Miércoles, 24 de julio de 2019

Religión en Libertad

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"Por Cristo, con Él...", teología de la oración (II)

por Corazón Eucarístico de Jesús

Después de haber, en cierto sentido, la "oración natural", la del hombre creado que por un instinto superior busca a Dios, Balthasar, en el artículo que estamos leyendo, plantea la Alianza y la oración siguiendo el Antiguo Testamento.
 
Hemos de recordar que este artículo no nos va a enseñar métodos de oración o técnicas de oración, sino ofrecer una teología de la oración, su fundamento, y esto es necesario para entender bien qué es la oración cristiana.
 
Vayamos entonces con el concepto bíblico "Alianza" que expresa el contenido de la relación firme de Dios con su pueblo, de Cristo con su Esposa-Iglesia.
 
"Se puede hablar tanto cuanto se quiera de las epifanías divinas fuera de la Biblia (cf. Walter-Friedrich Otto, la Bhagavad-tia, etc.): la palabra que Dios dirige a Abraham, y por consiguiente a Israel, es de otra naturaleza. Por primera vez se encuentra una palabra que se le da al hombre y que no es el cumplimiento de sus deseos, ni una sabiduría sobrehumana, sino casi lo contrario: la exigencia de una obediencia que arranca al hombre de sí mismo.
 
Una exigencia que sólo promete lo invisible y que finalmente, paradoja extrema, reclama lo que había sido concedido como un don milagroso, prenda de la promesa, Isaac. A lo largo de su historia, Israel estaba a contrapelo; cuando toma conciencia de la exigencia y se esfuerza por corresponder, ésta se le retira; se la arrastra por los cabellos allí donde Dios quiere.
 
Así solamente se forma la Alianza que Dios quiere concluir con Abraham (Gn 17,7) y, a través de Moisés, con el pueblo: proceso de doble vertiente, en el que Israel debe entrar libremente (Jos 24). Está la palabra soberana de Dios, simultáneamente gracia y exigencia subyacente (los diez mandamientos), y está la libre respuesta del pueblo, librado por la Alianza y de la "condición de esclavo" (Egipto y condición de la criatura en su indigencia) para ser elevado a una nueva "condición de hijos" (2S 7,14) y así a la libertad exterior e interior.
 
La palabra dirigida a Dios por Israel en una libre oración -modelada por el acontecimiento de la Alianza- deber ser de verdad una palabra de respuesta a la palabra de un Dios que, por gracia, nos muestra el camino; el salmista (Salmo 119) rumia sin fin su petición: comprender interiormente esta palabra para observarla, en su vida y en su oración. La contemplación griega del mundo, que tiende a descubrir en él la profundidad divina, hace sitio a un "escucha, Israel" que resuena sin cesar: escucha, no solamente con tus dos orejas, sino con todo tu corazón, a fin de responder también no solamente con los labios sino con tu existencia entera al don que te ha hecho digno de la Alianza. 
 
La respuesta de los labios (en los salmos) es el mejor fruto de Israel y podrá ser por mucho tiempo retomada por la Iglesia cristiana; la respuesta de la vida permite desear lo mismo que permanece ausente una perfecta mediación entre Dios y los hombres, la Alianza subsistente. Los salmos y otras plegarias de Israel conocen ante todo la alabanza divina (bajo la forma de acción de gracias), donde se insertan todas las peticiones del hombre enfrentadas con la miseria terrena o espiritual, el llanto ante la injusticia hacia los pobres, ante la brevedad de la vida (sin la esperanza de un más allá). Expresa también el carácter limitado de la elección de Israel frente a otro spueblos más importantes, no elegidos por tanto: con Dios, odia a todos aquellos a los que Dios parece odiar como enemigos. El "prójimo" en sentido neotestamentario aún está ausente. La "muchedumbre de los malos" en cambio está cerca y es opresora. Pero el orante, en la libertad de la Alianza, -anticipando el "permanecer" (menein) joánico- pide poder mantenerse al abrigo de la Alianza, escondido a la sombra de las alas de Dios.
 
Es el compañero muy amado de Dios, tomado en serio por él, satisfecho de la Alianza y sin soñar de ningún modo en una fusión pagana con Dios. En la reflexión sobre la creación, ésta le parece "muy buena" que el Dios vivo y único y la multiplicidad de la creación se encuentran cara a cara: pone este "muy bueno" en los labios mismos de Dios.
 
No analiza el abismo que separa siempre a Dios de la criatura, a pesar de la queja ocasional sobre la maldad de la vida, del Dios escondido ("¿Dónde está tu Dios?"), de su aparente  injusticia (Job), de la vanidad de la creación (Qohélet). La antigua Alianza y su oración representan un logro casi incomprensible considerado con todo lo que queda inacabado. Lo más sorprendente, es la formulación del Schema, el mandamiento más grande, que exige un amor de Dios, de todo su corazón y de todas sus fuerzas (Dt 6,4s), allí donde ciertamente la clemencia de Dios hacia Israel, su fidelidad y su poder se han revelado, pero todavía no su "amor hasta el extremo" (Jn 13,1). 
 
Cristo podrá repetir este "mandamiento más grande" sin modificarlo, pero le añadirá otro, aquél que le es "semejante", el amor del prójimo: el "prójimo" es primero el amigo y el compañero (Prov 3,28), luego todo "otro" (Lev 19,18), antes de convertirse, pero solamente con Jesús, en aquel en el que hay que encontrarlo, y a Dios a través de él".
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