Viernes, 06 de diciembre de 2019

Religión en Libertad

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La tentación de la perfección

por La mirada impertinente

‘Elogio de la vida imperfecta’. ‘La tentación de la perfección’. Lo primero que procede es coger el toro por los cuernos e ir directos al meollo de la paradoja que nos interroga desde ambos títulos: el título del libro y el título de esta conferencia. Porque imagino que muchos de ustedes se estarán preguntando en estos momentos: ¿por qué la perfección sería un problema? ¿por qué los defectos serían algo deseable? Estamos ante un aparente sinsentido, ante una afirmación desconcertante que necesariamente nos descoloca: Si creemos en el bien, debemos aceptar, por lógica, que la perfección es su máxima expresión, y, por tanto, algo a lo que deberíamos aspirar, no algo de lo que defendernos. Y si creemos en el mal, de ello se deduce que es una mancha que deberíamos evitar, no algo que celebrar o festejar con elogios.  ¿No aspira el cristiano a la santidad? ¿Entonces? ¿Es que nos hemos vueltos un poco locos?

Quizás sí, pero no nos precipitemos.  

Empecemos nuestro viaje con una primera cita extraída del libro que nos convoca, aunque no corresponda a su autor, sino a  Christian Bobin:  “La santidad tiene tan poco que ver con la perfección que es absolutamente lo contrario. (…) La santidad es el fuerte sabor de la vida como es, una capacidad infantil de alegrarse por lo que es, sin preguntar nada más”.

Vaya. Esto no nos lo esperábamos, me parece. Y, sin embargo, tampoco debería sorprendernos tanto. En realidad, intuimos que la perfección no siempre es positiva, que en su interior habita un riesgo, aunque no sepamos darle forma. Una pista: cuando definimos a alguien como ‘perfeccionista’ no siempre le estamos halagando; y somos muy conscientes de ello. El asunto de la perfección y el estrés que nos provoca nos preocupa y la prueba es que abunda la literatura que lo trata. Son ya legión los libros que reivindican a las ‘malas madres’ frente a la imagen ideal, artificiosamente perfecta, de la maternidad. Y en estas últimas semanas el pedagogo Gregorio Luri ha publicado “Elogio de las familias sensatamente imperfectas’, un libro en el que reivindica la necesidad del error, e incluso del accidente, en el proceso de aprendizaje de la vida. Eso sí, el error tiene que servirnos para superarnos porque “más grave que equivocarse es no aprender nada de la equivocación”. Hace unos años otro libro, ‘Mis hermanas las santas’, de una periodista norteamericana (Colleen Carroll Campbell), nos descubría, entre otras cosas, que lo que caracteriza a los santos no es su condición de figuras instaladas en un pedestal, sino justo ese sabor intenso a humanidad del que hablaba Bobin en la cita con la que iniciábamos esta reflexión.  

De modo que parece que intuimos, en muchos aspectos de nuestra vida, que en la aspiración a la perfección hay un exceso que puede ser peligroso. El peligro podríamos resumirlo de este modo: la perfección nos coloca ante un ideal - ya sea de cómo debemos ser nosotros, de cómo deben ser los demás, o de cómo debe ser el mundo-  frente al que una y otra vez se estrella nuestra humana debilidad y nuestras muchas limitaciones.

 

Ante la dolorosa constatación de la distancia que separa el cómo somos del cómo deberíamos ser, algunos creen que hay que trabajar sin descanso para perseguir el ideal, porque mañana lograremos lo que no hemos logrado hoy. En última instancia, creen que depende de sus fuerzas: el problema es que no se han esforzado lo suficiente. Otros, en cambio, como Scquizzato, el autor que nos ocupa, saben que hay que paladear el sabor del fracaso, porque sólo de la conciencia de la propia fragilidad puede surgir la posibilidad de superación. Que tiene mucho que ver con la aceptación de que no podemos hacerlo solos, de que necesitamos al otro; y, en última instancia, quizás, también a Dios.

Sólo puede aprender quien sabe que no sabe y, por tanto, busca. Quien cree que sabe, está perdido. Por eso dice Jesús en el Evangelio de Juan: “Yo he venido a este mundo para que los que no ven, vean, y los que ven se queden ciegos”. Esta es una frase muy misteriosa y sorprendente que hay que interpretar desde lo que venimos diciendo. Sólo desde la conciencia de no ver puede hacerse la luz que nos permita ver “de verdad”. Y ese ver ‘de verdad’ es ver nuestras limitaciones y las de los demás. Unas carencias comunes, por cierto, que son la base de nuestra conciencia de hermandad, y de cualquier posible fraternidad.

“La vulnerabilidad de la vida, en su fragilidad que se abre al otro, es el lugar en el que se mueve la ética”, nos explica el filósofo Paul Ricoeur, en una cita recogida en el libro ‘Los besos no dados’. La fragilidad nos hermana en la flaqueza y la necesidad.

La perfección, en cambio, es una tentación porque nos invita a creernos todopoderosos. Y hay que decir que es una tentación que no cae en saco roto. Su principal aliada es nuestro ego. Nuestro ego es la muralla de nuestro castillo interior: nos protege, pero también nos aísla; es la fuente de nuestra autoestima, pero también de nuestro autoengaño; nos convence, zalamero, de lo estupendos que somos, mientras discretamente esconde bajo la alfombra nuestras miserias. Es también el motor de nuestros sueños de perfección, para nosotros y para los demás. Pero como estos sueños tienen un origen tan ciego a una parte de la realidad, suelen ser sueños imaginarios, reconfortantes pero imposibles, que terminan chocando abruptamente con la realidad y frustrándonos.

“Cada vez que permitimos a nuestra mente conducir nuestra vida sin oponerle un límite realista nos exponemos al peligro de volver a encontrarnos en un mundo de ilusiones y desilusiones”, nos explica Michele Moiso, en el libro ‘Escuchar para amar’.

Y ¿qué decir si hablamos de política? Aquí es donde se ve más nítidamente que los sueños de perfección producen monstruos. Los mayores horrores de la historia de la humanidad pueden asociarse justamente con la búsqueda de la perfección en lo social. Con las utopías. Que siempre se basan en una idea particular de lo que es la perfección, y de cómo lograrla. Y que, por consiguiente, nunca se ajustan bien a la complejidad y diversidad real del mundo. Ni a los intereses pobres, egoístas y mundanos de las personas, con los que necesariamente hay que contar. En consecuencia, siempre hay cabezas que guillotinar, herejes a los que quemar o traidores a los que depurar para intentar ajustar el imperfecto mundo real al ideal buscado.

Hay que cambiar radicalmente la sociedad para mejorar a los hombres, nos dicen, y el resultado habitual es un reguero de cadáveres, represión, sufrimiento y pobreza.

Hay otra modalidad de utopistas: los que aspiran a cambiar el mundo cambiando a las personas primero. Hay que decir que no son mucho más realistas. No han leído a Paolo Scquizzato. No entienden que tienen que contar con la debilidad de las personas también. Que nunca desaparecerá, porque viene de fábrica.

El cristianismo, con gran acierto, habla del pecado original, que sólo la redención de Cristo borra. El perdón cura de la culpa, sana el alma y nos ayuda a avanzar, pero no produce hombres perfectos. En el mejor de los casos, sólo hombres y mujeres más felices y quizás un poco mejores. Que no es poco. Seguimos siendo limitados y seguimos fallando, sólo que lo aceptamos.  Y nos levantamos una y otra vez de nuestras caídas y flaquezas. 

Quizás sea el momento de volver a nuestro libro y a la metáfora poderosa con la que arranca: la de la perla. Como ustedes saben, la perla se produce cuando un cuerpo extraño, una impureza, entra en la ostra, lo que provoca que ésta genere una sustancia, la madreperla, que recubre el cuerpo intruso para protegerse. “Si no es herida, la ostra no podrá nunca producir perlas, porque la perla es una herida cicatrizada”, explica nuestro hombre. En el caso de los seres humanos, “la única solución es vendar nuestras heridas con esa sustancia cicatrizante que es el amor: única posibilidad de crecer y de ver las propias impurezas convertirse en perlas”. Las heridas son, sobre todo, una oportunidad.

Gregorio Luri lo explica de un modo más doméstico: “Hacerse adulto es también aprender a querer a alguien que merece ser querido a pesar de sus imperfecciones. Los hijos de una familia normal ven que sus padres se quieren a pesar de que cada uno conoce bien los defectos del otro” (…) “En una familia sensatamente imperfecta quererse es siempre más importante que comprenderse”. Y de ese amor siempre surgen perlas, podríamos añadir nosotros, siguiendo a Scquizzato.

Otra vez el amor: quererse. Pero también dejarse querer. Esto es, exponerse, descubrirse, salir de la zona de protección del propio ego y reconocerse necesitado, que es justamente lo que nunca queremos aceptar. Las lágrimas íntimas como tabla de salvación frente a la tentación de la omnipotencia. “Las lágrimas son el último asentimiento de un ser que finalmente acepta reconocer su humanidad”, nos asegura el filósofo Emmanuel Levinas, citado por nuestro autor. Esas lágrimas, cuando surgen, nos hablan de un hombre que ha visto al fin que su realidad estaba dramáticamente lejos de su idealizada imagen de sí mismo. Es una experiencia dolorosa, pero esas lágrimas -que son privadas y que no se vierten en público- pueden ser el inicio de una limpieza, de una depuración de la que surja algo nuevo.

El cantautor Leonard Cohen lo explica de otro modo en su canción “Himno”, incluida en su disco ‘El futuro’: “Toca las campanas que aún puedan sonar / olvida tu ofrenda perfecta / Hay una grieta en todas las cosas / Así es como la luz entra”.

Sin grietas no entra la luz. Olvídate de fingir una perfección que no tienes y que no sirve más que para encerrarte en una absoluta oscuridad. Disfruta de hacer lo que sí puedes hacer (esas campanas que aún pueden sonar). Construye desde lo que hay, desde lo que te queda una vez que te has desnudado de ilusiones.

Paolo Scquizzato completa la reflexión de un modo que ya apunta decididamente hacia Dios: “El obstáculo es la condición para que la luz pueda manifestarse (…) el pecado es la condición para que Dios pueda revelarse en relación conmigo, porque es misericordia”. Y más adelante: “Cada vez que nuestra historia conozca el infierno, aquel momento será también el único en que podremos hacer experiencia de Dios”. Qué gran paradoja: nuestro infierno personal -y sólo él- puede ser la puerta que nos abra al cielo de Dios. Si queremos abrirla, por supuesto.

Porque nuestra humanidad está ahí, en nuestros límites. Como muy bien entendieron los griegos, que nos advertían contra la hybris, contra la desmesura. Y la desmesura no es otra cosa que no reconocer límites. Los psicoanalistas hablan de la falta, que viene a ser lo mismo, la conciencia de que no somos los seres completos y omnipotentes que soñamos o querríamos ser.

Gregorio Luri ilustra esto con una hermosa historia de un monje zen en Japón que cuidaba su jardín minimalista con una meticulosidad tan perfeccionista que siempre dejaba caer alguna hoja seca al final sobre la gravilla recién labrada “porque creía que una perfección sin ninguna tacha no era una perfección humana”.

Es la falta la que nos hace hombres. Nuestros límites. Hoy, en cambio, nuestra cultura social está instalada en la desmesura. Nuestro mundo busca hacernos creer que podemos con todo, y que podemos todo. Podemos decidir sobre lo que es y no es. Podemos soñar con una inmortalidad científica. Podemos vencer a la vejez. Podemos decidir sobre la vida y la muerte, si nos viene bien. Podemos disfrutar de una libertad sin ataduras, y no depender de los demás para nada, porque papá Estado se ocupa. Y si no lo hace, porque tampoco el Estado es suficientemente perfecto, nos gustaría que lo fuera, para que nos liberara de la obligación moral de atender a los demás. Es el sueño de la independencia total, de la autonomía total, que es otra forma de llamar también al sueño adolescente de la omnipotencia.

Un documental reciente nos explica adónde conduce ese sueño cuando se logra hacer realidad: ‘La teoría sueca del amor’ nos explica que el ideal de la independencia lleva a no entender que la esencia de la vida está justamente en lo contrario, en el contacto con los otros, en la interdependencia. Y el resultado de ese error, alimentado desde el Estado sueco durante décadas, es una sociedad marcada por una pavorosa soledad, y una fría y gélida frialdad emocional. Una sociedad en la que la mitad de las personas viven solas, donde el Estado tiene una unidad específica para buscar familiares a los que fallecen en sus casas sin que nadie se entere, y donde surgen grupos de personas que se reúnen en los bosques para tocarse, acariciarse y mirarse a los ojos. Una sociedad, en fin, donde las mujeres encargan semen por internet para poder tener hijos sin someterse al engorroso trámite de conocer varón.

En el momento de escribir esto, aún pensábamos que ese panorama nos quedaba todavía lejos. Pero hoy mismo el telediario nos ha revelado que no. Hoy hemos sabido que ha sido descubierto el cadáver de una persona que llevaba cuatro años fallecida en su vivienda, sin que nadie de su entorno se percatara. Nosotros, tan mediterráneos, nos acercamos a galope tendido a la Suecia real. .

Todo nos invita a creernos fuertes e ilimitados, pero Scquizzato, con Jesús de la mano, nos recuerda, que el verdadero camino es el de la fragilidad. “Cuando soy débil, entonces soy fuerte”, nos explica San Pablo en su segunda carta a los Corintios. Otra de esas paradojas luminosas que abundan en la Biblia y que tanto desconciertan a quienes no terminan de entender que la verdad más profunda es siempre la de la poesía, porque es la que nos desvela los sentidos que se agazapan tras las falsas evidencias.

El libro que nos ocupa lo explica: “Hemos hecho del cristianismo la religión de ‘tender al perfeccionismo moral’ -confundiéndolo con la santidad”, sin embargo, “la salvación para nosotros no llegará cuando hayamos vencido nuestras miserias, sino cuando comencemos a vivir en la verdad de nosotros mismos, es decir, aceptándonos con nuestras fragilidades. Nosotros somos nuestras imperfecciones, nuestras heridas, nuestros pecados”, asegura Scquizzato. Ellas, nuestras fragilidades, son justo las que pueden hacer posible que bajemos nuestras defensas, nuestros muros protectores, y que, por las grietas de nuestro dolor, desconcierto e impotencia, se abra la posibilidad de que entre la alguna luz en nuestras vidas. Quizás incluso la luz de Dios.

No para arreglar nuestros defectos de fábrica, no para corregir nuestras insuficiencias, sino para que aprendamos a vivir con ellas y seamos capaces de dar lo mejor de nosotros mismos desde ellas. “El Dios que se hizo cercano -explica Paolo Scquizzato- no vino a quitarnos la insuficiencia, la fragilidad, el límite, sino a liberarnos del miedo que todo esto causa en nosotros, para que no seamos aplastados bajo este peso terrible”. Por eso, todo lo que la Biblia nos cuenta, lo hace desde la realidad de personas pecadoras, limitadas e imperfectas, desde Caín a Abraham, Moisés, Rut o Gedeón.

Pero no estamos acostumbrados a verlo así: “El riesgo de los cristianos”, nos explica de nuevo Scquizzato, “es leer la Biblia de manera épica, en la que el héroe, al final, siempre vence. Pero la revelación bíblica no nos enseña esto (…) Mientras pensemos que mañana irá mejor porque nos esforzaremos un poco más, la gracia no podrá alcanzarnos, porque huimos del momento presente refugiándonos en los buenos propósitos, en el empeño”. El teólogo protestante Dietrich Bonhoeffer lo explica con rotundidad en una cita recogida en el libro que nos ocupa: “Donde el corazón del hombre está destrozado, allí penetra Dios. Donde el hombre quiere ser grande, Dios no quiere estar”. Seguramente sea difícil de entender si no se ha experimentado personalmente, pero quien ha tenido la paradójica suerte de vivir ese desgarro sabe la dulce verdad que revela una frase de apariencia tan extraordinariamente amarga.

Quizás, después de todo, el más fuerte es el que es consciente de su debilidad; el más sabio es el que conoce lo que ignora; el más autónomo, el que sabe que necesita de los demás, pero que la Biblia no le exime de quererse también a sí mismo, al menos tanto como a los otros, por darle la vuelta al mandamiento; y quizás el más capaz de amar sea el que sabe que a veces le pueden sus egoísmos y sus temores y, por eso mismo, entiende que a los demás también les pasa. Quizás el único modo de relacionarse con Dios sea ofrecerle nuestros defectos, no nuestras virtudes. Quizás, en fin, no haya otro modo de avanzar hacia el sensato auto perfeccionamiento que reconciliarnos con nuestras miserias y tirar a la basura nuestros sueños de una perfección imaginaria, irreal, imposible y destructiva.

 

Conferencia pronunciada en la Librería Paulinas de Valladolid el 23 de noviembre de 2017

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