Martes, 15 de octubre de 2019

Religión en Libertad

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De la ley que prohibirá a un hijo visitar a su padre en la cárcel

por En cuerpo y alma


 
 
            Entre las más de doscientas medidas que la nueva ley de tratamiento de la violencia machista prevé, -muchas de las cuales, me temo, en la frontera, y hasta extramuros, de la constitucionalidad-, una llama poderosamente la atención: la prohibición al condenado por malos tratos de recibir la visita de sus hijos, medida absolutamente novedosa en el derecho penal español que plantea no escasos problemas.
 
            El primero de ellos, el siguiente: ¿por qué los maltratadores y no, por ejemplo, los asesinos en serie o simplemente los asesinos, los parricidas en general, los terroristas, los secuestradores, los torturadores, los pederastas o los corruptos? Maltratar mujeres (como maltratar hombres) es una conducta horrible, merecedora del rotundo rechazo social y hasta de castigo penal, pero no es peor que muchas otras conductas que castiga el Código Penal. ¿Hemos de recordar aquí que el mismísimo papa San Juan Pablo II visitó al que quiso convertirse en su asesino y que aquello pareció entonces el mejor ejemplo de perdón, reconciliación y generosidad? ¿Por qué un papa tiene que perdonar a su asesino y un hijo no puede perdonar a su padre? ¿Tanto ha cambiado el mundo?
 
            Segundo, el derecho de visitas que tiene un preso lo es del preso, cómo dudarlo, pero lo es más, si cabe, de sus familiares, de quienes quieren ir a visitarlo. Si ya es un disparate contra el derecho natural y contra la compasión humana privar a un preso de recibir visitas, -algo que no se ha negado ni a los más malvados carniceros en los años de plomo del terrorismo etarra-, más aún lo es todavía privarles del derecho de hacerlas a sus familiares, a sus hijos, que nada han hecho de reprobable. Un derecho que, como todos los derechos, es sólo eso, un derecho y no un deber, una potestad y no una obligación. Trasladado al caso que nos ocupa aquí, privar a un hijo de ver a su padre, por muy maltratador que éste sea, no supone relevarle de una obligación, la de hacer esa visita, que en modo ninguno tiene. Y sí, por el contrario, privarle, impedirle, prohibirle hacerlo si, por la razón que sea, -puede que incluso con el conocimiento, consentimiento y hasta el beneplácito de la propia madre agredida (o sin él, lo mismo me da)-, ése fuera su deseo.
 
            Tercero: ¿por qué se priva al hombre que maltrata a una mujer de recibir las visitas de sus hijos, pero cuando es la mujer la que maltrata a un hombre no recibe la misma represalia1, y digo bien, represalia, porque todo esto va camino de parecer cada vez más una represalia? Mejor dicho todavía, o dicho como realmente es: ¿por qué la ley priva a un hijo, le impide, le prohíbe, del derecho inalienable de ir a ver a su padre a la cárcel, pero no lo hace si la maltratadora es su madre, y antes al contrario, más bien le anima a hacerlo?
 
            Y por último, a cuántos dentro del espíritu obtuso y torticero que inspira el pensamiento de la ideología de género, puedan creerse o difundir que el que consagra la presente ley es un nuevo avance en los derechos de las mujeres, les recuerdo que una de cada dos personas a las que la misma quiere privar del derecho de visitar a su padre en la cárcel es, precisamente, eso, una mujer.

            Cada día más claro que la imposición express de todos y cada uno de los postulados de la ideología de género en España, -una imposición en la que, por desgracia, no existe el menor debate ni discrepancia y en el que están de acuerdo todos, absolutamente todos los partidos del arco parlamentario español sin excepción-, no se detiene ni ante el estado de derecho, ni ante la Constitución, ni ante las grandes declaraciones de derechos humanos, ni ante ninguno de los grandes logros del derecho general y del derecho penal en particular a lo largo de más de veinte siglos de historia del derecho, ni ante los más elementales principios de la compasión.
 
            La nueva ley de violencia de género que el Parlamento español se dispone a aprobar con nulo debate y menor disidencia, es sólo un paso más en el camino hacia el definitivo entierro de principios tan avanzados (y que equivocadamente, a lo que se ve, creíamos ya intocables) como la igualdad de todos los seres humanos, el habeas corpus, la presunción de inocencia, la compasión al delincuente expresada en el famoso adagio “odia el delito pero ama al delincuente”, la pena como instrumento para la rehabilitación y tantos y tantos otros…

            Y todo ello, -grande, Señor, grande-, sin la menor disidencia, sin la menor discrepancia... Trescientos cincuenta diputados en el Congreso español… ¡¡¡y ni uno solo para recordar a sus señorías principios tan sagrados!!! Qué poco dice eso de nuestra "democracia", más inmadura, más infantil, cuanto más vieja es.

            Y bien amigos, que hagan Vds. mucho bien y que no reciban menos. Les sigo esperando aquí.

 
            1 (porque no olvide Vd. amigo lector, que en uno de cada siete casos de violencia de género, la víctima no es una mujer sino un hombre)
 

 
            ©L.A.
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