Domingo, 26 de mayo de 2019

Religión en Libertad

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La oración en la vida, la vida en la oración

por Corazón Eucarístico de Jesús

La oración, cuando es verdadera, incide en la vida con la fuerza del Espíritu Santo. Lo sabemos. Pero no incide al modo pelagiano, gracias a nuestros esfuerzos y propósitos extraídos a duras penas en cada rato de oración. Incide como cualquier relación personal modifica al amante, incide como los encuentros con Cristo fueron transformando a quienes se pusieron ante Él en conversación.
 
La oración jamás es un paréntesis de relajación en la vida, un aislamiento para olvidar, "desconectar" de todo, sino para que la vida sea una ofrenda, y se ore la vida misma pasándola ante el Señor para que Él la purifique, la ilumine, la discierna, la acepte.
 
Y la vida misma, con sus movimientos, su consolación y desolación, es un lenguaje interior delicadísimo del Espíritu Santo que hemos de saber interpretar y discernir. En cierto modo, aquello de "los signos de los tiempos", se aplica a lo que sentimos, pensamos, experimentamos, ya que son lenguajes divinos para conducirnos. Esto se llama, técnicamente, "mociones".
 
Veamos más extensamente esta teología de la oración en este punto concreto.
 
"En el camino que se dirige a Cristo y que es Cristo, el Espíritu mismo nos conduce. Así, una vez conocida la verdad de la oración, ya no hay otra regla en ella que la de dejarse conducir por el Espíritu. Lo que se traduce por dos consejos: en la oración, gustad las cosas de manera interior y permaneced allí donde halléis fruto. La oración no tiene por objetivo cumplir un programa fijado de antemano ni abarcar el máximo posible de materia. Aunque es bueno haber preparado la oración, haber previsto su contenido y su desarrollo (es lo que hace la liturgia con sus esquemas fijos), también conviene no preocuparse de nada más que lo que se contempla o considera, porque las cosas contempladas o consideradas se despliegan en el espíritu encarnado del hombre según lo que son y según lo que le convienen. De ahí el doble criterio del gusto y del fruto.
 
El gusto, en efecto, no es "lo que esto me dice" (este criterio sería simple e incluso burdamente subjetivo),e s el gusto de las cosas mismas proveniente de lo que ellas despliegan en mí según lo que ellas son. Naturalmente que entre lo que ellas son y lo que yo puedo conocer de ellas, hay una diferencia: saco fruto de las cosas contempladas o consideradas según mi apertura a la gracia y según lo que yo busque. Y porque Dios se adapta tanto a mi apertura como a mi búsqueda, un criterio será la acción propia del Espíritu Santo (entonces un criterio objetivo) de permanecer allí donde encuentro fruto.
 
Este criterio doble de la acción propia del Espíritu Santo supone dos cosas: por una parte que Dios se comunica libre e inmediatamente al espíritu encarnado que Él ha creado y por otra parte que en la comunicación de sí mismo se adapta a su criatura para adaptarlo a Él.
 
En el gusto espiritual, la criatura está inmediatamente con su Creador y Señor. Sin duda, lo está de ordinario por medio de imágenes (por ejemplo, para imaginarse el lugar y los personajes de una escena evangélica), de representaciones, de deseos, etc., que surgen en la oración. Por tanto, ninguno de estos medios nos hará gustar a Dios (su presencia, su acción, su amor), si a través de ellos Dios no se comunica inmediatamente a su criatura. (En este sentido, el universo creado y la historia santa son de estructura sacramental). Lo que causa el gusto es esta comunicación inmediata de Dios: Dios se hace conocer a sí mismo por sí mismo al hombre. Es la fuente de la oración como es la razón misma del acto de fe (¿quién se extrañará de esto?). Esta comunicación inmediata es lo propio de Dios y toca al espíritu encarnado mismo en su unidad original, no en su dualismo provocado por el pecado (donde espíritu y carne se oponen): el espíritu encarnado que conoce así a Dios, lo toca, lo siente, lo gusta, lo ve, lo escucha con sus sentidos  espirituales que son también corporales. Correlativamente Dios dispone con una libertad soberana de su criatura entera para la misión que Él le confía. Con la libertad del Resucitado la ha configurado con el Hijo que envió en la condición de nuestra carne de pecado en sacrificio por el pecado. Es tan cierta que esta acción de Dios en su criatura tiene su arquetipo en la acción del Padre en el Hijo único encarnado, es decir, en el envío del Hijo por el Padre...
 
Es ya un signo de misericordia estar ante Él. No podría estar en su presencia si Dios que me ha dado a mí mismo no me perdonara. De una manera que sigue velada para nosotros, este acto tan sencillo está envuelto por la misericordia que cubre a la Inmaculada. También el hombre que se deja tocar por esta misericordia puede ya recibir la paz que Dios le ofrece, como la ofreció a la Virgen María por el ángel. No hay oración sin esta paz y esta humildad en la que se ejerce y se dilata la generosidad del espíritu humano.
 
Delante de Dios que avanza hacia él con tal benevolencia misericordiosa, el hombre no tiene que doblar la cabeza como un esclavo que sólo tuviera que obedecer sin comprender. Dios le ha tocado el corazón. Y es el corazón lo que el hombre debe entregar a su Dios. Es, a la vez, invitado a responder a Dios y requerido para hacerlo. "¿Cómo será esto?", pregunta María. La pregunta muestra que ella ha recibido la paz. La muestra también humilde. La suficiencia consistiría en creer que el designio de Dios es tan elevado que el hombre no puede comprender nada de él. En realidad, si Dios habla, es porque María es capaz de comprenderlo. Es natural responderle preguntándole. Es así -y no de otra forma- como la Palabra de Dios se encarna ya. Es así como el sí de María, que es por completo de Dios, es también por completo de ella.
 
No más que María, el hombre puede honrar al Dios que viene hacia él poniendo a su servicio el ser de espíritu que ha recibido de él. Debe ordenarlo para este servicio. Debe, en efecto, reconocer el fin para el que ha sido hecho, que es alabar, venerar y servir a Dios, y utilizar el resto de la creación en vistas a este fin y según la medida en que le conduce a él. Tiene así la medida de las cosas. Pero sólo puede usar de ellas con buen propósito si no se impone a las cosas, sino contemplándolas y desde entonces recibiéndolas de Dios. Para esto es indispensable, cuando aprecia las cosas, no inclinar la balanza del lado de sus preferencias, sino permanecer en equilibrio de manera que siga la preferencia de Dios. Puede entonces escoger únicamente lo que más convenga al fin para el que ha sido creado, la mayor gloria de Dios. Esta disposición, que Ignacio de Loyola llama indiferencia, es la disponibilidad mariana. Es en virtud de esta disponibilidad como la santa Virgen planteó la pregunta: "¿Cómo será esto?"
 
En razón de su total disponibilidad, María recibió enteramente la paz dada por el Ángel. Para hablar como san Pablo (y san Ignacio de Loyola), ella se dejó consolar por Dios. También su pregunta no sólo es clara, sino también única. No se plantean otras preguntas para presentar sólo la cuestión que quiere plantear. Nada de tanteamientos, de ensayos, de dudas. Estando en la paz, María no se pregunta: ¿cómo es que Dios me pide lo justo? ¿He comprendido bien? ¿Qué debo responderle? ¿Es esto? ¿Es aquello? Comprendió, y Dios no necesitó preámbulos. Antes de hacernos disponibles, de ordinario empleamos tiempo para recibir la paz, que Dios nos ha donado viniendo a nosotros. Debemos aprender a dejarnos consolar por Dios y por su buen espíritu, distinguiendo su consolación de la desolación (o de la falsa consolación) que insinúa en nuestro corazón el mal espíritu. Aprendiendo a distinguir la consolación de la desolación, aprendemos también a reconocer la voluntad de Dios, porque el buen espíritu nos la hace conocer por la consolación, mientras que el mal espíritu, actuando al contrario, nos aleja y se esfuerza para que la olvidemos y no la degustemos. Por el juego de consolaciones y desolaciones, por el discernimiento de espíritus, el hombre que ora es conducido a la paz verdadera -no al confort interior que está tentado de darse, la satisfacción de sí o el goce, así como a las ilusiones habituales en la oración, que precisamente el juego de consolaciones y desconsolaciones puede desenmascarar.
 
Entonces -este entonces está entre las manos de Dios- escucha con María al Ángel decirle: "El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra..." (Lc 1,25). Habitada por el Espíritu, puede convertirse en la Madre del Señor. Destaquemos que al don de Dios mismo por su Espíritu Santo sigue la pregunta de María. Esta cuestión en efecto es indispensable: el Ángel no ha hablado del Espíritu Santo antes de la pregunta de María. Más aún, sin la pregunta de orden racional (como toda pregunta), el ángel no puede hablar del Espíritu Santo. Y correlativamente, la respuesta del Ángel es adecuada: al anunciarle que el Espíritu actuará en ella, el Ángel ilumina a María, que puede entonces, con conocimiento de causa, decir su Fiat. Es así como el sí de María -y en él el de todo hombre- es hecho (fiat) interior al "sí" que el Hijo dice al Padre desde toda la eternidad tanto como en el tiempo de su misión. Es así igualmente que lo que es racional en el hombre está concedido, siendo dilatado, en el designio que el Padre concibió en el Hijo. Es así, por último, como Dios se comunica inmediatamente a su criatura, como vimos más arriba.
 
De ahí una consecuencia capital. Dios puede comunicarse sin pasar por una deliberación del hombre por el juego de consolaciones y desolaciones. Pero incluso entonces no salta por encima de lo que es racional en el hombre.
 
Después de su elección inmediata por Dios, Pablo explica (racionalmente) el misterio de Dios y se deja guiar en su apostolado por las consolaciones y las desolaciones. Desde entonces, no hay ningún camino auténtico de oración que pueda pasar por encima de lo que es racional, es decir, de la capacidad de juzgar de la relación (medida) de los medios con el fin y de discernir los espíritus".
 
(CHANTRAINE, G., Le milieu ecclésial, en: Communio, ed. francesa, X,4, juillet-août 1985, pp. 24-31).
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