Lunes, 26 de agosto de 2019

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Un hombre de conciencia

Esta expresión, "un hombre de conciencia", es elocuente en sí misma y nos servirá para ir comprendiendo el peso y el valor específico de la conciencia. No se aplica a todos, y sin embargo todos tienen conciencia y actúan según ella, aunque esté mal formada, con una ignorancia vencible. 
 
¿A quién se aplica? ¿A quién nos referimos con un "hombre de conciencia"?
 
 
 
Generalmente a aquel que es incapaz de renunciar a la Verdad y permanece fiel a ella, aunque le acarree consecuencias desagradables. Es asimismo incapaz de pactar, de buscar el consenso negociando la Verdad a cambio de aceptar las "opiniones" de todos, como si la Verdad fuera consensuar opiniones o no existiera sino que lo que existe son ideas distintas de cada uno.
 
Aquí brilla ya el rasgo fundamental de la conciencia: su dependencia y necesidad de la Verdad, su orientación radical a la Verdad, ser un órgano de percepción de la Verdad y ponerse al servicio de ella dirigiendo la acción. Entonces la conciencia llega a ser ella misma, plenamente, sin cortapisas.
 
Pero, en clima de relativismo, la conciencia se adapta a las opiniones reinantes que se impongan como eficaces, y cambia según cambien las opiniones; es una conciencia voluble que guía la acción que se impone según lo socialmente aceptado o las tendencias culturales del momento. Es una conciencia manipulada y fácilmente manipulable: lo que hoy defiende como blanco y genera así una acción, mañana defenderá que es negro porque así lo dicen todos y en unos días puede volver a adoptar otra posición distinta. Quien así vive, va quebrando su propia humanidad.
 
La conciencia adquiere su plenitud cuando vive la Verdad, la abraza, y entonces reconoce el bien y el mal, guía a la persona orientándola a la Verdad y al Bien, a la Belleza. Refiriéndose a Newman, Ratzinger dirá que: " lo que realmente le importaba era obedecer más a la verdad reconocida que al propio gusto, aun en contra de sus propios sentimientos o de los vínculos de amistad y de compañerismo formativo. Me parece significativo que, en la jerarquía de las virtudes, subraye la primacía de la verdad sobre la bondad o, por expresarnos más claramente, resalte el primado de la verdad sobre el consenso, sobre la capacidad de acomodación grupal" (El elogio de la conciencia, Madrid, Palabra, 2010, p. 22).
 
Llegamos entonces al reconocimiento de lo que es un hombre de conciencia, aquello que constituye lo esencial: una actitud insobornable, no exenta de angustias, búsquedas y discernimientos, para ser fiel a la Verdad, al Bien, al precio que sea, aunque contradiga las hipótesis reinantes, la consideración social, lo que todo el mundo cree a su aire que es bueno o, al menos, que no es tan malo.
 
Desde luego, ser hombre de conciencia no es equivalente a obstinación y ceguera, sino al contrario, búsqueda y luz hasta llegar a la certeza de la Verdad y del bien, que cuando se halla, se reconoce con absoluta claridad: ¡ésta es la Verdad!
 
A veces, hallar la Verdad y el bien pueden resultar incómodos y desconcertante, sobre todo si no se ajusta precisamente a nuestro gusto personal, a lo que nos gustaría, a lo que se adaptaría a nosotros mejor. Supone renuncia. Pero es entonces cuando se obedece a la Verdad y el hombre siente que ha sido hecho para la Verdad y en ella halla su morada.
 
Un hombre de conciencia queda reflejado así por su incuestionable búsqueda y obediencia a la Verdad y al bien:
 
"Se ponen así de manifiesto dos criterios para discernir la presencia de una auténtica voz de la conciencia: que no coincida con los propios deseos y gustos, y que no se identifique con lo que resulta socialmente más ventajoso, con el consenso grupal o con las exigencias del poder político o social" (ib., p. 22s).
 
Decididamente: ser hombre de conciencia es ir contracorriente. Hemos de sumar que hoy, con los medios de comunicación de absoluta difusión, se crean, desde el poder ideológico, un modo de 'educar' que llega a todos; películas, documentales, programas de entretenimiento, un lenguaje concreto ("violencia de género", "interrupción voluntaria del embarazo", por ejemplo), etc., van generando una conciencia colectiva difusa, impregnada de relativismo. Ya tenemos un consenso social dominante que en lugar de ajustarse a la Verdad, crea sus propios postulados morales. Ser hombre de conciencia actualmente es ir contracorriente no ya de un grupo equivocado, sino de un pensamiento ideológico que ha penetrado en todos.
 
Las raíces están claras. "Con esto hemos alcanzado el punto realmente crítico de la cuestión: cuando dejan de contar los contenidos, cuando el predominio lo posee la mera praxis, entonces la técnica se convierte en el criterio supremo. Pero esto significa que el poder se trueca en la categoría que todo lo domina, tanto si es revolucionario como reaccionario. Esta es exactamente la forma perversa de semejanza a Dios, de la que habla el relato del pecado original: el camino de la simple capacidad técnica, el camino del puro poder, resulta ser imitación de un ídolo y no la realización de la semejanza con Dios" (id., p. 25).
 
Los hombres verdaderos, esa porción de la humanidad nueva que brota de Cristo, saben que por encima del poder, estará siempre la Verdad que se reconoce y el Bien que se manifiesta. Serán libres si obran conforme a la Verdad. Así serán "hombres de conciencia".
 
¿Estará el mundo dispuesto para tanta integridad?
 
¿Y seremos capaces de ser testigos de la Verdad ante el pensamiento dominante? ¿Hombres de conciencia, conscientes de que la Verdad nos ha aferrado a nosotros, nos ha envuelto, nos ha hecho suyos, sin posibilidad de que nosotros la manipulemos?
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