Sábado, 14 de diciembre de 2019

Religión en Libertad

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Ya son 1.901 mártires de la persecución religiosa

Domingo XXXII del T.O (B) y pincelada martirial

por Victor in vínculis

Se cumplen hoy cien años. El 11 de noviembre de 1918 es una fecha señalada para la humanidad. Marca el fin de la Primera Guerra Mundial. Sin embargo, antes de que Francia se llamara Francia, dicha fecha figuraba ya en el calendario cristiano. En Tours se conmemoraba la fiesta solemne de San Martín. Si hacemos un recorrido histórico de su vida, encontraremos en Martín a un hombre sorprendente, a veces paradójico. Su fecunda labor superó cuanto él hubiera podido esperar. Martín, a pesar de haber querido ser ermitaño, huir del mundo y practicar la ascesis, estuvo constantemente rodeado de gente, tanto durante su vida como después de su muerte. Su popularidad fue extraordinaria, a pesar suyo, pues anhelaba pasar desapercibido. Después de las tres grandes peregrinaciones de la Cristiandad, Jerusalén, Roma y, más tarde, Santiago de Compostela, cobra gran importancia ir al sepulcro de San Martín, en Tours, peregrinando1

Todos conocemos el hecho célebre de la vida de San Martín, que tuvo lugar el día en que, siendo todavía soldado, encontró a un pobre, desnudo y temblando de frío. Martín cogió su capa, la partió en dos y con una de las partes cubrió al desgraciado. Es exactamente lo que dice el Evangelio según San Mateo: “Estaba desnudo y me vestisteis” (Mt 25, 36). Al dar al pobre de Amiens la mitad de su capa, Martín tradujo mediante un gesto concreto las palabras de Jesús que anuncian el Juicio universal, cuando, en presencia del Hijo del hombre se reunirán todas las naciones2.

Lo hemos escuchado también en la segunda lectura cuando el autor de Hebreos afirma que ya no habrá otro destino, otra muerte, sino el juicio, encontrarnos con Cristo. Él se ofrece de forma perfecta una sola vez para quitar nuestros pecados, y nosotros nos presentaremos delante de Él.

Al contemplar la vida de San Martín de Tours, y sobre todo su ardor en la práctica del amor al prójimo, la Iglesia llegó inmediatamente a la convicción de que Martín de Tours se encontraba dentro del número de los elegidos. Evangelizador de las aldeas y de los campos, Martín fue un fundador cuya obra subsiste en nuestros días como un llamamiento a extender el Evangelio hasta los confines de la tierra3.

La construcción de la Iglesia continúa. Y a nosotros se nos pide que animemos nuestras parroquias y nuestras comunidades con toda la fuerza de la esperanza. Es necesario que nos preguntemos cómo podemos, como comunidad cristiana, promover y defender los valores evangélicos en un mundo que con frecuencia los desconoce. Tenemos que dejarnos tomar por la Palabra de Cristo, ponerla en práctica en la vida cada día; escuchar la palabra que transmite la Iglesia de parte del Señor, saber comprenderla y transmitirla claramente. Es necesario que nos hagamos esta pregunta, porque es preciso que la Palabra de Dios, la Verdad, se difunda por medio nuestro.

Afirma San Agustín4 refiriéndose al evangelio que acabamos de escuchar:

Ignoro si puede encontrarse alguien a quien hayan aprovechado las riquezas. Quizás se diga: ¿No fueron de provecho para quienes usaron bien de ellas alimentando a los hambrientos, vistiendo a los desnudos, hospedando a los peregrinos o redimiendo a los cautivos? Todo el que obra así lo hace para que no le perjudiquen estas riquezas. Pero, ¿qué sucedería si no poseyese esas riquezas con las que hacer misericordia siendo tal que se hallase en disposición de hacerla si se hallase en posesión de ellas? El Señor no se fija en si las riquezas son grandes, sino en la piedad de la voluntad. ¿Acaso eran ricos los apóstoles? Abandonaron solamente unas redes y una barquichuela y siguieron al Señor. Mucho abandonó quien se despojó de la esperanza del siglo, como aquella viuda, que depositó dos monedas en el cepillo del templo. Y según el Señor nadie dio más que ella.

A pesar de que muchos ofrecieron mayor cantidad, ninguno, sin embargo, dio tanto como ella en ofrenda a Dios, es decir, en el cepillo del templo. Muchos ricos echaban en abundancia, y Él los contemplaba, pero no porque echaban mucho.

El evangelio acaba de decirnos cuál es la actitud que nosotros debemos rehuir: nada de pretender ser vistos por los otros para que nos alaben, nada de buscar asientos de honor y reconocimientos estériles. Sólo aquel que, al verla, no miró si la mano estaba llena o no, sino el corazón, es el que nos da esta lección: la actitud con la que nosotros tenemos que obrar en caridad. El Señor observa a aquella mujer, pregona su acción, y -sigue diciendo San Agustín- proclamó que nadie había dado tanto como ella, nadie dio tanto como la que no reservó nada para sí.

Das poco porque tienes poco; pero si tuvieras más, darías más. Pero ¿acaso por dar poco, a causa de tu pobreza, te encontrarás con menos o recibirás menos porque menos diste? Si se examinan las cosas que se dan, unas son grandes, otras son pequeñas; unas son abundantes, otras escasas. Si, en cambio, se escudriñan los corazones de quienes dan, hallarás con frecuencia en quienes dan mucho un corazón tacaño, y en quienes dan poco un corazón generoso. Tú miras a lo mucho dado y no a cuánto se reservó para sí aquel que tanto dio.

Nos empeñamos en alabar la actitud de aquel que tiene mucho, porque teniendo mucho pensamos que va a hacer mucho por los otros. Y a lo mejor es cierto que hace, pero cuánto reserva para su corazón de una manera cerrada y tacaña, sin repartir con generosidad. Esto es lo que juzga el Señor, porque esto es lo que nos juzga a nosotros mismos: la dureza de nuestro corazón, el no querer repartir con los demás o el hacerlo cuando somos vistos para que nos alaben, el que se sepa quién es el que da tal cantidad de dinero para ayudar a la Iglesia, o el que hace tal obra en beneficio de un hermano. Dice el Señor: Que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha. Y termina afirmando San Agustín en este Sermón al comentar el evangelio de este día: Lo que consigues con tu donación es que no te perjudiquen tus riquezas, no que te aprovechen. Cuando haces una obra de caridad lo que tienes que buscar es el beneficio de esa obra de caridad: que está cambiando tu corazón, porque te está acercando a Cristo para ser cada vez más como Él. Porque si fueres pobre y, desde tu pobreza dieses, aunque fuera poco, se te imputaría tanto como al rico que da en abundancia, o quizá más, como a aquella mujer.

El Evangelio es camino que lleva a Cristo. Martín de Tours así lo entendió. Tomó el testigo del obispo Hilario de Poitiers y junto con él empezó grandes obras que comenzaron a cambiar la Iglesia en Francia realizando una evangelización en el nombre de Cristo. No podemos fijarnos sólo en una obra de caridad que hace este gran santo. Hemos de mirar un espíritu que se va transformando cuando se vive el Evangelio, cuando se vive en Cristo.

Cuando hablamos de la caridad, no debemos referirnos solamente al campo de lo material y de lo económico. Hablamos de generosidad en todo lo humano. Y tenemos que cambiar en nuestro perdón, en la comprensión, en la ayuda para infundir esperanza y optimismo o consuelo en los otros, en los que están tristes y solos, en los que no tienen en qué apoyarse. Y nosotros tenemos el Evangelio para ofrecérselo.

Tenemos que distinguir bien entre dar y darse. Podemos dar mucho y, como nos ha indicado San Agustín, que nuestro corazón se quede frío al dar porque creemos que con eso dejamos tranquila nuestra conciencia. El cristiano tiene que distinguir entre el dar y el darse. Por eso lo de menos es la cantidad con la que se ayuda; lo que importa es la intención del acto de caridad, que es necesario hacer. Estuve enfermo..., estuve en la cárcel... Te necesité, dice Jesús, y me ayudaste o no me ayudaste. Este será nuestro juicio: sobre cómo hayamos tratado a Cristo en los hermanos, en los sacramentos. No pensemos que sólo el altruismo, como muchas veces se nos quiere hacer entender, la simple función solidaria de ayudar al otro, es suficiente. Nosotros nos entregamos a nuestros hermanos por amor a Cristo. Pero primero hemos tenido que venir a saciarnos a esta mesa, a este altar, a la Eucaristía, a recibir el Cuerpo del Señor. Cuando muchas veces pensamos sacar fuerzas de donde no las tenemos, no nos engañemos: si las sacamos es porque hemos estado recibiendo al Señor, porque hemos venido a pedirle perdón para que Él renueve su gracia en nosotros, porque le necesitamos. Y desde ahí sí, desde ahí se construye la verdadera caridad. Y entonces se busca dinero donde sea para ayudar a los hermanos. Pero porque hay una convicción de que este hermano, que es de Cristo, nos pertenece y tenemos que ayudarle.

Cristo, el Señor, inicia su entrega generosa por nosotros en esa medida tan grande que es la Cruz; en cada caída, en cada herida que abre por nosotros. No es un relato ya pasado, algo que a veces nos conmueve las entrañas al ver lo que el Señor ha hecho. Esa es la entrega generosa que el Señor nos enseña a realizar a lo largo de toda su vida terrena. Y nos pide que le imitemos. Si nos cansamos, Él será nuestro apoyo, nuestro cirineo para llevar la cruz. Estará cerca, a nuestro lado. Él culmina su vida sacrificándose en la cruz, como se nos recuerda en la segunda lectura.

Cristo en la Eucaristía, en el sacrificio de la Santa Misa, es el Pan que nos comunica la vida, es el Pan que nos abre la inteligencia para saber por dónde debemos caminar. No lo olvidemos: no sólo es hacer un acto por el otro para quedarnos bien. Es necesario que sea el Cuerpo Místico de Cristo quien se enriquezca, que respondamos con amor al Señor, que está pidiendo de nosotros no unas monedas, sino una actitud recia, cristiana, fiel.

María Santísima nos enseña a vivir todo esto, esta Palabra que el Señor nos ofrece. Cuando nosotros vivimos en Cristo, todo lo hacemos por Él. Cuando nosotros, como María, nos entregamos en fidelidad, los criterios son los de este evangelio: hacer siempre la voluntad de Dios, como Cristo nos enseña.

PINCELADA MARTIRIAL

Ayer se llegaba a la cifra de 1.891 mártires con la beatificación vivida en la Sagrada Familia. Días antes el Papa Francisco firmaba el decreto de martirio de diez nuevos mártires (9 estudiantes del Seminario de Oviedo -el mayor tenía 25 años y el más joven 18 y que murieron entre 1934 y 1937; y un médico asesinado en 1936). De modo que ya son 1.901 mártires de la persecución religiosa… ¡pronto se llegará a los dos mil!

Mariano Mullerat Soldevila, médico de Arbeca (Lérida), de una gran caridad, padre modélico de familia, un gran cristiano y apóstol de la Federación de Jóvenes Cristianos de Cataluña (FJC). Fue detenido en su mismo pueblo. El 13 de agosto del 1936, junto con otros cinco arbequinenses, el comité rojo los hizo subir a un camión camino del martirio.

Inesperadamente una madre de familia con grandes gritos y lloros se acercó al camión y pidió a los del comité que diese libertad al doctor Mullerat para visitar a un hijo suyo que estaba gravemente enfermo. El comité creyó que era una estratagema y la sacó con malas maneras de allí. Entonces el doctor Mullerat, que conocía aquella familia, con una gran serenidad, desde el camión, se dirigió a aquella madre angustiada y le dijo: “No llores. Tu hijo no morirá”. Se sacó una libreta y escribió una receta. “Dale este medicamento a tu hijo -dijo el médico- y reza, que Dios te ayudará.”

Pasadas una horas, mientras el doctor Mullerat y sus paisanos de Arbeca eran asesinados y sus restos quemados, en un hogar humilde, un jovencito recobraba la salud y era testigo de que Dios bendice a los pueblos mediante los mártires de la Fe.

 

1 RÉGINE PERNOUD, San Martín de Tours, página 9 (Madrid, 1998).

2 San JUAN PABLO II, Homilía con ocasión del XVI aniversario de la muerte de San Martín, en Tours (21-9-1996).

3 Ib.

4 SAN AGUSTÍN, Sermón 105 A, 1.

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