Lunes, 28 de septiembre de 2020

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Santa María, Madre de Dios

por Dentro, muy dentro de ti

Santa María, Madre de Dios
 
[Hoy comienza en año nuevo con esta hermosa fiesta mariana, y es también la jornada mundial de oración por la paz. Hasta en el aire, parece indicarnos todo que hoy comienza algo nuevo y ese es el deseo que solemos repetir. También la liturgia nos habla de ello, pues todas las lecturas hablan de bendición: que Dios proteja a su pueblo, que el recién nacido Jesús, Hijo de Dios hecho hombre, lo sea para todos y que a todos llene de alegría como la de María y los pastores].
 
Si te ayuda, puedes empezar así: -Señor, estás… -Señor, estoyGracias. Me apresuro yo también a estar ahora un buen rato con Jesús, María y José. Deseo, quiero ver y comprender algo de este Misterio… Conservarlo en mi corazón y aprender a vivirlo…
 
Del Evangelio de san Lucas 2,16-21: (Tener a mano el texto completo y leerlo).
 
>Los pastores fueron corriendo hacia Belén y encontraron a María y a José y al niño acostado en el pesebre. Al verlo, contaron lo que se les había dicho de aquel niño.
-Algo pasó en la mente y en el corazón de los pastores, ya que fueron corriendo…, encontraron…, lo vieron…, y contaron… Pues sí, algo muy importante: creyeron al cielo, a los mensajes del Dios del cielo y se pusieron en camino. La fe es un camino a recorrer desde el día del Bautismo, todos los días, hasta final de la vida. La meta es el encuentro personal con Jesús. Y éstos son los pasos: ir de prisa o conocer decididamente a Jesús, encontrarle o reconocerle y tener con Él una íntima relación de amistad y amor, y contar lo que uno conoce y vive de Jesús, como la mejor y más grande noticia que uno puede dar a alguien, la solución de la propia vida ahora y para siempre. Y todo ello, sin prescindir de María y José a quienes vieron con el Niño los pastores. Y me pongo a pensar: mi fe, ¿es así de dinámica? ¿O está estancada adormecida? ¿O es ramplona? Comienza el año nuevo dinamizando tu fe, poniéndote en marcha con alegría y no parar hasta encontrar a Jesús en tu mente, en tu corazón, en tu vida. ¡Nunca te desalientes!
    Señor… (Como los pastores ponte ante el Niño y sus padres y háblale/s… Contempla, mira y admira… Te envuelven con su sonrisa y amor. ¡Vamos, abre tus ojos, tus labios y sobre todo tu corazón!… ¡Ah!, y no olvides que otros esperan que les hables de lo que has encontrado, visto y vivido. Todo se reduce a esto: experiencia personal y testimonio).
 
>María, por su parte, conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón.
-Ella, María, la Madre, tenía el corazón fijo en su Niño, pero sus ojos y su intención miraban y admiraban a los pastores y cuanto allí acontecía: palabras pocas, gestos ni casi los justos. La presencia de esos pobres hombres, su mirar y apenas balbucir eran muy elocuentes para ella. Percibía, y eso era muchísimo, que ellos se sentían hondamente amados, comprendidos y abrazados por su Hijo. Esto sí, seguro. De ahí que María conservaba, que no solo guardaba, e iba meditando todo aquello desde lo más hondo de su persona, el corazón, fuente del amor, del alma y de la vida. Y esto, María lo iba a hacer durante toda su vida: así re-cordaría, contemplaría y conocería al Hijo y su misión y se haría siempre más una cosa con Él. Hasta ser Corredentora. Esta sería si honda vivencia interior desde el nacimiento del Hijo hasta el final de sus días. Así iría María comprendido el sentido profundo de todo aquello que se refería a la persona y la misión del Hijo; desde la fe, iría creciendo y madurando en todo ello y su mismo papel en todo eso. Así de rica, así de fecunda es la figura de María, nuestra madre. ¿La veo así? ¿La entiendo así? ¿La amo así? ¿La imito en algo de eso? ¡Es tan simple!
    Señora y Madre, este hijo tuyo que soy yo ahora, no sabe qué pensar ni qué decir al contemplar el Nacimiento de tu Hijo y Salvador mío. Quiero que sea mi Señor: quiero seguirle, servirle y con él servir a Dios y a los demás. Mi Madre y Señora intercede por mí, échame una mano. Porque tú eres mi Madre.
 
>Y se volvieron los pastores dando gloria y alabanza a Dios por todo lo que han oído y visto, conforme a lo que se les había dicho.
-Queda claro que se habían encontrado con Jesús, le habían visto y oído a Él y a sus padres. Pues ardían por dentro y cantaban y alababan a Dios, mientras volvían al aprisco de las ovejas. El encuentro con Jesús infunde alegría quemante y unas ganas locas de quemar o comunicar lo vivido a los demás. Claro, ¡es tan enorme, tan maravilloso! Su fe sencilla y abierta, pero profunda está fundamentada en Jesús y es misionera. ¡Casi nada! Y es gente pobre, sencilla y hasta un tanto hosca, desaprensiva y desprestigiada.  ¿Qué vas a hacer tú después de este encuentro orante con Jesús? ¿Te está llenando el corazón de alegría contagiosa? Disponte. Pídelo.
    Señor, ante ti…, no sé… no sé hablar, no sé qué decir… No sé… Te creo. Te amo. Bueno, mejor me callo y… ¡ah sí!, te adoro. ¿Cómo hacerlo Señor? ¿Estar aquí callado y ante ti?... 
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