Martes, 20 de agosto de 2019

Religión en Libertad

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La mediación eclesial para la oración

por Corazón Eucarístico de Jesús

La oración cristiana posee sus características propias para que pueda llamarse realmente "cristiana". Su naturaleza viene dada por el Bautismo que nos constituye en templos del Espíritu Santo, hijos de Dios, miembros vivos de Cristo y de su Iglesia. Su movimiento, trinitario (por la fe, esperanza y caridad), desemboca en Dios-Trinidad.
 
La Iglesia es la mediación para nuestra oración, el lugar -la santa comunidad, la nación santa, el pueblo de su propiedad- donde oramos, sostenidos unos por otros, en nombre de todos y para el bien de todos.
 
Así considerada, la oración cristiana es muy distinta de una técnica de relajación, o de la llamada meditación trascendental de las filosofías orientales, tan en boga, que buscan el vacío. Ahí ya no hay Presencia, sino la Nada. El Yo queda desnudo y sin revestirse. En la oración cristiana sólo hay Presencia (la de Dios, la de Jesucristo amado), silencio, obediencia, amor y transformación en Él.
 
Lo específico de la oración cristiana debe ponerse de relieve y a nosotros nos toca conocerlo, integrarlo, vivirlo felizmente.
 
Comenzamos situando la oración cristiana no ante el vacío, la nada, la relajación o el sentimiento de serenidad, sino ante la Verdad. El que ora, se encuentra con la Verdad, y ésta no es otra que Cristo.
 
 
"No hay más que un maestro de oración: es el Espíritu Santo, el Espíritu que procede del Padre y del Hijo y así los une. Por él podemos decir la oración del Señor: "Abba, Padre" (Gal 4,2). Por él confesamos nuestra fe: "Jesús es el Señor" (1Co 12,4) y lo invocamos diciendo: "Señor Jesús". Este que al comienzo aleteaba sobre las aguas y que "dispone todo con suavidad", es también aquel por el que la potencia de la obra de la Redención fructifica en el mundo por la Iglesia: Espíritu de sabiduría.
 
Se sigue de ello la insuficiencia radical de todo método de oración. Cuando los discípulos piden al Maestro: "enséñanos a orar", Jesús no les ofrece un discurso del método, ora y los introduce en su oración. Es que él estaba movido por el Espíritu Santo, que le hace orar.
 
 
Esta afirmación no debería extrañarnos. Está relacionada con otras dos. Para comprender la Escritura según su verdad revelada, todo método termina por ser limitado. Sólo aquél que ha inspirado la Escritura puede darnos toda la inteligencia. Igualmente, ningún método nos hace acceder a la fe. Se recibe la fe de la iluminación del Espíritu. Fe, inteligencia de la Escritura santa y oración van juntas, siendo obra única y triple del mismo Espíritu.
 
1. La paradoja del hombre
 
Esta es la enseñanza de la Iglesia. Esta es la verdad de la exégesis, del acto de fe y de la oración. Es el Espíritu de Dios la fuente de toda novedad, de toda renovación. Lo que justifica esta afirmación no es un mesianismo, ni una descalificación, ni un desconocimiento de lo que es racional. Por el contrario es una justa apreciación de lo "racional": si Dios se da a conocer a sí mismo, entonces podemos saber (a priori) que no se contendrá en nuestras medidas humanas (precisamente lo que es racional) pero nos dilatará a sus propias medidas (sin que podamos prever cómo). Lo es "racional" de verdad reconoce así que la medida de Dios no es la suya. Este es el fundamento en el hombre de la adoración y de la invocación: "¡Ah! Ojalá rasgases los cielos". Esta es también la razón de rechazar el ateísmo, ya que afirmo consecuentemente: "yo no soy Dios".
 
La afirmación: "únicamente es el Espíritu Santo quien permite orar, creer y tener inteligencia de la Escritura" está entonces vinculada a esta afirmación racional: "yo no soy Dios", gracias a la cual el espíritu humano reconoce su apertura a Dios como constitutiva de sí mismo, como efectiva y sin embargo inepta para alcanzar a Dios mismo.
 
¿Qué resulta de todo ello para la oración? Dos cosas fundamentales. Por una parte, la oración, movida por el Espíritu, no puede producir ninguna fusión con lo divino, ya sea este divino el Todo o la Nada. Se aparta de golpe del panteísmo (con el que sueñan los grupos ecologistas así como los grupos zen). Por otra parte, la oración no espera la revelación de Jesucristo para comenzar: se esboza en la invocación y en la súplica y no se separa de ella nunca. El acontecimiento de gracia que es el conocimiento del Señor Jesús por la conversión no se queda en un desplome (Lutero, Calvino) ni es un "happening" que deba ser incesantemente reactualizado (como las formas carismáticas de estilo pentecostalista). Sin embargo, hay una parte de verdad escondida en estas desviaciones: lo que me ha llegado (happening) por el poder del Espíritu sin que yo lo haya provocado sostiene mi vida suspendida a la voluntad del Padre (desplome) de manera que mi vida sea conformada con la del Hijo único venido en nuestro carne. También el cristiano ora con todo su ser creado, cuerpo y alma, poniéndolo y dejándolo a disposición del Dios trinitario para que él se sirva de él según su designio de amor.
 
Así la posición católica nos aparece firme y flexible. El hombre no pudiendo medirse con Dios, rechaza por completo un método que, en una línea panteísta o en una línea atea, permita ejercer un dominio del hombre sobre lo divino. Pero si el Dios de Jesucristo es el Trascendente y si él mismo es experimentado como extraño u hostil por el hombre alienado a causa del pecado, es también el Padre Creador que perdona a su hijo perdido. No hay entonces que apoyarse sobre la sola Palabra de Dios ahogando o apartando como perverso el deseo que el hombre tiene de Dios. El Maestro de la oración nos abre al espíritu (el corazón) al crearnos y, en cuanto se lo permitamos, lo guarda abierto incluso en nuestra condición pecadora de manera que no perdemos completamente el sentido. Y lo que hace en nosotros se convierte así en una obra común de él y del hombre de forma que no hay lugar ya para volver al momento de la conversión como a la única intervención de Dios en nuestra vida: el Espíritu nos hace permanecer en Dios, como hace de nosotros la morada de Dios.
 
También el fiel debe estar en guardia contra las presiones psicológicas o sociales, inducidas por cualquier grupo fervoroso demasiado anclado en el acontecimiento del Espíritu, y, hallándose a la escucha de la palabra de Dios, la recibe con todo su ser de hijo de Dios perdonado, dejando moverse a sus potencias naturales: las de su ser espiritual (memoria, inteligencia, voluntad) y las de su ser corporal (imaginación, percepción, afectividad). Desde luego habrá que ordenar estas potencias naturales al servicio de Dios y particularmente de la oración. Pero tal ordenación, por metódico que pueda ser, no tiene otro fin que dejar al Espíritu Santo dirigir la oración y la vida entera como un director de orquesta.
 
Teórica así como prácticamente, es entonces indispensable afirmar que el Espíritu Santo es el único maestro de la oración, en el momento mismo en que no se rechaza todo método para hacer al hombre dócil al Espíritu. Se podría creer que es ésta una paradoja de orden pedagógico. En realidad, la paradoja está en el ser cristiano mismo, y lo que lo debilitara, debilitaría al ser cristiano.
 
Si, a pesar de todo, subsistiese una dificultad de fondo, sería bueno entonces interrogarse sobre la oración: ¿no sería la oración misma la que no se comprende según su verdad o al menos según toda su verdad? Si es un acto del hombre, reflejo y decidido,  con sus componentes psicológicas y sociales, la oración no es sin embargo un diálogo del hombre consigo mismo o con otros gracias al cual cultivaría los ideales humanos (en una especie de rearme moral) o descubriría su verdadera personalidad en su relación con los demás (Personalidad - Relaciones Humanas). ¿Quién no ha encontrado su oración buena cuando ha hablado mucho a Dios, se siente mejor en su pellejo, es más equilibrado, o más abierto, o más integrado en su comunidad? Ahora bien, estos criterios no dicen nada de la oración, sino de los mejores efectos posibles de la oración. Ésta es invocación de Dios tal como debemos lanzarnos en nuestro mundo humano. No es menos nuestra por tanto, pero es como el regalo que recibimos con agradecimiento".
 
(CHANTRAINE, G., Le milieu ecclésial, en: Communio, ed. francesa, X,4, juillet-août 1985, pp. 21-24).
 
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