscuridad sin tiempo. En un vacío negro sin luz. Se llena el corazón de luz al pensar en un amor eterno que me espera a la vuelta de la esquina. No dejo de amar aunque me duela. Aunque el temor de morir me duela dentro. Empiezo de nuevo. Me reinvento. Echo hondas raíces que me atan a la vida. Me importa más la calidad del tiempo. La hondura de mis pasos. La densidad de mis palabras. La alegría de mi mirada. Me importa más el amor que siembro. Aún sin ver los frutos de mi vida entregada. Me importa más vivir aunque me asusta la muerte. Vivo en presente. No vivo angustiado por lo que ha sido y ya no es. Me da miedo la muerte. La mía. La de los que amo. Pero no dejo de amanecer cada mañana. Con el corazón lleno de sueños. Y las mismas ganas intactas de vivir plenamente.

Ahora están de moda los «influencer». Un «influencer» es una persona que cuenta con cierta credibilidad sobre un tema concreto. Por su presencia e influencia en redes sociales puede llegar a influir generando corrientes de opinión. ¿Soy un «influencer»? Creo que lo soy porque soy de Cristo y mi vida tiene influencia. Tal vez no en las redes sociales. Tal vez no me sigan millones ni logre crear corrientes de opinión. Pero influyo por llevar a Cristo dentro. Yo entierro mi vida para que dé fruto en Dios. Yo me entrego en lo que me toca hacer y estoy cambiando el mundo sin que nadie lo vea. Así es como influyo. Aunque aparentemente nadie sepa lo que hago. Aunque nunca sea visto como algo importante. En ese mundo invisible de Dios todo tiene un valor inmenso. Ese entrelazamiento de destinos entre los cristianos hasta la eternidad condiciona mi vida. No hay nunca un cristiano solo. Camino con otros. Soy parte de una corriente de vida que va hacia Dios. Soy parte de Cristo, soy un miembro suyo. Una parte amada de Jesús. No hago lo mismo que otros hacen. Ni otros hacen lo que yo hago. Sufro cuando me comparo con los que son más reconocidos, tienen más éxito, o hacen labores más vistosas. Me da miedo caer en la envidia. S. Gregorio Nacianceno habla de su amistad con S. Basileo: «Nos movía un mismo deseo de saber, actitud que suele ocasionar profundas envidias, y, sin embargo, carecíamos de envidia; en cambio, teníamos en gran aprecio la emulación. Contendíamos entre nosotros, no para ver quién era el primero, sino para averiguar quién cedía al otro la primacía; cada uno de nosotros consideraba la gloria del otro como propia. Parecía que teníamos una misma alma que sustentaba dos cuerpos. Cada uno se encontraba en el otro y junto al otro». Me impresionan sus palabras. Es tan frecuente la envidia. Vivir el uno en el otro es el ideal en Cristo. Así debería ser mi vida en la Iglesia. Camino en el corazón del otro, con el otro, para el otro. Tengo un lugar en la tierra en el que echar raíces. Erradico de mi corazón toda envidia. No deseo lo que no poseo. No me comparo. No quiero lo que no sé hacer. Cada uno conoce su lugar. Yo tengo el mío. ¿Tengo claro mi don, mi misión, mi labor en la Iglesia? Le pertenezco a Cristo. Eso lo sé. ¿Pero de qué forma vivo? Poco importa cuántas cosas haga. Lo que vale es que sea aquello a lo que he sido llamado. Que sea fiel a mi misión y al nombre que Dios me ha dado. Formo parte de Cristo. Vivo mi fe junto a muchos otros. Y lo que haga repercute en todos. Dice el P. Kentenich: «San Agustín nos lo muestra en forma gráfica. Se imagina a un viajero que camina descalzo. Se clava una espina. Entonces todos los miembros inmediatamente se disponen a alejar este mal. El ojo mira, etc. Esta es la verdadera responsabilidad del uno por el otro»[2]. Lo que a mí me pasa afecta a Cristo en su totalidad. Lo que haga o deje de hacer tiene su peso. El P. Kentenich, cuando fue al campo de concentración de Dachau en 1942, lo formuló como solidaridad de destinos: «Entrelazamiento de destinos es la realidad de lo sobrenatural. Esta verdad fue para mí, desde el comienzo del tiempo de la prisión, algo enteramente evidente. Tras mi decisión de sufrir por la Familia, no había ninguna visión sino el simple tomar en serio la realidad del mutuo entrelazamiento de destinos»[3]. Él hace tomar conciencia a la Familia de lo verdaderamente importante. En la prisión de Coblenza y después en Dachau estuvo unido a la Familia. Él sin libertad exterior. Ellos luchando por su libertad exterior. Debían ganar libertad interior. Mi lucha por la santidad me une a muchos. No soy santo para salvarme yo solo. En una lucha egoísta por llegar antes al cielo. No aspiro a cumplir la voluntad de Dios para que Él esté contento conmigo. No es así. Formo parte de un cuerpo mayor que yo. Un cuerpo en el que Cristo es la cabeza y yo sólo un miembro de su cuerpo. Añade el Padre: «Imagínense una montaña de manzanas. Ahí todo depende de cada una. Si una está mala, puede contagiar a todas las demás. La conciencia de la responsabilidad del uno por el otro es un regalo extraordinariamente grande»[4]. Importa mi entrega silenciosa. Mi renuncia callada que nadie ve. Mis opciones tomadas ante Dios en libertad. Sé que importa mi fidelidad diaria, aunque muchos no la vean. Importa tanto mi entrega personal. Aunque yo no vea nada. Mi vida depende de la vida de los otros: «Esta es la imagen ideal de la nueva comunidad: ese sentimiento extraordinariamente profundo de mutua responsabilidad que, incluso, hace dependiente la vida de unos y de otros entre sí»[5]. La coherencia de vida ayuda a otros a vivir. No lo veo. Pero sucede. El amor entregado con la certeza de que Dios conduce mi vida y es un amor que repercute en la vida de los demás. Es invisible. Pero sucede. Yo influyo en el todo, tantas veces sin ser consciente. El todo influye en mí. Salvo a muchos. Muchos me salvan a mí. La atmósfera en la que vivo me ayuda a vivir mejor o peor. Todo depende. Las conversaciones en las que participo. Los comentarios que hago y recibo. Las cosas que pienso. Todo construye o destruye mi ser, mi alma, mi entorno. Eleva o abaja mi espíritu. Estoy aquí sosteniendo la Iglesia en el lugar en el que me toca vivir. Tal vez mi lugar no es el más valorado ni el mejor. No me importa. No quiero caer en la envidia, condenando, deseando lo que no poseo. No quiero desear lo que no sé hacer bien. Decido ser solidario. Me importa el todo. Construyo pensando en el todo. Cuando alguien sufre, yo sufro. Cuando alguien llora, yo lloro. No soy indiferente a la vida que me rodea. Eso hace que me tome más en serio mis pasos. A veces me relajo y caigo en la pereza pensando que puedo hacer poco. Tengo poca capacidad para influir en el mundo. Mis manos no llegan lejos. Mis palabras no tienen eco. Eso creo al menos. Pero no es así. Mi vida tiene peso. El peso que Dios le da. Y Él hace fecunda mi entrega. Aunque yo no vea los frutos que Él produce en mí.

Hoy Jesús comienza la predicación cuando Juan ya se ha ido: «Cuando arrestaron a Juan, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios». Pienso en la soledad de Jesús sin Juan. En su dolor ante la muerte. Es su primer encuentro con la injusticia humana. Ha perdido a su primo, a su precursor, al único con el que compartía la misión. Juan lo dio todo, dedicó su vida a preparar el camino para Él. Quizás Jesús pensaba compartir su camino. Y ahora tenía el dolor y el desgarro por su pérdida. Se sentía solo. Se fue a anunciar el evangelio. Era su misión. Y de alguna manera era la forma de seguir cerca de Juan, seguir anunciando a Dios. Recurre a las mismas palabras de Juan. Pero ahora sin él: «Se ha cumplido el plazo, está cerca el reino de Dios: convertíos y creed en el Evangelio». Jesús habla de la buena noticia que cambia el corazón. Pide la conversión. No parecen palabras suyas. Sigue el espíritu de Juan en él. Es necesario cambiar de vida para vivir junto a Dios. Para recibir a Jesús. Jonás también predicó para que Nínive cambiara su actitud y su forma de vida: «En aquellos días, vino la palabra del Señor sobre Jonás: - Levántate y vete a Nínive, la gran ciudad, y predícale el mensaje que te digo». Hoy las lecturas me hablan de la necesidad de cambiar de vida. La buena noticia llena el corazón. Jesús me pide que me convierta y crea. Jonás también hace lo mismo. Las palabras mueven mi corazón al cambio. El ejemplo siempre tiene más fuerza. Más que las palabras de Jesús me cambia su vida. Me enciende su entrega. Sé que de mis palabras y de mi testimonio de vida dependen muchas cosas. A veces, como Jonás, puedo alejarme de Dios porque no quiero predicar. Porque no quiero ponerme en las manos de Dios. Porque no quiero vivir como Él me pide. Pero Dios me sigue por los caminos hasta que digo que sí y hablo de lo que vive en mi corazón. Conversión. Cambio de vida. ¿Tengo necesidad de conversión? Es la pregunta que siempre vuelve al corazón. ¿Tengo que volver a empezar y cambiar esos hábitos que me hacen daño? ¿Tengo que dejar lo que me pesa para seguir más liviano a Jesús por los caminos? ¿Necesito volverme más ligero, más de Dios? El otro día leía: «Solo puedo describirlo como una experiencia de conversión; y solo puedo decir con total sinceridad que, en adelante, mi vida se transformó. Si mi momento de desesperación había sido de absoluta oscuridad, aquella fue una experiencia de luz cegadora. Supe inmediatamente que podía hacerlo»[6]. Las palabras de este sacerdote muestran cómo siempre tengo que desear que mi corazón se convierta. No estoy convertido aún, me falta mucho. Hay sombras en mi alma. Vestigios del hombre viejo que no me dejan ser de Dios. No quiero acostumbrarme a lo que vivo. Quiero siempre más. Sueño más alto. Espero más de la vida. Quiero que el toque del Espíritu cambie mi corazón y me haga más de Dios. Me gusta pensar hoy en esos aspectos de mi vida que necesitan la luz de Dios. Las sombras de mi alma. Necesito una luz cegadora que me permita seguir adelante. Una luz que me transforme por dentro. A menudo me levanto dispuesto a cambiar. Quiero comenzar de nuevo. Quiero ser otro. Quiero luchar como nunca antes. Me lo propongo. Me invento propósitos que me animan a luchar. Descifro la voluntad de Dios. Pero, como leía el otro día: «Nos vamos acostumbrando, sin darnos cuenta, a que la mayoría de nuestras emociones y sentimientos buenos acaben siendo estériles, porque no llegan a la acción, a la vida, al otro. Hoy las emociones son protagonistas, y por eso muchos sienten mucho por lo que pasa a su alrededor, pero pocos hacen algo por cambiarlo y lo cambian»[7]. Las emociones no bastan para que haya una auténtica conversión. Quiero volver a empezar. Necesito que me toque la fuerza de Dios para no desfallecer. Quiero que cambie mi corazón por dentro. Necesito convertirme en ese hombre que anhelo ser. Convertirme en Cristo. Cambiar tanto que pueda así dejarme hacer de nuevo por sus manos de Padre.

En el alma de Jesús surge el anhelo de vivir en comunidad. De tener personas a su lado con las que compartir la vida y la misión. Camina junto al lago: «Pasando junto al lago de Galilea». Quería vivir con otros y compartir su intimidad. ¡Cuánta nostalgia de Juan! Juan era el hombre firme e íntegro. El hombre solitario que dedicó su vida a hablar de la verdad. Jesús se dejó bautizar por él en el Jordán. Ahora comienza el tiempo de Jesús. Pero ya no está Juan. Una misión inmensa se va abriendo paso en su corazón. En silencio camina junto al mar de Galilea. Esta frase me habla de Jesús, de su vida. De su paisaje de juventud. ¡Cuántas veces pasearía junto al lago! Se detenía a mirar, a contemplar, a orar ante ese mar de su vida. Cuando uno viaja a Tierra santa se detiene ante el lago en silencio. Es el mar que miró Jesús. Las mismas aguas. Guardo silencio frente a ese mar. Como Jesús. Él guardó silencio allí tantas veces. Jesús pasa frente a mí. Esa es la experiencia más fuerte de mi vida. Dios camina en mi vida y pasa junto a mí. Y me mira. Se acerca a mi vida cotidiana. A mi quehacer diario. A mi lago. En medio de mi rutina. No necesito grandes momentos para que entre. Llega cuando menos lo espero. Cuando cierro los ojos pienso en Jesús así, caminando a mi lado y mirando. No pasa de largo, corriendo, ajetreado como yo hago muchas veces. Él camina en silencio y mira. Hoy, en el silencio de su caminar, ve a unos hombres: «Vio a Simón y a su hermano Andrés, que eran pescadores y estaban echando el copo en el lago. Jesús les dijo: - Venid conmigo y os haré pescadores de hombres. Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron. Un poco más adelante vio a Santiago, hijo de Zebedeo, y a su hermano Juan, que estaban en la barca repasando las redes. Los llamó, dejaron a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros y se marcharon con Él». Los ve. El evangelio me dice sus nombres porque para Jesús siempre fueron únicos. Juan, Simón, Andrés, Santiago. Siempre tuvieron rostro e historia. Siempre fueron amados como eran. Por lo que eran. ¿Qué vio Jesús en ellos que se enamoró? ¿Qué vieron ellos en Jesús que los movió a dejarlo todo por seguirlo a Él? ¿Dónde está la lógica en su actitud? Unos hombres pescando. Unas barcas de la familia. Un negocio que no podía desatenderse. ¿Era necesaria tanta radicalidad en la entrega? Seguro que no vieron los pros y los contras de una decisión tan precipitada. Jesús vio unos hombres sencillos, sin pretensiones, que cumplían su tarea. El evangelista me dice primero que echaban las redes Andrés y Simón. Después, Juan y Santiago estaban repasando las redes rotas. Me gusta esa forma de hablar de lo más cotidiano. Una escena propia de un país de pescadores. Vivían del mar. Jesús los vio haciendo lo que hacían cada día. Deseó estar con ellos. Eran dos. Después otros dos. Estarían hablando, o en silencio trabajando juntos. No lo sé. Jesús los vio y los amó. Echar las redes era su costumbre. Echaban las redes y soñaban, confiaban en la suerte, en el buen Dios que bendeciría su trabajo. Repasaban las redes para que estuvieran en buen estado para la pesca. Para que no se escapara ningún pez. Su trabajo no era tan diferente del de Jesús. Él vio su corazón de niño y quedó cautivado. Vio la trasparencia de su mirada. Los miró por dentro. Y los amó sin apenas conocerlos. Se acercó y los llamó por su nombre. Los elige primero. Llama primero. Les promete que van a seguir haciendo lo mismo pero con más hondura. Ahora lo van a hacer con los hombres. Los llama, los invita a estar con Él. No son ellos ahora los que quieren saber dónde vive. Es Jesús el que quiere pasar el día con ellos. Está solo. Necesita una comunidad. Hermanos con los que soñar. Jesús sueña con una comunidad nueva. No es posible seguir al Señor en soledad. Necesitamos caminar con otros. Soñar con otros. Así habla el P. Kentenich de esa comunidad soñada: «En aquel entonces, la conciencia de responsabilidad y el entrelazamiento de destinos de unos con otros eran tan profundos que yo me decía: la salvación de la Familia depende de mí; pero, también, mi salvación depende de la Familia. Esta es la imagen ideal de la nueva comunidad: ese sentimiento extraordinariamente profundo de mutua responsabilidad que, incluso, hace dependiente la vida de unos y de otros entre sí»[8]. Mi salvación está unida a otros. No camino solo. No sueño solo. Jesús los llama de dos en dos para estar con Él. Para formar una comunidad que aspira a la santidad. Que vive de la buena noticia. El reino ya está entre nosotros. Jesús los llama para cambiar de vida. Y les promete al llamarlos un sueño: «Te haré pescador de hombres. Serás el mismo hombre pero con otra mirada». Siempre pienso en esa promesa que me hizo un día Jesús de cuidar hombres. Me llamó a echar las redes al mar. Me invitó a repasar las redes recogiendo heridos, acariciando corazones rotos, remendando el propio corazón. Esa es la promesa que me hizo a mí cuando llegó a mis redes y me pidió que siguiera sus pasos. Yo ya echaba redes y a veces las cosía. Pero Él llegó con fuerza, pasó junto a mí, por la orilla de mi lago y llegó hasta mí. Sé que yo no hubiera sabido capaz de ir hasta Él. Me vio. Me llamó por mi nombre para ser sacerdote de hombres. Esa fue mi vocación. Pero también es la vocación de cada uno. La vocación que tengo de ir hacia el hombre desde lo que yo soy. No me puedo resistir. Me habla de otro mar. Me invita a subirme a otra barca. A echar otras redes, las suyas. A su lado. Juan, Santiago, Andrés, Simón, dejaron sus redes vacías, sus redes rotas y se fueron con Jesús. Lo hacen inmediatamente porque creen en Él. No dicen una sola palabra. Sólo lo miran en silencio. Quizás se sintieron amados en lo más profundo. Tal vez ya se conocían. Ese día fue distinto. ¿Qué vieron en Jesús? Quizás se animaron mutuamente a dar el paso. Quizás se ayudaron el uno al otro. Me gusta que siempre fueron dos. Así es nuestra vida, siempre vamos con otro. Jesús también. Su soledad sin Juan le hizo más necesitado de encontrar una comunidad de amigos. Nunca ya se separaron. La semana pasada Juan y Andrés querían vivir con Jesús. Hoy Jesús quiere vivir con ellos y les muestra una misión, les abre un horizonte. Les invita a ser los mismos pero junto a Él. Ser pescadores pero pescadores de hombres. No en el sentido de pescar, convencer o conquistar para una causa. Sino en el sentido de amar y dedicar su vida a los otros. Me pongo en el lugar de estos cuatro hombres. ¿Qué les llamó a dar el paso? ¿Se enamoraron de una misión tan poco clara? ¿O fue Jesús con su mirada y sus palabras el que encendió el fuego en su corazón? Creo que fue Jesús. Su mirada cautivadora. Seguro que no entendieron tanto lo que significaba ser pescadores de hombres. Pero el amor de Jesús los sedujo. Los convenció. «Jesús no se detiene a dar explicaciones. No les dice para qué los llama ni les presenta programa alguno. No les seduce proponiéndoles metas atractivas o ideales sublimes. Lo irán aprendiendo todo junto a Él. Ahora los llama a seguirle. La llamada de Jesús es radical. Los que le siguen han de abandonar todo lo que tienen entre manos. Los arranca de la seguridad y los lanza a una existencia imprevisible»[9]. Fue un salto de confianza. Jesús confío en ellos, creyó en ellos. Y ellos, que eran ignorantes, que no sabían tanto de la ley, ni de las escrituras, creyeron y confiaron en Jesús. Jesús los miró en su verdad. Confiaron en Jesús, se sintieron amados por Él. Esos ojos de Jesús se metieron muy dentro. Nadie los había mirado así, nadie los había visto por dentro. Lo dejaron todo. Merecía la pena. Esa noche Jesús ya no estuvo solo. Compartieron su vida, sus sueños. Comenzaron la aventura de llevar juntos el rostro de Dios a los hombres. A cualquier hombre. A todos. Hoy, quiero dejar algo por Jesús. La vida se juega en ese momento en el que Jesús pasa por mi vida. Me ve. Me conoce. Y suavemente, me llama a estar con Él. Dejándolo todo, pero siendo el mismo. Y yo lo sigo. Quiero estar con Él.
 

[1] Kentenich Reader Tomo I: Encuentro con el Padre Fundador, de Peter Locher, Jonathan Niehaus
[2] J. Kentenich, Texto de la época posterior a Dachau
[3] J. Kentenich, Texto de la época posterior a Dachau
[4] J. Kentenich, Texto de la época posterior a Dachau
[5] J. Kentenich, jornada 1950
[6] Walter Ciszek, Caminando por valles oscuros
[7] Fernando Alberca de Castro, Todo lo que sucede importa: 163
[8] J. Kentenich, jornada 1950
[9] José Antonio Pagola, Jesús, aproximación histórica
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