Lunes, 23 de septiembre de 2019

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Lo bueno y lo malo de la pedagogía actual

Lo bueno y lo malo de la pedagogía actual

por Duc in altum!

El Diccionario de la Lengua Española nos dice que la pedagogía es la “ciencia que se ocupa de la educación y de la enseñanza”. En cierto modo, el pedagogo es un traductor o puente entre los alumnos y los expertos en las diferentes ramas del conocimiento como pueden ser las materias de Matemáticas, Historia, Derecho, Geografía, etcétera. No los sustituye, sino que les sirve de guía para educar a través de estrategias didácticas, capaces de generar una actitud constructivista en todo el proceso cognitivo. Así las cosas y, tomando en cuenta la actual emergencia educativa, es necesario hacer una crítica constructiva del paradigma de la pedagogía, su proyección e incidencia en las instituciones educativas.

Por un lado, se ha crecido en la conciencia de que el centro del aprendizaje es el estudiante y no el docente, permitiéndole expresarse con mayor libertad y gusto por las cosas del colegio, sin sentirse aplastado por un modelo de autoridad que, en el pasado, resultó demasiado rígido y poco integral. Por otra parte, del lado negativo, muchos puntos se han ido al extremo, criticando todo lo que sea tradicional por el solo hecho de haberse empleado durante muchos años, sin detenerse a pensar si, en efecto, es positivo o negativo. Por ejemplo, hoy se persigue de forma persistente el hecho de emplear el método del dictado. Estamos de acuerdo con que un profesor que solamente dicta está fuera de lugar, pero cuando lo hace en su justa medida, favorece la capacidad de escucha, al asimilar la redacción de las palabras, además de que, luego de explicar, el dictar un breve resumen del tema expuesto y comentado dentro del aula, ayuda a un segundo repaso, favoreciendo la aparición de nuevas dudas que, en el momento, no fueron planteadas. Dictar, permite que los estudiantes pongan atención y hoy lo que tenemos es justo un déficit en ese sentido. Hay tanto miedo a la palabra tradicional, que se descarta sin más. La educación debe ser moderna, actual, pero eso implica equilibrio entre lo nuevo y aquello que, aunque antiguo, no pasa de moda, como los valores cristianos que, en el fondo, son el origen de los Derechos Humanos.

Luego, está la convicción de que un alumno de primero de primaria debe identificar sus propios errores ortográficos, sin que el docente se los marque. ¿Cuál ha sido el resultado? Que, al ignorarlos, tenemos generaciones enteras con problemas de lectura y redacción. También, el hecho de mandar a leer libros aburridos, desconectados de lo que los alumnos viven, en vez de buscar textos profundos, interesantes, generando así el hábito ortográfico que se consigue a través de la literatura. En la parte positiva, hay que mencionar que los proyectos de lectura han crecido de forma exponencial, generando debates y otros espacios culturales que activan la creatividad de los estudiantes.

Ahora bien, ¿el maestro debe ser un “facilitador de información”? En realidad, lo que le toca, no es solo brindar datos, pues eso está a un clic de distancia, sino trabajar como formador. ¿Cuál es la diferencia? El primero, funciona tipo enciclopedia parlante, mientras que el segundo, comparte sus valores y la serie de experiencias que le han ayudado a vivir mejor su dimensión humana. Un formador, es constructivista, porque brinda los elementos de contenido y actitudinales que, a su vez, permiten que los estudiantes construyan, siendo autodidactas en muchos aspectos. Un maestro, por lo tanto, forma y no solamente se limita a poner escenarios o plantear lluvia de fechas.

Otro avance es que existe un mayor respeto por los alumnos, evitando las etiquetas y/o apodos del pasado que tanto daño psicológico provocaron. En este sentido, debemos alegrarnos de los logros y consolidarlos, pues todavía, a nivel mundial, muchos siguen sufriendo los estragos de un perfil docente autoritario e incoherente.  

Ahora bien, habiendo subrayado la importancia de la disciplina con respeto, hemos de insistir en que el maestro, cuando actúa justamente; es decir, dentro del manual de convivencia de la institución y de acuerdo a la legislación vigente, no debe ser criticado o removido por ser exigente, pues los niños, adolescentes y jóvenes, cada uno de acuerdo a su nivel axiológico, deben dar lo mejor de sí mismos y si no se ponen parámetros apropiados en las rúbricas, caerán en la mediocridad que tanto golpea a la sociedad de hoy en la que cuesta mucho encontrar personas con valores y, al mismo tiempo, efectivas, profesionales. No debemos formar en la comodidad, en la queja sin fundamento, sino en el aprendizaje integral.

La pedagogía actual habla mucho de flexibilidad, pero ¿hasta dónde? Si un alumno se enferma o sufre algún problema familiar, estamos totalmente de acuerdo en que la tarea sea admitida en una fecha posterior sin ninguna consecuencia, pero ¿por olvidarla en el automóvil? Algunos pedagogos sostienen que, aún en ese caso, debe darse una segunda oportunidad y lo admitimos, pero con un porcentaje menor, porque la puntualidad, no es un enemigo que combatir, sino un aliado que sumar.

En cuanto a las autoridades de los diferentes países, deben promover esquemas de trabajo apropiados, pues ser maestro, también implica tener responsabilidades de tipo administrativo, como llenar los formatos de calificaciones o las secuencias didácticas; sin embargo, en toda reforma educativa hay que distinguir entre trámites esenciales y accesorios, pues sobrecargar a los maestros con un sinfín de requisitos, casi burocráticos, trae consigo que pierdan de vista su objetivo primordial: la clase y el trabajo con los estudiantes.

En conclusión, la pedagogía necesita mantener el equilibrio entre lo nuevo y lo antiguo, generando un discernimiento sincero y no solamente basado en los términos que están bien a nivel mercadólogos pero que pueden salirse de contexto en el ámbito de la educación diaria. Impulsar lo positivo y tener la humildad de reconocer aquellos cambios que, en realidad, han sido una serie de retrocesos, para poder corregir el rumbo y formar generaciones desde un enfoque integral.  

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