Martes, 25 de junio de 2019

Religión en Libertad

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La Iglesia como comunidad/comunión de los santos (II)

por Corazón Eucarístico de Jesús

La vinculación de unos con otros, sobrenatural y por gracia, mediante el Espíritu Santo que forma a la Iglesia como Comunión de los santos, mutuamente nos enriquece. Es de todos lo que cada uno aporta u ofrece, lo que cada uno es, fecundando así la Comunión.
 
Los lazos reales en el Cuerpo místico del Señor forman una red invisible y extensa de puntos de contacto, donde fluyen y confluyen virtudes, oraciones, méritos y sacrificios, llegando allí donde ni soñamos, llegando a quien ni conocemos pero que nos necesita. Cada uno a su vez es sostenido por los demás, con una eficacia sobrenatural impensable.
 
Nos necesitamos todos y nos pertenecemos unos a otros. Nada es exclusivo de nadie, sino que todo está a disposición permanente de los demás en este Cuerpo del Señor. Es la solidaridad de los redimidos en la santa Comunidad, la Iglesia.
 
"En lo más íntimo de sí, si el hombre es una sola cosa con los demás, de tal modo que la culpa ajena se convierte en propia, así también la expiación de un hombre que puede alcanzar a los demás. El Hijo de Dios se hizo hombre y cargó sobre sí la culpa de la raza humana. Ésta no es una frase vacía o simplemente un pensamiento hermoso. Getsemaní muestra que esa frase expresa una realidad de lo más tremenda, una experiencia de lo más impresionante. Jesús intercedió en favor de nosotros, y, de este modo, hizo que su sufrimiento pasara a ser patrimonio nuestro. Él nos ha redimido, no sólo por su ejemplo, su doctrina y su enseñanza -todo esto pasa a un segundo plano-, sino por la expiación reparadora vicaria con la que intercedió ante Dios por nosotros. Tan grande es la comunidad objetiva de la expiación, que un niño renace a una nueva existencia y a una nueva vida. Gracias a la eficacia salvífica, sin que esa criatura ponga algo de sí.
 
Tenemos la comunidad de los renacidos a la vida nueva, es decir, la comunidad de los santos. La gracia de Cristo, como un único torrente de vida, impregna a todos. Todos viven a partir de su misma figura operante. En todos obra precisamente el Espíritu Santo. Cada uno recibe la gracia no sólo para sí, sino también para los demás, y la derrama a raudales por medio de cada palabra, de cada encuentro, de cada buen pensamiento, de cada buena acción realizada con amor. Todo fortalecimiento en la gracia, en virtud de una mayor fidelidad, profundización y crecimiento interior, robustece también esta difusión de la gracia entre los demás. Cuando alguien crece en el conocimiento y en el amor, también, produce su efecto sobre los otros, no sólo por la palabra, la escritura y el ejemplo visible, sino, inmediata y esencialmente.
 
La oración de los otros me pertenece también a mí, así como sus trabajos, su progreso, su honestidad. Si encontráramos un hombre puro e íntegro, un hombre que estuviera unido a Dios y en el que la vida brillara con toda naturalidad, ¿brotaría en nosotros el deseo de decirle: 'yo quiero participar en ti'? Esto acontece realmente aquí. No se puede expresar con palabras, porque es algo muy grande y profundo pensar que yo debo participar en todo lo que los otros atesoran con pureza en la plenitud sobrenatural de la vida; y que en la unidad del Cuerpo de Cristo eso me pertenece también.
 
¿Han pensado alguna vez en la comunidad que se constituye por el sufrimiento? ¿Cómo de un hombre a otro no sólo se comunica la fuerza del ejemplo y de la palabra, y no sólo se transmite la gracia desbordante, la eficacia de la oración de intercesión ante Dios, sino también el poder del sufrimiento? Es algo muy profundo saber que cuando uno ofrece por los demás su sufrimiento a Dios, en comunión con el sufrimiento de Cristo, dicho sufrimiento se convierte para cada uno en una fuerza viva, bendita y redentora; ayuda donde y cuando ya nada puede ayudar, superando todo aislamiento y todo obstáculo.
 
Ninguno de nosotros sabe cuán profundamente vive a partir de la fuerza de la gracia que fluye hacia él por medio de los demás, así como también vive de la oración secreta del corazón pacífico, de la ofrenda expiatoria de personas desconocidas, de la reparación vicaria de quienes se ofrecen silenciosamente por sus hermanos. Así es una comunidad configurada por las fuerzas más profundas que podamos imaginar. Estas fuerzas permanecen calladas, no se hacen sentir, porque no es lo bullicioso lo que obra en esencia. Pero nada las detiene, porque actúan desde Dios.
 
Esta comunidad trasciende todas las limitaciones de espacio y de lugar, no conoce de lejanías ni de distancias, abarca a todos los países y de todos los pueblos. También trasciende las barreras del tiempo, porque el pasado está activo en ella, como si fuera el presente. A partir de esto, la Tradición, a menudo tan superficialmente considerada, se convierte en algo viviente. Esta comunidad desborda los límites de este mundo, ya que todos están incluidos en ella, incluso los que viven en estado de gloria en el cielo, es decir, los perfectos...
 
Esta comunidad [la de la Trinidad] es infinita. Es vida infinita, un poseer infinito ofrecido en una comunidad plena y perfecta. Todo es poseído en común: la vida, la savia nutricia, la verdad, la felicidad, todo..., hasta el punto en que ya no es más un poseer el mismo patrimonio, sino un ser dotado de la misma vida, en cuanto la comunidad es identidad de una misma naturaleza y esencia.
 
Esta comunidad se realiza también en la Iglesia. ¿Qué es entonces lo que en ella tenemos en común, qué es esa totalidad que recibimos y que damos? No es otra cosa que la vida infinita de Dios en la que "participamos" por el misterio de la Redención y que siempre fluye hacia nosotros en el misterio sacramental de la Comunión. Él está enmí, en ti y en todos nosotros. Todos hemos renacido del Padre, en Cristo, por el Espíritu santo. Él está en nosotros y nosotros en él" (Guardini, R., El sentido de la Iglesia, Buenos Aires 2010, pp. 84-87).
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