Miércoles, 24 de julio de 2019

Religión en Libertad

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Las claves de la nueva evangelización (III)

por Corazón Eucarístico de Jesús

El ejercicio que en algunas catequesis vamos haciendo es, con términos paulinos, "renovar la mentalidad", "renovar la mente", y modificando conceptos, prejuicios, adquirir ideas nuevas, alcanzar nuevas perspectivas con amplitud de miras y magnanimidad de corazón sobre la nueva evangelización.
 
Nos guía la conferencia que Ratzinger pronunció en el 2000, con motivo del Jubileo de los catequistas, sobre la nueva evangelización, de manera ponderada -como siempre-, certera. Así nos involucramos en un movimiento que debe abarcar e impulsar a la Iglesia entera y a cada miembro de ella. Pero antes que precipitarse en organigramas y técnicas, en dinámicas y reuniones de programación, habrá que imbuirse de una mentalidad evangelizadora, con conciencia clara de qué es lo que buscamos y adónde nos encaminamos todos. Se evitará así la dispersión de fuerzas, la improvisación o las direcciones distintas encontradas al final entre sí.
 
Ratzinger ya señaló, como estudiamos en las dos catequesis anteriores, primero la estructura de la nueva evangelización y su método, que es peculiar y corresponde a la verdad de la misión y de Cristo.
 
 
Un paso más, necesario, es pensar o repensar los contenidos esenciales de la nueva evangelización. ¿Qué hemos de comunicar? 
¿Valores, solidaridad, un discurso social? 
¿Sentimientos, emociones, buenismo moral? 
¿Denuncia profética en clave social, lucha de clases? 
¿Terapia de afectos, serenidad, equilibrio emocional? 
¿Acaso son éstos los contenidos de la nueva evangelización?
 
 
"LOS CONTENIDOS ESENCIALES DE LA NUEVA EVANGELIZACIÓN
 
Conversión
 
Por lo que atañe a los contenidos de la nueva evangelización, ante todo hay que tener presente la inseparabilidad del Antiguo y el Nuevo Testamento. El contenido fundamental del Antiguo Testamento se resume en el mensaje de Juan Bautista: ¡Convertíos! No hay acceso a Jesús sin el Bautista; no es posible llegar a Jesús sin responder a la llamada del Precursor. Jesús asumió el mensaje de Juan en la síntesis de su propia predicación: "Convertíos y creed en el Evangelio" (Mc 1,15).
 
La palabra griega que se emplea para decir "convertirse" significa repensar, poner en tela de juicio el modo personal y el modo común de vivir; dejar entrar a Dios en los criterios de la propia vida; no juzgar ya simplemente según las opiniones corrientes. Por consiguiente, convertirse significa dejar de vivir como viven todos, dejar de obrar como obran todos, dejar de sentirse justificados con acciones dudosas, ambiguas, malvadas, por el hecho de que los demás hacen lo mismo; comenzar a ver la propia vida con los ojos de Dios; por tanto, tratar de hacer el bien, aunque resulte incómodo; no estar pendientes del juicio de la mayoría, de los hombres, sino del juicio de Dios. En otras palabras, buscar un nuevo estilo de vida, una vida nueva.
 
 
Todo esto no implica un moralismo. La reducción del cristianismo a la moralidad pierde de vista la esencia del mensaje de Cristo: el don de una nueva amistad, el don de la comunión con Jesús y, por tanto, con Dios. Quien se convierte a Cristo no intenta crearse una autarquía moral suya, no pretende construir con sus fuerzas la propia bondad.
 
"Conversión" (metanoia) significa justo lo contrario: salir de la autosuficiencia, descubrir y aceptar la propia indigencia: indigencia de los otros y del Otro, de su perdón, de su amistad. La vida no convertida es autojustificación (yo no soy peor que los demás). La conversión es la humildad de confiar en el amor del Otro, amor que se transforma en medida y criterio de mi propia vida.
 
Aquí hemos de tener también presente el aspecto social de la conversión. Ciertamente, la conversión es, antes que nada, un acto personalísimo, es personalización. Yo renuncio a la fórmula "vivir como todos" (dejo de sentirme justificado por el hecho de que todos hacen lo mismo que yo), y encuentro ante Dios mi propio yo, mi responsabilidad personal. Pero la verdadera personalización entraña siempre una nueva y más profunda socialización. El yo se abre de nuevo al tú, en toda su hondura, y así nace un nuevo Nosotros. Si el estilo de vida difundido en el mundo implica el peligro de la despersonalización, de no vivir mi propia vida, sino la de todos los demás, en la conversión debe realizarse un nuevo Nosotros del camino común con Dios.
 
Al anunciar la conversión, debemos también ofrecer una comunidad de vida, un espacio común del nuevo estilo de vida. No se puede evangelizar sólo con palabras. El Evangelio crea vida, crea comunidad de camino. Una conversión meramente individual no tiene consistencia".
 
 
El primer contenido de la nueva evangelización es la conversión, la llamada a la conversión pronunciada por personas con viven un peculiar estilo de vida, el cristiano. El evangelizador es el primer convertido, que por la comunión personal con Cristo, ha adquirido un estilo de vida nuevo y libre. Ahora, avalado con la fuerza del testimonio de su propia vida, anuncia la conversión.
 
Este estilo de vida es profundo, es decir, toca todas las fibras de la persona transformándola; ya no son valores consensuados desde fuera (la paz, el ecologismo, la solidaridad), sino una vida nueva que la Gracia ha ido forjando: un culto espiritual, la alegría en el Espíritu, la mirada de fe, el perdón, vencer el mal a fuerza de bien, etc.
 
San Pablo dejaba el retrato de ese estilo de vida nuevo en algunos textos paradigmáticos; recordemos uno a título de ejemplo:
 
 
Os exhorto, hermanos, por la misericordia de Dios, a presentar vuestros cuerpos como hostia viva, santa, agradable a Dios; éste es vuestro culto razonable.Y no os ajustéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente, para que sepáis discernir lo que es voluntad de Dios, lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto. Por la gracia de Dios que me ha sido dada os digo a todos y a cada uno de vosotros: No os estiméis en más de lo que conviene, sino estimaos moderadamente, según la medida de la fe que Dios otorgó a cada uno...
 
Que vuestra caridad no sea una farsa; aborreced lo malo y apegaos a lo bueno. Como buenos hermanos, sed cariñosos unos con otros, estimando a los demás más que a uno mismo. En la actividad, no seáis descuidados; en el espíritu, manteneos ardientes. Servid constantemente al Señor. Que la esperanza os tenga alegres: estad firmes en la tribulación, sed asiduos en la oración. Contribuid en las necesidades de los santos; practicad la hospitalidad.
 
Bendecid a los que os persiguen; bendecid, sí, no maldigáis. Con los que ríen, estad alegres; con los que lloran, llorad. Tened igualdad de trato unos con otros: no tengáis grandes pretensiones, sino poneos al nivel de la gente humilde. No mostréis suficiencia. No devolváis a nadie mal por mal. Procurad la buena reputación entre la gente; en cuanto sea posible y por lo que a vosotros toca, estad en paz con todo el mundo.
 
Amigos, no os toméis la venganza, dejad lugar al castigo, porque dice el Señor en la Escritura: «Mía es la venganza, yo daré lo merecido». En vez de eso, si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; si tiene sed, dale de beber: así le sacarás los colores a la cara. No te dejes vencer por el mal, vence al mal a fuerza de bien (Cf. Rm 12,1-21).
 
 
Realmente, si hemos de emprender una nueva evangelización tan urgente, el estilo de vida cristiano deberá estar bien arraigado en el evangelizador, para no ofrecer un discursito moral, cargado de buenismo y compromiso, sino de transformación de toda la persona. ¿Cómo? Por la comunión con Cristo, por la amistad personal con Él.
 
La conversión, tal como la presenta Ratzinger, es amable y razonable; nada de gritos, nada de echar en cara los pecados y acusar, sino invitar a que Dios forme parte de la vida personal, de los propios criterios; mostrar la novedad que supone mirar la vida, mirar a los demás, con los ojos de Dios. Es razonable vivir así, es amable vivir así. Lo que propone la conversión es lo más humano que corresponde al corazón humano, porque es lo más divino.
 
Probablemente un tono agresivo de "profetas cabreados" o "profetas de calamidades", un reproche continuo a gritos, o el lenguaje moralista que sólo subraya lo social (valores, justicia, etc.), se queda muy lejos de la verdad íntima de la conversión. Ésta trata de situar a los hombres delante de Dios y que Dios los toque, y desde entonces entre en la vida.
 
Anotemos este primer punto de contenido. Es sencillo, pero está olvidado.
 
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